La puerta del infierno

Hubo una vez un tal Dante que en su “Divina Comedia” escribió que sobre la puerta del Infierno colgaba un cartel que decía: “vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza“. Nosotros los corredores tenemos un infierno particular que se llama lesión, que nos impide lograr nuestras metas, y cuando entramos bajo su influencia, tenemos que alzar la vista, leer el cartel y saber esperar tiempos mejores.

Yo llevo un mes en el infierno. Cuando empezaba a coquetear con los rodajes largos, tras la media maratón, el gemelo derecho dijo basta y a día de hoy, aunque salgo a rodar lento de vez en cuando, apenas me alejo de casa y dejo de correr en cuanto noto la más mínima molestia.

No es así como quiero correr 42 kilómetros.

Así que como dijo “el Guerra“: lo que no puede ser, no puede ser… y además es imposible. Así que Oporto queda descartado y será el segundo maratón de mi vida, tras Chicago, al que estoy apuntado y no puedo ir.

Desde aquí a final de año se acaban los objetivos deportivos. Mi única meta es recuperarme y volver a poder correr largo y sin molestias. No creo que me apunte a ninguna carrera. ¿Para qué? Si no puedo competir prefiero mis parques y mis senderos. Mis horarios, mis biorritmos, mi soledad y mis pensamientos.

Quién me iba a decir que el infierno sería tan frío.

Pensándolo mejor, tampoco es tan extraño, el invierno y el infierno tan sólo están a una letra de distancia.

Nos vemos en el Invierno.

Quien no corre, vuela…

XXXVI Media Maratón Zamora (2021)

Y después del mal sueño, volvieron las carreras…” Quizá esta frase podría ser otro microcuento de Augusto Monterroso, pero para corredores. El caso es que hemos vuelto, que después de confinamientos de la primavera de 2020 y las limitaciones a los viajes interprovinciales del otoño-invierno 2021, por fin, están volviendo las carreras y nosotros a participar en ellas. Mi “debut” ha sido en la Media Maratón de Zamora, que tenía que haberse celebrado el 15 de marzo del año pasado (justo en aquel famoso fin de semana en el que se declaró el estado de alarma) y que, tras varios aplazamientos, se ha podido disputar finalmente el 5 de septiembre, casi año y medio después

Cartel Carrera
Cartel de la prueba

No la he preparado… nada. Al fin y al cabo, la posibilidad de que podía disputarse o no, sumado a algunos problemas físicos, consiguieron que no acabara de creérmelo del todo y entrené en consecuencia: poco y mal. Tampoco es que la organización se caracterizara por si habilidad para mantenernos al corriente de cómo estaban las cosas. Aún peor, tanto su blog en blogspot como la página de Facebook siguen anclados en la edición de 2019. La única información que podías obtener era la que salía en prensa local (para dar una idea, el mail más reciente que yo tenía de la organización era de mayo).

Quizá por eso la carrera haya cogido de sorpresa también a la propia ciudad. Pocos sabían que la celebración de la carrera iba a afectar al tráfico y en muchas partes del recorrido se veían conductores protestando y policías diciéndoles que es que se habían metido en el circuito de la carrera y que no se podía hacer nada. El desbarajuste llegó a tal punto que cuando yo pasé por la Calle Rosa Chacel, detrás de las instalaciones de “Gaza”, los coches circulaban libremente en ambos sentidos y los corredores no podíamos hacer otra cosa más que correr por la acera a pesar de que los conos sí que estaban correctamente colocados en la calzada indicando que aquel no era espacio de los coches. En fin, cosas que se podían haber hecho mejor. Como el protocolo Covid de salida, inexistente; o la incoherencia de programar la salida en el centro de la ciudad, simultaneándola con un mercado romano con decenas de puestos callejeros completamente montados y coexistiendo en el mismo espacio con la salida de las carreras, lo que obligó a que los participantes del 10K salieran junto con los del 21K aunque estaba previsto que lo hicieran desde dos plazas distintas (pero es que las dos estaban ocupadas por los puestos del mercado).

Respecto al recorrido, indicar era el mismo que las dos últimas veces en que participé (2015 y 2017). La bolsa del corredor muy parecida a la de otros años y, como novedad, la camiseta conmemorativa de este año era de manga larga. Aunque, como he comentado en alguna otra ocasión, en plena segunda década del siglo XXI, podían hacer una camiseta con un diseño un poco más atractivo.

De mi carrera tengo poco que decir porque mi objetivo era simplemente terminarla (y no las tenía todas conmigo, incluso me dieron ganas de desviarme hacia la meta del 10K. Además del poco entrenamiento me pilló con el peso más alto que he tenido en años, así que peor marca personal y si me descuido no bajo de dos horas (y dando gracias por no haberme lesionado).

En meta no dejaron entrar al público, que se acabó concentrando en el aparcamiento, por lo que la vuelta final a la pista de atletismo fue mucho más desangelada que otros años.

Y hasta aquí esta crónica. La lección que extraigo esta carrera es que si al final voy a Oporto (recientemente me ha dado un tirón en el gemelo derecho y no entreno como debería) voy a sufrir como un perro callejero.

Johnny Marr, Tijeritas y las coincidencias

smithsHay coincidencias en la vida que tienen su origen en las no coincidencias. Me explico. En mayo de 1985 Johnny Marr tenía 21 años y era famoso. Yo tenía 15 y sólo pensaba en ser famoso en la cabeza de aquella chica heavy de 1º de BUP a la que en realidad le gustaba Tijeritas (que también era famoso… ay, garabí, garabí). Pero a pesar de mis 15 años y mis supuestas inquietudes musicales adolescentes debo admitir que no, que yo no estuve en el multitudinario concierto de los Smiths en el madrileño Paseo de Camoens, y que tampoco le vi en la tele cuando él y Morrissey fueron entrevistados  por Paloma Chamorro en La Edad de Oro. De hecho, ni me gustaba La Edad de Oro ni presté especial atención a The Smiths hasta que oí “Girlfriend in a Coma” en 1987, dos años después de aquel concierto, en la sección de discos del Alcampo de Moratalaz, y me dio por pensar que aquellas letras, a pesar de sus puntitos de humor, eran aún más tristes que las canciones de Los Secretos.

Los Smiths, editaron cuatro discos en los cinco escasos años que duró su carrera, de 1982 a 1987, y se separaron de malos modos, para nunca volver.

La chica heavy y yo también separamos nuestros caminos: era evidente que yo no podía seguir fingiendo interés por Tijeritas, ni siquiera por Los Secretos, por lo que aquello no podía ir a ningún lado.

A principios de los 90, antes de cumplir los 30, convertido al veganismo y abandonados para siempre el alcohol, el tabaco y las drogas (bueno, no; las drogas no), Johnny Marr empezó a correr.

A principios de los 90 los discos “Best… I” y “… Best II” ampliaron mi culturilla musical y me descubrieron verdaderamente a los Smiths: la lírica de Morrissey y el talento musical de Marr. Tenía veintipocos años y seguía sin ser famoso (ya, ¿pa qué?).

A finales de los 90, Johnny Marr seguía corriendo 16 kilómetros diarios y había formado parte de bandas como The The y Electronic.

A finales de los 90, antes de cumplir los 30, fui yo el que empezó a correr no sé cuántos kilómetros diarios, pero los suficientes como para participar en maratones. Desde entonces, a pesar de que no me he hecho vegano, ni he necesitado dejar de fumar (porque nunca lo hice), ni de beber (algunas cervecitas caen), sigo corriendo. Y para banda, la de los colegas.

En 2010, Johnny Marr corrió el maratón de Nueva York en 3:54:18.

En 2014 también lo corrí yo, en 3:52:20.

Y a día de hoy, a pesar de todos nuestros paralelismos y no coincidencias, de todas nuestras similaridades que alcanzan incluso a cierta sensibilidad social, cada vez que pongo una canción de los Smiths me maravillo porque sigo hipnotizado… ¡por la voz y los versos del imbécil de Moz!

Afortunadamente, esto no me ha pasado con Tijeritas quien, por cierto, tiene la misma edad que Johnny Marr.

Ya es coincidencia…

Muy heavy todo.

Eleuterio Bravo, el que mataron en la guerra

“El Cantábrico”, 15/01/1930 (fuente Prensa Histórica).

En el ejemplar de “El Cantábrico” del 15 de enero de 1930, se puede leer: “por haber terminado con aprovechamiento el curso correspondiente, le ha sido concedido el título de instructor de Educación Física al sargento del regimiento de Infantería Valencia 23, Eleuterio Bravo Ruiz”.

Eleuterio tenía por entonces 30 años, era natural de Aguilar de Campoo y era mi tío abuelo. De este tío abuelo, deportista, nunca supe gran cosa cuando era pequeño, más allá de aquel comentario que siempre decía mi madre cuando encontrábamos aquella vieja foto en la lata donde se guardaban los recuerdos: “mira, Carlitos, este es el tío Eleuterio, el hermano de la abuela… el que mataron en la guerra”.

La tecnología, el acceso a los archivos, me ha permitido recientemente, aun con algunas lagunas, reconstruir cómo fue su vida, así que me permitiréis salirme hoy un poco del tema del running y dejar que os cuente la historia de mi tío Eleuterio… el que mataron en la guerra.

Como miles de jóvenes de su generación, ‘Lute’, que así le llamaban, fue arrancado de su entorno y arrojado a una guerra, la africana, que no era la suya. Pero lejos de Aguilar entendió que su pueblo no podía ofrecerle nada que no fuera cuidar del ganado de otro o cultivar por una miseria un trozo de tierra que ni siquiera era propio. La misma miseria que años antes había empujado a su hermano mayor a hacer la maleta y emigrar a la Argentina buscando no ya un futuro mejor, sino tan sólo un futuro. Y ese mismo futuro de miseria desesperada fue el que llevó a Eleuterio a preferir arriesgar su vida, todos los días de cada uno de los siete largos años en los que participó en la guerra del Rif, antes que volver a casa y vivir una vida ya muerta.

Eleuterio era un superviviente que por sobrevivir a su vida sobrevivió a la guerra. Consiguió en poco tiempo el empleo de sargento a base de tesón y a cierta dosis de locura que le hacía ofrecerse voluntario para volver al frente una y otra vez: primero Melilla, luego el regimiento Serrallo 69 de Ceuta y después en el cuarto tabor de Regulares, también de Ceuta; comiendo polvo, sufriendo emboscadas, matando y viendo morir a cientos de seres humanos, amigos o enemigos.

La guerra en África acabó para él con dos cruces de plata ganadas en combate y un buen destino en Santander, a dos pasos de las hermanas y de los padres. También con ese título de instructor de educación física de la Escuela Central de Gimnasia bajo el brazo (porque el de profesor estaba reservado a oficiales, así era aquella España de principios del XX), que aseguraba prácticamente su futuro en un país donde no existía esa titulación en el ámbito civil, por si acaso alguna vez el ejército decidía prescindir de sus servicios. Había triunfado y era feliz en Santander. Los tiros y las explosiones habían quedado lejos, como un mal recuerdo, y él había esquivado todas las balas. Y la guinda del pastel le llegó en 1934, con el ascenso a brigada y un destino aún más cómodo: la Caja de Reclutas de Santander.

Pero el destino se ríe siempre de nuestras alegrías y, coaligado con la peor generación de políticos de nuestro país, también se carcajeó de Eleuterio, de su felicidad y de la de media España. El 18 de julio de 1936 estalló la guerra Civil española y Eleuterio quedó en zona republicana, separado de sus padres y hermanas, que quedaron en la nacional.

Pero Eleuterio era un profesional, y a pesar de todo eligió ser leal a sus mandos e ir donde se le necesitase. De nuevo el frente de una guerra le estaba esperando, esta vez con la compañía de ametralladoras del Batallón 106, y como capitán, gracias a su experiencia africana. “Pan comido“, pensaría, “malo será que me mate una bala aquí cuando tantas otras no pudieron hacerlo a 1000 kilómetros de casa“.

Lo que seguro que no pensó nunca es que esa bala vendría de su propio bando. Bastaron para ello un par de discusiones con otros tenientes de su batallón, milicianos, hombres que habían sido toda su vida chóferes o empleados de una fábrica, pero que llegaban al empleo de oficial en el ejército republicano creyéndose diplomados en estado mayor cuando su único mérito era tener el carnet de un partido político o el de un sindicato. Gente que también así escapaba de la miseria material, a su manera, pero gente que nunca pudo escapar de su propia miseria moral.

Un tiro de pistola mató a Eleuterio. Y otro lo remató. Y allí, en Polientes (o tal vez fuera en Sargentes de la Lora), un día frío de finales del 36 o principios del 37, a escasos kilómetros de su Aguilar de Campoo, quedó tirado el cuerpo sin vida de mi tío abuelo Eleuterio, el que mataron en la guerra.

Y con esa sangre que se esparció en tierra cántabra se derramaron también los sueños de un superviviente, de un futuro profesor de educación física, de un hijo que no vio morir a sus padres, de un tío que no llegaría a conocer a sus sobrinos, de un marido que no conoció a su mujer, de un padre que no vio nacer a sus hijos.

De aquel muchacho que salió del pueblo con 21 años decidido a labrarse un futuro o morir en el intento, tan sólo quedó una foto en blanco y negro que el tiempo tiñó de color sepia, la de un tipo bajito y malencarado delante de una compañía de soldados en formación, en la que con una letra pulcra y ordenada, casi marcial; escribió a sus hermanas: “En Barcelona, de guardia a la puerta del cuartel. Eleuterio Bravo“.

Tocó morir, Eleuterio Bravo. Ochenta años después, tío, podrán decirse muchas cosas de ti, pero jamás nadie podrá decir, ni yo pondré en duda, que en tu corta e intensa vida no hiciste honor a tu apellido.

Bravo (1899-1937).

2020

Photo found in TeePublic

¿Qué se puede escribir sobre un año que apenas fue? El 2020 pasará a la Historia… y a las historias que un día contaremos a nuestros nietos. El año de la pandemia. El año que nos encerraron. El año de tantas cosas que tenían que haber ocurrido y nunca ocurrieron.

Deportivamente los corredores no fuimos ninguna excepción y tuvimos que confinarnos, como todos. Las redes sociales se llenaron de historias de runners que corrían medias maratones en las terrazas o en circuitos interiores que iban de la habitación de la abuela hasta el recibidor. Las ventas de cintas para correr se dispararon. Todos hicimos deporte como pudimos entre aplausos a los sanitarios, tiktoks de bailes con papel higiénico y caras de preocupación en cada rueda de prensa donde se facilitaba la cifra de fallecidos del día anterior.

Y cuando aquel dos de mayo nos dejaron salir a trotar (en las famosas franjas horarias, ¿recordáis?) el mundo se llenó de corretones, de andarines, de bicicleteros. Todos haciendo “deporte” bien juntitos, cuando la mascarilla aún no era obligatoria, y los viejos corredores quedamos perplejos al comprobar que cualquiera de nuestros circuitos habituales se había transformado en la Gran Vía en época de rebajas.

Y es todavía hoy que salir a correr se me hace raro. Trato de buscar rutas en las que sé que me cruzaré con poca gente y cuando lo hago trato de dejar toda la distancia posible y mirar para otro lado, sobre todo si no llevo mascarilla, o el buff, al menos.

Todos tenemos ganas de la vieja normalidad. De tomar un café en un bar sin sorberlo a hurtadillas, de madrugar, caminar por la calle y disfrutar del olor de la mañana. Se nos están olvidando cosas tan sencillas como los olores porque ya sólo olemos nuestra propia respiración. Y todo eso es triste. Y es espantoso. Sobre todo por los niños, ellos no se cuestionan las cosas: las aceptan y se adaptan. Como se adaptaron al confinamiento. Porque como dijo una niña en televisión, en la frase más terrible que he podido escuchar en todo 2020: “no pasa nada, es mejor eso que morirte“.

Las carreras populares prácticamente han dejado de existir. Ya sólo hay carreras virtuales (también de pago) y las grandes citas se han ido aplazando y suspendiendo. Trasladando inscripciones a una siguiente edición también desplazada en el calendario: el maratón de Barcelona será en noviembre de 2021, el de Madrid en septiembre, etc. Y nada es seguro, el calendario de vacunación tendrá la última palabra.

2020 era para mí, el año del maratón de Oporto. Como esas otras carreras que acabo de comentar, aguantó lo que pudo, pero al final tuvo que suspenderse y mi inscripción ha pasado a la edición de 2021. Como siempre se celebra en otoño, en principio mantiene la fecha habitual y espero estar en la línea de salida el 8 de noviembre. Cruzaré los dedos.

Mi otra cita segura de 2020 (ya inscrito) era la Media maratón de Zamora. No la corrí por poco. El estado de alarma se declaró justo el fin de semana que debía haberse disputado. Se trasladó al otoño pero finalmente se suspendió y nuestras inscripciones han sido trasladadas a la edición de 2021, aunque todo apunta a que volverá a aplazarse porque, llamadme pesimista, pero no me veo yo corriendo con varios cientos de personas el 21 de febrero, tal y como están las cosas a día de hoy.

Con todo y con eso, cierro el año con 0 carreras disputadas, pero con 1033 kilómetros recorridos: ¡10 más que en 2018 y eso que no había pandemia!

¡Feliz 2021 a todos!

Beats por minuto

“You better run,

You better do what you can”

Michael Jackson

Hoy he salido a correr y me he puesto una playlist que se titulaba “Relax y Serenidad“. Canciones sencillas, lindas melodías, voces cálidas. Disfrutona, para rodar y rodar. Porque a veces suelo pensar que en el loco mundo del running sólo tenemos oídos para el rock duro más cañero o para el chunda-chunda (porque si se escucha también eso del reguetón o el trap, escapa a mi conocimiento). Muchos beats por minuto para darle caña a las patitas.

Pues eso es algo que no entiendo. Conocí una vez a un corredor que me contaba que él no salía a entrenar si no podía ir escuchando un disco de los Rammstein. Siempre me pregunté a qué velocidad entrenaría aquel tío. Yo me pongo “Links 2 3 4” y ya me canso sólo con escuchar el estribillo.

Y no me entendáis mal, no me parece mal que me larguen en una carrera con los primeros acordes de “Thunderstruck“, de AC/DC; o de “Highway to Hell“, de AC/DC, o de “Back in Black“, de AC/DC; o de “You Shook Me All Night Long“, de AC/DC. Bueno, a lo mejor sí que me cansa que estemos explotando tanto a AC/DC. Si hasta a mí, en la salida del maratón de Nueva York de 2014 me dieron la salida con el “Safe in New York City“, de AC/DC, en vez de con el tema de “New York, New York” de Sinatra que, por cierto, ni era de Nueva York ni la canción era suya.

Pero no me entendáis mal, yo he vivido el metal toda la vida. En el instituto, no debatíamos si Nietzsche o Schopenhauer, discutíamos si era mejor guitarrista Ritchie Blackmore o Michael Schenker. Pero a diferencia de los filósofos, a los que al menos he visto hacer un poco de deporte jugando al fútbol (¿o era en un sketch de los Monty Python?), yo no he visto a los hermanos Young corriendo. Es más, en lo único que se parece Angus Young a un corredor es en que es flaquito y va en pantalones cortos.

Pero insisto, no me entendáis mal, el rock siempre ha formado parte de mi vida. Yo he llevado Yumas, pantalones Jesus de pitillo y una cazadora con chapitas de AC/DC (oh, wait!), Obús y Barón Rojo (mucho antes de que el Sherpa se “convirtiese” a Vox o Armando de Castro participara en “First Dates“). Pero entrenando no le digo no al sonido suave de un piano en vez de al rasgueo de una Fender Stratocaster.

Y no me entendáis mal, no me disgusta el heavy, yo he tenido colgado en la pared un póster de un disco de Panzer con la imagen de la abuela rockera haciendo la peineta al personal (junto a otro de Linda Evangelista, pero eso es otro tema). Así que para finalizar sólo quiero decir que hay tiempo para todo: para pop, para rock, para rap y hasta para entrenar sin música.

Y no me entendáis mal, pero la culpa de que dejara de interesarme el heavy la tuvo Eddie Van Halen… ¿por qué narices tuvo que tocar el solo de guitarra en aquella canción de Michael Jackson? ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí, “Beat It“!

 

Te contaré la historia de mi vida…

Te contaré la historia de mi vida…

And if you have five seconds to spare
Then I’ll tell you the story of my life.

The Smiths – “Half a person”

He querido reunir aquí la serie de cinco fotos contando un poco mi historia en el mundo del maratón que he publicado en mi perfil de Instagram, cada una con su texto correspondiente, pero modificando algunas cosas aprovechando que aquí no existe la limitación de 2200 caracteres de IG. Os dejo con ello. Si la habéis seguido por Insta, os podéis ahorrar la lectura porque vais a necesitar algo más de cinco segundos. 😉


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Mapoma 1999

Leyendo las aventuras de @corvilloantonio, me han entrado ganas de dar la chapa con una foto de mi primera carrera: la maratón de Madrid de 1999. Sí, sí, primera carrera, no primera maratón. Yo debuté por la puerta grande: 42 km con camiseta y pantalón de algodón y zapatillas de tenis. Es decir que, como se deduce fácilmente, no tenía la más mínima idea de dónde me metía. En 1998, leyendo el periódico en la oficina donde trabajaba en turno de noche (gajes del noble y mal considerado oficio de teleoperador), di con la crónica del 21º Maratón Popular de Madrid que acababa de celebrarse y le dije a, mi compañero: “el año que viene lo corro yo”. Él me miró y dijo: “vale, y yo”. Y ahí quedó la bravata. Yo, a pesar de que siempre fui deportista (karateca federado desde los 9 a los 14 años), hacía ya tiempo que llevaba una vida sedentaria, con unos turnos de mierda en el trabajo y era consciente de que necesitaba hacer algo de deporte. Mi compi se olvidó pronto del tema, pero yo, con la llegada del buen tiempo, empecé a salir a dar vueltas al Parque “El Paraíso” de mi barrio, San Blas. Primero una, luego dos, tres, nueve… Y eso fue mi “entrenamiento”: vuetas y vueltas a un parque de tres kilómetros de cuerda. No recuerdo bien los meses que estuve corriendo así porque hace ya mucho de aquello y la memoria es selectiva. Lo que sí recuerdo es que aunque no considerara importante lo de las zapas o camisetas (total, ya si tenía unos pantalones cortos y nikis), sí que me compré un cronómetro Casio por lo menos para saber el tiempo que pasaba corriendo. Y, sinceramente, yo pensaba que había hecho una muy buena preparación… hasta que cuando fui a recoger el dorsal en el Hotel Convención (antes éramos tan pocos que la feria del corredor se podía hacer allí) me dieron una revista de la organización en la hablaban del “muro”, de la preparación psicológica, etc. Vamos que entendí de golpe en donde me estaba metiendo y que aquello era un “fregao” importante. Y así fue. En la carrera me pegué tal leche contra el muro que todavía ando recogiendo los dientes. Recuerdo pasarlo mal ya desde la Ciudad Universitaria cuando no había ni llegado al kilómetro 25. Y comerme limones (¡limones!) a bocados atravesando la Colonia del Manzanares escuchando de fondo la animosa cacerolada de los vecinos, y llegar al kilómetro 40 en Méndez Álvaro andando como un zombie, lanzándome a por la botella de agua del último avituallamiento bajo un sol abrasador que me aplastaba contra el asfalto para por fin acabar la p*t* carrera en el Paseo del Prado con la cara desencajada. Nunca en la vida lo había pasado tan mal y supongo que lo más alejado de mi pensamiento en aquellos momentos era la posibilidad de volver a correr otro. Y mira por donde, van ya 15 maratones: 10 de Madrid, el Millennium Marathon, Barcelona, Nueva York, Liverpool y Valencia. Y otro, portugués, en camino si el coronavirus lo permite.


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Mapoma 2002

Si ayer hablé de mi primera maratón “formal”, hoy con esta foto contaré la historia de la que considero mi primera maratón “real”: abril de 2002, mi cuarta maratón, pero la primera que por fin hice de principio a fin corriendo. Si la maratón de 1999 fue un desatino y una penitencia que acabé en 4:15, la segunda, en 2000, lo fue aún más y en vez de mejorar mi marca, la empeoré hasta las 4 horas y 18 minutos. No me pregunten por qué, ni yo mismo me acuerdo. Salió así y nada se pudo hacer. Así que tuve que irme a casa renegando y con la firme determinación de que el año siguiente, en el Maratón de Madrid de 2001, me cobraría la venganza definitiva contra los malditos 42 kilómetros y 195 metros. Pero el hombre propone y Dios dispone, y con las ansias de prepararme bien me lesioné en un gemelo y no pude participar a pesar de estar inscrito en una edición épica que se desarrolló bajo la lluvia (lo recuerdo porque fui a meta como espectador a ver el final). Ese mismo año 2001, por suerte, se organizó un maratón de otoño en Madrid: el Millennium Marathon; con un recorrido completamente distinto al de Mapoma y en el que en su meta de la Casa de Campo, a pesar de no haberla podido preparar bien por la lesión, marqué un registro ya de 3:59. Pero, aun así, volvía a casa siempre cabreado: siempre había un pero, un fallo; esta vez por tener que dejar de correr y tener que caminar en los últimos kilómetros porque acababa perdiendo mucho tiempo y sabía que yo tenía otra marca mejor en mis piernas. Quería, ¡necesitaba!, correr un maratón de principio a fin y conocer cuáles eran mis límites. Así que el siguiente Maratón de Madrid, el de 2002, lo preparé como marcan los cánones: diversidad de entrenos, cuidado de la alimentación, equipación adecuada (mis Adidas Supernova Cushion, pantalón y camiseta técnica -tuve que comprarla porque las conmemorativas de Mapoma siempre eran de algodón-)… y funcionó y ahí están esos 3:28 (que eran 3:26 en tiempo real). Esta maratón ha sido la única en la que no sentí el muro, al contrario, pequé de prudente y quizá podía haber hecho un tiempazo. Pero bueno, en aquella época no tenía pulsómetro, no existían los GPS, ni Stryd y todas las decisiones se tomaban por sensaciones. Por eso pienso que si mi cuerpo me pidió prudencia por algo sería: a lo mejor compensar la imprudencia de los comienzos. 😉


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Mapoma 2008

La foto de hoy no es para nada espectacular y ni siquiera salgo yo. Pero es importante para mí. La hice en la recta de meta de la maratón de Madrid de 2008 y en ella, si uno se fija, puede ver a lo lejos al corredor que iba a ganarla: @chemitamartinez. Y es importante, digo, porque tras la maratón de 2002 me estabilicé en las marcas. Volví a correr Madrid en 3:26 en 2003 y en 3:30 en 2004. No iba ni para adelante ni para atrás, y además ya tenía el suficiente oficio como para poder correr un maratón de principio a fin, sin que eso supusiera un desafío. Y esa falta de progreso, junto a nuevas y necesarias circunstancias laborales y personales hicieron que no encontrara la motivación suficiente como para preparar un maratón. Seguía corriendo por libre, sí; seguía participando en carreras de 10 kiómetros y en algunas medias, pero el maratón quedó aparcado, descartado, un año tras otro. Pero aquel abril de 2008 me apeteció ir a ver el maratón como espectador y estuve siguiendo la carrera en varios puntos, aplaudiendo y sintiendo envidia (mucha) de todos aquellos corredores a los que trataba de animar. Así que para cuando Chema Martínez pasó por delante mía en el Retiro, camino de su victoria, el gusanillo del maratón ya se había instalado en mí de nuevo. Las circunstancias se volvieron además muy favorables pues a finales de ese mismo año aprobé la oposición y ya vivíamos en Barajas, donde era fácil poder salir a entrenar, no como cuando vivíamos en Malasaña. Y el 26 de abril de 2009, después de un paréntesis de cinco años, con los nervios de un debutante, me volví a poner en la línea de salida de mi séptimo maratón. Aquel Mapoma, el primero que corrí con meta en El Retiro, se me atragantó un poquito, pero a base de oficio pude acabarlo dignamente con una marca de 3:40, lo que no estaba nada mal para un funcionario corredor en prácticas.


Finisher
Nueva York 2014

Tras 2009 volví a correr Madrid en 2010 (3:57) y en 2012 (3:29). Escapé de maratón en 2011 por el embarazo de mi mujer y el nacimiento de mi hijo. El caso es que empecé a sentir que Madrid no me llenaba como antes y en 2013 corrí la primera maratón fuera de mi ciudad, en Barcelona (3:56). A pesar de correr puesto de ibuprofeno hasta las trancas, me encantó la experiencia del turismo runner y supe que tenía que repetirla. Lo que no me plantee fue repetir Barcelona por fechas ya que al celebrarse en marzo la preparación se tiene que hacer en los peores meses del invierno. Así que en 2014 volví a Madrid (3:32) pero probando suerte también en la lottery para el @nycmarathon por si sonaba la flauta. ¡Y sonó! Así que ese año habría que correr dos maratones, algo que nunca había hecho pero me ilusionaba. ¡Al fin y al cabo era Nueva York! Sin embargo, en verano, al comienzo de la preparación, mi madre falleció. Todo se me vino abajo. Mi madre era mi fan número 1. En mis primeras maratones siempre venía junto a mi padre a meta a verme llegar. Tuve muchas ganas de abandonar, de quedarme en Madrid con mi pena. Pero @cmansog me convenció y la preparé como pude, pensando nada más que en acabarla. No es fácil correr cuando tienes ganas de llorar. Porque inevitablemente en algún momento te invade la pena y lloras ya estés conduciendo, trabajando o corriendo; y muchas veces sentí correr las lágrimas por mis mejillas durante un rodaje. Pero el tiempo avanza inexorable, sin pausas, y llegó el día de salir hacia nuestras minivacaciones en los Estados Unidos, y una vez allí Nueva York te avasalla los sentidos se nublan con todo lo que ves y vives en una ciudad que se prepara para una fiesta deportiva y empiezas a pensar que necesitas hacerlo bien porque aquello es Nueva York, aquello es un major, y sabes que puede que nunca más lo vuelvas a correr. Pero aun así, por mucha voluntad que le pongas, el entrenamiento que llevas es el que te condiciona en carrera. Yo, afortunadamente, había hecho 3:32 en Madrid y había ido perdiendo la forma suavemente. Pero a pesar de toda mi prudencia, en el muro del Bronx me tocó mirar al cielo, pedirle a mi madre ayuda, y apretar los dientes hasta esa meta de Central Park a la que tanto cuesta llegar. Al final terminé en 3:52 que para tal y como estaba me pareció un triunfo. Un triunfo amargo en el que el caballero de la triste sonrisa de la foto, yo mismo, no acierta a enmascarar su pena.


 

El último tramo de mi aventura maratonianas vuelve a Madrid en 2016 tras un paréntesis en 2015 en el que tuve que renunciar a correr el que hubiera sido mi segundo major: Chicago. Simplemente porque ese año tuvimos que elegir entre vacaciones de verano o correr el maratón porque no había dinero para todo. Y lo mejor para la familia eran unas merecidas vacaciones a pesar de tener que perder la inscripción a Chicago, que ya estaba pagada. A mí me hubiera encantado poder tenerlo todo, pero si no es posible, no es posible; y hay que darse cuenta también de eso. Si alguna vez pensé correr los seis majors, el sueño se acabó en aquel momento. Pero bueno, rehice mis planes, volví a Madrid en 2016  (3:33) como forma de asegurar un maratón y con la determinación de alejarme de él en años posteriores. Y así ha sido desde 2017, y no es que no quiera volver a correr en Madrid, simplemente no me apetece por el momento. En mayo de 2017 viajamos a Liverpool para correr un maratón que me encantó pero para el que no iba preparado y en el que lógicamente hice la peor de mis marcas: 4:22. Yo creo que moralmente aquello me tocó y por eso me tomé el 2018 como año sabático de maratones. Finalmente, el año pasado célebre en Valencia mis dos décadas como maratoniano (1999-2019) con mi maratón número 15, la niña bonita, que acabé en 3:36, mi mejor marca en un maratón lejos de casa.

valencia2019
Valencia 2019

Y hasta aquí ha llegado, de momento, mi historia de corredor de larga distancia. En principio debería correr este otoño en Oporto (otro destino asequible), pero la crisis del CoViD19 no sé cómo nos afectará, ni tampoco qué pasará con las carreras multitudinarias a partir de ahora. Pero lo iremos viendo poco a poco.

Agradeceros la paciencia que habéis tenido los que habéis leído estas entradas. También pediros perdón por el tostón, pero agradeced que tuviera esto en mente y no os contara los quince maratones… uno a uno. La última foto es del maratón de Valencia, que corrí con la camiseta de mi gimnasio @karateolimpia, algo que pienso repetir siempre que pueda. En los próximos años prometo aclararme y decidir si soy un karateca que corre o un corredor que hace kárate. O quizá es que sea las dos cosas al 50%.

Usted preguntará por qué corremos

Hace unos años se hizo famoso un vídeo con texto del urugayo Marciano Durán titulado “Esos locos que Corren”. Hoy me ha llegado, del mismo autor, un poema que me apetece compartir porque sí, porque en estos tiempos de confinamiento la poesía siempre puede ser de ayuda. Se titula “Usted preguntará por qué corremos” y el autor se lo dedica a Mario Benedetti (“un fenómeno que nunca corrió una carrera”). Dice así:

Si el frío nos perfora hasta los huesos
y el sol va quemando nuestros planes.
Si el viento nos devuelve hacia el principio
y el desaliento esconde los finales…
…usted preguntará por qué corremos.
Si cada cuesta cuesta hasta el ahogo
y en la pendiente está el desplome.
Si los aires ya no son los del comienzo
y la ruta es una sucesión de murallones…
…usted preguntará por qué corremos.
Si el aire disminuye hasta la asfixia
y respirar se torna un desafío.
Si la sed reseca los caminos
y nos asaltan los fríos y resfríos…
…usted preguntará por qué corremos.
Corremos porque el paso no es bastante
y no es bastante el canto ni la risa.
Corremos por los cuerdos que extrañados
ven pasar a los locos con su prisa.
Corremos en un mundo muy sensato
regido por la típica cordura.
Corremos cada loco reclamando
el derecho al paréntesis que cura.
¡El derecho irrenunciable a la locura!
Usted…¿insiste una vez más en preguntar?
Corremos, señor… téngalo claro,
porque no nos enseñaron a volar.

Qué raro todo esto

Llevo nueve días sin correr, sin hacer siquiera ejercicio, y no sé cuándo volveré a hacerlo. Los días se suceden, uno tras otro, la situación no mejora y sólo ir a trabajar, cuando toca, me hace cambiar de escenario. Y yo soy afortunado, vivo en una casa grande, con patio pequeño, pero al menos me da el aire, si quiero. Me he visto todas las películas nominadas a la última edición de los Oscars. Me he leído entera la Ley de Sociedades de Capital. Cocino. Aspiro. Friego. A Cristina le han aplicado un ERTE. Mateo está encantado en casa. A sus casi nueve años no sé cómo recordará esto de mayor. Me duelen las rodillas cuando subo escaleras, aunque me mantengo en el peso. He empezado a usar las videollamadas en el teléfono para ver a mi padre. Y eso que los nuestros están limpios de virus, tocamos madera. No tengo perro que poder pasear. Tampoco tengo mascarillas, tan sólo dos pares de guantes de vinilo que saqué del trabajo el último día que fui. Una compañera del trabajo está en el hospital, pero no sabemos más. Mi amigo Davide vive en el Veneto y ayer le mandé un mensaje: está bien; encerrado, pero bien. Como nosotros. Con un mundo vacío ahí fuera y secuestrados en casa por miedo a un pequeño bicho, tan pequeño que no se le puede ver. Como en una distopía absurda: un mundo de hombres sanos encerrados en casa por miedo a contagiarse de una enfermedad para la que no hay cura. De momento. Pero, ¿y después? ¿Qué pasará con la vacuna después? ¿Será efectiva? ¿Pasará como con la vacuna de la gripe que cada año vale para unas cepas pero no para otras? ¿Desarrollará distintas cepas? ¿Mutará? ¿Tendremos que pasarnos el resto de nuestra vida con mascarilla y guantes? El curso de Mateo casi lo doy por finalizado. El verano está a la vuelta de la esquina. No quiero que el bicho también nos robe el verano. En Wuhan llevan dos meses aislados y eso que ya no tienen contagios locales. Italia ha cumplido el primer mes sin colegio. ¿Y la gente de qué va a vivir? Madrid es el centro económico de España y es donde peor estamos. Donde el confinamiento se alargaría en el peor de los casos. ¿Y si no hay ingresos quién paga impuestos? Porque si no hay trabajo y nadie paga impuestos no hay, no puede haber, prestaciones que ayuden a toda la gente que se quede sin trabajo. No quiero seguir pensando, no quiero seguir escribiendo.

Malos tiempos para la lírica… a pesar de que ayer fuera el día mundial de la poesía.

Quedaos en casa.

2019

2019Como es ya tradicional en este blog (aunque este año se me ha demorado el tema un poquito), llega la entrada en la que evalúo un poco lo que ha sido el año que nos deja en términos deportivos. El 2018 fue un año horrible, como ya conté en la entrada correspondiente. Sin embargo, este 2019 me ha dejado con otro sabor de boca. Por fin. Mucho mejor.

Si nos vamos a participaciones en carreras, no hemos avanzado mucho: un 10K en Torrejón, la media de Azuqueca y el maratón de Valencia. Y ya. Las dos primeras en un estado de forma deplorable y la maratón, que ha sido la prueba con mayúsculas, la niña mimada del año. Tenía ganas de haber corrido al menos una carrera más: la media de Zamora, en marzo; pero no pude porque en esa fecha estuvimos de obras en casa. Pero, vamos, que una carrera más, una menos en un año con tres pruebas en el haber… no viene sino a reafirmas que de dorsalitis padezco poco.

Pero vamos a lo bueno. Este año 2019 he corrido más (1667 kilómetros, por 1023 en 2018), he corrido mejor (con la sensación de ir bastante más rápido) y he podido correr sin ninguna lesión, beneficiándome también de una importante bajada de peso durante la preparación del maratón. Y eso es lo más importante y lo que ha definido que este año haya sido en términos generales buenos: correr más, correr mejor y aun así no lesionarse. Quizá lo que todos o la mayoría de corredores populares deseamos.

Pero 2020 ya está aquí y además el principal objetivo del año también está perfectamente definido porque ya estoy inscrito: la maratón de Oporto el 8 de noviembre. Así que este año seguiré corriendo maratones y descubriendo nuevas ciudades que es una forma maravillosa de vivir. Volver a correr 42K en Madrid, por tanto (un año, un maratón) tendrá que seguir esperando. De momento sigue sin motivarme y mi última participación en 2016 tampoco está tan lejos. Llegará de nuevo el momento de correrla, supongo, pero todavía no.

Pero aún tengo muchos más propósitos para 2020, otra cosa es que luego se concreten: me gustaría volver a correr en Zamora; para mayo, un mes con buen tiempo en el que me apetece siempre correr, Azuqueca me sigue pareciendo una muy buena opción; también tengo ganas de un trail corto, no muy técnico para disfrutar corriendo por el campo; y, cómo no, volver a Canillejas, a Moratalaz… y a disfrutar de una Sansil pero que no sea Madrid… quizá Alcalá y con la camiseta del Gimasio Olimpia… ¿por qué no?

Feliz y Deportivo Año Olímpico 2020.