Solo ante el streaking

streaking
Streaking and running (fuente: history.com)

¿Cómo una de las peores películas del “landismo” (y de la historia del cine español, probablemente) puede inspirarle a uno un post? Pues porque, aunque no lo  parezca, el streaking de la película, el acto de mostrarse uno desnudo como forma de protesta o rebeldía, tiene su origen (sin tener que remontarnos a Lady Godiva) en las carreras que se organizaban en los campus universitarios americanos en aquella época que tan bien retratan series como “Mad Men“, y que tenían un poco de eso: salir a correr y hacerlo en cueros como forma de protesta, o como desafío, o simplemente para echar unas risas y escandalizar a las generaciones más mayores. Curiosamente, aquellos jóvenes rebeldes de finales de los 60 y principios de los 70, cincuenta años después, deben ser ya venerables ancianitos o, como poco, felices jubiletas. El que quiera más información puede leer la entrada que wikipedia dedica al fenómeno y por qué a eso se le llamó streaking.

En cualquier caso, no ha sido nunca mi intención salir a correr a culo pajarero como si fuera a participar en una foto de Tunick, sino que el término streak en running ha vuelto a sus raíces etimológicas más profundas y viene a significar lo que siempre significó: una racha, una serie consecutiva de algo. De ahí el run streak: una racha encadenada de días consecutivos saliendo a correr.

Hace años había leído a Santi Palillo, que allá por 2012 estuvo 366 días consecutivos saliendo a correr un mínimo de 5 kilómetros. Yo quería un poco vivir esa experiencia, la de salir a correr por correr todos los días durante algún tiempo. Estaba claro que en ningún caso podría plantearme siquiera estar un año así, ni un mes. Pero sí aprovechar las vacaciones de verano para hacerlo.

El año pasado es cierto que lo intenté, pero me torcí un tobillo al sexto día y pasé el resto de vacaciones en el dique seco. Sí, ya sé que la mayoría de vosotros aprovecháis las vacaciones de verano para pasarlas enteras en el “dique seco” y dejar descansar al cuerpo, pero yo soy un rarito al que le gusta correr y al que no le gusta planificarse su hobby como una temporada formal con sus descansos, pretemporadas y cosas de esas. Me gusta salir a correr y si cuando más puedo hacerlo es en vacaciones… pues corro en vacaciones. Eso sí, como el maestro Palillo me fijé un mínimo de 5 kilómetros diarios… que casi también era el máximo; y libertad de ritmos: sin series, ni fartlek, ni cuestas, ni esfuerzos que pudieran cansarme tanto como para no querer salir a correr al día siguiente.

Al final he conseguido encadenar 16 días corriendo. No son muchos, vale, aceptado, pero la experiencia, en sí,  me ha gustado mucho y habría podido mantenerla en el tiempo de haber tenido más días de vacaciones. Es cierto que me costó un poco encontrar fuerza de voluntad al principio, pero una vez que se consigue la rutina, salir a correr se hace tan cotidiano como desayunar.

¿Algún resultado visible o apreciable? Pues no. Ni pérdida de peso, ni mejora en el estado físico. Tampoco los ritmos eran como para conseguir nada. Quizá en el aspecto psicológico cierta satisfacción por hacer ejercicio, por llevar una vida activa, por mover el trasero, y por poder tomar una Tropical (que las vacaciones fueron en Canarias) y unas patatas fritas sin sentimiento de culpa. Por ahí sí.

Para finalizar me dejo unos números, para los archivos:

  • Entrenos: 16
  • Distancia: de 5,02 a 6,03 kilómetros
  • Tiempo: de 29’05” a 35’29”
  • Ritmo: de 5’12” a 6’09” min/km
  • Carrera promedio: 5,49 kilómetros en 31’31” (5’44” min/km)
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R’n’R Liverpool Marathon 2017: la crítica

Cuando se empieza a correr, o mejor, a participar en competiciones, lo normal es ir aumentando poco a poco de distancia: empezar por los 10K, seguir con medios maratones, para acabar corriendo la distancia reina, el maratón y sus 42.195 metros. Es, aparte de la evolución lógica, básicamente, un modo de mantenernos motivados: “a ver si soy capaz de…”. Posteriormente, dominada la distancia, la motivación consiste, a mi juicio, en ir mejorando las marcas, en ser mejores corredores: más rápidos, más eficientes, llegar mejor preparados. Consecuentemente, si esta perfección a la que aspiramos se repite en una serie de años más o menos larga, es más que probable que lleguemos a un punto en el que ya sintamos que hemos tocado techo como maratonianos y, salvo que nos convirtamos en alguien obsesionado con conseguir unas marcas casi equiparables a las de los atletas de élite (para lo que necesitamos una constancia y una dedicación en tiempo que muchos no tenemos o no queremos), nuestras viejas amigas, esas carreras fijas que tenemos marcadas año tras año en el calendario, dejarán de motivarnos.

A mí me pasó con el maratón de Madrid. Ya a mediados de la década pasada, durante cuatro años, dejé de correrlo. Lo volví a retomar en 2009, pero en 2013 le fui “infiel” por Barcelona. Y así descubrí que correr nuevos maratones era mi nueva forma de motivarme. Repetí en 2014 con Nueva York y, por problemas económicos, me tuve que apear de Chicago 2015, en el último momento. En 2016 volví a Madrid pensando en que después de un par de años debería echarle de menos, pero no fue así. Ni siquiera el paso por la Puerta del Sol me resultó emocionante. Así que después de 10 ediciones de la carrera madrileña me propuse decirle adiós por un tiempo (nunca puedes decir nunca) y explorar nuevas competiciones.

Y ahí apareció Liverpool. Suponía un maratón barato (me inscribí por 35 libras -40 euros- y mi mujer, que debutó en medio maratón, por algo menos), que se disputaba a finales de mayo (lo que me permitiría no tener que entrenar en los meses más fríos del invierno, cosa que odio) y estaba organizado por el grupo Competitor bajo la marca Rock’n’Roll que conocemos sobradamente en Madrid. Además, los vuelos con EasyJet son baratos si se compran con tiempo, y los hoteles tampoco son excesivamente caros. Nosotros nos quedamos en un Premier Inn cercano al aeropuerto porque el vuelo desde Madrid llegaba muy tarde a Liverpool, pero se llegaba al centro de la ciudad en autobús en apenas 35 minutos. Por otra parte, la ciudad, al ser pequeña (no tiene ni metro) es perfectamente visitable sin necesidad de utilizar transporte público y el que hay es barato si lo comparamos con Londres, por ejemplo.

El maratón se vende como un fin de semana de gran fiesta (es cierto que el sábado y el domingo había muchísimos corredores por las calles) y comprende no sólo el 42K, sino también el Medio Maratón, un 5K y una Milla festiva. En prensa se dio la cifra de 20.000 participantes, aproximadamente, en esta edición. Pero esa era la cifra global sumadas todas las carreras (incluso duplicando corredores que participaron en varias distancias). Para aclararnos: 10.000 fueron los participantes del medio maratón que se disputó el domingo, media hora antes del maratón; 4.000 fueron los participantes del maratón; otros 4.000 participaron en la carrera de 5K del sábado (integrada también por gente que correría el domingo, y que así se ganaba una medalla extra por completar dos distancias) y 2.000 en la milla que se disputó a medio día del domingo (con meta distinta a la del Half y el Marathon). Es un poco lioso, ya lo sé.

Marathon Expo. IG: @garricar

La feria del corredor abría viernes y sábado y se desarrolló en el Liverpool Echo Arena, que es un espacio multiusos, tipo Palacio de los Deportes, que queda donde los viejos muelles, junto al río Mersey. No lejos de la zona comercial de la ciudad. Pero como digo, Liverpool es pequeño y todo está cerca. Desde esa zona de los Docks saldría la carrera y también terminaría. Además, el día de la prueba, el Echo Arena serviría de ropero y de zona de entrega, a cubierto, de la bolsa con avituallamiento líquido y sólido a los corredores.

La entrega de dorsales a los corredores ingleses se hace por correo en las semanas previas a la carrera, lo que evita las colas a los extranjeros que vamos a recoger el dorsal el sábado. En el mismo acto recoges la camiseta conmemorativa (que no está patrocinada por ninguna marca de ropa deportiva), aunque también puedes irte sin ella y recogerla al finalizar la carrera (te hacen una marca en el dorsal para evitar la picaresca). Los stands son pocos y pequeños al no haber un patrocinador principal. Una tarima, un proyector y unas cuantas sillas sirven para las conferencias. Nada especial. Eso sí, no faltan los photocall y en especial uno en el que te podías disfrazar de los Beatles, muy divertido, que para eso estamos en su ciudad.

El recorrido me pareció muy asequible, con algunas dificultades hasta el kilómetro 15 o 16 (muchos tramos de sube y baja, lo que ellos llaman “hilly“) y desde allí hasta el final todo plano o con una ligera inclinación. Los últimos 5-6 kilómetros se hacen a la orilla del río, más expuestos al viento, pero el día de la carrera no pasaba de ser una ligera brisa que no impedía correr.

La medición del trazado está en millas, pero yo no me fiaría mucho. Los primeros carteles de millas no los vi. En el suelo tampoco se dibuja la línea que seguimos en España. En algunos sitios sí que estaba el kilómetro marcado: por ejemplo en el 10 (milla 6,21), que coincidía con una alfombrilla. La alfombrilla del medio maratón estaba puesta en el medio de un parque, sin arco, sin pancartas, nada. Otra alfombrilla estaba en la milla 20 y otra en el km 37,2 (lo que viene a ser la milla 23,11). Un caos tanto si usas millas como kilómetros como referencia. Vi también un cartelito de km. 40 pero sin marca en el suelo, así que no sabría determinar si estaba bien puesto o no. El recorrido total que me marcó el Polar fue de 42,44 kms, lo que me lleva a la conclusión de que, al menos, la distancia global sí que estaba bien medida.

El avituallamiento tampoco es como en Madrid: cada 5 kilómetros. Allí hay 11 puntos de hidratación en las millas 1.8, 4.4, 7.2, 9, 11.1, 13.1, 15.7, 18.3, 20, 22.2 y 24.3. O sea, un lío. Así que nunca sabía si tenía cerca el agua o no (también Lucozade y, en un par de puntos, geles).

De animación, más o menos como en Madrid. Tramos donde hay mucha gente animando: salida, meta, Penny Lane y el paso por el centro de la ciudad; y tramos por parques y en zonas alejadas en los que no había nadie más que los corredores y cuatro que pasaban por allí. Mucha parte del recorrido se hace cruzando parques urbanos, pero a mí no me molestó, al contrario, algunos de los parques por los que corrimos eran extraordinariamente bellos. Prefiero eso a compartir media carretera con los coches. Recuerdo, por ejemplo, el principio del Otterspool Park como de cuento de hadas con una luz filtrada a través de unos árboles inmensos que parecía sacada de un libro de fantasía. De haber llevado cámara me habría parado a hacer fotos, seguro. Además, al no ser excesivo el número de participantes en cuanto se estira la carrera te encuentras corriendo en fila de a uno y puedes compartir perfectamente el espacio con los usuarios de los parques. Algún tramo hubo también de acera, eso no me gustó tanto.

La animación musical, como es habitual en las carreras de Rock’n’Roll, muy abundante a lo largo del recorrido, aunque en varios puntos se limitaba a un equipo de música, no a música en vivo. O eso o como iba tan lento llegué tarde y la banda ya se había ido, que podria ser 😉

Birra post-maratón

En la zona de meta, muy animada, a la salida del Echo Arena se había montado un escenario y había un concierto de música para participantes y acompañantes. La organización invitaba, además, a una pinta de Heineken a todos los corredores.

En definitiva, un maratón modesto, bien organizado en líneas generales y con un recorrido que te permitirá conocer lo más destacado de la ciudad. Recomendado para cualquiera que quiera un cambio de aires y ver cosas nuevas sin dejarse una pasta en un Major, y particularmente a futboleros y seguidores de la Premier League, no en vano Liverpool, con apenas 500.000 habitantes tiene dos equipos de la máxima categoría que suman entre ambos 27 títulos (aunque desde 1990 no rascan bola) y en el caso del Liverpool, además, 5 Copas de Europa. Y, por supuesto, a fans de los Beatles.

R’n’R Liverpool Marathon 2017: la crónica

I’m going down to Liverpool to do nothing

(Katrina & The Waves – “Going down to Liverpool“)

Son las 10 de la mañana del domingo 28 de mayo de 2017 y estoy en la línea de salida del Maratón de Liverpool. Los 4.000 maratonianos que nos agolpamos en el Albert Dock guardamos un respetuoso minuto de silencio por las víctimas del atentado del Manchester Arena. Empiezo a pensar en que estoy perdiendo la cuenta ya de cuántos minutos de silencio habré guardado en líneas de salida a consecuencia de la infinita necedad humana. Está nublado y habrá como 15 grados, temperaratura ideal para correr. No estoy agotado de entrenar, ni mucho menos, ni lesionado y el perfil del maratón es espectacular con las mayores dificultades del trazado en sus primeros 17 kilómetros. A partir de ahí, llano como la palma de la mano. Por si fuera poco, me han asignado al corral 2, por lo que tras el pistoletazo de salida no tardo ni 30 segundos en pasar bajo el arco de salida.

La estrategia está clara: mantener un ritmo de 5 minutos por kilómetro. No cebarme, pero tampoco ir más despacio. Es mi objetivo y es lo que se supone que el plan de entrenamiento me ha tenido que dar.

Los primeros kilómetros son de callejeo por la zona norte de la ciudad, siempre picando hacia arriba, buscando los estadios de fútbol: primero el del Everton y luego el del Liverpool; separados tan sólo por el Stanley Park, que también atravesamos. Mantengo el ritmo-objetivo, pero los continuos ascensos hacen que las pulsaciones suban y suban y, sin quererlo, me encuentro corriendo más tiempo en zona 5 (la de más esfuerzo) del que debería, por lo que ya no auguro un buen resultado final. Mis sensaciones son de pesadez, me noto sin agilidad, como si estuviera corriendo lastrado con plomos. A la altura del kilómetro 10 vamos corriendo por la acera, bordeando el exterior de un parque, y un corredor justo detrás de mí tropieza y cae a causa de una baldosa suelta. Pienso que podía haber sido yo. En seguida le asisten los voluntarios. 

Sigo manteniendo el ritmo, pero las sensaciones son cada vez peores. Por otra parte no deja de pasarme gente, así que como dice el meme de Twitter “ya no sé si soy lento o es que todos los demás son keniatas”. Finalmente decido que pueden ser molestias intestinales, así que aprovecho unos baños portátiles en Rupert Lane Recreation Ground, a la altura del kilómetro 13, con las mejores vistas sobre Liverpool y la desembocadura del Mersey que uno se pueda imaginar, y hago una parada técnica (la primera de mi vida maratoniana). Pierdo dos minutillos y me olvido para siempre del globo de las 3:30 h que había llevado desde la salida al alcance de la vista. Sobre el kilómetro 15 vuelvo a estar en parciales de 5 minutos por kilómetro, pero sin mérito alguno puesto que los dos últimos kilómetros han sido en bajada hacia el centro de la ciudad y no me noto recuperado, al contrario. Continuamente me sigue pasando gente.

Liverpool Marathon (fuente: Facebook)

Atravesamos el centro de la ciudad, pasamos por delante de The Cavern, hay bastante gente animando y algo ayuda. Mentalmente. En el kilómetro 17 un inglés me pregunta por la camiseta del maratón de Madrid que llevo puesta, dice que él la corrió hace unos años, se ve que quiere pegar la hebra, pero yo ya no estoy para conversaciones así que le deseo suerte y me quedo descolgado. 

No he llegado ni a la media maratón y ya voy a ritmos de 6’/km, completamente desfondado. Aun así, salvo los muebles y completo la mitad de la carrera en 1:53:45. En estos momentos sólo pienso en abandonar, en no seguir prolongando la agonía. No entiendo las señales que me manda el cuerpo: en los avituallamientos siento que estoy bebiendo demasiado, pero antes de que llegue el siguiente punto de hidratación tengo sed; otras veces siento retortijones pero tampoco noto que quiero ir al baño; y sobre todo la terrible sensación de pesadez de estómago no me abandona, es como si hubiera salido a correr justo después de comer.

Decido mantener mis pulsaciones en zona 4 y trotar hasta donde llegue. Bueno, hasta donde llegue no: quiero llegar hasta Penny Lane y oír la famosa canción. Y decido que voy a hacerlo. Lo que no sabía es que todavía me faltaban 8 kilómetros penando parque arriba, parque abajo por Sefton Park. Me pasa el pacer de las 3:45. Me pasan españoles que me saludan por la camiseta del maratón de Madrid. Me pasa cualquiera que esté mínimamente entrenado. Voy a 6:30-6:40 por kilómetro dando pasitos de chinita cuando por fin salimos del parque buscando Penny Lane y me vengo arriba con el ambiente, con la música y, más que nada, al ser consciente de que por fin he podido llegar hasta allí. 

Es la última vez que sonreí. 

Volvemos a Sefton Park cruzándonos con los que todavía no han pasado por Penny Lane y veo que el pacer de las 4 horas me va a cazar más temprano que tarde. Pero ya no me queda otra que llegar hasta meta, estoy tan lejos del centro de la ciudad que mi única opción es seguir. Sigo arrastrando mis piernas y mis huesos por todo el trazado y antes del kilómetro 33, tras haber sido rebasado por el globo de las 4 horas, dejo de correr y empiezo a andar. No me duele nada, no estoy lesionado, no tengo las pulsaciones desbocadas. Simplemente estoy cansado y no quiero correr. Hacía años y años que no me sentía así. No sé cómo afrontar lo que me queda: 10 kilómetros que me parecen un mundo. De pronto me acuerdo del método Galloway, vamos, lo que siempre hemos llamado CaCo: caminar y correr. Decido que debo, que tengo que, andar 500 metros y correr otros 500 coincidiendo con los parciales del Polar (no hay carteles de kilómetros en el maratón de Liverpool, sólo de millas). En el 33 empiezo a correr pero no aguanto ni 450 metros. En el 34, lo consigo. En el 35 entramos en el precioso Otterspool Park y también lo consigo. Empiezo a encontrarme bien cada vez que dejo de andar y me pongo a correr. Tampoco es que corra como el viento, que cada kilómetro no baja de 8 minutos.

Desde el 36 a la meta seguiremos la orilla del Mersey. Hay salvavidas cada 100 metros, así que voy contándolos y cada vez que corro intento llegar más allá del quinto salvavidas. Ya me han adelantado también los del globo de 4:15. Y señoras entradas en carnes. Y abueletes. Ahora coincido más o menos con un mismo grupo de gente que está en el mismo estado que yo: cuando corro los dejo atrás, cuando camino me adelantan. Hay una señora que acompaña a otra y va cantando, feliz, con sus cascos puestos; un oriental pertrechado de ropa de marca (cara) de arriba a abajo, otro con pinta de nórdico con una camiseta que pone “where the f*chs is the finish line?” (yo también lo pienso), todos con la mente puesta en una meta que parece no llegar nunca. Sólo el río, el maldito río. Pero cada vez me siento con más fuerzas, ya corro 600-700 metros por kilómetro. Pasamos el kilómetro 38, el 39, el 40. Un fotógrafo oficial me hace fotos justo cuando me pongo a andar, maldita sea, también es mala suerte con lo fresco que debía parecer hace un momento. Kilómetro 41: empiezo a correr y ya no paro a mitad del kilómetro. Llego al kilómetro 42 por mi reloj, al 42,1… al 42,2… al 42,3… y por fin en el 42,4 llego a meta 4 horas, 22 minutos y 33 segundos después de haber pasado por la alfombrilla de salida.

Mi peor marca personal hasta la fecha.

¿Y sabéis qué?

Estoy muy orgulloso de ella.

A pesar de haber llegado en el vagón de cola. 

O quizás precisamente por eso.

Y van catorce.

Reflexiones premaratonianas

La semana que viene, Dios (o la Providencia) mediante, estaré corriendo el maratón de Liverpool. Mi preparación no ha sido nada del otro mundo: me he dejado guiar por el plan de la página de Polar y siento que voy escaso de kilómetros. Además durante un par de semanas dejé sin completar una de las sesiones semanales porque no me di cuenta de que, a pesar de estar planificadas en la web de Polar Flow y cargadas en el pulsómetro, no estaban en la App de Polar del teléfono, que es donde yo solía comprobar los entrenamientos que tocaban cada semana. Un bug incomprensible porque normalmente todo se sincroniza como la seda en cualquier dispositivo asociado a Polar Flow. Un negativo para Polar.

Por otro lado, todos los rodajes planificados han sido muy lentos, a muy bajas pulsaciones. Prácticamente frenándome a cada poco. No entiendo que el plan se cebe en entrenarme a unos ritmos inferiores entre uno y dos minutos a los que él estima que puedo ser capaz de mantener en carrera. ¡Pero si no he entrenado ese ritmo de crucero! Así que tengo la sensación de no haberme castigado. Y es que no he llegado a estar cansado ninguna semana. Apenas he hecho 40 kilómetros las semanas de más carga. Y 21 kilómetros la tirada más larga.

Además no he visto que haya sufrido la transformación física maratoniana: esa en la que el cuerpo se afina, se desinfla, ganas agilidad y te sientes verdaderamente en forma.

En cualquier caso ya he llegado más veces falto de kilómetros a la línea de salida de un maratón (Barcelona 2013, Nueva York 2014), así que sé lo que me espera, que es estar rondando las 3:55 horas y no las 3:31 que ahora mismo Polar estima que voy a tardar.

Veremos. En cualquier caso, a partir del domingo que viene, contaré por aquí mi experiencia corriendo en la ciudad de los Beatles.

P.S. La parte positiva de un maratón en mayo es que los entrenamientos, al no ser en pleno invierno, han sido mucho más llevaderos, los he disfrutado mucho más. Sobre todo contando conque este año desde marzo ya hemos tenido muy buen tiempo.

Descubrir la maravilla

Y sintió la alegría del olvido
y al andar descubrió la maravilla
del sonido de sus propios pasos
en la gravilla.

(Radio Futura, “El Canto del Gallo”)

 

Yo no soy muy místico, ni contemplativo ni zen, como dicen ahora. Pero sé cuando salgo ganando con el cambio. Siempre he sido, y soy, un corredor urbano y me he sentido, además, muy cómodo en mi hábitat de parques, calles, descampados y carriles-bici. Por supuesto que muchas veces he fantaseado con correr por senderos y caminos alejados de la ciudad, sobre todo en esas ocasiones en las que divisas una senda blanca que a pleno sol serpentea por las laderas mientras que sobre tus cuatro ruedas te alejas de allí a razón de 120 kilómetros por hora.  Pero supongo que tampoco me llamaría tanto la experiencia cuando nunca me dio por decidirme y echarme un día al monte con las zapatillas. No. Siempre he aceptado como natural que mi ecosistema era el que estaba al otro lado de la puerta de mi casa y lo demás, pájaros volando.

El caso es que la puerta de mi casa, por desgracia o por fortuna, no se está mucho tiempo quieta en un mismo sitio y el ecosistema pues va cambiando y así, a bote pronto, recuerdo: mi puerta de San Blas de toda la vida, mi puerta de Londres, mi puerta de Malasaña (x2), mi puerta de Zamora, mi puerta de Barajas, mi puerta de Las Rosas y mi puerta de El Ensanche de Alcalá de Henares. Sí. Mi familia y yo somos como el baúl de la Piquer.  Y nuestra última puerta (que espero que nos dure unos añitos porque esto de las mudanzas no es nada, pero nada, divertido) nos acaba de traer a un nuevo ecosistema que está a 10 minutos corriendo de la entrada al Parque de los Cerros de Alcalá de Henares, un enorme espacio natural protegido al sur del río Henares. Para haceros una idea: mi penúltima puerta estaba a 10 minutos corriendo del inicio de un carril-bici en una zona urbana en plena construcción (grúas, calles sin abrir, edificios sin terminar) y me parecía una zona fantástica para correr. Como es fácil deducir, el contraste ha sido abismal.

Rutas Cerros Alcalá
Rutas en los Cerros. Fuente: Guía Breve de los Cerros de Alcalá

Al principio uno llega a eso del campo y la naturaleza de forma muy cautelosa y hasta con bastante respeto porque uno sabe que está fuera de sitio y que con sus zapas asfalteras (que se portan muy bien en llano y subiendo, todo hay que decirlo) y sus tobillos de cristal puede tener graves problemas de salud. Sobre todo en las bajadas. Vamos, que puede acabar “estontonándose” la cabeza contra un pino. Pero poco a poco uno se va soltando (se compra una zapatillas de trail súper chulas en oferta), empieza a levantar la cabeza, aprende a mirar a lo lejos y quiere no perderse detalle: el olor de los pinos, el polvo del camino que se cuela en la garganta con cada jadeo, el roce de las zarzas en las pantorrillas, la gota de sudor que cae por la coronilla, el viento que convierte en frío helado el sudor acumulado en la camiseta, el aleteo de un pájaro que se asusta y emprende el vuelo. Pero, sobre todo, lo que a uno más le ha llamado la atención es el silencio. Ese silencio en el que sólo se escucha, rítmico, el sonido de sus zancadas contra el suelo. Ese silencio tan ajeno a la experiencia de un corredor urbano que le hace pensar que es como si no estuviera allí, como si esas zancadas fueran las zancadas de otro y las suyas propias se hubieran quedado sobre el asfalto de la ciudad, atrapadas entre edificios de acero y cristal donde nadie será capaz de oírlas nunca.

Y pienso que si el placer de correr no es esto, no sé qué será.

XXXIII Media Maratón Ciudad de Zamora (2017)

Cartel
Cartel promocional XXXIII Media Maratón Zamora

He vuelto a correr. Tras nueve meses de ausencia me he puesto de nuevo un dorsal con la sana intención de competir. Y no ha podido ser en mejor lugar que en Zamora, en la media que hace dos años se me atragantó. No estaba en mi plan. De hecho, mi plan para correr el maratón de Liverpool no contempla ninguna competición, salvo el propio maratón de Liverpool. Así que hice mis deberes y ejecuté todo lo que me marcaba el plan para la semana (tirada larga incluida el día anterior a la carrera) y me puse en la salida el domingo para ejercitarme un poco a unos ritmos que el plan no me deja ni oler.

Como siempre en Zamora, una participación muy discreta (unos 700 participantes) pero con un día precioso de primavera en el que daba gusto correr. Repetimos el mismo circuito de los últimos años, que me parece perfecto: llano cuando sigue el Duero y duro cuando se adentra en la ciudad o se interna en Cabañales. Una sola vuelta, los kilómetros perfectamente medidos, agua en los kilómetros 5, 10, 15 y 20, además del avituallamiento final en meta (agua, aquarius, fruta, bollería). Todos los cruces y desvíos señalizados con conos amarillos y circuito completamente cerrado al tráfico con mucho curro de Policía Local y Protección Civil. Yo creo que hasta los ciclistas y andarines del carril bici de la Aldehuela fueron mucho más civilizados en esta edición. Carrera recomendable 100% y ayer, con el tiempo que nos acompañó y esta primavera adelantada, la ciudad estaba realmente hermosa. Ojalá esta carrera pueda crecer al ritmo de otras porque merece la pena, la verdad.

Mi carrera muy bien, de menos a más (mis kilómetros más rápidos fueron los dos últimos), acabando con mucha gasolina en el depósito, aunque con las piernas algo doloridas al no estar acostumbradas a tocar ritmos por debajo de los 5 min/km. Tiempo oficial 1:41:39 (neto, por mi reloj 1:41:28). Lejos de mis mejores tiempos pero acabando con muy buenas sensaciones. Si sigo así puedo volver al 1:36-1:37 en que me movía el año pasado.

Pros y contras de la carrera:

A favor:

  • Bolsa del corredor con productos de la tierra.
  • No te cobran extra por pagar con tarjeta por internet (eso sí, suben el precio de 12 a 18 euros si te inscribes a última hora… como yo).
  • Recogida de dorsal el mismo día de la carrera.
  • WC portátil en la salida exclusivo para chicas (obviamente no lo usé, pero me gustó el detalle).
  • El final en la ciudad deportiva.

En contra:

  • La camiseta es muy fea y la calidad no es la mejor.
  • El chip no es desechable y hay que entregarlo en meta.
  • La falta de una alfombrilla en línea de salida para calcular los tiempos netos (de alfombrillas intermedias ni hablamos).
  • En Cabañales no había control de tráfico en un par de cruces y algún conductor despistado pudo liarla a pesar de los conos.