Beats por minuto

“You better run,

You better do what you can”

Michael Jackson

Hoy he salido a correr y me he puesto una playlist que se titulaba “Relax y Serenidad“. Canciones sencillas, lindas melodías, voces cálidas. Disfrutona, para rodar y rodar. Porque a veces suelo pensar que en el loco mundo del running sólo tenemos oídos para el rock duro más cañero o para el chunda-chunda (porque si se escucha también eso del reguetón o el trap, escapa a mi conocimiento). Muchos beats por minuto para darle caña a las patitas.

Pues eso es algo que no entiendo. Conocí una vez a un corredor que me contaba que él no salía a entrenar si no podía ir escuchando un disco de los Rammstein. Siempre me pregunté a qué velocidad entrenaría aquel tío. Yo me pongo “Links 2 3 4” y ya me canso sólo con escuchar el estribillo.

Y no me entendáis mal, no me parece mal que me larguen en una carrera con los primeros acordes de “Thunderstruck“, de AC/DC; o de “Highway to Hell“, de AC/DC, o de “Back in Black“, de AC/DC; o de “You Shook Me All Night Long“, de AC/DC. Bueno, a lo mejor sí que me cansa que estemos explotando tanto a AC/DC. Si hasta a mí, en la salida del maratón de Nueva York de 2014 me dieron la salida con el “Safe in New York City“, de AC/DC, en vez de con el tema de “New York, New York” de Sinatra que, por cierto, ni era de Nueva York ni la canción era suya.

Pero no me entendáis mal, yo he vivido el metal toda la vida. En el instituto, no debatíamos si Nietzsche o Schopenhauer, discutíamos si era mejor guitarrista Ritchie Blackmore o Michael Schenker. Pero a diferencia de los filósofos, a los que al menos he visto hacer un poco de deporte jugando al fútbol (¿o era en un sketch de los Monty Python?), yo no he visto a los hermanos Young corriendo. Es más, en lo único que se parece Angus Young a un corredor es en que es flaquito y va en pantalones cortos.

Pero insisto, no me entendáis mal, el rock siempre ha formado parte de mi vida. Yo he llevado Yumas, pantalones Jesus de pitillo y una cazadora con chapitas de AC/DC (oh, wait!), Obús y Barón Rojo (mucho antes de que el Sherpa se “convirtiese” a Vox o Armando de Castro participara en “First Dates“). Pero entrenando no le digo no al sonido suave de un piano en vez de al rasgueo de una Fender Stratocaster.

Y no me entendáis mal, no me disgusta el heavy, yo he tenido colgado en la pared un póster de un disco de Panzer con la imagen de la abuela rockera haciendo la peineta al personal (junto a otro de Linda Evangelista, pero eso es otro tema). Así que para finalizar sólo quiero decir que hay tiempo para todo: para pop, para rock, para rap y hasta para entrenar sin música.

Y no me entendáis mal, pero la culpa de que dejara de interesarme el heavy la tuvo Eddie Van Halen… ¿por qué narices tuvo que tocar el solo de guitarra en aquella canción de Michael Jackson? ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí, “Beat It“!

 

Te contaré la historia de mi vida…

Te contaré la historia de mi vida…

And if you have five seconds to spare
Then I’ll tell you the story of my life.

The Smiths – “Half a person”

He querido reunir aquí la serie de cinco fotos contando un poco mi historia en el mundo del maratón que he publicado en mi perfil de Instagram, cada una con su texto correspondiente, pero modificando algunas cosas aprovechando que aquí no existe la limitación de 2200 caracteres de IG. Os dejo con ello. Si la habéis seguido por Insta, os podéis ahorrar la lectura porque vais a necesitar algo más de cinco segundos. 😉


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Mapoma 1999

Leyendo las aventuras de @corvilloantonio, me han entrado ganas de dar la chapa con una foto de mi primera carrera: la maratón de Madrid de 1999. Sí, sí, primera carrera, no primera maratón. Yo debuté por la puerta grande: 42 km con camiseta y pantalón de algodón y zapatillas de tenis. Es decir que, como se deduce fácilmente, no tenía la más mínima idea de dónde me metía. En 1998, leyendo el periódico en la oficina donde trabajaba en turno de noche (gajes del noble y mal considerado oficio de teleoperador), di con la crónica del 21º Maratón Popular de Madrid que acababa de celebrarse y le dije a, mi compañero: “el año que viene lo corro yo”. Él me miró y dijo: “vale, y yo”. Y ahí quedó la bravata. Yo, a pesar de que siempre fui deportista (karateca federado desde los 9 a los 14 años), hacía ya tiempo que llevaba una vida sedentaria, con unos turnos de mierda en el trabajo y era consciente de que necesitaba hacer algo de deporte. Mi compi se olvidó pronto del tema, pero yo, con la llegada del buen tiempo, empecé a salir a dar vueltas al Parque “El Paraíso” de mi barrio, San Blas. Primero una, luego dos, tres, nueve… Y eso fue mi “entrenamiento”: vuetas y vueltas a un parque de tres kilómetros de cuerda. No recuerdo bien los meses que estuve corriendo así porque hace ya mucho de aquello y la memoria es selectiva. Lo que sí recuerdo es que aunque no considerara importante lo de las zapas o camisetas (total, ya si tenía unos pantalones cortos y nikis), sí que me compré un cronómetro Casio por lo menos para saber el tiempo que pasaba corriendo. Y, sinceramente, yo pensaba que había hecho una muy buena preparación… hasta que cuando fui a recoger el dorsal en el Hotel Convención (antes éramos tan pocos que la feria del corredor se podía hacer allí) me dieron una revista de la organización en la hablaban del “muro”, de la preparación psicológica, etc. Vamos que entendí de golpe en donde me estaba metiendo y que aquello era un “fregao” importante. Y así fue. En la carrera me pegué tal leche contra el muro que todavía ando recogiendo los dientes. Recuerdo pasarlo mal ya desde la Ciudad Universitaria cuando no había ni llegado al kilómetro 25. Y comerme limones (¡limones!) a bocados atravesando la Colonia del Manzanares escuchando de fondo la animosa cacerolada de los vecinos, y llegar al kilómetro 40 en Méndez Álvaro andando como un zombie, lanzándome a por la botella de agua del último avituallamiento bajo un sol abrasador que me aplastaba contra el asfalto para por fin acabar la p*t* carrera en el Paseo del Prado con la cara desencajada. Nunca en la vida lo había pasado tan mal y supongo que lo más alejado de mi pensamiento en aquellos momentos era la posibilidad de volver a correr otro. Y mira por donde, van ya 15 maratones: 10 de Madrid, el Millennium Marathon, Barcelona, Nueva York, Liverpool y Valencia. Y otro, portugués, en camino si el coronavirus lo permite.


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Mapoma 2002

Si ayer hablé de mi primera maratón “formal”, hoy con esta foto contaré la historia de la que considero mi primera maratón “real”: abril de 2002, mi cuarta maratón, pero la primera que por fin hice de principio a fin corriendo. Si la maratón de 1999 fue un desatino y una penitencia que acabé en 4:15, la segunda, en 2000, lo fue aún más y en vez de mejorar mi marca, la empeoré hasta las 4 horas y 18 minutos. No me pregunten por qué, ni yo mismo me acuerdo. Salió así y nada se pudo hacer. Así que tuve que irme a casa renegando y con la firme determinación de que el año siguiente, en el Maratón de Madrid de 2001, me cobraría la venganza definitiva contra los malditos 42 kilómetros y 195 metros. Pero el hombre propone y Dios dispone, y con las ansias de prepararme bien me lesioné en un gemelo y no pude participar a pesar de estar inscrito en una edición épica que se desarrolló bajo la lluvia (lo recuerdo porque fui a meta como espectador a ver el final). Ese mismo año 2001, por suerte, se organizó un maratón de otoño en Madrid: el Millennium Marathon; con un recorrido completamente distinto al de Mapoma y en el que en su meta de la Casa de Campo, a pesar de no haberla podido preparar bien por la lesión, marqué un registro ya de 3:59. Pero, aun así, volvía a casa siempre cabreado: siempre había un pero, un fallo; esta vez por tener que dejar de correr y tener que caminar en los últimos kilómetros porque acababa perdiendo mucho tiempo y sabía que yo tenía otra marca mejor en mis piernas. Quería, ¡necesitaba!, correr un maratón de principio a fin y conocer cuáles eran mis límites. Así que el siguiente Maratón de Madrid, el de 2002, lo preparé como marcan los cánones: diversidad de entrenos, cuidado de la alimentación, equipación adecuada (mis Adidas Supernova Cushion, pantalón y camiseta técnica -tuve que comprarla porque las conmemorativas de Mapoma siempre eran de algodón-)… y funcionó y ahí están esos 3:28 (que eran 3:26 en tiempo real). Esta maratón ha sido la única en la que no sentí el muro, al contrario, pequé de prudente y quizá podía haber hecho un tiempazo. Pero bueno, en aquella época no tenía pulsómetro, no existían los GPS, ni Stryd y todas las decisiones se tomaban por sensaciones. Por eso pienso que si mi cuerpo me pidió prudencia por algo sería: a lo mejor compensar la imprudencia de los comienzos. 😉


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Mapoma 2008

La foto de hoy no es para nada espectacular y ni siquiera salgo yo. Pero es importante para mí. La hice en la recta de meta de la maratón de Madrid de 2008 y en ella, si uno se fija, puede ver a lo lejos al corredor que iba a ganarla: @chemitamartinez. Y es importante, digo, porque tras la maratón de 2002 me estabilicé en las marcas. Volví a correr Madrid en 3:26 en 2003 y en 3:30 en 2004. No iba ni para adelante ni para atrás, y además ya tenía el suficiente oficio como para poder correr un maratón de principio a fin, sin que eso supusiera un desafío. Y esa falta de progreso, junto a nuevas y necesarias circunstancias laborales y personales hicieron que no encontrara la motivación suficiente como para preparar un maratón. Seguía corriendo por libre, sí; seguía participando en carreras de 10 kiómetros y en algunas medias, pero el maratón quedó aparcado, descartado, un año tras otro. Pero aquel abril de 2008 me apeteció ir a ver el maratón como espectador y estuve siguiendo la carrera en varios puntos, aplaudiendo y sintiendo envidia (mucha) de todos aquellos corredores a los que trataba de animar. Así que para cuando Chema Martínez pasó por delante mía en el Retiro, camino de su victoria, el gusanillo del maratón ya se había instalado en mí de nuevo. Las circunstancias se volvieron además muy favorables pues a finales de ese mismo año aprobé la oposición y ya vivíamos en Barajas, donde era fácil poder salir a entrenar, no como cuando vivíamos en Malasaña. Y el 26 de abril de 2009, después de un paréntesis de cinco años, con los nervios de un debutante, me volví a poner en la línea de salida de mi séptimo maratón. Aquel Mapoma, el primero que corrí con meta en El Retiro, se me atragantó un poquito, pero a base de oficio pude acabarlo dignamente con una marca de 3:40, lo que no estaba nada mal para un funcionario corredor en prácticas.


Finisher
Nueva York 2014

Tras 2009 volví a correr Madrid en 2010 (3:57) y en 2012 (3:29). Escapé de maratón en 2011 por el embarazo de mi mujer y el nacimiento de mi hijo. El caso es que empecé a sentir que Madrid no me llenaba como antes y en 2013 corrí la primera maratón fuera de mi ciudad, en Barcelona (3:56). A pesar de correr puesto de ibuprofeno hasta las trancas, me encantó la experiencia del turismo runner y supe que tenía que repetirla. Lo que no me plantee fue repetir Barcelona por fechas ya que al celebrarse en marzo la preparación se tiene que hacer en los peores meses del invierno. Así que en 2014 volví a Madrid (3:32) pero probando suerte también en la lottery para el @nycmarathon por si sonaba la flauta. ¡Y sonó! Así que ese año habría que correr dos maratones, algo que nunca había hecho pero me ilusionaba. ¡Al fin y al cabo era Nueva York! Sin embargo, en verano, al comienzo de la preparación, mi madre falleció. Todo se me vino abajo. Mi madre era mi fan número 1. En mis primeras maratones siempre venía junto a mi padre a meta a verme llegar. Tuve muchas ganas de abandonar, de quedarme en Madrid con mi pena. Pero @cmansog me convenció y la preparé como pude, pensando nada más que en acabarla. No es fácil correr cuando tienes ganas de llorar. Porque inevitablemente en algún momento te invade la pena y lloras ya estés conduciendo, trabajando o corriendo; y muchas veces sentí correr las lágrimas por mis mejillas durante un rodaje. Pero el tiempo avanza inexorable, sin pausas, y llegó el día de salir hacia nuestras minivacaciones en los Estados Unidos, y una vez allí Nueva York te avasalla los sentidos se nublan con todo lo que ves y vives en una ciudad que se prepara para una fiesta deportiva y empiezas a pensar que necesitas hacerlo bien porque aquello es Nueva York, aquello es un major, y sabes que puede que nunca más lo vuelvas a correr. Pero aun así, por mucha voluntad que le pongas, el entrenamiento que llevas es el que te condiciona en carrera. Yo, afortunadamente, había hecho 3:32 en Madrid y había ido perdiendo la forma suavemente. Pero a pesar de toda mi prudencia, en el muro del Bronx me tocó mirar al cielo, pedirle a mi madre ayuda, y apretar los dientes hasta esa meta de Central Park a la que tanto cuesta llegar. Al final terminé en 3:52 que para tal y como estaba me pareció un triunfo. Un triunfo amargo en el que el caballero de la triste sonrisa de la foto, yo mismo, no acierta a enmascarar su pena.


 

El último tramo de mi aventura maratonianas vuelve a Madrid en 2016 tras un paréntesis en 2015 en el que tuve que renunciar a correr el que hubiera sido mi segundo major: Chicago. Simplemente porque ese año tuvimos que elegir entre vacaciones de verano o correr el maratón porque no había dinero para todo. Y lo mejor para la familia eran unas merecidas vacaciones a pesar de tener que perder la inscripción a Chicago, que ya estaba pagada. A mí me hubiera encantado poder tenerlo todo, pero si no es posible, no es posible; y hay que darse cuenta también de eso. Si alguna vez pensé correr los seis majors, el sueño se acabó en aquel momento. Pero bueno, rehice mis planes, volví a Madrid en 2016  (3:33) como forma de asegurar un maratón y con la determinación de alejarme de él en años posteriores. Y así ha sido desde 2017, y no es que no quiera volver a correr en Madrid, simplemente no me apetece por el momento. En mayo de 2017 viajamos a Liverpool para correr un maratón que me encantó pero para el que no iba preparado y en el que lógicamente hice la peor de mis marcas: 4:22. Yo creo que moralmente aquello me tocó y por eso me tomé el 2018 como año sabático de maratones. Finalmente, el año pasado célebre en Valencia mis dos décadas como maratoniano (1999-2019) con mi maratón número 15, la niña bonita, que acabé en 3:36, mi mejor marca en un maratón lejos de casa.

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Valencia 2019

Y hasta aquí ha llegado, de momento, mi historia de corredor de larga distancia. En principio debería correr este otoño en Oporto (otro destino asequible), pero la crisis del CoViD19 no sé cómo nos afectará, ni tampoco qué pasará con las carreras multitudinarias a partir de ahora. Pero lo iremos viendo poco a poco.

Agradeceros la paciencia que habéis tenido los que habéis leído estas entradas. También pediros perdón por el tostón, pero agradeced que tuviera esto en mente y no os contara los quince maratones… uno a uno. La última foto es del maratón de Valencia, que corrí con la camiseta de mi gimnasio @karateolimpia, algo que pienso repetir siempre que pueda. En los próximos años prometo aclararme y decidir si soy un karateca que corre o un corredor que hace kárate. O quizá es que sea las dos cosas al 50%.

Usted preguntará por qué corremos

Hace unos años se hizo famoso un vídeo con texto del urugayo Marciano Durán titulado “Esos locos que Corren”. Hoy me ha llegado, del mismo autor, un poema que me apetece compartir porque sí, porque en estos tiempos de confinamiento la poesía siempre puede ser de ayuda. Se titula “Usted preguntará por qué corremos” y el autor se lo dedica a Mario Benedetti (“un fenómeno que nunca corrió una carrera”). Dice así:

Si el frío nos perfora hasta los huesos
y el sol va quemando nuestros planes.
Si el viento nos devuelve hacia el principio
y el desaliento esconde los finales…
…usted preguntará por qué corremos.
Si cada cuesta cuesta hasta el ahogo
y en la pendiente está el desplome.
Si los aires ya no son los del comienzo
y la ruta es una sucesión de murallones…
…usted preguntará por qué corremos.
Si el aire disminuye hasta la asfixia
y respirar se torna un desafío.
Si la sed reseca los caminos
y nos asaltan los fríos y resfríos…
…usted preguntará por qué corremos.
Corremos porque el paso no es bastante
y no es bastante el canto ni la risa.
Corremos por los cuerdos que extrañados
ven pasar a los locos con su prisa.
Corremos en un mundo muy sensato
regido por la típica cordura.
Corremos cada loco reclamando
el derecho al paréntesis que cura.
¡El derecho irrenunciable a la locura!
Usted…¿insiste una vez más en preguntar?
Corremos, señor… téngalo claro,
porque no nos enseñaron a volar.

Qué raro todo esto

Llevo nueve días sin correr, sin hacer siquiera ejercicio, y no sé cuándo volveré a hacerlo. Los días se suceden, uno tras otro, la situación no mejora y sólo ir a trabajar, cuando toca, me hace cambiar de escenario. Y yo soy afortunado, vivo en una casa grande, con patio pequeño, pero al menos me da el aire, si quiero. Me he visto todas las películas nominadas a la última edición de los Oscars. Me he leído entera la Ley de Sociedades de Capital. Cocino. Aspiro. Friego. A Cristina le han aplicado un ERTE. Mateo está encantado en casa. A sus casi nueve años no sé cómo recordará esto de mayor. Me duelen las rodillas cuando subo escaleras, aunque me mantengo en el peso. He empezado a usar las videollamadas en el teléfono para ver a mi padre. Y eso que los nuestros están limpios de virus, tocamos madera. No tengo perro que poder pasear. Tampoco tengo mascarillas, tan sólo dos pares de guantes de vinilo que saqué del trabajo el último día que fui. Una compañera del trabajo está en el hospital, pero no sabemos más. Mi amigo Davide vive en el Veneto y ayer le mandé un mensaje: está bien; encerrado, pero bien. Como nosotros. Con un mundo vacío ahí fuera y secuestrados en casa por miedo a un pequeño bicho, tan pequeño que no se le puede ver. Como en una distopía absurda: un mundo de hombres sanos encerrados en casa por miedo a contagiarse de una enfermedad para la que no hay cura. De momento. Pero, ¿y después? ¿Qué pasará con la vacuna después? ¿Será efectiva? ¿Pasará como con la vacuna de la gripe que cada año vale para unas cepas pero no para otras? ¿Desarrollará distintas cepas? ¿Mutará? ¿Tendremos que pasarnos el resto de nuestra vida con mascarilla y guantes? El curso de Mateo casi lo doy por finalizado. El verano está a la vuelta de la esquina. No quiero que el bicho también nos robe el verano. En Wuhan llevan dos meses aislados y eso que ya no tienen contagios locales. Italia ha cumplido el primer mes sin colegio. ¿Y la gente de qué va a vivir? Madrid es el centro económico de España y es donde peor estamos. Donde el confinamiento se alargaría en el peor de los casos. ¿Y si no hay ingresos quién paga impuestos? Porque si no hay trabajo y nadie paga impuestos no hay, no puede haber, prestaciones que ayuden a toda la gente que se quede sin trabajo. No quiero seguir pensando, no quiero seguir escribiendo.

Malos tiempos para la lírica… a pesar de que ayer fuera el día mundial de la poesía.

Quedaos en casa.

2019

2019Como es ya tradicional en este blog (aunque este año se me ha demorado el tema un poquito), llega la entrada en la que evalúo un poco lo que ha sido el año que nos deja en términos deportivos. El 2018 fue un año horrible, como ya conté en la entrada correspondiente. Sin embargo, este 2019 me ha dejado con otro sabor de boca. Por fin. Mucho mejor.

Si nos vamos a participaciones en carreras, no hemos avanzado mucho: un 10K en Torrejón, la media de Azuqueca y el maratón de Valencia. Y ya. Las dos primeras en un estado de forma deplorable y la maratón, que ha sido la prueba con mayúsculas, la niña mimada del año. Tenía ganas de haber corrido al menos una carrera más: la media de Zamora, en marzo; pero no pude porque en esa fecha estuvimos de obras en casa. Pero, vamos, que una carrera más, una menos en un año con tres pruebas en el haber… no viene sino a reafirmas que de dorsalitis padezco poco.

Pero vamos a lo bueno. Este año 2019 he corrido más (1667 kilómetros, por 1023 en 2018), he corrido mejor (con la sensación de ir bastante más rápido) y he podido correr sin ninguna lesión, beneficiándome también de una importante bajada de peso durante la preparación del maratón. Y eso es lo más importante y lo que ha definido que este año haya sido en términos generales buenos: correr más, correr mejor y aun así no lesionarse. Quizá lo que todos o la mayoría de corredores populares deseamos.

Pero 2020 ya está aquí y además el principal objetivo del año también está perfectamente definido porque ya estoy inscrito: la maratón de Oporto el 8 de noviembre. Así que este año seguiré corriendo maratones y descubriendo nuevas ciudades que es una forma maravillosa de vivir. Volver a correr 42K en Madrid, por tanto (un año, un maratón) tendrá que seguir esperando. De momento sigue sin motivarme y mi última participación en 2016 tampoco está tan lejos. Llegará de nuevo el momento de correrla, supongo, pero todavía no.

Pero aún tengo muchos más propósitos para 2020, otra cosa es que luego se concreten: me gustaría volver a correr en Zamora; para mayo, un mes con buen tiempo en el que me apetece siempre correr, Azuqueca me sigue pareciendo una muy buena opción; también tengo ganas de un trail corto, no muy técnico para disfrutar corriendo por el campo; y, cómo no, volver a Canillejas, a Moratalaz… y a disfrutar de una Sansil pero que no sea Madrid… quizá Alcalá y con la camiseta del Gimasio Olimpia… ¿por qué no?

Feliz y Deportivo Año Olímpico 2020.

Maratón de Valencia 2019: la crítica

Probablemente, Valencia sea el maratón con mejor trayectoria de todos los que se organizan en España. Sin duda esa fue la razón de escogerlo: experimentar en primera persona si realmente, hoy día, es el mejor maratón que uno puede correr en este país y entender qué le ha pasado a esta carrera que no llegaba a los 7000 corredores en 2011 y que con toda seguridad llegará a 30 000 en 2020 (a día de hoy, tres semanas después de la carrera, quedan menos de 5000 dorsales).

Eso no es normal. Una carrera no tiene esa evolución por nada. Y vale, sí, admito que puede estar de moda correr Valencia, pero Valencia no es sólo una moda. Así que escribir simplemente sobre si me ha gustado o me ha dejado de gustar la carrera sería simplificar algo muy complejo. Pues claro que me ha gustado. Hay que estar muy ciego para no darse cuenda de que es un maratón de primera. Tiene circuito, organización, ciudad, clima y la meta más icónica que yo haya pisado jamás. Pero tiene más cosas: Valencia sabe como nadie exportar su producto, venderlo, y por eso en 2020 prescinde del 10K, porque ningún gran maratón necesita un sidekick, sino que brilla con luz propia. ¿Se le pueden poner algunos peros? Seguramente, sí, pequeños flecos siempre los hay y los va a seguir habiendo, pero también hay mucho trabajo detrás para que la experiencia global del corredor sea positiva y que esos pequeños fallos queden en un segundo plano, porque muchas veces no son culpa del propio maratón. He leído crónicas de otros corredores que este año han participado y alguno ha dicho que era difícil aparcar, pues sí; otro que no había muchos baños, yo vi un montón (otra cosa es en qué estado quedaron); otro que había falta de animación en ciertos tramos… tampoco es tan grave, si uno quiere aliviarse es más fácil cuando transitas por algún sitio con poca gente (es broma).

Pero más allá de esto, la organización es activa, da la sensación de que la gente que hay detrás no se duerme en los laureles y que quiere seguir mejorando año tras año. A mí me ha encantado. Y sinceramente opino que la Gold Label otorgada por la IAAF se le queda corta. Puedo equivocarme o no, pero creo que Valencia aspira aún a más y, puestos a soñar, si alguna vez Europa obtuviera un tercer Major después de Londres y Berlín, estoy totalmente convencido de que uno de los nombres que sonarían con más fuerza sería el del Maratón de Valencia. Ellos lo saben, nosotros también.

Maratón de Valencia 2019: la crónica

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Maratón de Valencia

Han tenido que pasar dos años y medio desde aquel maratón de Liverpool de 2017 para encontrar las ganas de correr otro. Una mala preparación y un tiempo de 4h22m me dejaron desganado, esa es la palabra, sin ganas de volver a preparar (como es debido) un maratón. Preferí dejar pasar 2018 en blanco y decidirme por alguno en 2019 tan sólo porque quería conmemorar que en 1999 corrí mi primer maratón. Así apareció Valencia con esa fama de maratón en auge, con la ventaja añadida de poder prepararlo con buen tiempo al ser un maratón de otoño y así descarté definitivamente Madrid.

Pero quería llegar bien Valencia y que no se convirtiera en otro desastre como Liverpool, quería volver a sentirme corredor de maratones (lo que para mí significa que hay que correrlos, de principio a fin), así que me apunté a los planes semanales de maratón de José Garay Cebrián que nos enviaba por mail todos los domingos la organización del Maratón de Valencia. Empecé siguiéndolos a rajatabla, pero después del primer mes los adapté a mis circunstancias para reducir de cinco a cuatro los días semanales. Los planes me han parecido fáciles de seguir y me han ido muy bien. Me he sentido fuerte entrenando, tanto que en la mayoría de rodajes tenía que sujetar los ritmos porque tendía a acelerarme. Las series me han parecido eso sí demasiado lentas, por lo que para poder “sufrir” un poco les metí un poco más de ritmo.

El peso, que siempre es mi punto débil, lo he llevado muy bien. Antes del verano ya perdí algo de lastre y según han ido pasando las semanas me he ido afinando y he llegado a la carrera en 69 altos-70 bajos. Además, ni una mala torcedura, ni dolores, ni un catarro en 16 semanas de entrenamiento ideales. Teniendo todo esto en cuenta, mi objetivo antes de la carrera era acercarme todo lo posible a las 3h30m.

El día de la carrera empezó de manera inesperada pues me tocó caminar hasta la salida desde mi apartamento, en un barrio que llaman Nou Moles, a unos cinco kilómetros de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, porque los autobuses (que iban a ser gratis y tal) a esas horas de domingo, tan tempranas (la salida se daba a las 8:30), no tenían una frecuencia que me asegurara llegar con tiempo suficiente para localizar guardarropa, baños, cajón, etc. Y no me iba a estar esperando más de 30 minutos en una parada de bus, así que lo bueno es que cuando llegué no me hizo falta calentar.

Salí además en uno de los últimos cajones al no tener acreditada una buena marca en maratón reciente, y encima estaba tan a rebosar de gente que no cabíamos dentro del corral y tuvimos que entrar cuando los que lo ocupaban se desplazaron hacia delante para empezar a correr. El caso es que al salir por oleadas tampoco perdimos demasiado tiempo hasta pisar la alfombrilla de salida.

De la carrera me sorprendió que, a pesar de ser 25 000 maratonianos se podía correr a gusto desde el kilómetro uno y, salvo en momentos concretos, mantener el ritmo de 5 minutos por kilómetro que quería llevar. El circuito también se presta a ello. Llano como la palma de la mano y con bastante animación. Por poner un pero, decir que quizá hacía más de calor del que esperaba y en un par de ocasiones pensé que la camiseta finita de compresión que suelo llevar debajo de la camiseta (para evitar rozaduras) me iba a sobrar.

Los parciales iban saliendo aunque durante los primeros kilómetros llevaba la vejiga llena e iba incómodo, por lo que evité beber en exceso en los dos primeros avituallamientos y allá por el kilómetro 12 pude parar y quedarme a gusto. Perdí 30 segundos que recuperé enseguida y la media maratón la pasé clavada en 1:45:39 pensando en doblar y de seguir así conseguir el 3:30 sin esfuerzo.

Sin embargo, poco después empecé a notar que algo no iba bien, que sentía sed pero que si bebía un poco de más el estómago “protestaba” y no corría nada cómodo. Así que decidí que en los avituallamientos sólo tomaría un par de tragos (siempre agua) y descartaría el resto, lo que provocaba que llegara al siguiente avituallamiento con mucha sed y así sucesivamente. Aun así mantuve como pude el ritmo hasta el 30, pero a partir arco de “Rompe el Muro” del 32 empecé a sufrir más y más y a notarme, además de incómodo, cansado. Me marqué como objetivo llegar al kilómetro 35 donde estaría mi familia dándome ánimos y a partir de ahí ya no tendría sentido parar porque sólo me quedarían 7 kilómetros a meta. Y eso hice. Ver a mi mujer, a mi hijo y a mis suegros fue una inyección de adrenalina que me llegó hasta… el kilómetro 36 (no sois vosotros, family, soy yo) y de ahí al final sufrí mucho.

Lo mejor es que gran parte de ese sufrimiento era meramente psicológico: ni tenía calambres, ni pulsaciones desbocadas, ni dolores, simplemente estaba cansado. Es más, pude estabilizarme en 5:30 el kilómetro (que es mi ritmo de rodaje largo) y acabar al tran tran, sin pararme, y beneficiándome sobre todo de la bondad del circuito y de la energía de la gente que te anima de forma brutal en el último tramo de la calle Alcalde Reig en el que parecemos ciclistas subiendo el Tourmalet. Me llega a dar esta misma pájara en una carrera como Madrid y al final me cae una minutada de las que hacen época.

Pero bueno, fue llegar a la Ciudad de las Artes y las Ciencias e iluminárseme la cara. El asfalto deja paso a un empedrado que fastidia un poco, pero llegar a esa pasarela azul, con la gente, la música, el agua y el sol la verdad es una maravilla. Es la mejor meta que un corredor como yo haya cruzado jamás.

Y en esos últimos metros los ojos se van al cielo buscando el recuerdo de mi madre, el cronómetro se para en 3:36:42 y sólo pienso en que me paro, en disfrutar de ese momento y de que lo he vuelto a conseguir.

Y van quince.

Últimos kilómetros
Últimos kilómetros

El caso de la Corredora de Central Park

He visto recientemente en Netflix la miniserie “Así nos Ven”, que cuenta un caso de agresión sexual que ocurrió en 1989 en un Nueva York pre-Giuliani (chungo que te cagas, osea). La serie me ha fascinado y me ha servido para conocer lo que pasó con aquellos chavales, los cinco de Central Park: su historia y su situación actual (Netflix ofrece, además, una entrevista de Oprah Winfrey –productora ejecutiva- con los actores y con los protagonistas reales, que completa y complementa muy bien la serie). Pero cuando terminé de verla, sentí que faltaba más información sobre la víctima, Trisha Meili, que protagoniza una de las escenas más sobrecogedoras, a mi entender, de la serie cuando sube al estrado a testificar en su propio juicio.

Algo bueno tenía que tener el siglo XXI, y es que aunque busques algo que ocurrió en pleno siglo XX, Google te ofrece inmediatamente toda la historia. Trisha Ellen Meili tenía 28 años la noche en que fue asaltada. Nacida en New Jersey había podido disfrutar de una educación superior y tenía un buen trabajo en Wall Street. Vivía en el Upper East Side de Manhattan, a poco más de un kilómetro de Central Park, por donde solía correr casi todos los días, sin importarle la hora. Según cuenta la propia Meili, había llegado a ese punto (malo) en el que se había convertido en una corredora compulsiva y se sentía a gusto corriendo sola en un parque que conocía a la perfección y que sentía como suyo propio: «había superado muchos desafíos en el trabajo y había construido un cuerpo fuerte. Podía correr, correr y correr y nada ni nadie podía hacerme daño».

Pero alguien sí pudo hacerle daño, alguien a quien el ritmo sostenido de cinco minutos por kilómetro de la chica aquella noche no le importó demasiado. Alguien que la atacó salvajemente, la vejó y la abandonó moribunda detrás de unos arbustos tras arrastrarla cien metros por el barro. Cuando la encontraron, horas después, sufría un traumatismo craneoencefálico severo, había perdido tres cuartas partes de su sangre, presentaba múltiples laceraciones y evidentes síntomas de hipotermia. Nadie pensó que sobreviviría, ni siquiera los médicos del Metropolitan Hospital. Trisha Meili pasó 12 días en coma en la unidad de cuidados intensivos y cuando salió de él aún pasó cinco semanas más delirando a causa de sus lesiones cerebrales. Cuando recuperó la razón no podía acordarse de nada de lo que pasó. Nada de lo que había ocurrido durante esas siete semanas. Cuenta que a veces deseó poder hacerlo: «hubo mucha controversia con el caso y si yo hubiera podido recordar algo, quizá mucho de lo que ocurrió se habría podido evitar». Pero, por otra parte, no recordar le permitió recuperarse sin pesadillas, sin flashbacks, sin miedos, sin traumas emocionales, tan sólo preocuparse por sus secuelas físicas.

Pero Trisha tenía un corazón fuerte, un corazón de runner que ella dice que le ayudó a sobrevivir a la tragedia y a recuperarse. Recibió rosas de Frank Sinatra y zapatillas de Jean Benoit y eso le hizo darse cuenta de la enorme repercusión de su caso, en el que nunca quiso ser protagonista y eligió el anonimato. Salió del hospital para ingresar en una clínica de rehabilitación donde un doctor la devolvió al mundo del running poniéndola en contacto con un grupo de corredores con discapacidades físicas y psíquicas. Y volvió a correr. Cuatro meses después de ser brutalmente agredida y aún con muchos problemas, volvió a calzarse unas zapatillas y corrió, acompañada, apenas un cuarto de milla.

Y el milagro ocurrió tan rápido que, al quinto mes de ser agredida, volvió a correr por Central Park para llegar al sitio donde todo ocurrió, a la altura de la calle 102, para reafirmarse ante sí misma que había vuelto para quedarse, que podía volver a vivir en Nueva York, que podía volver a correr por Central Park y que podía retomar su vida tal y como era antes.

Se unió al club Achilles, el que la acogió durante su recuperación y del que hablé en mi crónica del maratón de Nueva York. Ayudó a atletas impedidos a conseguir metas deportivas a la vez que se ayudaba a sí misma y en 1995 corrió el maratón de Nueva York con los colores del Achilles, cruzando la meta de Central Park en 4 horas, 30 minutos y 1 segundo. La corredora de Central Park, como se la conocía cuando su identidad aún estaba protegida, había encontrado por fin en ese mismo Central Park un motivo para la alegría.

Registro de la carrera de Trisha Meili

En 1996 se casó y, en 2003, publicó un libro de memorias: “Yo soy la corredora de Central Park”. Toda una declaración.

Actualmente se dedica a dar conferencias y ayudar a gente que ha sufrido casos parecidos al suyo. Junto con su club, creó la carrera Achilles Hope & Possibility que todos los años une en Central Park a atletas con y sin discapacidad.

Adenda.

Yo no soy capaz de concebir todo lo que esa mujer ha tenido que pasar. Incluso aunque no recuerde nada. La maldad del ser humano es peor que la de cualquier animal. Salir de ahí y tener la valentía de volver, de luchar y de inspirar a otros es admirable.

En 1989 ser corredor era ser una especie de loco. Ser corredora en un Nueva York hostil como el de entonces y correr sola y de noche por Central Park claramente una “profesión” de riesgo. Lo que le ocurrió a Trisha Meili no puedo resignarme a pensar que fue algo que estaba claro que tarde o temprano le iba a pasar. Quiero por el contrario pensar que cada zancada suya en Central Park era la reivindicación de un espacio común frente a la maldad y al mero hecho de ser mujer. Ojalá se nos llenen los parques de Trishas Meilis y haya tantas que el mal que acecha en tantos cerebros imperfectos se quede allí para siempre, acobardado y ruin. Las calles son de los corredores y de las corredoras por igual y si un anormal toca a una de ellas nos toca a todos.

Triscando por Fuerteventura

Triscando por Fuerteventura

Decía Sir Francis Bacon que “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña“. Pues bien, queridos niños, esto es una verdad como un templo que se aplica literal a cualquiera de las montañas que conozco. Ya puede esperar sentado el trail runner a que la montaña se acerque a él, que la montaña se quedará más ancha que larga allá arriba, quietecita. Eso lo saben hasta en la China Popular, donde tienen montañas a punta pala. ¿Y en Fuerteventura? ¿Tienen montañas? Pues sabiendo como sabemos que es una isla de sol y playazas, paraíso del windsurfing y algún que otro deporte acuático, tenderemos a pensar que no. Y eso es lo que me ha pasado a mí, que me fui a Fuerteventura buscando playa, pero me encontré con una montaña (vale sí, antes me encontré también la playa, pero esa es otra historia)… más concretamente me encontré con el pico más alto de Fuerteventura (poco más de 800 metros) al que se ascendía por una senda cuyo inicio caía, mira que es casualidad, justo detrás de mi hotel. Yo veía día tras día desde la playa esa cumbre envuelta en nubes desde la playa y una vocecilla interior me decía: “tienes que subir”. Así que un buen día, después de atiborrarme un poco menos de lo habitual en el buffet del hotel y aprovechando la hora de la siesta del heredero, me puse las zapas, la gorra y el Polar, salí de la habitación y eché a correr en dirección a la cima.

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Las montañas detrás del hotel, llamándome

De lo primero que me di cuenta es de que a las cimas se les llama cimas por algo. Es decir, cuando decimos que algo está encima, es que está en la cima, o sea, arriba del todo. Y, consecuentemente, para llegar hasta ella (la cima) hay que subir. Y subir, sea fácil o no sea fácil (que no lo es), es cansado. Y si encima acabas de comer, aunque sólo sea un poco de gazpacho, pues la comida te rebota en el estómago, y si encima te vas a lo alto en una isla como Fuerteventura aparece también un señor llamado Viento (así, con mayúsculas) que precisamente no tiene entre sus planes el facilitarte a ti eso de subir y bajar al Pico de la Zarza en una correndilla.

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Empezando la subidilla

La capacidad humana de adaptación al medio se impone en momentos como esos y te permite corregir sobre la marcha parte del error y ser todo lo inteligente que no has sido al planificar la salida (pero sólo hasta donde da el colodrillo de cada uno, ojito, que tampoco hace milagros) y decides que los tramos de subida (los más) los vas a hacer andando y que sólo correrás en los tramos que encuentres en bajada (uno) y/o en llano (dos, a lo sumo tres). En total una hora y doce minutos para hacer 7 kilómetros, ascender unos 750 metros y casi haber podido morir del susto al cruzarme con una cabra en el sendero. He de decir que, según vio que me acercaba, el animal o animala huyó ladera abajo por lo que deduje que no debía ser hostil y que, probablemente, tenía más miedo que yo.

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Peligro, cabras salvajes

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Llegando a la zona de la muerte

Pero todo esfuerzo tiene su recompensa, me dirá el lector listillo: las vistas desde lo alto deben ser bellísimas. Pues así lo creo yo también… si la niebla me hubiera dejado ver algo. Por lo que cuentan otros senderistas más afortunados que yo, cuyo testimonio puede encontrarse fácilmente en la red, parece ser que el paisaje desde arriba cualquier día despejado es de los que cortan el aliento y permite admirar en toda su extensión la playa de Cofete.

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Maravilosas vistas desde la cumbre

Así que, en mi caso, la recompensa a mi esfuerzo fue… el descenso. Porque yo soy muy torpe y, además, un poco miope. Y a correr salgo sin gafas. Y ya se sabe que el torpe caminador anda mal y acaba peor. El caso es que al empezar a correr de nuevo de vuelta al hotel mi única certeza era que me iba a pegar una leche tremenda, la incógnita era “dónde”. A mayor abundamiento, resulta que eso de bajar corriendo por el monte empezó a gustarme. Empecé a gustarme. Un 10% de pendiente “pa’bajo” no se pilla todos los días y cada saltito eran no sé cuántos metros menos y a una velocidad que se iba incrementando. Y sentir las ráfagas de viento y aplicar la corrección correspondiente en cada “vuelo” para aterrizar sin daños, todo eso, mola. Las Vomero, por otra parte se estaban portando realmente bien en un terreno que no era, ni es, el suyo (pero es que no era plan de haberme llevado también las zapas de trail, al fin y al cabo en vacaciones el único calzado imprescindible son las chanclas). Pero me entró la cordura y empecé a bajar con la palanca del freno de mano echada, sujetando la zancada y procurando no embalarme… y aun así varios kilómetros salieron a 4:30. Alguna piedra me recordó además que mis tobillos son de cristal y porl lo que tuve que emplearme un poco más a fondo en eso de sujetarme y lo conseguí: ¡llegué al final de la ruta en 38 minutos y sin caerme!

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Bajada a saco, pero en esto que ves un barquito y paras a echarle una fotico

Eso sí, los cuádriceps me quedaron pa’ chopped y los dos días siguientes bajaba por las escaleras del hotel como los maratonianos las escaleras del metro al acabar la carrera.

La montaña no es para mí, pero estoy deseando de volver; y si puede ser a Fuerteventura, con buffet libre, mejor.

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Fin de fiesta y copa de vino español