El caso de la Corredora de Central Park

He visto recientemente en Netflix la miniserie “Así nos Ven”, que cuenta un caso de agresión sexual que ocurrió en 1989 en un Nueva York pre-Giuliani (chungo que te cagas, osea). La serie me ha fascinado y me ha servido para conocer lo que pasó con aquellos chavales, los cinco de Central Park: su historia y su situación actual (Netflix ofrece, además, una entrevista de Oprah Winfrey –productora ejecutiva- con los actores y con los protagonistas reales, que completa y complementa muy bien la serie). Pero cuando terminé de verla, sentí que faltaba más información sobre la víctima, Trisha Meili, que protagoniza una de las escenas más sobrecogedoras, a mi entender, de la serie cuando sube al estrado a testificar en su propio juicio.

Algo bueno tenía que tener el siglo XXI, y es que aunque busques algo que ocurrió en pleno siglo XX, Google te ofrece inmediatamente toda la historia. Trisha Ellen Meili tenía 28 años la noche en que fue asaltada. Nacida en New Jersey había podido disfrutar de una educación superior y tenía un buen trabajo en Wall Street. Vivía en el Upper East Side de Manhattan, a poco más de un kilómetro de Central Park, por donde solía correr casi todos los días, sin importarle la hora. Según cuenta la propia Meili, había llegado a ese punto (malo) en el que se había convertido en una corredora compulsiva y se sentía a gusto corriendo sola en un parque que conocía a la perfección y que sentía como suyo propio: «había superado muchos desafíos en el trabajo y había construido un cuerpo fuerte. Podía correr, correr y correr y nada ni nadie podía hacerme daño».

Pero alguien sí pudo hacerle daño, alguien a quien el ritmo sostenido de cinco minutos por kilómetro de la chica aquella noche no le importó demasiado. Alguien que la atacó salvajemente, la vejó y la abandonó moribunda detrás de unos arbustos tras arrastrarla cien metros por el barro. Cuando la encontraron, horas después, sufría un traumatismo craneoencefálico severo, había perdido tres cuartas partes de su sangre, presentaba múltiples laceraciones y evidentes síntomas de hipotermia. Nadie pensó que sobreviviría, ni siquiera los médicos del Metropolitan Hospital. Trisha Meili pasó 12 días en coma en la unidad de cuidados intensivos y cuando salió de él aún pasó cinco semanas más delirando a causa de sus lesiones cerebrales. Cuando recuperó la razón no podía acordarse de nada de lo que pasó. Nada de lo que había ocurrido durante esas siete semanas. Cuenta que a veces deseó poder hacerlo: «hubo mucha controversia con el caso y si yo hubiera podido recordar algo, quizá mucho de lo que ocurrió se habría podido evitar». Pero, por otra parte, no recordar le permitió recuperarse sin pesadillas, sin flashbacks, sin miedos, sin traumas emocionales, tan sólo preocuparse por sus secuelas físicas.

Pero Trisha tenía un corazón fuerte, un corazón de runner que ella dice que le ayudó a sobrevivir a la tragedia y a recuperarse. Recibió rosas de Frank Sinatra y zapatillas de Jean Benoit y eso le hizo darse cuenta de la enorme repercusión de su caso, en el que nunca quiso ser protagonista y eligió el anonimato. Salió del hospital para ingresar en una clínica de rehabilitación donde un doctor la devolvió al mundo del running poniéndola en contacto con un grupo de corredores con discapacidades físicas y psíquicas. Y volvió a correr. Cuatro meses después de ser brutalmente agredida y aún con muchos problemas, volvió a calzarse unas zapatillas y corrió, acompañada, apenas un cuarto de milla.

Y el milagro ocurrió tan rápido que, al quinto mes de ser agredida, volvió a correr por Central Park para llegar al sitio donde todo ocurrió, a la altura de la calle 102, para reafirmarse ante sí misma que había vuelto para quedarse, que podía volver a vivir en Nueva York, que podía volver a correr por Central Park y que podía retomar su vida tal y como era antes.

Se unió al club Achilles, el que la acogió durante su recuperación y del que hablé en mi crónica del maratón de Nueva York. Ayudó a atletas impedidos a conseguir metas deportivas a la vez que se ayudaba a sí misma y en 1995 corrió el maratón de Nueva York con los colores del Achilles, cruzando la meta de Central Park en 4 horas, 30 minutos y 1 segundo. La corredora de Central Park, como se la conocía cuando su identidad aún estaba protegida, había encontrado por fin en ese mismo Central Park un motivo para la alegría.

Registro de la carrera de Trisha Meili

En 1996 se casó y, en 2003, publicó un libro de memorias: “Yo soy la corredora de Central Park”. Toda una declaración.

Actualmente se dedica a dar conferencias y ayudar a gente que ha sufrido casos parecidos al suyo. Junto con su club, creó la carrera Achilles Hope & Possibility que todos los años une en Central Park a atletas con y sin discapacidad.

Adenda.

Yo no soy capaz de concebir todo lo que esa mujer ha tenido que pasar. Incluso aunque no recuerde nada. La maldad del ser humano es peor que la de cualquier animal. Salir de ahí y tener la valentía de volver, de luchar y de inspirar a otros es admirable.

En 1989 ser corredor era ser una especie de loco. Ser corredora en un Nueva York hostil como el de entonces y correr sola y de noche por Central Park claramente una “profesión” de riesgo. Lo que le ocurrió a Trisha Meili no puedo resignarme a pensar que fue algo que estaba claro que tarde o temprano le iba a pasar. Quiero por el contrario pensar que cada zancada suya en Central Park era la reivindicación de un espacio común frente a la maldad y al mero hecho de ser mujer. Ojalá se nos llenen los parques de Trishas Meilis y haya tantas que el mal que acecha en tantos cerebros imperfectos se quede allí para siempre, acobardado y ruin. Las calles son de los corredores y de las corredoras por igual y si un anormal toca a una de ellas nos toca a todos.

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Triscando por Fuerteventura

Triscando por Fuerteventura

Decía Sir Francis Bacon que “si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña“. Pues bien, queridos niños, esto es una verdad como un templo que se aplica literal a cualquiera de las montañas que conozco. Ya puede esperar sentado el trail runner a que la montaña se acerque a él, que la montaña se quedará más ancha que larga allá arriba, quietecita. Eso lo saben hasta en la China Popular, donde tienen montañas a punta pala. ¿Y en Fuerteventura? ¿Tienen montañas? Pues sabiendo como sabemos que es una isla de sol y playazas, paraíso del windsurfing y algún que otro deporte acuático, tenderemos a pensar que no. Y eso es lo que me ha pasado a mí, que me fui a Fuerteventura buscando playa, pero me encontré con una montaña (vale sí, antes me encontré también la playa, pero esa es otra historia)… más concretamente me encontré con el pico más alto de Fuerteventura (poco más de 800 metros) al que se ascendía por una senda cuyo inicio caía, mira que es casualidad, justo detrás de mi hotel. Yo veía día tras día desde la playa esa cumbre envuelta en nubes desde la playa y una vocecilla interior me decía: “tienes que subir”. Así que un buen día, después de atiborrarme un poco menos de lo habitual en el buffet del hotel y aprovechando la hora de la siesta del heredero, me puse las zapas, la gorra y el Polar, salí de la habitación y eché a correr en dirección a la cima.

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Las montañas detrás del hotel, llamándome

De lo primero que me di cuenta es de que a las cimas se les llama cimas por algo. Es decir, cuando decimos que algo está encima, es que está en la cima, o sea, arriba del todo. Y, consecuentemente, para llegar hasta ella (la cima) hay que subir. Y subir, sea fácil o no sea fácil (que no lo es), es cansado. Y si encima acabas de comer, aunque sólo sea un poco de gazpacho, pues la comida te rebota en el estómago, y si encima te vas a lo alto en una isla como Fuerteventura aparece también un señor llamado Viento (así, con mayúsculas) que precisamente no tiene entre sus planes el facilitarte a ti eso de subir y bajar al Pico de la Zarza en una correndilla.

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Empezando la subidilla

La capacidad humana de adaptación al medio se impone en momentos como esos y te permite corregir sobre la marcha parte del error y ser todo lo inteligente que no has sido al planificar la salida (pero sólo hasta donde da el colodrillo de cada uno, ojito, que tampoco hace milagros) y decides que los tramos de subida (los más) los vas a hacer andando y que sólo correrás en los tramos que encuentres en bajada (uno) y/o en llano (dos, a lo sumo tres). En total una hora y doce minutos para hacer 7 kilómetros, ascender unos 750 metros y casi haber podido morir del susto al cruzarme con una cabra en el sendero. He de decir que, según vio que me acercaba, el animal o animala huyó ladera abajo por lo que deduje que no debía ser hostil y que, probablemente, tenía más miedo que yo.

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Peligro, cabras salvajes
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Llegando a la zona de la muerte

Pero todo esfuerzo tiene su recompensa, me dirá el lector listillo: las vistas desde lo alto deben ser bellísimas. Pues así lo creo yo también… si la niebla me hubiera dejado ver algo. Por lo que cuentan otros senderistas más afortunados que yo, cuyo testimonio puede encontrarse fácilmente en la red, parece ser que el paisaje desde arriba cualquier día despejado es de los que cortan el aliento y permite admirar en toda su extensión la playa de Cofete.

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Maravilosas vistas desde la cumbre

Así que, en mi caso, la recompensa a mi esfuerzo fue… el descenso. Porque yo soy muy torpe y, además, un poco miope. Y a correr salgo sin gafas. Y ya se sabe que el torpe caminador anda mal y acaba peor. El caso es que al empezar a correr de nuevo de vuelta al hotel mi única certeza era que me iba a pegar una leche tremenda, la incógnita era “dónde”. A mayor abundamiento, resulta que eso de bajar corriendo por el monte empezó a gustarme. Empecé a gustarme. Un 10% de pendiente “pa’bajo” no se pilla todos los días y cada saltito eran no sé cuántos metros menos y a una velocidad que se iba incrementando. Y sentir las ráfagas de viento y aplicar la corrección correspondiente en cada “vuelo” para aterrizar sin daños, todo eso, mola. Las Vomero, por otra parte se estaban portando realmente bien en un terreno que no era, ni es, el suyo (pero es que no era plan de haberme llevado también las zapas de trail, al fin y al cabo en vacaciones el único calzado imprescindible son las chanclas). Pero me entró la cordura y empecé a bajar con la palanca del freno de mano echada, sujetando la zancada y procurando no embalarme… y aun así varios kilómetros salieron a 4:30. Alguna piedra me recordó además que mis tobillos son de cristal y porl lo que tuve que emplearme un poco más a fondo en eso de sujetarme y lo conseguí: ¡llegué al final de la ruta en 38 minutos y sin caerme!

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Bajada a saco, pero en esto que ves un barquito y paras a echarle una fotico

Eso sí, los cuádriceps me quedaron pa’ chopped y los dos días siguientes bajaba por las escaleras del hotel como los maratonianos las escaleras del metro al acabar la carrera.

La montaña no es para mí, pero estoy deseando de volver; y si puede ser a Fuerteventura, con buffet libre, mejor.

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Fin de fiesta y copa de vino español

Corre y sé feliz

No hay duda de que cada cierto tiempo los corredores siempre volvemos a darle vueltas a los mismos temas. Temas tan tontos, por ejemplo, como que si yo soy runner, que si aquel no es runner, que si éste dice que a él le llames corredor porque para nada es runner, que si aquella otra es corredora pero tampoco se disgusta porque la llamen runner. Y así, con esto, junto a otros temas similares, tan tópicos y típicos como apasionadamente defendidos desde la trinchera por la que cada uno haya optado; solemos pasar algún tiempo entretenidos, incluso hasta ofendidos, dando bandazos de acá para allá, otorgando o quitando carnés de “buen corredor” dependiendo de cómo nos hayamos levantado por la mañana o de por dónde sople el viento a mediodía.

A mí a veces me pasa. Y no quiero.

Porque no, porque es perder el tiempo, porque es enredarse en lo accesorio para no disfrutar de lo principal que es el mero hecho de correr. De poder salir a correr. Y porque muchas veces, perdidos en la anécdota, no apreciamos la suerte que tenemos de que en ese preciso momento en que nos calzamos las zapatillas no nos duela nada. La suerte de estar y sentirnos vivos, de disfrutar de la maravilla de planeta que está ahí fuera, al alcance de nuestros pies y que se ofrece para que lo recorramos hasta donde lleguen nuestras fuerzas.

Correr por Barcelona, por Madrid, por Londres, por París, por Nueva York o por los campos de mi pueblo. Eso es lo que quiero hacer. Quiero salir de casa, doblar la primera esquina y correr, sentir el sol, el aire, el olor de las flores en primavera, secarme el sudor, notar (notarme) el corazón acomodando su trabajo a la fatiga. Y también quiero parar, acabar de correr y disfrutar de la ración extra de serotonina, de dopamina y de endorfinas que me regala mi cerebro sólo por eso, porque sí.

¿Y no has pensado que eso puede acabarse algún día? Yo sí. Echo la vista atrás y veo que hace veinte años empecé a correr, pero al volver la mirada hacia adelante tan sólo puedo ver mis pies aquí y ahora porque no sé dónde estaré dentro de otros veinte años, no sé si podré seguir corriendo o no, porque no sé si siquera si estaré.

Y entonces, ¿de qué me preocupo? ¿Qué más da si ése que se dice corredor, o aquel otro runner, corren el kilómetro por encima de cuatro minutos? ¿Qué más da si el de más allá habla en nombre de todos nosotros, los runners, cuando hace un año se fumaba dos paquetes diarios de tabaco y el único deporte que hacía era levantar cervezas en la barra del bar? ¿Qué más dan tantas cosas? ¿Qué más me da? ¿Qué más te da?… Si, como le dijeron a otro runner, a un blade runner: “todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”.

XIII Media Maratón de Azuqueca (2019)

Presentación de PowerPoint
Cartel XIII M.M. Azuqueca

Donde te lo pasas bien, repites. Así que yo sigo viniendo a Azuqueca a correr su medio maratón y ya van tres de las últimas cinco ediciones. Este año la organización había hecho una apuesta mediática con el “fichaje” de Chema Martínez, imagino que para atraer participantes y darle un “empujoncito” a la carrera. Pero aunque el speaker al principio de la prueba anunció que se había batido el récord de participantes «por poco», la verdad es que las cifras indican que el número total de finishers de la media ha descendido (por poco) y que la tampoco la participación de atletas en la carrera a una vuelta ha crecido. No es que la prueba no lo merezca, todo lo contrario; lo que ocurre es que mientras llega ese crecimiento, yo sigo disfrutando de una prueba corrible sin agobios, llana y bien organizada (aunque según mis cálculos le falten unos metros para ser una media maratón bien medida: la distancia del km 8 al 9, a mí, me “chirría”, no sé si a alguien más le pasa).

Este año venía mejor preparado que en 2018, con más kilómetros a las espaldas (o, mejor dicho, en las piernas), con la participación previa en un 10K y sobre todo con una continuidad en los entrenamientos favorecida por la Semana Santa y el puente de Mayo. También un par de kilos menos, que se nota, aunque en las fotos que cuelga la organización (un montón de ellas, y gratis) se me vayan los ojos siempre al barrigón. Bueno, es algo que se va a ir reduciendo con un poco de vigilancia sobre la comida y, sobre todo, entrenamiento. El caso es que la marca de este año ha sido seis minutos y medio mejor que la del año pasado: 1:43:04, por 1:49:35 en 2018. Y sobre todo las sensaciones han sido mucho mejores. Creo que he corrido con cabeza, haciendo todos los kilómetros en zona 4 y por debajo de cinco minutos (salvo el primero) y apretando en los dos últimos, acabando con fuerza y muy entero aunque ya en zona 5. ¿Pude haber apretado más? Seguramente. ¿Me habría desfondado? Pues como no lo hice no puedo saberlo. Quiero pensar que podía haberlo hecho mejor, que esta no era mi mejor versión, pero sin embargo, me siento muy contento con la marca.

Por lo demás, agradecer el apoyo de mi compañero de curro Diego, azudense él, que no pudo correr, pero que estuvo animando en varios puntos de la carrera y con el que compartí una cerveza, obsequio de la organización, en meta.

Un detalle más de la carrera, novedad este año, ha sido la medalla conmemorativa, aunque si se me permite (y como el blog es mío, me lo permido), sugeriría a la organización que en ediciones posteriores diseñaran la medalla con la edición a la que corresponde, sobre todo para que los que no grabamos la marca en las medallas recordemos, dentro de algún tiempo, al verla, qué año fue el que la corrimos. Y eso no va a ocurrir si sólo pone “Media Maratón de Azuqueca”.

A pesar de estos pequeños detalles, siempre que pueda, siempre que siga pasándomelo bien, seguiré participando en esta media maratón.

II Villa de Torrejón 10K Running Music (2019)

Cartel de la carrera
Cartel de la Carrera

Primera participación en esta carrera que celebró el pasado 24 de febrero su segunda edición y a la que acudimos más de 1600 corredores, según la organización. No tenía claro si apuntarme, por causa de esta galbana que me invade desde hace ya tiempo… bueno no, al contrario, lo que tenía claro es que no correría, porque la pereza me arrastra a no querer correr ni esta ni ninguna otra carrera; pero dos compañeros de curro se habían inscrito, me lo comentaron y, bueno, eso, unido a que Torrejon de Ardoz está muy cerca para los que nos movemos por el corredor del Henares entre Alcalá y el Este de Madrid ,tiró de mí lo suficiente como para animarme a participar, aunque sin ninguna expectativa.

El viernes por la tarde me acerqué a Torrejón a recoger el dorsal y la bolsa del corredor que, para los tiempos que corren, estaba bien surtida. También me dieron la camiseta oficial, de la marca Joma, demasiado finita para mi gusto y con la que correría el día de la prueba pero con una térmica de compresión debajo. Me gusta correr con ropa de compresión, me encuentro muy a gusto (sin que boten los michelines) y encima me mantiene seco.

El día de la carrera quedé con mi compañero Diego para ir juntos, pues nuestro tiempo sería similar. Mucho ambiente en la salida y muchos clubs. Nos colocamos en la parte de atrás del pelotón y salimos con mucha tranquilidad. Adelantando gente, pero tranquilos. A la altura del kilómetro 1 subimos un puente con una pendiente bastante pronunciada y ahí decidimos, sin hablar, tirar para adelante y unas veces yo y otras él nos alternamos para imprimir ritmo y alcanzar al globo de los 55 minutos. A la altura del kilómetro 5 nos perdemos el avituallamiento porque sólo hay una mesa a un lado de la calle y lo único que pudimos hacer fue esquivar a los corredores que se paraban para coger una botella de agua. Al ser una carrera de 10K tampoco me importa demasiado, pero es un fallo que la organización debería mejorar en próximas ediciones.

Sobre el kilómetro 6,5 se gira a la derecha y unos espectadores nos informan de que hace poco que ha pasado el globo de los 50 minutos. Lo veo al fondo de la calle, bastante lejos, pero pienso que podría alcanzarlo antes del final, así que meto una marcha más y Diego, mi compañero, queda definitivamente atrás. Aun así, reacciona bien y me sigue a unas decenas de metros por detrás sin perderme de vista. La verdad es que da gusto verle correr. Hace unos años pesaba 20-25 kilos más (¡como que ahora pesa lo mismo que yo y me saca la cabeza!), ha sufrido con paciencia las lesiones y ahora que está en forma puede disfrutar de correr. Y todavía lo va a hacer mejor si las malditas contracturas le dejan. Un ejemplo.

El recorrido continúa hacia meta tan llano como lo ha sido desde la salida, así que no me resulta complicado gestionar el cambio de ritmo sin desfondarme. El globo cada vez está más cerca pero no lo alcanzo hasta pasado el kilómetro 9. Al llegar a su altura el corredor que lo porta me anima a adelantarle y me asegura que él va en tiempo de sub 50′. Le dejo atrás y tiro todo lo rápido que puedo los 200 o 300 metros que me quedan para llegar a meta. Finalmente paro bajo el arco de meta en 50:23 (48:58 en tiempo neto).

Para mi estado de forma actual opino que es una gran marca. Además, con un segundo parcial minuto y medio más rápido que el primero, por lo que fácilmente podríamos haber hecho 47 minutos si no nos hubiésemos entretenido tanto al principio.

De la carrera en sí no tengo nada malo que decir. Muy bien organizada, con un trazado super rápido, puntos kilométricos bien visibles y en su sitio, bolsa del corredor en condiciones y avituallamiento final adecuado. No me quedé a los conciertos del final, por lo que la parte de “Music” no voy a entrar a valorarla. Los únicos “peros” que le pongo son: la imposibilidad de recoger el dorsal el mismo día de la carrera (lo entiendo para los de Torrejón, pero para los de fuera es un incordio) y ese avituallamiento del kilómetro 5 tan corto del que ya he hablado.

2018

2018
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El concepto de annus horribilis fue popularizado por la monarquía británica en 1992 y desde entonces es ampliamente utilizado. Sin ir más lejos yo voy a declarar oficialmente 2018 como annus horribilis, uno de los peores desde que empecé a correr. Venía lastrado desde 2017, también es verdad, desde que corrí uno de los peores maratones de mi vida y mentalmente ya no he vuelto a levantar cabeza. Este año han sido únicamente tres pruebas en las que he participado: la media de Azuqueca de Henares (por hacer una carrera medio larga), un 10K gratuito en el Juan Carlos I que ni siquiera tenía cronometraje oficial y un 5K ¡virtual! En principio tenía en mente alguna más, pero o me ha faltado motivación o me ha sobrado horribilis.

En los entrenos también se ha notado esta falta de rendimiento. Este año no corrido ni 890 kilómetros, doscientos kilómetros menos que en 2017 que ya fue uno de los años con menos kilómetros de mi historia deportiva.

De ritmos mejor no hablar: si antes ir a 5:30 era un ritmo lento, en 2018 5:30 ha pasado a ser “el ritmo”; 5:00 un rodaje exigente y correr por debajo de 5:00 entrenamiento de calidad. Ritmos de 4- 4:15 el kilómetro no he llegado ni a verlos.

En la parte positiva, haber sido capaz de encadenar 19 días consecutivos corriendo en agosto, aprovechando las vacaciones. Va a ser que el trabajo me mata.

Después de este 2018 de bajón, espero mucho de 2019 porque será un año de aniversario: se cumplirán 20 años desde que en 1999 me pusiera en la línea de salida del Maratón Popular de Madrid. 20 años corriendo maratones y 14 carreras de maratón completadas. Así que este año toca maratón sí o sí.

Me apuntaré a la lotería de Nueva York por si suena la flauta y si no, las alternativas serán Valencia, que es un maratón que tengo ganas de conocer (sobre todo tras su meteórica proyección de los últimos años), Lanzarote (me encantan las Islas Canarias y correr con sol, aunque lo del viento me echa para atrás) o Málaga (otra vez por el sol, aunque no tenga tan buenas críticas como Valencia).

O a lo mejor ninguno y sigo de horribilis, quién sabe.

Feliz 2019.

P. S. No quisiera pasar la ocasión sin felicitar a mi cuñado que aun con un curro de autónomo, con muy poco tiempo para entrenar, empezó a correr hace apenas unos años y este 2018, con 54 años, ha corrido su primer maratón, en Valencia, en 3h51m y sin haber conocido al hombre del mazo. ¡Enhorabuena!