IV Trail La Raya de Alcañices (2022)

Cartel de la prueba
Cartel de la carrera

Tercer trail en lo que va de año. Va a ser verdad lo que dicen, que los corredores mayores nos pasamos al trail. Cuando la lucha por bajar marcas no es tan importante, o carece ya de sentido, así dejamos el asfalto a los jóvenes y buscamos nuevos retos. Y el trail está ahí para nosotros, los viejos asfalteros. También para el que es joven y quiere competir y ganar, por supuesto, pero no es mi caso.

Mis dos primeros trails de este año fueron lo que llaman “cortos”: uno de casi 11 kms y el otro de casi 13 kms. Y me sirvieron para darme cuenta de que me gustaba eso de correr por el campo con un dorsal en el pecho, pero echaba de menos una “puntita” de sufrimiento, así somos los viejos maratonianos. Pensé que con distancias mayores el reto sería acabarlas. Y este verano en La Palma, disfrutando de sus senderos y conociendo que son el escenario de la Transvulcania, sentí mucha envidia.

 Así es como aparece el IV Trail La Raya de Alcañices (Zamora), una carrera de más de 26 kms y 900 metros de desnivel positivo acumulado. 26K es una distancia considerable ya en asfalto, así que sumándole además el desnivel, tenía pinta de que para terminarla, iba a necesitar algo más que ganas de correr.

Aprovechando que Zamora es mi segunda ciudad, me inscribí en cuanto abrieron el plazo para hacerlo. Hice bien porque se agotaron todas las plazas en dos semanas (150 en ruta larga y 250 en la corta). También había una prueba no competitiva de senderistas con unos 50 participantes.

Mi preparación específica para el trail han sido tres subidas a los cerros que rodean Alcalá de Henares: una de 16K en septiembre, y dos en octubre: una de 15K y otra de 16K; y entre las tres no sumaban los 900 metros de desnivel acumulado que tendría el Trail La Raya. Pero a toro pasado creo que sirvieron.

El viernes subimos a Zamora y recogimos el dorsal en la ciudad (punto para la organización). El sábado amanece feo y llueve de forma intermitente. Cuentan que en Alcañices aún llovió más intensamente. Frío no hace y las previsiones no dan lluvia para el día de la carrera. En cualquier caso, no dudo de que voy a correr, no he hecho 300 kilómetros para quedarme en casa por un poco de agua. En redes sociales, la organización cuelga el track actualizado de la carrera, lo descargo y lo mando al Watch. La suerte está echada.

El domingo nos desplazamos a Alcañices, en la comarca de Aliste, de la que es originario mi padre. Tienen abierta la estación de autobuses para que aparquemos, lo sé porque nos han mandado un correo de Smartchip con toda la información útil de última hora, incluso que cambian la hora (otro punto para la organización). Cerca de allí está el pabellón municipal en el que nos podremos duchar después de la prueba, se entregarán los trofeos y se invitará a comer un potaje de garbanzos (de Fuentesaúco) a todos los participantes.

La mañana es gris, con algo de niebla, pero no hace frío. Yo voy a correr en manga corta, aunque debajo me pondré una térmica finita, también de manga corta, por lo que pudiera pasar y porque me embute los michelines y así no me molestan demasiado al correr.

Mi mujer, su tía y yo caminamos hacia la plaza de Alcañices, ellas participarán en la prueba de senderistas. Todo está preparado, la alfombrilla y los arcos de meta en su sitio. La megafonía nos indica dónde se dará la salida. Control de firmas. Me entra un poco de miedo, a lo mejor he ido de sobrado apuntándome al trail largo, con lo fácil que hubiera sido hacer el corto. Da igual, no puedo hacer nada ya más que esperar la salida. La nuestra se da a las 9:30, a las 9:45 salen los del corto y a las 10 los senderistas. Me gusta que sea así. Cada distancia tiene su protagonismo.

Salimos con los acordes de un mix de “Whiskey in the Jar”, versionado por Metallica. A los 300 metros, primera subida en fila india y tapón. Yo voy de los últimos, así que ya sé lo que me espera: tratar de que los del corto no me pillen antes de que nuestros recorridos se separen. Esto no es más que una intención, porque luego el terreno es como es y lo de correr se antoja complicado. Aparte de que voy con la mosca detrás de la oreja por lo que he visto y leído sobre el paso del cortafuegos, que no sé dónde está y no quiero llegar a él sin fuerzas.

Llego a la primera subida dura con el objetivo cumplido: no me pillaron. Pero, madre mía. Hay que subir a lo alto de un monte que separa España y Portugal pero por la vía rápida: campo a través y en línea recta. 500 metros de cuesta en la que hay que intentar no echarse mucho para atrás so pena de acabar rodando ladera abajo y vuelta a empezar. Arriba esperaba el avituallamiento del K8,5: un poco de agua y a seguir.

El tramo que sigue por el lomo del monte es espectacular. El día está abriendo y se ven retazos de un cielo de color azul intenso junto a nubes echas jirones enganchadas a las copas de los árboles. Hago fotos, estoy feliz. Sigo corriendo. De un lateral aparecen muchos corredores. Son los de la carrera corta, que vuelven a compartir trazado con nosotros. Yo voy por el km 10 y ellos por el 7, tienen ya la mitad de la carrera hecha.

Un kilómetro más adelante llega la imagen de la carrera, el imponente cortafuegos, lleno de puntitos de colores (corredores), que se perfila sobre las copas de unos árboles de un color amarillo intenso. Y bajo esos árboles corre el río Angueira, que hay que vadear. Es decir, meterse en él hasta la rodilla, sortear un tronco de árbol caído en la corriente (o puesto allí adrede), y ayudarse de una cuerda para llegar al otro lado. Al menos el agua no estaba muy fría. Fue divertido.

El cortafuegos no tanto. 1km de subida muy dura y otro medio kilómetro más de regalo que aunque seguía picando para arriba era ya corrible. El altímetro del Watch se vuelve loco y me marca unos desniveles de escándalo.

Del cortafuegos al pinar, y es en ese momento en el que piensas: madre mía, si es que todavía me queda la mitad. El pinar está plantado en terrazas y como no vamos bajando por la pista, sino por senderos entre los pinos, tenemos que ir saltando de terraza en terraza: un salto, dos zancadas, un salto, dos zancadas… Llevo los cuádriceps pa’chopped.

Cuando llegamos abajo nos separan del trail corto y empezamos a zigzaguear por un sendero pegado al arroyo Violares. El cuerpo siempre se va inclinando hacia el lado del arroyo, todo el rato tratando de vencer la resistencia en un terreno completamente embarrado, empiezo a estar solo en el recorrido y me encuentro cansado. A pesar de lo bien que van las Wildhorse, no puedo evitar que en un descuido se me vaya el tobillo y me lo tuerza un poco. Me duele algo al trotar, pero puedo seguir. Poco a poco parece que la arboleda se abre y me mantengo al lado de unos cuantos corredores. El pinar de Bruñosinos por fin se acaba, y en el km 18, tras cruzar la carretera que une Alcañices con Vimioso (Portugal), llego al segundo avituallamiento.

Bebo dos vasos de agua, como un trozo de plátano, un cuadrado de nocilla y unas chuches mientras echo una ojeada al cortafuegos que me espera nada más salir. Otro kilómetro más de subida dura, con el sol ya pegando a la espalda después de más de dos horas de carrera. Cuando giramos a la derecha y empezamos a descender, no siento las piernas, simplemente voy tras la estela de un corredor que llevo delante, le sigo por inercia. El terreno es una pista forestal muy corrible y tras adelanta a este corredor, voy solo, los corredores de cabeza deben estar ya todos en meta. Un voluntario me saca de mi abstracción y me dice que salga de la pista forestal y que atraviese otro pinar, pequeño, pero campo a través hasta que salga a un camino. Obedezco como un zombie. Ya me da igual todo. Me deben quedar como 6 kilómetros, calculo.

El sendero sube y baja, atraviesa fincas, pequeños roquedales, a veces caminos, otras veces pedregales. Hay mucha vegetación, es todo muy bonito, pero muy cansado. Se intuye que ya vamos camino de Alcañices, rumbo a la meta, pero el responsable del trazado no nos lo ha querido poner nada fácil para que disfrutemos la última parte.

Llego a un arroyo. Todo está embarrado y pego un rodeo, pero por allí el agua está más embalsada. Al otro lado hay un 4×4 con un paisano dentro con la ventanilla bajada. Veo que unas piedras sobresalen del agua y voy hacia ellas. El fulano masculla algo que no entiendo. Me acerco a las piedras y trato de subirme a ellas, pero resbalan y si trato de cruzar el arroyo por ellas seguro que me romperé la crisma. Ya tengo al fulano más cerca y le miro. Sin dirigirme la mirada, y tan sólo moviendo el brazo que sale por la ventanilla, le oigo mascullar de nuevo: “vais millor po’l agua”. Maldita sea, pues no lo podría haber dicho antes… o lo mismo lo dijo y no le entendí. Pie al fondo del agua y en tres zancadas ya estaba corriendo por el otro lado. Menos mal que, como dije, el agua no estaba muy fría.

El trazado nos lleva por la ribera de un arroyo, se ve que está acondicionado como senda. Sigo solo. Pasamos de uno a otro lado por algunos pequeños puentes hasta que al final llegamos a donde otros voluntarios nos dicen que hay que volver a cruzar el río por el agua. Aquí no pierdo tiempo, total, las zapatillas no han tenido tiempo de secarse.

Al otro lado me encuentro un cartel que pone “Cuesta Cochinos”, parece que alguien ha bautizado la senda y no podía tener mejor nombre. Un camino pestoso, embarrado, en el que hay que tirar para arriba sacando fuerzas donde ya no hay.

Pasado ese tramo Alcañices se puede oler, sin embargo, todavía hay que sufrir subiendo por otra pared más de roca hasta alcanzar un nuevo sendero que transita por lo alto. Y entonces sí, dos voluntarios avisan de que queda un kilómetro. Llego a Alcañices, bajo a la calle de la Atalaya y desde allí a meta por la Av. De Castilla y León. Alfombrilla de meta, speaker que grita tu nombre, tu mujer te hace el vídeo y ¡finisher! Con medalla y bolsa del corredor.

Qué alegría. 3 horas 40 minutos de carrera para 27 kilómetros. ¡He terminado maratones en menos tiempo!

Me pego un poco al avituallamiento postmeta para reponer líquidos y después hago uso de las duchas del pabellón.

Nos quedamos a la entrega de trofeos y a la comida: potaje, pan, cerveza, agua, yogur. Un lujo.

Qué bien nos ha tratado Alcañices. Qué bonito es Aliste. Qué bien organizada la carrera por el Club La Raya Trail Alcañices.

De vuelta a Zamora paramos en Ricobayo a tomar café.

Decidimos que hay que volver. Total, hay margen de mejora.

Zangarun Cross Trail de Ricobayo (2022)

Cartel Zangarun 2022

Segunda prueba de trail del año. Parece que le he tomado cariño al trail cuando no me había preocupado lo más mínimo por esta modalidad desde el año en que empecé a correr, allá por 1999. En esta ocasión elegí el Zangarun de Ricobayo, también aprovechando un nuevo desplazamiento a Zamora. La prueba constaba de dos etapas: una de 14K el sábado por la tarde en Villaflor y la segunda de 13K el domingo por la mañana en Ricobayo. Como no iba a poder hacer las dos, elegí la del domingo, que era a las 11 y no hacía falta ni madrugar.

El sábado salí a trotar un poco y me dio un pinchazo en el gemelo de la pierna izquierda. Así que hice escasamente 5K y para casa. Estaba fastidiado, pero me hice un auto masaje con bálsamo del tigre y me bajé al Decathlon a comprarme una pantorrillera de compresión. La molestia seguía, pero al menos no había dolor, así que el sábado estaba en la línea de salida.

El ambiente del Zangarun, en comparación con el de Pereruela, era más… pro, como dicen ahora. Gente con más “pintas” de corredores, aunque muchos seguro que coincidimos en las dos. Como no se pudo recoger el dorsal en Zamora los días anteriores llegúe con tiempo porque ya sabía yo que me tocaría ir de un lado para otro a buscarlo. Efectivamente, la salida se daba en la zona de la playa del embalse, donde también estaba el aparcamiento, y la nave donde daban el dorsal, estaba subiendo hacia el pueblo, así que me sirvió de calentamiento. Sí, vale que serían 400 metros o así, pero en cuesta.

Control de material obligatorio en salida (pedían un recipiente para el agua, y aun así alguno que otro no traía nada) y a esperar el pistoletazo. Como la vez anterior, me había bajado el track al reloj porque me da pavor, en el peor de los casos, perderme por el campo. Aunque la carrera estaba, todo hay que decirlo, perfectamente señalizada por MounTime, marca del Club Deportivo Ultra Sanabria).

Sabía que el recorrido era muy rompepiernas, con un desnivel positivo de 393 m para los 13K (según mi reloj), por los 320 de Pereruela en 11 kilómetros. Pero en el caso de Ricobayo el perfil era más tipo «dientes de sierra» con subidas cortas, pero con bastante inclinación, en las que los no somos Killian Jornet teníamos que subirlas andando. Por el contrario, en Pereruela, los tramos de subida (salvo uno) eran bastante más largos y más corribles. Por todo ello, la sensación de cansancio fue mayor.

Como me dolía el gemelo salí al trantrán con mi pantorrillera puesta, a cola de pelotón, para no molestar. Ir súper lento no impidió que nos reagrupáramos todos en el tapón de la primera subida gorda, cuando no llevábamos ni un kilómetro. Pero a partir del kilómetro 1,5 se podía correr bastante bien, y aunque no dejaba de sentir dolorido el gemelo iba poco a poco adelantando unidades. Normalmente me pegaba a un grupo un rato y si veía que el ritmo era un poco lento para mis fuerzas, les rebasaba y salía en busca de algún otro grupo más adelante. Poco antes de llegar al primer avituallamiento, que pasé de largo como casi todos (esta vez no había ni jamón, ni hornazo, ni chorizo, ni nada de eso: líquidos y fruta), pasé a un corredor que iba con un niño de poco más de 11 o 12 años pero que corría mejor que muchos adultos. Me pareció bonito, a pesar del riesgo de caídas que hay en este tipo de pruebas.

En otro orden de cosas, la lluvia de la tarde anterior había bajado mucho la temperatura y eso nos benefició porque de haber hecho calor aquello podía haber sido una tortura. Sin embargo, el campo estaba hermoso, las jaras en flor nos acompañaron todo el recorrido y hubo momentos en el que el paisaje era apabullante: encinas, alcornoques, todo el repertorio del sotobosque mediterráneo. ¡Qué diferencia con lo que acostumbramos a ver los asfalteros!

Pasamos un roquedal en el kilómetro 7, el punto más alto de la carrera, con unas vistas espectaculares y ahí me uní a una grupeta muy maja que iba tirando fuerte, llegando a ver en el reloj ritmos de 4:20-4:30. Estaba cansado, tanto que notaba más el cansancio que el dolor en el gemelo, pero les seguí el ritmo hasta el km 9 en el que paré en el avituallamiento a beber agua y comer medio plátano. De ahí al final todavía quedaban un par de buenas cuestarracas y me lo tomé con filosofía. Al fin y al cabo, había tropezado ya cuatro veces (la última con crujidito del tobillo incluido), estábamos de vuelta al punto de partida y tenía la certeza de que iba a poder finalizar la carrera sin terminar cojo.

Eso sí, la organización nos reservó la sorpresa final de los últimos 300 metros en los que nos hizo correr por la ladera seca del pantano, sobre arena y piedras sueltas con una inclinación lateral de 30 o 40 grados y unos últimos 50 metros subiendo las escaleras que dan acceso a un pantalán. Unos cachondos, los organizadores.

Pero bueno, allí estaba la meta, se acababa todo sufrimiento, la familia me estaba esperando (y eso no ocurre siempre), el cortador de jamón también, y encima nos surtieron bien de agua, bebida isotónica, cerveza, frutos secos, fruta y hasta gominolas (que compartí con mi hijo haciendo algún que otro viaje clandestino a por algún puñadito más). La verdad es que había de sobra porque tampoco éramos miles de corredores.

En total corrimos unas 150 personas, y en mi categoría (individual etapa Ricobayo) acabé el 51 de 76 con un tiempo oficial 1:29:26, que para 13 kilómetros me da una media de 6:55 minutos el kilómetro. No está mal para un veterano B cojo.

Y como colofón a una preciosa carrera nos fuimos a reponer fuerzas en Miranda do Douro a degustar un delicioso bacalao al estilo portugués.

Como dice mi padre, un día bien “echao”.

Media Maratón Cervantina (2022)

Cartel Media Maratón Cervantina 2022

Han pasado siete años desde que corrí esta prueba por última vez. He releído un poco la crónica que escribí en aquella ocasión y, a pesar de haberla acabado tres minutos más lento, lo que dejé escrito en aquel entonces lo puedo suscribir hoy: muy satisfecho a nivel personal y muy contento con la organización de la carrera.

Esta edición ha supuesto el retorno de la Media Maratón Cervantina tras la pandemia. Si no estoy equivocado ha sido la edición número diez, tras la anulación de la carrera en 2020 (por motivos obvios) y 2021 (por la situación sanitaria y ausencia de vacunas). El caso es que se ha notado mucho, tengo la sensación, en cuanto a participación puesto que de entrada yo, que me suelo colocar al final del grupo en la salida, no tardé en llegar al arco de salida tanto como en ediciones anteriores y tampoco noté el típico tapón de otros años cuando el circuito se estrecha en el kilómetro 1. Repasando las clasificaciones en casa compruebo que el número total de finishers ha sido de 651 por lo que no creo que ni siquiera se hayan cubierto las mil plazas que suelen ofertarse todos los años.

En lo personal, carrera disputada de menos a más, de esas que hacen que vuelvas a casa con una sonrisa; y un día magnífico para correr después de una noche en la que había estado diluviando y que parecía anticipar una media maratón pasada por agua.

Pinceladas:

  • Que la carrera popular de 5K se celebre después de la media me sigue pareciendo un acierto.
  • La medalla finisher de madera quizá no es necesaria, pero es un recuerdo.
  • La bolsa del corredor más que correcta.
  • El precio sigue contenido (18 euros) para lo que se ve por ahí.

Colofón:

  • 29ª participación en una media maratón… 25º mejor tiempo (1:48:50 – 1:48:03 neto).

Y estoy contento…

Último pensamiento:

  • Sigo buscando un trail para debutar.

XXXVI Media Maratón Zamora (2021)

Y después del mal sueño, volvieron las carreras…” Quizá esta frase podría ser otro microcuento de Augusto Monterroso, pero para corredores. El caso es que hemos vuelto, que después de confinamientos de la primavera de 2020 y las limitaciones a los viajes interprovinciales del otoño-invierno 2021, por fin, están volviendo las carreras y nosotros a participar en ellas. Mi «debut» ha sido en la Media Maratón de Zamora, que tenía que haberse celebrado el 15 de marzo del año pasado (justo en aquel famoso fin de semana en el que se declaró el estado de alarma) y que, tras varios aplazamientos, se ha podido disputar finalmente el 5 de septiembre, casi año y medio después

Cartel Carrera
Cartel de la prueba

No la he preparado… nada. Al fin y al cabo, la posibilidad de que podía disputarse o no, sumado a algunos problemas físicos, consiguieron que no acabara de creérmelo del todo y entrené en consecuencia: poco y mal. Tampoco es que la organización se caracterizara por si habilidad para mantenernos al corriente de cómo estaban las cosas. Aún peor, tanto su blog en blogspot como la página de Facebook siguen anclados en la edición de 2019. La única información que podías obtener era la que salía en prensa local (para dar una idea, el mail más reciente que yo tenía de la organización era de mayo).

Quizá por eso la carrera haya cogido de sorpresa también a la propia ciudad. Pocos sabían que la celebración de la carrera iba a afectar al tráfico y en muchas partes del recorrido se veían conductores protestando y policías diciéndoles que es que se habían metido en el circuito de la carrera y que no se podía hacer nada. El desbarajuste llegó a tal punto que cuando yo pasé por la Calle Rosa Chacel, detrás de las instalaciones de “Gaza”, los coches circulaban libremente en ambos sentidos y los corredores no podíamos hacer otra cosa más que correr por la acera a pesar de que los conos sí que estaban correctamente colocados en la calzada indicando que aquel no era espacio de los coches. En fin, cosas que se podían haber hecho mejor. Como el protocolo Covid de salida, inexistente; o la incoherencia de programar la salida en el centro de la ciudad, simultaneándola con un mercado romano con decenas de puestos callejeros completamente montados y coexistiendo en el mismo espacio con la salida de las carreras, lo que obligó a que los participantes del 10K salieran junto con los del 21K aunque estaba previsto que lo hicieran desde dos plazas distintas (pero es que las dos estaban ocupadas por los puestos del mercado).

Respecto al recorrido, indicar era el mismo que las dos últimas veces en que participé (2015 y 2017). La bolsa del corredor muy parecida a la de otros años y, como novedad, la camiseta conmemorativa de este año era de manga larga. Aunque, como he comentado en alguna otra ocasión, en plena segunda década del siglo XXI, podían hacer una camiseta con un diseño un poco más atractivo.

De mi carrera tengo poco que decir porque mi objetivo era simplemente terminarla (y no las tenía todas conmigo, incluso me dieron ganas de desviarme hacia la meta del 10K. Además del poco entrenamiento me pilló con el peso más alto que he tenido en años, así que peor marca personal y si me descuido no bajo de dos horas (y dando gracias por no haberme lesionado).

En meta no dejaron entrar al público, que se acabó concentrando en el aparcamiento, por lo que la vuelta final a la pista de atletismo fue mucho más desangelada que otros años.

Y hasta aquí esta crónica. La lección que extraigo esta carrera es que si al final voy a Oporto (recientemente me ha dado un tirón en el gemelo derecho y no entreno como debería) voy a sufrir como un perro callejero.

Maratón de Valencia 2019: la crónica

maraton-valencia-2019
Maratón de Valencia

Han tenido que pasar dos años y medio desde aquel maratón de Liverpool de 2017 para encontrar las ganas de correr otro. Una mala preparación y un tiempo de 4h22m me dejaron desganado, esa es la palabra, sin ganas de volver a preparar (como es debido) un maratón. Preferí dejar pasar 2018 en blanco y decidirme por alguno en 2019 tan sólo porque quería conmemorar que en 1999 corrí mi primer maratón. Así apareció Valencia con esa fama de maratón en auge, con la ventaja añadida de poder prepararlo con buen tiempo al ser un maratón de otoño y así descarté definitivamente Madrid.

Pero quería llegar bien Valencia y que no se convirtiera en otro desastre como Liverpool, quería volver a sentirme corredor de maratones (lo que para mí significa que hay que correrlos, de principio a fin), así que me apunté a los planes semanales de maratón de José Garay Cebrián que nos enviaba por mail todos los domingos la organización del Maratón de Valencia. Empecé siguiéndolos a rajatabla, pero después del primer mes los adapté a mis circunstancias para reducir de cinco a cuatro los días semanales. Los planes me han parecido fáciles de seguir y me han ido muy bien. Me he sentido fuerte entrenando, tanto que en la mayoría de rodajes tenía que sujetar los ritmos porque tendía a acelerarme. Las series me han parecido eso sí demasiado lentas, por lo que para poder «sufrir» un poco les metí un poco más de ritmo.

El peso, que siempre es mi punto débil, lo he llevado muy bien. Antes del verano ya perdí algo de lastre y según han ido pasando las semanas me he ido afinando y he llegado a la carrera en 69 altos-70 bajos. Además, ni una mala torcedura, ni dolores, ni un catarro en 16 semanas de entrenamiento ideales. Teniendo todo esto en cuenta, mi objetivo antes de la carrera era acercarme todo lo posible a las 3h30m.

El día de la carrera empezó de manera inesperada pues me tocó caminar hasta la salida desde mi apartamento, en un barrio que llaman Nou Moles, a unos cinco kilómetros de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, porque los autobuses (que iban a ser gratis y tal) a esas horas de domingo, tan tempranas (la salida se daba a las 8:30), no tenían una frecuencia que me asegurara llegar con tiempo suficiente para localizar guardarropa, baños, cajón, etc. Y no me iba a estar esperando más de 30 minutos en una parada de bus, así que lo bueno es que cuando llegué no me hizo falta calentar.

Salí además en uno de los últimos cajones al no tener acreditada una buena marca en maratón reciente, y encima estaba tan a rebosar de gente que no cabíamos dentro del corral y tuvimos que entrar cuando los que lo ocupaban se desplazaron hacia delante para empezar a correr. El caso es que al salir por oleadas tampoco perdimos demasiado tiempo hasta pisar la alfombrilla de salida.

De la carrera me sorprendió que, a pesar de ser 25 000 maratonianos se podía correr a gusto desde el kilómetro uno y, salvo en momentos concretos, mantener el ritmo de 5 minutos por kilómetro que quería llevar. El circuito también se presta a ello. Llano como la palma de la mano y con bastante animación. Por poner un pero, decir que quizá hacía más de calor del que esperaba y en un par de ocasiones pensé que la camiseta finita de compresión que suelo llevar debajo de la camiseta (para evitar rozaduras) me iba a sobrar.

Los parciales iban saliendo aunque durante los primeros kilómetros llevaba la vejiga llena e iba incómodo, por lo que evité beber en exceso en los dos primeros avituallamientos y allá por el kilómetro 12 pude parar y quedarme a gusto. Perdí 30 segundos que recuperé enseguida y la media maratón la pasé clavada en 1:45:39 pensando en doblar y de seguir así conseguir el 3:30 sin esfuerzo.

Sin embargo, poco después empecé a notar que algo no iba bien, que sentía sed pero que si bebía un poco de más el estómago «protestaba» y no corría nada cómodo. Así que decidí que en los avituallamientos sólo tomaría un par de tragos (siempre agua) y descartaría el resto, lo que provocaba que llegara al siguiente avituallamiento con mucha sed y así sucesivamente. Aun así mantuve como pude el ritmo hasta el 30, pero a partir arco de «Rompe el Muro» del 32 empecé a sufrir más y más y a notarme, además de incómodo, cansado. Me marqué como objetivo llegar al kilómetro 35 donde estaría mi familia dándome ánimos y a partir de ahí ya no tendría sentido parar porque sólo me quedarían 7 kilómetros a meta. Y eso hice. Ver a mi mujer, a mi hijo y a mis suegros fue una inyección de adrenalina que me llegó hasta… el kilómetro 36 (no sois vosotros, family, soy yo) y de ahí al final sufrí mucho.

Lo mejor es que gran parte de ese sufrimiento era meramente psicológico: ni tenía calambres, ni pulsaciones desbocadas, ni dolores, simplemente estaba cansado. Es más, pude estabilizarme en 5:30 el kilómetro (que es mi ritmo de rodaje largo) y acabar al tran tran, sin pararme, y beneficiándome sobre todo de la bondad del circuito y de la energía de la gente que te anima de forma brutal en el último tramo de la calle Alcalde Reig en el que parecemos ciclistas subiendo el Tourmalet. Me llega a dar esta misma pájara en una carrera como Madrid y al final me cae una minutada de las que hacen época.

Pero bueno, fue llegar a la Ciudad de las Artes y las Ciencias e iluminárseme la cara. El asfalto deja paso a un empedrado que fastidia un poco, pero llegar a esa pasarela azul, con la gente, la música, el agua y el sol la verdad es una maravilla. Es la mejor meta que un corredor como yo haya cruzado jamás.

Y en esos últimos metros los ojos se van al cielo buscando el recuerdo de mi madre, el cronómetro se para en 3:36:42 y sólo pienso en que me paro, en disfrutar de ese momento y de que lo he vuelto a conseguir.

Y van quince.

Últimos kilómetros
Últimos kilómetros

XIII Media Maratón de Azuqueca (2019)

Presentación de PowerPoint
Cartel XIII M.M. Azuqueca

Donde te lo pasas bien, repites. Así que yo sigo viniendo a Azuqueca a correr su medio maratón y ya van tres de las últimas cinco ediciones. Este año la organización había hecho una apuesta mediática con el «fichaje» de Chema Martínez, imagino que para atraer participantes y darle un «empujoncito» a la carrera. Pero aunque el speaker al principio de la prueba anunció que se había batido el récord de participantes «por poco», la verdad es que las cifras indican que el número total de finishers de la media ha descendido (por poco) y que la tampoco la participación de atletas en la carrera a una vuelta ha crecido. No es que la prueba no lo merezca, todo lo contrario; lo que ocurre es que mientras llega ese crecimiento, yo sigo disfrutando de una prueba corrible sin agobios, llana y bien organizada (aunque según mis cálculos le falten unos metros para ser una media maratón bien medida: la distancia del km 8 al 9, a mí, me «chirría», no sé si a alguien más le pasa).

Este año venía mejor preparado que en 2018, con más kilómetros a las espaldas (o, mejor dicho, en las piernas), con la participación previa en un 10K y sobre todo con una continuidad en los entrenamientos favorecida por la Semana Santa y el puente de Mayo. También un par de kilos menos, que se nota, aunque en las fotos que cuelga la organización (un montón de ellas, y gratis) se me vayan los ojos siempre al barrigón. Bueno, es algo que se va a ir reduciendo con un poco de vigilancia sobre la comida y, sobre todo, entrenamiento. El caso es que la marca de este año ha sido seis minutos y medio mejor que la del año pasado: 1:43:04, por 1:49:35 en 2018. Y sobre todo las sensaciones han sido mucho mejores. Creo que he corrido con cabeza, haciendo todos los kilómetros en zona 4 y por debajo de cinco minutos (salvo el primero) y apretando en los dos últimos, acabando con fuerza y muy entero aunque ya en zona 5. ¿Pude haber apretado más? Seguramente. ¿Me habría desfondado? Pues como no lo hice no puedo saberlo. Quiero pensar que podía haberlo hecho mejor, que esta no era mi mejor versión, pero sin embargo, me siento muy contento con la marca.

Por lo demás, agradecer el apoyo de mi compañero de curro Diego, azudense él, que no pudo correr, pero que estuvo animando en varios puntos de la carrera y con el que compartí una cerveza, obsequio de la organización, en meta.

Un detalle más de la carrera, novedad este año, ha sido la medalla conmemorativa, aunque si se me permite (y como el blog es mío, me lo permido), sugeriría a la organización que en ediciones posteriores diseñaran la medalla con la edición a la que corresponde, sobre todo para que los que no grabamos la marca en las medallas recordemos, dentro de algún tiempo, al verla, qué año fue el que la corrimos. Y eso no va a ocurrir si sólo pone «Media Maratón de Azuqueca».

A pesar de estos pequeños detalles, siempre que pueda, siempre que siga pasándomelo bien, seguiré participando en esta media maratón.

II Villa de Torrejón 10K Running Music (2019)

Cartel de la carrera
Cartel de la Carrera

Primera participación en esta carrera que celebró el pasado 24 de febrero su segunda edición y a la que acudimos más de 1600 corredores, según la organización. No tenía claro si apuntarme, por causa de esta galbana que me invade desde hace ya tiempo… bueno no, al contrario, lo que tenía claro es que no correría, porque la pereza me arrastra a no querer correr ni esta ni ninguna otra carrera; pero dos compañeros de curro se habían inscrito, me lo comentaron y, bueno, eso, unido a que Torrejon de Ardoz está muy cerca para los que nos movemos por el corredor del Henares entre Alcalá y el Este de Madrid ,tiró de mí lo suficiente como para animarme a participar, aunque sin ninguna expectativa.

El viernes por la tarde me acerqué a Torrejón a recoger el dorsal y la bolsa del corredor que, para los tiempos que corren, estaba bien surtida. También me dieron la camiseta oficial, de la marca Joma, demasiado finita para mi gusto y con la que correría el día de la prueba pero con una térmica de compresión debajo. Me gusta correr con ropa de compresión, me encuentro muy a gusto (sin que boten los michelines) y encima me mantiene seco.

El día de la carrera quedé con mi compañero Diego para ir juntos, pues nuestro tiempo sería similar. Mucho ambiente en la salida y muchos clubs. Nos colocamos en la parte de atrás del pelotón y salimos con mucha tranquilidad. Adelantando gente, pero tranquilos. A la altura del kilómetro 1 subimos un puente con una pendiente bastante pronunciada y ahí decidimos, sin hablar, tirar para adelante y unas veces yo y otras él nos alternamos para imprimir ritmo y alcanzar al globo de los 55 minutos. A la altura del kilómetro 5 nos perdemos el avituallamiento porque sólo hay una mesa a un lado de la calle y lo único que pudimos hacer fue esquivar a los corredores que se paraban para coger una botella de agua. Al ser una carrera de 10K tampoco me importa demasiado, pero es un fallo que la organización debería mejorar en próximas ediciones.

Sobre el kilómetro 6,5 se gira a la derecha y unos espectadores nos informan de que hace poco que ha pasado el globo de los 50 minutos. Lo veo al fondo de la calle, bastante lejos, pero pienso que podría alcanzarlo antes del final, así que meto una marcha más y Diego, mi compañero, queda definitivamente atrás. Aun así, reacciona bien y me sigue a unas decenas de metros por detrás sin perderme de vista. La verdad es que da gusto verle correr. Hace unos años pesaba 20-25 kilos más (¡como que ahora pesa lo mismo que yo y me saca la cabeza!), ha sufrido con paciencia las lesiones y ahora que está en forma puede disfrutar de correr. Y todavía lo va a hacer mejor si las malditas contracturas le dejan. Un ejemplo.

El recorrido continúa hacia meta tan llano como lo ha sido desde la salida, así que no me resulta complicado gestionar el cambio de ritmo sin desfondarme. El globo cada vez está más cerca pero no lo alcanzo hasta pasado el kilómetro 9. Al llegar a su altura el corredor que lo porta me anima a adelantarle y me asegura que él va en tiempo de sub 50′. Le dejo atrás y tiro todo lo rápido que puedo los 200 o 300 metros que me quedan para llegar a meta. Finalmente paro bajo el arco de meta en 50:23 (48:58 en tiempo neto).

Para mi estado de forma actual opino que es una gran marca. Además, con un segundo parcial minuto y medio más rápido que el primero, por lo que fácilmente podríamos haber hecho 47 minutos si no nos hubiésemos entretenido tanto al principio.

De la carrera en sí no tengo nada malo que decir. Muy bien organizada, con un trazado super rápido, puntos kilométricos bien visibles y en su sitio, bolsa del corredor en condiciones y avituallamiento final adecuado. No me quedé a los conciertos del final, por lo que la parte de «Music» no voy a entrar a valorarla. Los únicos «peros» que le pongo son: la imposibilidad de recoger el dorsal el mismo día de la carrera (lo entiendo para los de Torrejón, pero para los de fuera es un incordio) y ese avituallamiento del kilómetro 5 tan corto del que ya he hablado.

Carrera Cultura Mediterránea Madrid (2018)

Cartel Carreras Cultura Mediterránea

Cartel de las carreras

La característica más importante de esta Carrera Mediterránea, que se celebraba simultáneamente el pasado 21 de octubre en Madrid, Guadalajara y Soria (no me pregunten por qué), era sin duda su carácter gratuito. Hoy no es normal que las carreras sean gratis, pero siempre ha habido. Yo recuerdo la Melonera, cuando salía de Hipercor, y medía lo que le daba la gana (se decía que eran casi diez kilómetros); o la media de Moratalaz, que no era gratis pero su coste era irrisorio (y compartía con la Melonera el sanbenito de estar mal medida). Y básicamente ese fue el motivo por el que me inscribí, junto a que se celebraba en el Juan Carlos I que no queda lejos de mi cuartel de intendencia madrileño (la casa de mi padre, en concreto).

¿Se puede hoy día hacer una carrera gratuita? Parece que sí. Primero tenemos un patrocinador institucional que elimina de un plumazo muchos de los problemas de las pequeñas carreras, en este caso el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Segundo, nada de camisetas (gorrilla y tirando millas). Tercero, circuito a dos vueltas dentro de un parque donde no hay que cortar calles, luego no hay que pagar más al Ayuntamiento por eso. Cuarto, no indiques los puntos kilométricos, que los participantes, como es a dos vueltas, cuando pasen por meta sabrán que están en el kilómetro 5. Y quinto, prescinde del cronometraje, se da el pistoletazo de salida y cada uno que cronometre su carrera con sus propios medios. Para el resto, la organización se comportó como en una carrera «normal»: voluntarios en los cruces, arco de salida/meta, speaker, avituallamiento a mitad de carrera y otro al finalizar (agua, leche y plátano). ¿Veis? Es fácil. Si te sientes a gusto con las peculiaridades de la carrera, pienso que no hay mejor plan para un domingo por la mañana.

Como crítica a la organización, en Madrid la carrera estuvo bien medida, pero en Guadalajara me consta que no fue así (nada que no solucione un gps el año que viene, si la carrera tuviera continuidad).

La carrera de Madrid estuvo muy bien, el día parecía que iba a ser, meteorológicamente hablando, peor de lo que luego fue. Participaríamos 200 o 300 corredores entre 5 y 10K por lo que se podía correr muy bien. El circuito bonito, dentro del parque, aunque con algunas cuestas (que tampoco eran el Mortirolo, claro), y superficie mixta: asfalto y camino de tierra.

No llegaba yo en condiciones (buenas) a la carrera después de una semana de gripe/constipado fuerte/catarro/llámalo x y cuando empecé a correr noté claramente que no me entraba el oxígeno suficiente a los pulmones. Aun así intenté correr rápido pero a pesar de todos mis esfuerzos no conseguía bajar a esos 5 min/km que me hubiera gustado, con el agotamiento extra que ese esfuerzo supuso y unas pulsaciones desbocadas. En la cuesta arriba del kilómetro 6 pensaba, incluso, que no podría terminar la carrera. Pero bueno, uno tiene oficio ya después de 20 años, y se sobrepone a la situación aunque sea con el piloto automático puesto.

Al final paré el crono (nunca mejor dicho) en unos muy discretos 52:27 (51:42 netos, si descontamos los 45 segundos que tardé hasta cruzar el arco de salida).

Así es la vida de los corredores.

El lado positivo es que sigo corriendo, las lesiones me respetan, y contándolo por aquí.

 

 

XII Media Maratón de Azuqueca (2018)

Cartel Media Maratón Azuqueca 2018

El primer dorsal del año ha tardado en caer. En parte por la lesión recurrente de los gemelos y en parte por falta de ganas/interés/llámalo x. Sin embargo, en cuanto la organización del medio maratón de Azuqueca avisó por mail de la apertura de inscripciones, me apeteció correrla. Quizá porque poco a poco voy cogiendo más confianza en que no me voy a romper corriendo y quizá porque el ritmo de una media, al ser más lento que un 10.000, me ofrecía más confianza. Lo que no deseaba era cebarme y acabar lesionado. Además, el precio de la inscripción era tan sólo de 10 euros, menos de lo que cuesta un 10K en Madrid pero con mejor bolsa del corredor, una cervecita helada al final y la posibilidad de recoger el dorsal el mismo día de la carrera. Otro de los factores añadidos que tuve en cuenta era la posibilidad de poder retirarte en la primera vuelta (el recorrido es ahora a dos vueltas, no a tres como era en 2015 cuando participé por primera vez), por si las cosas iban mal dadas.

Mi estado, comparado con el de 2015 cuando participé por primera vez, ha variado mucho. Entonces tenía la ilusión por mantener un ritmo de 4:50 y estaba ilusionado con un maratón de otoño. Este año, por el contrario, sin objetivos maratonianos llegaba al día de la carrera con tan sólo 260 kilómetros recorridos en todo lo que llevamos de año (13 por semana). En definitiva: llegaba sin preparación y pasado de peso, como es habitual. La semana anterior improvisé un rodaje de 15K para comprobar si era capaz de llegar a la carrera en condiciones de terminar y al final salieron 16K a 5:50, lo que me daba esperanzas para mantener un ritmo de 5:20 y, salvo debacle, no retirarme en la primera vuelta. Tristemente, ese era mi objetivo.

Así que el domingo a las 9:30 me coloqué atrás de un pelotón de 632 corredores, entre participantes de la media y de la media de la media, con la firme decisión de mantener mi ritmillo y no pasarme. Lo bueno de Azuqueca es que es muy plana, así que mantener un ritmo constante sin hacer sobreesfuerzos no es difícil y al ser poco más de 600 corredores el mogollón del principio es también menos mogollón por lo que es más fácil colocarte sin estorbar ni ser estorbado.

Hago la primera vuelta en 55:40, con buenas sensaciones y con la casi certeza de que voy a acabar muy entero, y en la segunda vuelta, sin forzar en ningún momento, mejoro cuarenta y cinco segundos la marca parando el crono en 53:55. En total, un tiempo neto de 1:49:35, a 5:12 el kilómetro; mucho mejor de lo que esperaba, que ya veía yo que podía hacer peor marca que en aquel medio maratón de Zamora de 2015 en que toqué fondo con 1:56:19.

De la carrera tengo que decir que ha mejorado mucho de hace tres años a ahora. El parking vigilado, el ropero, el circuito a dos vueltas, la media hora de adelanto para evitar el calor (aunque hizo un día perfecto), la bolsa del corredor, las dos cervezas y la comida popular (a la que tampoco me quedé este año y es que a mí eso de esperar como que no me va). El recorrido sigue siendo plano como la palma de la mano (salvo el kilómetro de acceso al estadio) y ahora pasa por el centro, aunque no hay mucha animación. Quizá ese es el defecto que más le achaco a la carrera, la indiferencia hacia el medio maratón que hay en la ciudad. De hecho mucha gente parecía no haberse enterado de la carrera habida cuenta de que vi no uno ni dos encontronazos entre conductores y policía local, sino varios más. Sin hablar ya de la mala educación de algún conductor como el que nos adelantó en la Avenida Norte después de que la organización le dejara acceder al circuito entre corredor y corredor con la advertencia de que se quedara detrás, al ritmo de los corredores y sin rebasarles. Se la repampinfló, evidentemente.

Sin embargo, anécdotas aparte, la carrera es muy recomendable y prueba de ello es que sigue creciendo año tras año, sin llegar a la saturación de las pruebas madrileñas: el año que yo participé, 2015, llegamos a meta 240 corredores y este año 406.

P.D.: Muchos vídeos, muchas fotos en la web de la carrera y además sms de la organización con tu tiempo al finalizar la prueba. Ya casi lo único que les falta es una app de la carrera con el tracking en vivo. 😉

XXXVIII Trofeo José Cano – Canillejas (2017)

Cartel de Canillejas 2017

Hace ya mucho desde que en 2001 corriera por primera vez Canillejas. Desde entonces he participado en diez ocasiones y he fallado en siete. Imagino que eso la convierte, con mucho, en mi carrera preferida porque, como he dicho muchas veces es la de mi barrio, la de toda la vida. Y este año, por fin, puedo escribir algo positivo de ella tras las críticas que publiqué en 2013 y 2015. Yo creo que casi todo lo que se va haciendo en esta carrera se hace ya con sentido común: el precio de la inscripción ha bajado de 15 a 13 euros (y la comisión por venta online ya no es de 1,30, sino que se queda en 0,94); el dorsal, el chip y la camiseta (por cierto más fea que Picio) se entregan antes de la carrera; los puntos kilométricos están bien señalizados y visibles (incluso con una raya de pintura que atraviesa completamente la carretera); se entrega una bolsa del corredor en meta con bebida y algo de comer y las colas que se pudieron formar para recogerla eran las normales de cualquier carrera popular.

En lo negativo, seguimos sin agua en meta (o yo no la vi) y hemos perdido la medalla de finisher. Y mira, lo de la medalla me importa menos, pero el agua es más necesaria. Sí, ya sé que había Powerade y cerveza 0,0 isotónica fresquita, pero una botellita de agua nunca, repito, nunca viene mal.

Además, una cosa me ha gustado mucho ha sido la gestión de la carrera en redes sociales: muy constructiva y de gran ayuda contestando las dudas. Comprobada en primera persona.

¿Significa todo esto un nuevo resurgir de Canillejas? Pues no lo sé, hace años se hablaba de una prueba de 4.000 corredores y este año había leído que el cupo era de 5.000 participantes. El caso es que, según el listado de clasificaciones, el último llegado a meta hace el puesto 2.384 y no creo que se haya retirado la mitad de los atletas. 2.400 atletas en un día en el que la competencia más directa eran la Carrera de los Emprendedores y la Maratón de Valencia se me antojan pocos para una ciudad como Madrid.

En cualquier caso hasta el día acompañó pues no recuerdo haber corrido nunca Canillejas con un clima tan bueno, con una temperatura tan suave. Cosas del cambio climático… o del anticiclón de las Azores, vaya usted a saber.

Y pasando al tema personal, de mi carrera poco hay que contar. Un circuito más que bien conocido y la idea era apretar para ver cómo de cerca podía andar de 45 minutos. Creo que gestioné bien el kilómetro en subida de Arcentales, pero cuando llegaron los últimos 3 kilómetros, que es donde hay que apretar, no pude bajar de 4’20″/km. Al final un tiempo oficial (desde el disparo) de 47:30 (medio minuto mejor que en Mercamadrid) y 46:34 netos (desde la alfombrilla de salida), bastante lejos del sub 45′.

No puedo quejarme, insisto, si apenas corro 15 kilómetros a la semana bastante hago con mantener estos ritmos en carrera.

En principio, con esta carrera doy por finalizado el año en lo que a competiciones se refiere, excepto alguna San Silvestre que pudiera caer, pero que no será la Vallecana, eso fijo. Han sido tres diez miles, una media maratón y una maratón…

¿Para qué más?

🙂