XXXVIII Trofeo José Cano – Canillejas (2017)

Cartel de Canillejas 2017

Hace ya mucho desde que en 2001 corriera por primera vez Canillejas. Desde entonces he participado en diez ocasiones y he fallado en siete. Imagino que eso la convierte, con mucho, en mi carrera preferida porque, como he dicho muchas veces es la de mi barrio, la de toda la vida. Y este año, por fin, puedo escribir algo positivo de ella tras las críticas que publiqué en 2013 y 2015. Yo creo que casi todo lo que se va haciendo en esta carrera se hace ya con sentido común: el precio de la inscripción ha bajado de 15 a 13 euros (y la comisión por venta online ya no es de 1,30, sino que se queda en 0,94); el dorsal, el chip y la camiseta (por cierto más fea que Picio) se entregan antes de la carrera; los puntos kilométricos están bien señalizados y visibles (incluso con una raya de pintura que atraviesa completamente la carretera); se entrega una bolsa del corredor en meta con bebida y algo de comer y las colas que se pudieron formar para recogerla eran las normales de cualquier carrera popular.

En lo negativo, seguimos sin agua en meta (o yo no la vi) y hemos perdido la medalla de finisher. Y mira, lo de la medalla me importa menos, pero el agua es más necesaria. Sí, ya sé que había Powerade y cerveza 0,0 isotónica fresquita, pero una botellita de agua nunca, repito, nunca viene mal.

Además, una cosa me ha gustado mucho ha sido la gestión de la carrera en redes sociales: muy constructiva y de gran ayuda contestando las dudas. Comprobada en primera persona.

¿Significa todo esto un nuevo resurgir de Canillejas? Pues no lo sé, hace años se hablaba de una prueba de 4.000 corredores y este año había leído que el cupo era de 5.000 participantes. El caso es que, según el listado de clasificaciones, el último llegado a meta hace el puesto 2.384 y no creo que se haya retirado la mitad de los atletas. 2.400 atletas en un día en el que la competencia más directa eran la Carrera de los Emprendedores y la Maratón de Valencia se me antojan pocos para una ciudad como Madrid.

En cualquier caso hasta el día acompañó pues no recuerdo haber corrido nunca Canillejas con un clima tan bueno, con una temperatura tan suave. Cosas del cambio climático… o del anticiclón de las Azores, vaya usted a saber.

Y pasando al tema personal, de mi carrera poco hay que contar. Un circuito más que bien conocido y la idea era apretar para ver cómo de cerca podía andar de 45 minutos. Creo que gestioné bien el kilómetro en subida de Arcentales, pero cuando llegaron los últimos 3 kilómetros, que es donde hay que apretar, no pude bajar de 4’20″/km. Al final un tiempo oficial (desde el disparo) de 47:30 (medio minuto mejor que en Mercamadrid) y 46:34 netos (desde la alfombrilla de salida), bastante lejos del sub 45′.

No puedo quejarme, insisto, si apenas corro 15 kilómetros a la semana bastante hago con mantener estos ritmos en carrera.

En principio, con esta carrera doy por finalizado el año en lo que a competiciones se refiere, excepto alguna San Silvestre que pudiera caer, pero que no será la Vallecana, eso fijo. Han sido tres diez miles, una media maratón y una maratón…

¿Para qué más?

🙂

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IIª Carrera 10K Mercamadrid (2017)

10kmercamadrid17
Cartel de la carrera

Normalmente soy un negado para que me toque nada. Ni una rifa en el cole. Pero bueno, sobre todo después de ganar la lotería para una plaza en la maratón de Nueva York de 2014, parece que de vez en cuando las tornas cambian y algo pillo. Esta semana fue para enmarcar y cayeron 9 euros en la Primitiva (¡tomaaaa!) y un dorsal para participar en la segunda edición de la Carrera 10K Mercamadrid en un sorteo que había puesto en marcha la organización del Trofeo José Cano.

Recogí el dorsal y la camiseta conmemorativa (muy chula, de manga larga, de 42Krunning) el jueves por la tarde y el domingo me planté en esa miniciudad que es Mercamadrid, en la que nunca había estado, ni me lo había planteado siquiera. Y de verdad que merece la pena. Por todo, por curiosidad, por organización, por ese trazado que a veces entra incluso dentro de las naves…

Llegué con algo de tiempo puesto que no conocía cómo iba a ser aquello, ni cómo llegar, ni dónde podría aparcar. Pero desde el primer momento te das cuenta de que la organización es muy buena. Los voluntarios y los vigilantes te dan paso al recinto (hay barreras de acceso, como las de los peajes) y te van indicando las zonas de aparcamiento. Es súper cómodo estar en un espacio cerrado y poder dejar tranquilamente las cosas en el coche.

Y siguiendo a la gente me acerqué a la zona de salida-meta donde ya había bastante ambiente. Me tomé un café y un zumo antes de la carrera, cortesía de la organización aunque ya había gente, sobre todo los acompañantes, desayunando de forma contundente, en la carpa de Ahorramás, creo. Después fui a un wc portátil en el que pude entrar sin apenas colas y el resto del tiempo que me sobraba lo dediqué a curiosear por ahí aprovechando que hacía muy buen tiempo, demasisdo (hice bien en no estrenar la camiseta de manga larga de la carrera y a los que vi con ella iban todos arremangados). También pude localizar algún punto kilométrico y comprobé que estaban señalados por carteles en el suelo, como de un metro de altos, y me hice la idea de que el trazado iba a ser bastante llano.

Un par de minutos antes de la hora fui a la zona de salida pero ya no pude colocarme muy delante a pesar de que la participación está limitada a 2.000 personas (inscripciones agotadas). Hasta que salimos todos y se estiró la carrera no me fue posible correr “rápido”. Por dar un dato: desde el disparo de salida hasta que pasé por el cartel del km 1 pasaron 6 minutos y medio. El paso por la primera nave es una jaula, pero a partir de ahí ya pude correr bien pues hasta que vuelves a entrar en una de las naves pasan un par de kilómetros corriendo por espacios abiertos y la carrera te coloca en el lugar que te corresponde.

En previsión de que el gps no fuera muy fiable,  por correr a tramos dentro de las naves (que no lo fue y al final me salieron sólo 9,8 kms con algunas mediciones un tanto desastrosas -aunque menos de lo que pensaba-) me llevé también mi viejo Casio con el que iba marcando los laps manualmente con los carteles de los kilómetros. Vi todos menos el del 4, quizá porque en el 4 dieron agua, pero bueno, también volvieron a dar en el 7 y ése no se me escapó.

El trazado estaba siendo plano, como se preveía, aprovechando el espacio tanto de los viales de Mercamadrid como el interior de las propias naves. Sin embargo allá por el kilómetro 6 nos encaminaron a unas naves más al sur a las que se accede desde una pronunciada cuesta abajo. Así que ya me temía yo que ese desnivel habría que volverlo a subir para llegar a meta. Efectivamente, había que guardar fuerzas porque del 8 al 9 se salva de nuevo el desnivel. Así que, tras el esfuerzo,  del 9 al 10 se corre en reserva aunque espoleado por la cercanía de meta.

Al final un tiempo oficial de 47:59 (no he encontrado el neto en ningún sitio) que me deja muy contento ya que apenas corro 7-8 kilómetros dos días por semana en estos momentos.

Al finalizar la meta recogí la bolsa del corredor (bien), me tomé una cervecita y una brocheta de frutas y me fui al coche. Eso yo, porque otra mucha gente al ser jornada festiva en Mercamadrid se quedó por allí disfrutando de todo lo que había dispuesto la organización: degustaciones, bebida, comida, reparto de muestras de diferentes productos, juegos para niños, un trenecito turístico, etc. Yo no me quedé porque la verdad es que no me gustan nada las aglomeraciones ni las colas, pero hay gente que sí y otra que, ya llevado al extremo, parecía que había venido a hacer la compra. Y alguno, por ser más avaricioso de la cuenta, acabó con todo el género por el suelo y la botellita de vino que nos regalaron rota, que lo vieron estos ojillos que se ha de comer la tierra.

Muy recomendable. Felicidades a los organizadores.

IX Madrid Corre por Madrid (2017)

Madrid corre por Madrid
Cartel “Madrid corre por Madrid”

El domingo 17 de septiembre debuté en la “Madrid corre por Madrid“. Madrid tiene muchas carreras y todas ofrecen prácticamente lo mismo y al mismo precio (o muy parecido): una camiseta y un dorsal. Es preciso ser selectivo. Y yo ya no estoy dispuesto a correr dando vueltas a la Castellana, porque no, porque me aburre y porque me parece que es tirar el dinero en algo, correr, que puedo hacer en el parque al lado de mi casa a la hora que quiera, el día que quiera y, seguramente, por mejor circuito. Evidentemente, ahora compito mucho menos.

Así que el único motivo por el que elegimos esta carrera fue el recorrido: pasa prácticamente por todos los puntos de interés de la ciudad. Así que si no sale una buena marca al menos te has pegado una buena carrerita por Madrid viendo la Cibeles, la Puerta de Alcalá, Sol, la Gran Vía o el Palacio Real. Del resto, lo esperado: retirada del dorsal en una feria del corredor, camiseta bastante fea este año (apreciación puramente subjetiva), dorsal-chip y una bolsa de tela. Al menos el avituallamiento del final consistió en algo más que una simple botella de agua (punto positivo para la organización). El recorrido monumental, como se preveía, una temperatura perfecta y, eso sí, bastante participación por lo que conviene ponerse en el cajón de delante si pretendes hacer marca.

Mis expectativas no pasaban por MMP, así que me puse en el último cajón para salir con mi mujer y después del primer kilómetro, que me tomaría como calentamiento, trataría de ver si podía mantener un ritmo por debajo de 5’/km (mis últimos entrenamientos tampoco  eran, ni son, como para echar cohetes).

Y básicamente, eso hice. El recorrido tiene mucho tobogán y los fui aguantando más o menos bien hasta el kilómetro 7 (subida de la calle Mayor hasta llegar a la altura de la Pza. Mayor que se me atragantó un poquito) y de ahí hasta el final dosificando para no fundirme en los últimos 800 metros que son de subida por el Pº del Prado. Tiempo neto al final 0:50:20 al que creo que podía haber arañado unos segundillos de no haberme tomado el primer kilómetro con tanta tranquilidad.

De todas formas estoy contento con mi marca. Para lo que entreno, mi peso y mi edad, sigo ahí en los 50 minutos, resistiendo como un campeón. 🙂

 

Solo ante el streaking

streaking
Streaking and running (fuente: history.com)

¿Cómo una de las peores películas del “landismo” (y de la historia del cine español, probablemente) puede inspirarle a uno un post? Pues porque, aunque no lo  parezca, el streaking de la película, el acto de mostrarse uno desnudo como forma de protesta o rebeldía, tiene su origen (sin tener que remontarnos a Lady Godiva) en las carreras que se organizaban en los campus universitarios americanos en aquella época que tan bien retratan series como “Mad Men“, y que tenían un poco de eso: salir a correr y hacerlo en cueros como forma de protesta, o como desafío, o simplemente para echar unas risas y escandalizar a las generaciones más mayores. Curiosamente, aquellos jóvenes rebeldes de finales de los 60 y principios de los 70, cincuenta años después, deben ser ya venerables ancianitos o, como poco, felices jubiletas. El que quiera más información puede leer la entrada que wikipedia dedica al fenómeno y por qué a eso se le llamó streaking.

En cualquier caso, no ha sido nunca mi intención salir a correr a culo pajarero como si fuera a participar en una foto de Tunick, sino que el término streak en running ha vuelto a sus raíces etimológicas más profundas y viene a significar lo que siempre significó: una racha, una serie consecutiva de algo. De ahí el run streak: una racha encadenada de días consecutivos saliendo a correr.

Hace años había leído a Santi Palillo, que allá por 2012 estuvo 366 días consecutivos saliendo a correr un mínimo de 5 kilómetros. Yo quería un poco vivir esa experiencia, la de salir a correr por correr todos los días durante algún tiempo. Estaba claro que en ningún caso podría plantearme siquiera estar un año así, ni un mes. Pero sí aprovechar las vacaciones de verano para hacerlo.

El año pasado es cierto que lo intenté, pero me torcí un tobillo al sexto día y pasé el resto de vacaciones en el dique seco. Sí, ya sé que la mayoría de vosotros aprovecháis las vacaciones de verano para pasarlas enteras en el “dique seco” y dejar descansar al cuerpo, pero yo soy un rarito al que le gusta correr y al que no le gusta planificarse su hobby como una temporada formal con sus descansos, pretemporadas y cosas de esas. Me gusta salir a correr y si cuando más puedo hacerlo es en vacaciones… pues corro en vacaciones. Eso sí, como el maestro Palillo me fijé un mínimo de 5 kilómetros diarios… que casi también era el máximo; y libertad de ritmos: sin series, ni fartlek, ni cuestas, ni esfuerzos que pudieran cansarme tanto como para no querer salir a correr al día siguiente.

Al final he conseguido encadenar 16 días corriendo. No son muchos, vale, aceptado, pero la experiencia, en sí,  me ha gustado mucho y habría podido mantenerla en el tiempo de haber tenido más días de vacaciones. Es cierto que me costó un poco encontrar fuerza de voluntad al principio, pero una vez que se consigue la rutina, salir a correr se hace tan cotidiano como desayunar.

¿Algún resultado visible o apreciable? Pues no. Ni pérdida de peso, ni mejora en el estado físico. Tampoco los ritmos eran como para conseguir nada. Quizá en el aspecto psicológico cierta satisfacción por hacer ejercicio, por llevar una vida activa, por mover el trasero, y por poder tomar una Tropical (que las vacaciones fueron en Canarias) y unas patatas fritas sin sentimiento de culpa. Por ahí sí.

Para finalizar me dejo unos números, para los archivos:

  • Entrenos: 16
  • Distancia: de 5,02 a 6,03 kilómetros
  • Tiempo: de 29’05” a 35’29”
  • Ritmo: de 5’12” a 6’09” min/km
  • Carrera promedio: 5,49 kilómetros en 31’31” (5’44” min/km)

R’n’R Liverpool Marathon 2017: la crítica

Cuando se empieza a correr, o mejor, a participar en competiciones, lo normal es ir aumentando poco a poco de distancia: empezar por los 10K, seguir con medios maratones, para acabar corriendo la distancia reina, el maratón y sus 42.195 metros. Es, aparte de la evolución lógica, básicamente, un modo de mantenernos motivados: “a ver si soy capaz de…”. Posteriormente, dominada la distancia, la motivación consiste, a mi juicio, en ir mejorando las marcas, en ser mejores corredores: más rápidos, más eficientes, llegar mejor preparados. Consecuentemente, si esta perfección a la que aspiramos se repite en una serie de años más o menos larga, es más que probable que lleguemos a un punto en el que ya sintamos que hemos tocado techo como maratonianos y, salvo que nos convirtamos en alguien obsesionado con conseguir unas marcas casi equiparables a las de los atletas de élite (para lo que necesitamos una constancia y una dedicación en tiempo que muchos no tenemos o no queremos), nuestras viejas amigas, esas carreras fijas que tenemos marcadas año tras año en el calendario, dejarán de motivarnos.

A mí me pasó con el maratón de Madrid. Ya a mediados de la década pasada, durante cuatro años, dejé de correrlo. Lo volví a retomar en 2009, pero en 2013 le fui “infiel” por Barcelona. Y así descubrí que correr nuevos maratones era mi nueva forma de motivarme. Repetí en 2014 con Nueva York y, por problemas económicos, me tuve que apear de Chicago 2015, en el último momento. En 2016 volví a Madrid pensando en que después de un par de años debería echarle de menos, pero no fue así. Ni siquiera el paso por la Puerta del Sol me resultó emocionante. Así que después de 10 ediciones de la carrera madrileña me propuse decirle adiós por un tiempo (nunca puedes decir nunca) y explorar nuevas competiciones.

Y ahí apareció Liverpool. Suponía un maratón barato (me inscribí por 35 libras -40 euros- y mi mujer, que debutó en medio maratón, por algo menos), que se disputaba a finales de mayo (lo que me permitiría no tener que entrenar en los meses más fríos del invierno, cosa que odio) y estaba organizado por el grupo Competitor bajo la marca Rock’n’Roll que conocemos sobradamente en Madrid. Además, los vuelos con EasyJet son baratos si se compran con tiempo, y los hoteles tampoco son excesivamente caros. Nosotros nos quedamos en un Premier Inn cercano al aeropuerto porque el vuelo desde Madrid llegaba muy tarde a Liverpool, pero se llegaba al centro de la ciudad en autobús en apenas 35 minutos. Por otra parte, la ciudad, al ser pequeña (no tiene ni metro) es perfectamente visitable sin necesidad de utilizar transporte público y el que hay es barato si lo comparamos con Londres, por ejemplo.

El maratón se vende como un fin de semana de gran fiesta (es cierto que el sábado y el domingo había muchísimos corredores por las calles) y comprende no sólo el 42K, sino también el Medio Maratón, un 5K y una Milla festiva. En prensa se dio la cifra de 20.000 participantes, aproximadamente, en esta edición. Pero esa era la cifra global sumadas todas las carreras (incluso duplicando corredores que participaron en varias distancias). Para aclararnos: 10.000 fueron los participantes del medio maratón que se disputó el domingo, media hora antes del maratón; 4.000 fueron los participantes del maratón; otros 4.000 participaron en la carrera de 5K del sábado (integrada también por gente que correría el domingo, y que así se ganaba una medalla extra por completar dos distancias) y 2.000 en la milla que se disputó a medio día del domingo (con meta distinta a la del Half y el Marathon). Es un poco lioso, ya lo sé.

Marathon Expo. IG: @garricar

La feria del corredor abría viernes y sábado y se desarrolló en el Liverpool Echo Arena, que es un espacio multiusos, tipo Palacio de los Deportes, que queda donde los viejos muelles, junto al río Mersey. No lejos de la zona comercial de la ciudad. Pero como digo, Liverpool es pequeño y todo está cerca. Desde esa zona de los Docks saldría la carrera y también terminaría. Además, el día de la prueba, el Echo Arena serviría de ropero y de zona de entrega, a cubierto, de la bolsa con avituallamiento líquido y sólido a los corredores.

La entrega de dorsales a los corredores ingleses se hace por correo en las semanas previas a la carrera, lo que evita las colas a los extranjeros que vamos a recoger el dorsal el sábado. En el mismo acto recoges la camiseta conmemorativa (que no está patrocinada por ninguna marca de ropa deportiva), aunque también puedes irte sin ella y recogerla al finalizar la carrera (te hacen una marca en el dorsal para evitar la picaresca). Los stands son pocos y pequeños al no haber un patrocinador principal. Una tarima, un proyector y unas cuantas sillas sirven para las conferencias. Nada especial. Eso sí, no faltan los photocall y en especial uno en el que te podías disfrazar de los Beatles, muy divertido, que para eso estamos en su ciudad.

El recorrido me pareció muy asequible, con algunas dificultades hasta el kilómetro 15 o 16 (muchos tramos de sube y baja, lo que ellos llaman “hilly“) y desde allí hasta el final todo plano o con una ligera inclinación. Los últimos 5-6 kilómetros se hacen a la orilla del río, más expuestos al viento, pero el día de la carrera no pasaba de ser una ligera brisa que no impedía correr.

La medición del trazado está en millas, pero yo no me fiaría mucho. Los primeros carteles de millas no los vi. En el suelo tampoco se dibuja la línea que seguimos en España. En algunos sitios sí que estaba el kilómetro marcado: por ejemplo en el 10 (milla 6,21), que coincidía con una alfombrilla. La alfombrilla del medio maratón estaba puesta en el medio de un parque, sin arco, sin pancartas, nada. Otra alfombrilla estaba en la milla 20 y otra en el km 37,2 (lo que viene a ser la milla 23,11). Un caos tanto si usas millas como kilómetros como referencia. Vi también un cartelito de km. 40 pero sin marca en el suelo, así que no sabría determinar si estaba bien puesto o no. El recorrido total que me marcó el Polar fue de 42,44 kms, lo que me lleva a la conclusión de que, al menos, la distancia global sí que estaba bien medida.

El avituallamiento tampoco es como en Madrid: cada 5 kilómetros. Allí hay 11 puntos de hidratación en las millas 1.8, 4.4, 7.2, 9, 11.1, 13.1, 15.7, 18.3, 20, 22.2 y 24.3. O sea, un lío. Así que nunca sabía si tenía cerca el agua o no (también Lucozade y, en un par de puntos, geles).

De animación, más o menos como en Madrid. Tramos donde hay mucha gente animando: salida, meta, Penny Lane y el paso por el centro de la ciudad; y tramos por parques y en zonas alejadas en los que no había nadie más que los corredores y cuatro que pasaban por allí. Mucha parte del recorrido se hace cruzando parques urbanos, pero a mí no me molestó, al contrario, algunos de los parques por los que corrimos eran extraordinariamente bellos. Prefiero eso a compartir media carretera con los coches. Recuerdo, por ejemplo, el principio del Otterspool Park como de cuento de hadas con una luz filtrada a través de unos árboles inmensos que parecía sacada de un libro de fantasía. De haber llevado cámara me habría parado a hacer fotos, seguro. Además, al no ser excesivo el número de participantes en cuanto se estira la carrera te encuentras corriendo en fila de a uno y puedes compartir perfectamente el espacio con los usuarios de los parques. Algún tramo hubo también de acera, eso no me gustó tanto.

La animación musical, como es habitual en las carreras de Rock’n’Roll, muy abundante a lo largo del recorrido, aunque en varios puntos se limitaba a un equipo de música, no a música en vivo. O eso o como iba tan lento llegué tarde y la banda ya se había ido, que podria ser 😉

Birra post-maratón

En la zona de meta, muy animada, a la salida del Echo Arena se había montado un escenario y había un concierto de música para participantes y acompañantes. La organización invitaba, además, a una pinta de Heineken a todos los corredores.

En definitiva, un maratón modesto, bien organizado en líneas generales y con un recorrido que te permitirá conocer lo más destacado de la ciudad. Recomendado para cualquiera que quiera un cambio de aires y ver cosas nuevas sin dejarse una pasta en un Major, y particularmente a futboleros y seguidores de la Premier League, no en vano Liverpool, con apenas 500.000 habitantes tiene dos equipos de la máxima categoría que suman entre ambos 27 títulos (aunque desde 1990 no rascan bola) y en el caso del Liverpool, además, 5 Copas de Europa. Y, por supuesto, a fans de los Beatles.

R’n’R Liverpool Marathon 2017: la crónica

I’m going down to Liverpool to do nothing

(Katrina & The Waves – “Going down to Liverpool“)

Son las 10 de la mañana del domingo 28 de mayo de 2017 y estoy en la línea de salida del Maratón de Liverpool. Los 4.000 maratonianos que nos agolpamos en el Albert Dock guardamos un respetuoso minuto de silencio por las víctimas del atentado del Manchester Arena. Empiezo a pensar en que estoy perdiendo la cuenta ya de cuántos minutos de silencio habré guardado en líneas de salida a consecuencia de la infinita necedad humana. Está nublado y habrá como 15 grados, temperaratura ideal para correr. No estoy agotado de entrenar, ni mucho menos, ni lesionado y el perfil del maratón es espectacular con las mayores dificultades del trazado en sus primeros 17 kilómetros. A partir de ahí, llano como la palma de la mano. Por si fuera poco, me han asignado al corral 2, por lo que tras el pistoletazo de salida no tardo ni 30 segundos en pasar bajo el arco de salida.

La estrategia está clara: mantener un ritmo de 5 minutos por kilómetro. No cebarme, pero tampoco ir más despacio. Es mi objetivo y es lo que se supone que el plan de entrenamiento me ha tenido que dar.

Los primeros kilómetros son de callejeo por la zona norte de la ciudad, siempre picando hacia arriba, buscando los estadios de fútbol: primero el del Everton y luego el del Liverpool; separados tan sólo por el Stanley Park, que también atravesamos. Mantengo el ritmo-objetivo, pero los continuos ascensos hacen que las pulsaciones suban y suban y, sin quererlo, me encuentro corriendo más tiempo en zona 5 (la de más esfuerzo) del que debería, por lo que ya no auguro un buen resultado final. Mis sensaciones son de pesadez, me noto sin agilidad, como si estuviera corriendo lastrado con plomos. A la altura del kilómetro 10 vamos corriendo por la acera, bordeando el exterior de un parque, y un corredor justo detrás de mí tropieza y cae a causa de una baldosa suelta. Pienso que podía haber sido yo. En seguida le asisten los voluntarios. 

Sigo manteniendo el ritmo, pero las sensaciones son cada vez peores. Por otra parte no deja de pasarme gente, así que como dice el meme de Twitter “ya no sé si soy lento o es que todos los demás son keniatas”. Finalmente decido que pueden ser molestias intestinales, así que aprovecho unos baños portátiles en Rupert Lane Recreation Ground, a la altura del kilómetro 13, con las mejores vistas sobre Liverpool y la desembocadura del Mersey que uno se pueda imaginar, y hago una parada técnica (la primera de mi vida maratoniana). Pierdo dos minutillos y me olvido para siempre del globo de las 3:30 h que había llevado desde la salida al alcance de la vista. Sobre el kilómetro 15 vuelvo a estar en parciales de 5 minutos por kilómetro, pero sin mérito alguno puesto que los dos últimos kilómetros han sido en bajada hacia el centro de la ciudad y no me noto recuperado, al contrario. Continuamente me sigue pasando gente.

Liverpool Marathon (fuente: Facebook)

Atravesamos el centro de la ciudad, pasamos por delante de The Cavern, hay bastante gente animando y algo ayuda. Mentalmente. En el kilómetro 17 un inglés me pregunta por la camiseta del maratón de Madrid que llevo puesta, dice que él la corrió hace unos años, se ve que quiere pegar la hebra, pero yo ya no estoy para conversaciones así que le deseo suerte y me quedo descolgado. 

No he llegado ni a la media maratón y ya voy a ritmos de 6’/km, completamente desfondado. Aun así, salvo los muebles y completo la mitad de la carrera en 1:53:45. En estos momentos sólo pienso en abandonar, en no seguir prolongando la agonía. No entiendo las señales que me manda el cuerpo: en los avituallamientos siento que estoy bebiendo demasiado, pero antes de que llegue el siguiente punto de hidratación tengo sed; otras veces siento retortijones pero tampoco noto que quiero ir al baño; y sobre todo la terrible sensación de pesadez de estómago no me abandona, es como si hubiera salido a correr justo después de comer.

Decido mantener mis pulsaciones en zona 4 y trotar hasta donde llegue. Bueno, hasta donde llegue no: quiero llegar hasta Penny Lane y oír la famosa canción. Y decido que voy a hacerlo. Lo que no sabía es que todavía me faltaban 8 kilómetros penando parque arriba, parque abajo por Sefton Park. Me pasa el pacer de las 3:45. Me pasan españoles que me saludan por la camiseta del maratón de Madrid. Me pasa cualquiera que esté mínimamente entrenado. Voy a 6:30-6:40 por kilómetro dando pasitos de chinita cuando por fin salimos del parque buscando Penny Lane y me vengo arriba con el ambiente, con la música y, más que nada, al ser consciente de que por fin he podido llegar hasta allí. 

Es la última vez que sonreí. 

Volvemos a Sefton Park cruzándonos con los que todavía no han pasado por Penny Lane y veo que el pacer de las 4 horas me va a cazar más temprano que tarde. Pero ya no me queda otra que llegar hasta meta, estoy tan lejos del centro de la ciudad que mi única opción es seguir. Sigo arrastrando mis piernas y mis huesos por todo el trazado y antes del kilómetro 33, tras haber sido rebasado por el globo de las 4 horas, dejo de correr y empiezo a andar. No me duele nada, no estoy lesionado, no tengo las pulsaciones desbocadas. Simplemente estoy cansado y no quiero correr. Hacía años y años que no me sentía así. No sé cómo afrontar lo que me queda: 10 kilómetros que me parecen un mundo. De pronto me acuerdo del método Galloway, vamos, lo que siempre hemos llamado CaCo: caminar y correr. Decido que debo, que tengo que, andar 500 metros y correr otros 500 coincidiendo con los parciales del Polar (no hay carteles de kilómetros en el maratón de Liverpool, sólo de millas). En el 33 empiezo a correr pero no aguanto ni 450 metros. En el 34, lo consigo. En el 35 entramos en el precioso Otterspool Park y también lo consigo. Empiezo a encontrarme bien cada vez que dejo de andar y me pongo a correr. Tampoco es que corra como el viento, que cada kilómetro no baja de 8 minutos.

Desde el 36 a la meta seguiremos la orilla del Mersey. Hay salvavidas cada 100 metros, así que voy contándolos y cada vez que corro intento llegar más allá del quinto salvavidas. Ya me han adelantado también los del globo de 4:15. Y señoras entradas en carnes. Y abueletes. Ahora coincido más o menos con un mismo grupo de gente que está en el mismo estado que yo: cuando corro los dejo atrás, cuando camino me adelantan. Hay una señora que acompaña a otra y va cantando, feliz, con sus cascos puestos; un oriental pertrechado de ropa de marca (cara) de arriba a abajo, otro con pinta de nórdico con una camiseta que pone “where the f*chs is the finish line?” (yo también lo pienso), todos con la mente puesta en una meta que parece no llegar nunca. Sólo el río, el maldito río. Pero cada vez me siento con más fuerzas, ya corro 600-700 metros por kilómetro. Pasamos el kilómetro 38, el 39, el 40. Un fotógrafo oficial me hace fotos justo cuando me pongo a andar, maldita sea, también es mala suerte con lo fresco que debía parecer hace un momento. Kilómetro 41: empiezo a correr y ya no paro a mitad del kilómetro. Llego al kilómetro 42 por mi reloj, al 42,1… al 42,2… al 42,3… y por fin en el 42,4 llego a meta 4 horas, 22 minutos y 33 segundos después de haber pasado por la alfombrilla de salida.

Mi peor marca personal hasta la fecha.

¿Y sabéis qué?

Estoy muy orgulloso de ella.

A pesar de haber llegado en el vagón de cola. 

O quizás precisamente por eso.

Y van catorce.