R’n’R Liverpool Marathon 2017: la crónica

I’m going down to Liverpool to do nothing

(Katrina & The Waves – “Going down to Liverpool“)

Son las 10 de la mañana del domingo 28 de mayo de 2017 y estoy en la línea de salida del Maratón de Liverpool. Los 4.000 maratonianos que nos agolpamos en el Albert Dock guardamos un respetuoso minuto de silencio por las víctimas del atentado del Manchester Arena. Empiezo a pensar en que estoy perdiendo la cuenta ya de cuántos minutos de silencio habré guardado en líneas de salida a consecuencia de la infinita necedad humana. Está nublado y habrá como 15 grados, temperaratura ideal para correr. No estoy agotado de entrenar, ni mucho menos, ni lesionado y el perfil del maratón es espectacular con las mayores dificultades del trazado en sus primeros 17 kilómetros. A partir de ahí, llano como la palma de la mano. Por si fuera poco, me han asignado al corral 2, por lo que tras el pistoletazo de salida no tardo ni 30 segundos en pasar bajo el arco de salida.

La estrategia está clara: mantener un ritmo de 5 minutos por kilómetro. No cebarme, pero tampoco ir más despacio. Es mi objetivo y es lo que se supone que el plan de entrenamiento me ha tenido que dar.

Los primeros kilómetros son de callejeo por la zona norte de la ciudad, siempre picando hacia arriba, buscando los estadios de fútbol: primero el del Everton y luego el del Liverpool; separados tan sólo por el Stanley Park, que también atravesamos. Mantengo el ritmo-objetivo, pero los continuos ascensos hacen que las pulsaciones suban y suban y, sin quererlo, me encuentro corriendo más tiempo en zona 5 (la de más esfuerzo) del que debería, por lo que ya no auguro un buen resultado final. Mis sensaciones son de pesadez, me noto sin agilidad, como si estuviera corriendo lastrado con plomos. A la altura del kilómetro 10 vamos corriendo por la acera, bordeando el exterior de un parque, y un corredor justo detrás de mí tropieza y cae a causa de una baldosa suelta. Pienso que podía haber sido yo. En seguida le asisten los voluntarios. 

Sigo manteniendo el ritmo, pero las sensaciones son cada vez peores. Por otra parte no deja de pasarme gente, así que como dice el meme de Twitter “ya no sé si soy lento o es que todos los demás son keniatas”. Finalmente decido que pueden ser molestias intestinales, así que aprovecho unos baños portátiles en Rupert Lane Recreation Ground, a la altura del kilómetro 13, con las mejores vistas sobre Liverpool y la desembocadura del Mersey que uno se pueda imaginar, y hago una parada técnica (la primera de mi vida maratoniana). Pierdo dos minutillos y me olvido para siempre del globo de las 3:30 h que había llevado desde la salida al alcance de la vista. Sobre el kilómetro 15 vuelvo a estar en parciales de 5 minutos por kilómetro, pero sin mérito alguno puesto que los dos últimos kilómetros han sido en bajada hacia el centro de la ciudad y no me noto recuperado, al contrario. Continuamente me sigue pasando gente.

Liverpool Marathon (fuente: Facebook)

Atravesamos el centro de la ciudad, pasamos por delante de The Cavern, hay bastante gente animando y algo ayuda. Mentalmente. En el kilómetro 17 un inglés me pregunta por la camiseta del maratón de Madrid que llevo puesta, dice que él la corrió hace unos años, se ve que quiere pegar la hebra, pero yo ya no estoy para conversaciones así que le deseo suerte y me quedo descolgado. 

No he llegado ni a la media maratón y ya voy a ritmos de 6’/km, completamente desfondado. Aun así, salvo los muebles y completo la mitad de la carrera en 1:53:45. En estos momentos sólo pienso en abandonar, en no seguir prolongando la agonía. No entiendo las señales que me manda el cuerpo: en los avituallamientos siento que estoy bebiendo demasiado, pero antes de que llegue el siguiente punto de hidratación tengo sed; otras veces siento retortijones pero tampoco noto que quiero ir al baño; y sobre todo la terrible sensación de pesadez de estómago no me abandona, es como si hubiera salido a correr justo después de comer.

Decido mantener mis pulsaciones en zona 4 y trotar hasta donde llegue. Bueno, hasta donde llegue no: quiero llegar hasta Penny Lane y oír la famosa canción. Y decido que voy a hacerlo. Lo que no sabía es que todavía me faltaban 8 kilómetros penando parque arriba, parque abajo por Sefton Park. Me pasa el pacer de las 3:45. Me pasan españoles que me saludan por la camiseta del maratón de Madrid. Me pasa cualquiera que esté mínimamente entrenado. Voy a 6:30-6:40 por kilómetro dando pasitos de chinita cuando por fin salimos del parque buscando Penny Lane y me vengo arriba con el ambiente, con la música y, más que nada, al ser consciente de que por fin he podido llegar hasta allí. 

Es la última vez que sonreí. 

Volvemos a Sefton Park cruzándonos con los que todavía no han pasado por Penny Lane y veo que el pacer de las 4 horas me va a cazar más temprano que tarde. Pero ya no me queda otra que llegar hasta meta, estoy tan lejos del centro de la ciudad que mi única opción es seguir. Sigo arrastrando mis piernas y mis huesos por todo el trazado y antes del kilómetro 33, tras haber sido rebasado por el globo de las 4 horas, dejo de correr y empiezo a andar. No me duele nada, no estoy lesionado, no tengo las pulsaciones desbocadas. Simplemente estoy cansado y no quiero correr. Hacía años y años que no me sentía así. No sé cómo afrontar lo que me queda: 10 kilómetros que me parecen un mundo. De pronto me acuerdo del método Galloway, vamos, lo que siempre hemos llamado CaCo: caminar y correr. Decido que debo, que tengo que, andar 500 metros y correr otros 500 coincidiendo con los parciales del Polar (no hay carteles de kilómetros en el maratón de Liverpool, sólo de millas). En el 33 empiezo a correr pero no aguanto ni 450 metros. En el 34, lo consigo. En el 35 entramos en el precioso Otterspool Park y también lo consigo. Empiezo a encontrarme bien cada vez que dejo de andar y me pongo a correr. Tampoco es que corra como el viento, que cada kilómetro no baja de 8 minutos.

Desde el 36 a la meta seguiremos la orilla del Mersey. Hay salvavidas cada 100 metros, así que voy contándolos y cada vez que corro intento llegar más allá del quinto salvavidas. Ya me han adelantado también los del globo de 4:15. Y señoras entradas en carnes. Y abueletes. Ahora coincido más o menos con un mismo grupo de gente que está en el mismo estado que yo: cuando corro los dejo atrás, cuando camino me adelantan. Hay una señora que acompaña a otra y va cantando, feliz, con sus cascos puestos; un oriental pertrechado de ropa de marca (cara) de arriba a abajo, otro con pinta de nórdico con una camiseta que pone “where the f*chs is the finish line?” (yo también lo pienso), todos con la mente puesta en una meta que parece no llegar nunca. Sólo el río, el maldito río. Pero cada vez me siento con más fuerzas, ya corro 600-700 metros por kilómetro. Pasamos el kilómetro 38, el 39, el 40. Un fotógrafo oficial me hace fotos justo cuando me pongo a andar, maldita sea, también es mala suerte con lo fresco que debía parecer hace un momento. Kilómetro 41: empiezo a correr y ya no paro a mitad del kilómetro. Llego al kilómetro 42 por mi reloj, al 42,1… al 42,2… al 42,3… y por fin en el 42,4 llego a meta 4 horas, 22 minutos y 33 segundos después de haber pasado por la alfombrilla de salida.

Mi peor marca personal hasta la fecha.

¿Y sabéis qué?

Estoy muy orgulloso de ella.

A pesar de haber llegado en el vagón de cola. 

O quizás precisamente por eso.

Y van catorce.

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XXXIII Media Maratón Ciudad de Zamora (2017)

Cartel
Cartel promocional XXXIII Media Maratón Zamora

He vuelto a correr. Tras nueve meses de ausencia me he puesto de nuevo un dorsal con la sana intención de competir. Y no ha podido ser en mejor lugar que en Zamora, en la media que hace dos años se me atragantó. No estaba en mi plan. De hecho, mi plan para correr el maratón de Liverpool no contempla ninguna competición, salvo el propio maratón de Liverpool. Así que hice mis deberes y ejecuté todo lo que me marcaba el plan para la semana (tirada larga incluida el día anterior a la carrera) y me puse en la salida el domingo para ejercitarme un poco a unos ritmos que el plan no me deja ni oler.

Como siempre en Zamora, una participación muy discreta (unos 700 participantes) pero con un día precioso de primavera en el que daba gusto correr. Repetimos el mismo circuito de los últimos años, que me parece perfecto: llano cuando sigue el Duero y duro cuando se adentra en la ciudad o se interna en Cabañales. Una sola vuelta, los kilómetros perfectamente medidos, agua en los kilómetros 5, 10, 15 y 20, además del avituallamiento final en meta (agua, aquarius, fruta, bollería). Todos los cruces y desvíos señalizados con conos amarillos y circuito completamente cerrado al tráfico con mucho curro de Policía Local y Protección Civil. Yo creo que hasta los ciclistas y andarines del carril bici de la Aldehuela fueron mucho más civilizados en esta edición. Carrera recomendable 100% y ayer, con el tiempo que nos acompañó y esta primavera adelantada, la ciudad estaba realmente hermosa. Ojalá esta carrera pueda crecer al ritmo de otras porque merece la pena, la verdad.

Mi carrera muy bien, de menos a más (mis kilómetros más rápidos fueron los dos últimos), acabando con mucha gasolina en el depósito, aunque con las piernas algo doloridas al no estar acostumbradas a tocar ritmos por debajo de los 5 min/km. Tiempo oficial 1:41:39 (neto, por mi reloj 1:41:28). Lejos de mis mejores tiempos pero acabando con muy buenas sensaciones. Si sigo así puedo volver al 1:36-1:37 en que me movía el año pasado.

Pros y contras de la carrera:

A favor:

  • Bolsa del corredor con productos de la tierra.
  • No te cobran extra por pagar con tarjeta por internet (eso sí, suben el precio de 12 a 18 euros si te inscribes a última hora… como yo).
  • Recogida de dorsal el mismo día de la carrera.
  • WC portátil en la salida exclusivo para chicas (obviamente no lo usé, pero me gustó el detalle).
  • El final en la ciudad deportiva.

En contra:

  • La camiseta es muy fea y la calidad no es la mejor.
  • El chip no es desechable y hay que entregarlo en meta.
  • La falta de una alfombrilla en línea de salida para calcular los tiempos netos (de alfombrillas intermedias ni hablamos).
  • En Cabañales no había control de tráfico en un par de cruces y algún conductor despistado pudo liarla a pesar de los conos.

II 15Kms. MetLife Madrid Activa (2016)

15kmetlife16
Cartel 15KM Madrid Activa 2016

A última hora del jueves de la semana pasada me apunté a esta carrera, a pesar de que ya no pensaba volver a competir hasta pasado el verano. Eran 15 kilómetros con un perfil muy asequible, pasando por lugares emblemáticos de mi ciudad y a un precio razonable (12 euros). El viernes trabajé mañana y tarde, así que estuve muy desconectado del mundo 2.0, por lo que el sábado por la mañana fue cuando me enteré por la cuenta de Instagram de “A mis Cuarenta y…” de que habían cambiado el recorrido y que ahora quedaba reducido a ir Castellana abajo, Castellana arriba y otra vez Castellana abajo en el tramo de Plaza de Castilla a Cibeles. O sea, el trazado más repetido y, por tanto, más aburrido de todas las carreras de Madrid. Parece ser que las fiestas del orgullo LGTBI (en mi época, el orgullo gay) tuvieron algo que ver con ello y el Ayuntamiento de Madrid decidió a última hora y unilateralmente que la carrera iba a ser por el “carreródromo” y únicamente por el “carreródromo”. La polémica está explicada perfectamente en este artículo de Luis Blanco en Capital Radio.

El caso es que me fastidió mucho y a punto estuve de no recoger el dorsal ya que la organización se había comprometido a devolver el dinero a los inscritos que no quisieran participar. Pero la finalidad solidaria de la carrera, la investigación del TDAH, me hizo pensarlo dos veces y al final decidí participar muy a mi pesar. Pero afortunadamente tengo esta esquinita de Internet en la que al menos puedo desahogarme y mostrar mi enfado por este tipo de cosas, aunque no sirva para nada. 

Y ojo, que yo no digo que la manifestación LGTBI no sea algo digno de proteger, como tampoco digo que en tiempos de Gallardón una procesión no fuera un motivo importante, aparte de una genuina expresión de la libertad religiosa, como para cambiar el recorrido de un trofeo clásico. Pero en ambos casos a los corredores nos fastidiaron. Fastidio que se acrecienta cuando recuerdas que además de no correr por donde pensabas que lo harías, habías pagado por hacerlo. Cosa que no recuerdas haber hecho (pagar) cuando has acudido a una procesión o en tus tiempos te fuiste de marcha a la Fiesta del Orgullo (el que crea que allí solo se juntan gays es que no ha vivido nunca en Madrid: es una de las mayores fiestas del verano, a la que acude toda la juventud de Madrid sea homo, hetero o militar).
Una vez dicho esto, al turrón. Nunca había disputado una carrera de 15K, así que tampoco tenía referencias anteriores y tampoco me quise poner a buscar pasos por el km. 15 de otras carreras más largas (que como buen friki los guardo), así que acudí sin presiones de marcas. 

El nuevo trazado se podía dividir perfectamente en tres tramos: 5 kilómetros cuesta abajo, cinco cuesta arriba y cinco cuesta abajo otra vez. Así que decidí hacer el primer tercio al ritmo que me pidiera el cuerpo, el segundo tramo al tiempo que me marcara mi cabeza y el último tramo a todo lo que me quedara en las piernas.

Y eso fue lo que hice: 5 kilómetros a unos 4’45”, 5 kms a unos 5’10” y 5 kms a 4’20” para acabar parando el crono en 1:10:35 (1:09:56 netos). Una marca discretita con la que me doy por contento por ser la época que es y prometo, ya sí, descansar de carreras hasta septiembre si Dios quiere y el Ayuntamiento lo permite.

IX Carrera Liberty (2016)

Cartel IX Carrera Liberty
Cartel IX Carrera Liberty

El pasado 22 de mayo volví de nuevo a correr la Carrera Liberty que este año cumplía su novena edición. Poco puedo aportar a lo que ya dije de ella en 2013, 2014 y 2015. Pero que la vuelva a correr, por cuarto año consecutivo, supongo que ya lo dice todo. No es una carrera fácil, pero quizá por eso me gusta más: los dos primeros kilómetros cuesta abajo corriendo fuerte para buscar un buen lugar, luego subir la Castellana a ritmo y sufrir en la cuesta de Concha Espina, recuperarse en Príncipe de Vergara e ir poco a poco metiendo velocidad para finalmente llegar a la última cuesta, la de Goya, entero y hacer un buen tiempo.

La estrategia, por tanto, como todos los años, estaba clara, pero la novedad es que en esta ocasión me acompañaría mi sobrino, de 17 años. A pesar del boom de las carreras populares, pocas son las que admiten la participación de menores. Algo entendible porque si ya es una mala publicidad para una carrera que mueran un par de participantes bragados en esto de correr, no me quiero imaginar qué pasaría si algún día le pasase algo a un menor. Pero sí es verdad que hay chicos que quieren participar. Algunos, como mi sobrino, sólo buscan divertirse, les gusta el ambiente de las carreras, que les den una camiseta y pasar una mañana haciendo deporte. Por eso siempre que me entero de que alguna de las carreras que estoy interesado en correr admite menores se lo digo y si nos viene bien a los dos, le apunto conmigo. Lo malo es que entre que yo tampoco estoy domingo sí y domingo también participando en carreras y que hay que tener en cuenta que la agenda de un chavalín de 17 años también tiene sus apreturas entre exámenes y ‘fiesta, fiesta’, pues no habíamos corrido juntos desde noviembre.

Su objetivo era bajar de 50 minutos porque habíamos corrido sobrados en Canillejas e hicimos 51:40. Pero yo sabía que podía apretarle un poco más. Durante la preparación del maratón me acompañó en alguna tirada larga de más de dos horas sin dar muestras de fatiga y aunque no entrena sé que sale a correr de cuando en cuando y que tiene mucho margen de mejora. Así que digamos que le llevé “con el gancho”.

Nos situamos correctamente en la salida, entre los carteles del sub-45 y del sub-50 y aun así tuvimos que esquivar a muchísima gente los dos primeros kilómetros. También es verdad que le llevé algo rápido ese tramo, a una media de 4:15 min/km. En la Castellana nos relajamos un poco, pero aun así ningún kilómetro se nos fue por encima de 5 minutos. Tras el avituallamiento del km. 5 vimos a su padre, mi cuñado, animándonos. En la subida de Concha Espina pensé que lo perdía, pero tiró como un campeón, aunque me dijo que tenía algo de flato. Pensé que en Príncipe de Vergara se recuperaría, pero le vi sufrir y perdimos algunas posiciones porque no era plan de reventar, y aun así hicimos ese tramo a 4:35-4:40. Y ya en la cuesta final, en Goya, tuve que animarle mucho diciéndole lo poco que quedaba y lo bien que lo estaba haciendo para que no se me hundiera definitivamentes. Pero aguantó como un campeón y cruzamos la línea de meta en un tiempo neto de 46:54 que está muy pero que muy bien. Tan bien como que al día siguiente, cuando salieron las clasificaciones vimos que había obtenido el quinto puesto de su categoría, la Junior masculino. ¡Un crack, mi sobrino!

Si entrenase un poco en serio, podía estar haciendo unas marcas que yo ni siquiera podría soñar. Aun así, y estando las cosas como están, pienso que tiene el sub-45 en las piernas, y ése va a ser nuestro próximo objetivo si no para antes de que se meta el verano encima, para el próximo otoño.

EDP Rock’n’Roll Madrid Maratón 2016

Aunque a veces parecía que no iba a llegar nunca, por fin llegó el acontecimiento deportivo más importante de la temporada para mí: el maratón de Madrid. Antes de hablar de mi carrera quería comentar que parece que, por fin, este año la organización ha querido enmendar todos los errores y faltas de años anteriores y tanto la entrega de dorsales como la organización del ropero antes y después de la carrera ha sido modélica. El traslado al Ifema de la Feria del Corredor, en el Campo de las Naciones, creo que ha sido un acierto porque las antiguas instalaciones de la Casa de Campo era evidente que no podían absorber la cantidad de visitantes que acuden a la feria y aún más este año en el que estábamos inscritos casi 34.000 corredores entre las tres carreras. En definitiva, todo estaba bien organizado y eso se nota. El único ‘pero’ fue que faltaba una pantalla donde comprobar el dorsal en la feria. Pero tampoco me voy a quejar demasiado por eso. A mí me encanta que las cosas funcionen y esta vez todo funcionó a la perfección.

De la carrera sólo puedo decir que estoy contento con el resultado final, pero tambié que no cumplí con mi objetivo que era bajar de las tres horas y media y, de haber sido posible, hacer mejor marca personal. Y la culpa se la echo principalmente a dos factores. El primero, mi peso. Y en eso tengo que estar con Rafa, autor del blog maratonman que le da muchísima importancia a este factor. Y, efectivamente, no se puede hacer MMP pesando 74 kilos a escasos días de la carrera teniendo en cuenta que mido apenas 170 centímetros. Si haces la cuenta en cualquier calculadora de IMC verás que estoy en lo que llaman ‘sobrepeso’. Y el entrenamiento intenso de estos últimos cuatro meses no ha sido suficiente para quitarme esos kilos de más. Ni siquiera en aquellas semanas que he llegado a correr 80-90 kms. he bajado de peso significativamente. Está claro que tenía que haber complementado el esfuerzo con una dieta más rigurosa porque 4 kilos menos en la carrera de ayer me habrían ayudado mucho.

Y el segundo de los factores me vino impuesto por la organización que decidió incluirme en el Cajón 3 en la salida y de lo que no me di cuenta en la feria (allí podría haber solicitado un cambio de cajón) sino que lo vi al llegar a casa. No entiendo cómo teniendo una marca de 2:32:26 en esa carrera en 2014 (en 2015 no corrí la maratón) la organización no lo comprueba de oficio y en lugar de ello me asigna un cajón en el que estaba la gente que salía con los globos de 4:30 y de 4:15. Que no lo digo como algo peyorativo, sino como fastidio porque mi estrategia era pegarme como una lapa al globo de 3:30 y rodar a su rueda, a 5 minutos por kilómetro, hasta el momento de meter un cambio de ritmo en el último tramo para mejorar mis tiempos; y sencillamente eso se fue a la porra porque lo que tuve que hacer fue ir esquivando genta para tratar de adelantar a todos los globos que pudiera: el de 4:30, el de 4:15, el de 4:00 y hasta el de 3:45. Pero ya en la media maratón me di cuenta de que no iba a ser posible seguir dando caña al cuerpo sin pagarlo al final tan sólo por alcanzar un globo y no poder seguir su ritmo después por estar desfondado. Así que mi planteamiento varió para tratar de mantener el ritmo que llevaba, en torno a los 4:55-5 minutos por kilómetro.

Resultados
Resultados

Pero el daño ya estaba hecho y a partir del 25 los kilómetros caían cada vez más lentos. Al principio poco a poco, pero a partir del 35 el ritmo bajó considerablemente. En el 37, al paso por Atocha, ya tenía una buena pájara que se fue haciendo más y más grande hasta el 40, y no porque recuperara las fuerzas, sino porque desde ese punto hasta la meta el trazado picaba hacia abajo y casi podía bajar rodando. Los dos últimos kilómetros a volví a recuperar un ritmo de 5’30”, eso sí, dando gracias, para acabar parando el reloj en un tiempo real de 3:33:13 (tiempo oficial: 3:37:37).

Otra vez será.

Ahora, a descansar un poco y decidir cuál será el próximo objetivo maratoniano porque con 13 maratones no me puedo retirar, y no es que sea supersticioso pero tendré que buscar al menos el 14, digo yo.

11ª Media Maratón de Latina (2016)

Cartel 11 media maratón Latina
Cartel 11 media maratón Latina

Mi plan de maratón, raro donde los haya, sólo incluía una competición previa a los 42K: un medio maratón al final de la octava semana de entrenamiento. Pues bien, esa competición tenía que ser hoy, día 28 de febrero, y la única media maratón, por tanto, la Media de Latina.

He de decir que nunca la había corrido, y eso también tengo que agradecérselo a mi plan de maratón, porque me ha dado la posibilidad de conocerla y he de reconocer que he quedado muy satisfecho de la carrera. Pero repito que para mí es difícil no quedar satisfecho de una carrera que transcurre durante 9 kilómetros por la Casa de Campo.

El caso es que tenía el tiempo justo para competir y la cosa tenía que ser: llegar, correr y extraerse de allí cuanto antes (aunque sin la obligación de ganar la carrera, thank God ;)). Pues bien, la organización me ha sorprendido gratamente: recogida de dorsal el mismo día (casi, casi hasta el pistoletazo de salida) -ideal para los que venimos del pueblo- y la posibilidad de aparcar en el parking del Centro Comercial Plaza de Aluche sin necesidad de andar dando vueltas y vueltas para encontrar un hueco y dejar el coche. Un diez. Además, hoy con el “pelete” que hacía, se agradeció el cobijo del centro comercial.

Así que recogí el dorsal (sin colas), dejé las cosas en el buga, busqué un baño para una última visita y al salir ya había un miembro de la organización gritando que quedaban diez minutos y que fuéramos a la salida, que estaba, poco más o menos, a cien metros de allí.

Por una vez en la vida creo que me situé bien en la salida y a pesar de que los participantes se cuentan por miles, y de los apretujones del principio, no perdí mucho tiempo hasta empezar a correr.

En seguida alcancé al “globo” de 1:40 y me puse a su lado. Corriendo junto a él me di cuenta del coñazo que supone ser liebre. El chaval iba a ritmos cercanos a 4:30, imagino que porque el trazado era favorable en esa zona y para tener un “colchón” para las cuestas que estaban por venir. Pues no dejaba de oír a otros corredores cuchichear que si la liebre, que si por qué iba tan deprisa, que si iba a petar, que si iba a hacer petar a los que la seguían. Spain is different. Así que llegado al kilómetro 5 me puse por delante para buscar mi carrera, sin referencias.

La primera parte del recorrido es muy urbano, muy asfaltero y plagado de toboganes. Cuestas arriba y cuestas abajo que van desgastando las piernas. Y el peor tramo del recorrido, para mí, fue del kilómetro 8 al nueve, en el que hay que “escalar” una cuestarraca para entrar en la Casa de Campo que me dejó muy tocado.

El recorrido por la zona verde fue muy agradable, aunque se me hizo algo largo. En principio pensaba que serían cuatro o cinco kilómetros (¿se nota que no había estudiado el recorrido oficial?) que a la postre fueron exactamente nueve. Por cierto, chapó para la señalización kilométrica (carteles grandes, visibles, y bien puestos -aunque se me pasaron un par de ellos-).

La salida de la Casa de Campo, por la cuesta que llaman de AISA, contrariamente a lo esperado se me dio muy bien y salvo los últimos 50 metros, justo hasta el cartel del kilómero 18, tiene una pendiente muy llevadera. De ahí otra cuesta abajo de unos 500 metros y luego ya todo en subida tendida hasta la meta. Al comienzo de la cuesta, antes de llegar al kilómetro 19, está el último avituallamiento (los hubo en el 5, el 10 y el 15 -con agua e isotónicos-). Me pareció un acierto porque un avituallamiento en el 20, al menos para mí, ya no tiene sentido pues vas pensando sólo en la meta.

A falta de 500 metros miré el crono y calculé que terminaría sobre 1:37, más o menos. Y en recta de meta vi que si aceleraba bajaba un poco de ese tiempo. Así que me tocó dar un pequeño sprint para entrar sobre 1:36:56 (neto 1:36:20).

Pasada la meta, en el interior de la pista de atletismo del Polideportivo de Aluche, dispusieron la entrega de la bolsa del corredor, sin esperas, con su camiseta de rigor (no de mucha calidad, pero sin mangas, ideal para el veranito). Y sin perder tiempo me fui a buscar el coche para salir del aparcamiento del Centro Comercial antes de que llegara el mogollón y se formasen atascos.

En definitiva, una carrera muy bien organizada de la que muchos deberían aprender, por un precio bastante ajustado (13 euros, 14 online) y con un recorrido que es todo un desafío por su dureza (me pareció hasta más duro que los 21K de las Vía Verde de Arganda), pero ideal para los que estamos preparando el maratón de Madrid, precisamente por eso.

Con la carrera de hoy doy por terminada mi temporada competitiva hasta el día del maratón (salvo excepciones) y ya sólo me centraré en afinar los entrenamientos para poder acabarlo sin sufrir.

V Carrera Monumental Ciudad de Segovia (2016)

Carrera Monumental Ciudad de Segovia
Carrera Monumental Ciudad de Segovia

Segundo fin de semana consecutivo que me pongo un dorsal, y segundo fin de semana consecutivo que ese dorsal me toca en un sorteo de Run Academy. Como dijo mi mujer cuando se lo conté: “ya podrías tener la misma suerte con los Euro Millones”. Pues sí. En cualquier caso era un motivo de alegría poder pasar un domingo corriendo y en familia en Segovia. Pero el tiempo se complicó, las previsiones meteorológicas no eran nada halagüeñas y decidimos que era mejor no exponer al peque a la lluvia y al frío y me acerqué hasta Segovia yo solo.

Pude recoger el dorsal y la camiseta la misma mañana de la carrera, sin ningún contratiempo, pero quedaba más de una hora para la salida, así que como el cielo estaba nublado, hacía frío y amenazaba lluvia, me volví al coche y me refugié en él. E hice bien, porque como a las 10:30, media hora antes de la salida, cayó un buen chaparrón. La verdad es que el suelo húmedo me preocupaba un poco porque no sabía cómo iban a comportarse las Mizuno Wave Sayonara, si resbalarían o no, habida cuenta de que gran parte del recorrido sería por adoquín y empedrado.

Unos quince minutos antes del pistoletazo me voy a dar una carrerita por la Av. Fernández Ladreda para entrar en calor y cuando llego a la zona de salida, justo a los pies del impresionante acueducto, ya hay bastante gente situada. A pesar de que me parecía estar bastante cerca de los primeros puestos tardo más de 45 segundos en pasar por encima de la alfombrilla. Hay muchísima gente delante de mí. Así que una de dos, o la gente se sitúa mal en las salidas o yo me coloco peor.

Los dos primeros kilómetros, cuesta abajo por el Pº Santo Domingo de Guzmán, son un suplicio: avanzo a tirones, acelerando y frenando, zigzagueando, esquivando corredores a izquierda y derecha sin encontrar hueco. Paso el kilómetro 1 y el kilómetro 2 sin ver los puntos kilométricos, así que me voy guiando únicamente por la distancia que me marca el GPS. Al llegar a la Cuesta de los Hoyos la carrera se abre… o, mejor, se ralentiza, porque la cuesta cuesta y aunque sigo pasando corredores ya puedo correr sin agobios.

A mitad de la cuesta veo el cartel del kilómetro 3 (por fin) en una farola, pero al chequear con mi SportWatch éste marca más de 3,25 kms en ese punto. Me parece demasiado desfase (de seguir así, la carrera se podría ir a casi 11 kilómetros en mi reloj). Y pensando en estas tonterías “corono el puerto”, es decir, giramos a la izquierda y salimos de la Cuesta de los Hoyos; y, aunque seguimos subiendo, al menos la pendiente de la Calle San Valentín (curioso, recorro la calle de San Valentín el 14 de febrero, día de San Valentín) es más asequible. Estamos entrando en el casco urbano de Segovia y ya no lo abandonaremos hasta la meta. La verdad es que la carrera es muy bonita. Hemos tenido unas vistas del Alcázar desde abajo espectaculares y a partir de ahora pasaremos por la mayoría de monumentos que hay dentro de Segovia, incluida la catedral. Pero si para la vista la carrera es maravillosa, los pies, por el contrario, sufren corriendo sobre adoquín y empedrado. Un suelo que me recuerda mucho al de la parte vieja de Zamora. Quizá la ciudad entera me recuerda un poco a Zamora y por eso me siento muy a gusto corriendo por sus calles (aunque en Zamora no nos gusta mucho eso de tener a gente cortando el centro porque somos un poco cazurros).

En el kilómetro 5 llegamos al Alcázar, ante la sorpresa de los despistados turistas que se han atrevido a visitar hoy Segovia a pesar del frío, y unos cientos de metros más adelante pasamos por un avituallamiento de agua en vaso. Tengo sed, así que agarro uno de encima de la mesa y me echo un par de sorbos al coleto. A estas alturas, la carrera ya está estabilizada y todos corremos con compañeros que van a nuestro mismo ritmo, más o menos. En mi grupo vamos estirados, en fila de a uno, a 4 y pico el kilómetro, por eso al correr por calles estrechas y con muchos giros de 90 grados o más  hay que poner los cinco sentidos en el pavimento, porque el de delante puede taparte un bolardo y te puedes dejar la espinilla (por cierto, qué cantidad de bolardos hay en Segovia, Cristo bendito).

Pasamos por el punto kilométrico 6 (tampoco he visto ni el 4 ni el 5) y mi gps marca 6,2 kms (la diferencia con mi gps se ha reducido… ni tan mal). El circuito está siendo un absoluto rompepiernas, lleno de toboganes, pero voy disfrutando como un gorrino. Sobre el kilómetro 7 pasamos por la Plaza Mayor bordeando el kiosko de música donde una banda segoviana, The Quotes 2.0, están versionando el Vertigo de U2 que tengo tan asociado a mi época londinense. Más subidón.

La lluvia arrecia y a veces se convierte en granizo, pero ya nada importa. Unos guiris nos gritan “you can do it!” y pienso en que of course we can do it, in fact we’re actually doing it. Veo el cartel del km. 8, está en el 8,1, parece que al final mi gps y el circuito se van a coordinar.

Las zapas, que tanto miedo me daban, se están portando fenomenal incluso sobre el suelo mojado y bajando a todo trapo. Ya no queda nada para meta. Una iglesia, una cuesta, un giro a la izquierda y ya se oye la megafonía. Sin embargo por mi reloj todavía queda casi un kilómetro para acabar. Intento ir un poco más rápido, pero ya no soy capaz de meter una marcha más y me concentro únicamente en mantener el ritmo.

Y llego al acueducto y paso por encima de las alfombras de llegada y me doy cuenta de que la gente se para y veo las vallas y a los voluntarios y estoy convencido de que tendríamos que seguir corriendo pero yo también me paro porque está claro que hemos llegado al final. Y detengo el gps aunque marque tan sólo 9,52 kilómetros y un tiempo de carrera de 45 minutos y 21 segundos (44:34 netos).

Es increíble que a la prueba le falten casi 500 metros, pienso. Así salen los tiempazos que salen en esta carrera, a pesar de su dureza. Si la carrera hubiera estado bien medida mi marca tendría que haber sido dos minutos largos más lenta: de casi 48 minutos (y la neta de unos 47). Pero ya da igual. La carrera ha terminado y quiero secarme y marcharme a casa con mi familia. Al otro lado acueducto nos dan el avituallamiento y nos advierten de que si queremos un caldito, nos lo dan unos metros más arriba, en la cafetería Bon Appétit. Un detallazo que yo agradecí mucho, sobre todo porque estaba calado hasta los huesos, sudado y además en esos momentos la lluvia se había convertido ya en agua nieve.

En resumen, una provincia más descubierta corriendo, otro entrenamiento de calidad completado y una pena lo de la distancia porque la carrera merecería que estuviera bien medida, porque cuando un corredor quiere correr un 1oK, lo menos que puede pedir a la organización es que ponga 10.000 metros por delante de sus piernas. Todo lo demás (camiseta, bolsa del corredor, trazado, actuaciones musicales, etc.) son menudencias.