Maratón de Valencia 2019: la crítica

Probablemente, Valencia sea el maratón con mejor trayectoria de todos los que se organizan en España. Sin duda esa fue la razón de escogerlo: experimentar en primera persona si realmente, hoy día, es el mejor maratón que uno puede correr en este país y entender qué le ha pasado a esta carrera que no llegaba a los 7000 corredores en 2011 y que con toda seguridad llegará a 30 000 en 2020 (a día de hoy, tres semanas después de la carrera, quedan menos de 5000 dorsales).

Eso no es normal. Una carrera no tiene esa evolución por nada. Y vale, sí, admito que puede estar de moda correr Valencia, pero Valencia no es sólo una moda. Así que escribir simplemente sobre si me ha gustado o me ha dejado de gustar la carrera sería simplificar algo muy complejo. Pues claro que me ha gustado. Hay que estar muy ciego para no darse cuenda de que es un maratón de primera. Tiene circuito, organización, ciudad, clima y la meta más icónica que yo haya pisado jamás. Pero tiene más cosas: Valencia sabe como nadie exportar su producto, venderlo, y por eso en 2020 prescinde del 10K, porque ningún gran maratón necesita un sidekick, sino que brilla con luz propia. ¿Se le pueden poner algunos peros? Seguramente, sí, pequeños flecos siempre los hay y los va a seguir habiendo, pero también hay mucho trabajo detrás para que la experiencia global del corredor sea positiva y que esos pequeños fallos queden en un segundo plano, porque muchas veces no son culpa del propio maratón. He leído crónicas de otros corredores que este año han participado y alguno ha dicho que era difícil aparcar, pues sí; otro que no había muchos baños, yo vi un montón (otra cosa es en qué estado quedaron); otro que había falta de animación en ciertos tramos… tampoco es tan grave, si uno quiere aliviarse es más fácil cuando transitas por algún sitio con poca gente (es broma).

Pero más allá de esto, la organización es activa, da la sensación de que la gente que hay detrás no se duerme en los laureles y que quiere seguir mejorando año tras año. A mí me ha encantado. Y sinceramente opino que la Gold Label otorgada por la IAAF se le queda corta. Puedo equivocarme o no, pero creo que Valencia aspira aún a más y, puestos a soñar, si alguna vez Europa obtuviera un tercer Major después de Londres y Berlín, estoy totalmente convencido de que uno de los nombres que sonarían con más fuerza sería el del Maratón de Valencia. Ellos lo saben, nosotros también.

Maratón de Valencia 2019: la crónica

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Maratón de Valencia

Han tenido que pasar dos años y medio desde aquel maratón de Liverpool de 2017 para encontrar las ganas de correr otro. Una mala preparación y un tiempo de 4h22m me dejaron desganado, esa es la palabra, sin ganas de volver a preparar (como es debido) un maratón. Preferí dejar pasar 2018 en blanco y decidirme por alguno en 2019 tan sólo porque quería conmemorar que en 1999 corrí mi primer maratón. Así apareció Valencia con esa fama de maratón en auge, con la ventaja añadida de poder prepararlo con buen tiempo al ser un maratón de otoño y así descarté definitivamente Madrid.

Pero quería llegar bien Valencia y que no se convirtiera en otro desastre como Liverpool, quería volver a sentirme corredor de maratones (lo que para mí significa que hay que correrlos, de principio a fin), así que me apunté a los planes semanales de maratón de José Garay Cebrián que nos enviaba por mail todos los domingos la organización del Maratón de Valencia. Empecé siguiéndolos a rajatabla, pero después del primer mes los adapté a mis circunstancias para reducir de cinco a cuatro los días semanales. Los planes me han parecido fáciles de seguir y me han ido muy bien. Me he sentido fuerte entrenando, tanto que en la mayoría de rodajes tenía que sujetar los ritmos porque tendía a acelerarme. Las series me han parecido eso sí demasiado lentas, por lo que para poder «sufrir» un poco les metí un poco más de ritmo.

El peso, que siempre es mi punto débil, lo he llevado muy bien. Antes del verano ya perdí algo de lastre y según han ido pasando las semanas me he ido afinando y he llegado a la carrera en 69 altos-70 bajos. Además, ni una mala torcedura, ni dolores, ni un catarro en 16 semanas de entrenamiento ideales. Teniendo todo esto en cuenta, mi objetivo antes de la carrera era acercarme todo lo posible a las 3h30m.

El día de la carrera empezó de manera inesperada pues me tocó caminar hasta la salida desde mi apartamento, en un barrio que llaman Nou Moles, a unos cinco kilómetros de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, porque los autobuses (que iban a ser gratis y tal) a esas horas de domingo, tan tempranas (la salida se daba a las 8:30), no tenían una frecuencia que me asegurara llegar con tiempo suficiente para localizar guardarropa, baños, cajón, etc. Y no me iba a estar esperando más de 30 minutos en una parada de bus, así que lo bueno es que cuando llegué no me hizo falta calentar.

Salí además en uno de los últimos cajones al no tener acreditada una buena marca en maratón reciente, y encima estaba tan a rebosar de gente que no cabíamos dentro del corral y tuvimos que entrar cuando los que lo ocupaban se desplazaron hacia delante para empezar a correr. El caso es que al salir por oleadas tampoco perdimos demasiado tiempo hasta pisar la alfombrilla de salida.

De la carrera me sorprendió que, a pesar de ser 25 000 maratonianos se podía correr a gusto desde el kilómetro uno y, salvo en momentos concretos, mantener el ritmo de 5 minutos por kilómetro que quería llevar. El circuito también se presta a ello. Llano como la palma de la mano y con bastante animación. Por poner un pero, decir que quizá hacía más de calor del que esperaba y en un par de ocasiones pensé que la camiseta finita de compresión que suelo llevar debajo de la camiseta (para evitar rozaduras) me iba a sobrar.

Los parciales iban saliendo aunque durante los primeros kilómetros llevaba la vejiga llena e iba incómodo, por lo que evité beber en exceso en los dos primeros avituallamientos y allá por el kilómetro 12 pude parar y quedarme a gusto. Perdí 30 segundos que recuperé enseguida y la media maratón la pasé clavada en 1:45:39 pensando en doblar y de seguir así conseguir el 3:30 sin esfuerzo.

Sin embargo, poco después empecé a notar que algo no iba bien, que sentía sed pero que si bebía un poco de más el estómago «protestaba» y no corría nada cómodo. Así que decidí que en los avituallamientos sólo tomaría un par de tragos (siempre agua) y descartaría el resto, lo que provocaba que llegara al siguiente avituallamiento con mucha sed y así sucesivamente. Aun así mantuve como pude el ritmo hasta el 30, pero a partir arco de «Rompe el Muro» del 32 empecé a sufrir más y más y a notarme, además de incómodo, cansado. Me marqué como objetivo llegar al kilómetro 35 donde estaría mi familia dándome ánimos y a partir de ahí ya no tendría sentido parar porque sólo me quedarían 7 kilómetros a meta. Y eso hice. Ver a mi mujer, a mi hijo y a mis suegros fue una inyección de adrenalina que me llegó hasta… el kilómetro 36 (no sois vosotros, family, soy yo) y de ahí al final sufrí mucho.

Lo mejor es que gran parte de ese sufrimiento era meramente psicológico: ni tenía calambres, ni pulsaciones desbocadas, ni dolores, simplemente estaba cansado. Es más, pude estabilizarme en 5:30 el kilómetro (que es mi ritmo de rodaje largo) y acabar al tran tran, sin pararme, y beneficiándome sobre todo de la bondad del circuito y de la energía de la gente que te anima de forma brutal en el último tramo de la calle Alcalde Reig en el que parecemos ciclistas subiendo el Tourmalet. Me llega a dar esta misma pájara en una carrera como Madrid y al final me cae una minutada de las que hacen época.

Pero bueno, fue llegar a la Ciudad de las Artes y las Ciencias e iluminárseme la cara. El asfalto deja paso a un empedrado que fastidia un poco, pero llegar a esa pasarela azul, con la gente, la música, el agua y el sol la verdad es una maravilla. Es la mejor meta que un corredor como yo haya cruzado jamás.

Y en esos últimos metros los ojos se van al cielo buscando el recuerdo de mi madre, el cronómetro se para en 3:36:42 y sólo pienso en que me paro, en disfrutar de ese momento y de que lo he vuelto a conseguir.

Y van quince.

Últimos kilómetros
Últimos kilómetros

R’n’R Liverpool Marathon 2017: la crítica

Cuando se empieza a correr, o mejor, a participar en competiciones, lo normal es ir aumentando poco a poco de distancia: empezar por los 10K, seguir con medios maratones, para acabar corriendo la distancia reina, el maratón y sus 42.195 metros. Es, aparte de la evolución lógica, básicamente, un modo de mantenernos motivados: «a ver si soy capaz de…». Posteriormente, dominada la distancia, la motivación consiste, a mi juicio, en ir mejorando las marcas, en ser mejores corredores: más rápidos, más eficientes, llegar mejor preparados. Consecuentemente, si esta perfección a la que aspiramos se repite en una serie de años más o menos larga, es más que probable que lleguemos a un punto en el que ya sintamos que hemos tocado techo como maratonianos y, salvo que nos convirtamos en alguien obsesionado con conseguir unas marcas casi equiparables a las de los atletas de élite (para lo que necesitamos una constancia y una dedicación en tiempo que muchos no tenemos o no queremos), nuestras viejas amigas, esas carreras fijas que tenemos marcadas año tras año en el calendario, dejarán de motivarnos.

A mí me pasó con el maratón de Madrid. Ya a mediados de la década pasada, durante cuatro años, dejé de correrlo. Lo volví a retomar en 2009, pero en 2013 le fui «infiel» por Barcelona. Y así descubrí que correr nuevos maratones era mi nueva forma de motivarme. Repetí en 2014 con Nueva York y, por problemas económicos, me tuve que apear de Chicago 2015, en el último momento. En 2016 volví a Madrid pensando en que después de un par de años debería echarle de menos, pero no fue así. Ni siquiera el paso por la Puerta del Sol me resultó emocionante. Así que después de 10 ediciones de la carrera madrileña me propuse decirle adiós por un tiempo (nunca puedes decir nunca) y explorar nuevas competiciones.

Y ahí apareció Liverpool. Suponía un maratón barato (me inscribí por 35 libras -40 euros- y mi mujer, que debutó en medio maratón, por algo menos), que se disputaba a finales de mayo (lo que me permitiría no tener que entrenar en los meses más fríos del invierno, cosa que odio) y estaba organizado por el grupo Competitor bajo la marca Rock’n’Roll que conocemos sobradamente en Madrid. Además, los vuelos con EasyJet son baratos si se compran con tiempo, y los hoteles tampoco son excesivamente caros. Nosotros nos quedamos en un Premier Inn cercano al aeropuerto porque el vuelo desde Madrid llegaba muy tarde a Liverpool, pero se llegaba al centro de la ciudad en autobús en apenas 35 minutos. Por otra parte, la ciudad, al ser pequeña (no tiene ni metro) es perfectamente visitable sin necesidad de utilizar transporte público y el que hay es barato si lo comparamos con Londres, por ejemplo.

El maratón se vende como un fin de semana de gran fiesta (es cierto que el sábado y el domingo había muchísimos corredores por las calles) y comprende no sólo el 42K, sino también el Medio Maratón, un 5K y una Milla festiva. En prensa se dio la cifra de 20.000 participantes, aproximadamente, en esta edición. Pero esa era la cifra global sumadas todas las carreras (incluso duplicando corredores que participaron en varias distancias). Para aclararnos: 10.000 fueron los participantes del medio maratón que se disputó el domingo, media hora antes del maratón; 4.000 fueron los participantes del maratón; otros 4.000 participaron en la carrera de 5K del sábado (integrada también por gente que correría el domingo, y que así se ganaba una medalla extra por completar dos distancias) y 2.000 en la milla que se disputó a medio día del domingo (con meta distinta a la del Half y el Marathon). Es un poco lioso, ya lo sé.

Marathon Expo. IG: @garricar

La feria del corredor abría viernes y sábado y se desarrolló en el Liverpool Echo Arena, que es un espacio multiusos, tipo Palacio de los Deportes, que queda donde los viejos muelles, junto al río Mersey. No lejos de la zona comercial de la ciudad. Pero como digo, Liverpool es pequeño y todo está cerca. Desde esa zona de los Docks saldría la carrera y también terminaría. Además, el día de la prueba, el Echo Arena serviría de ropero y de zona de entrega, a cubierto, de la bolsa con avituallamiento líquido y sólido a los corredores.

La entrega de dorsales a los corredores ingleses se hace por correo en las semanas previas a la carrera, lo que evita las colas a los extranjeros que vamos a recoger el dorsal el sábado. En el mismo acto recoges la camiseta conmemorativa (que no está patrocinada por ninguna marca de ropa deportiva), aunque también puedes irte sin ella y recogerla al finalizar la carrera (te hacen una marca en el dorsal para evitar la picaresca). Los stands son pocos y pequeños al no haber un patrocinador principal. Una tarima, un proyector y unas cuantas sillas sirven para las conferencias. Nada especial. Eso sí, no faltan los photocall y en especial uno en el que te podías disfrazar de los Beatles, muy divertido, que para eso estamos en su ciudad.

El recorrido me pareció muy asequible, con algunas dificultades hasta el kilómetro 15 o 16 (muchos tramos de sube y baja, lo que ellos llaman «hilly«) y desde allí hasta el final todo plano o con una ligera inclinación. Los últimos 5-6 kilómetros se hacen a la orilla del río, más expuestos al viento, pero el día de la carrera no pasaba de ser una ligera brisa que no impedía correr.

La medición del trazado está en millas, pero yo no me fiaría mucho. Los primeros carteles de millas no los vi. En el suelo tampoco se dibuja la línea que seguimos en España. En algunos sitios sí que estaba el kilómetro marcado: por ejemplo en el 10 (milla 6,21), que coincidía con una alfombrilla. La alfombrilla del medio maratón estaba puesta en el medio de un parque, sin arco, sin pancartas, nada. Otra alfombrilla estaba en la milla 20 y otra en el km 37,2 (lo que viene a ser la milla 23,11). Un caos tanto si usas millas como kilómetros como referencia. Vi también un cartelito de km. 40 pero sin marca en el suelo, así que no sabría determinar si estaba bien puesto o no. El recorrido total que me marcó el Polar fue de 42,44 kms, lo que me lleva a la conclusión de que, al menos, la distancia global sí que estaba bien medida.

El avituallamiento tampoco es como en Madrid: cada 5 kilómetros. Allí hay 11 puntos de hidratación en las millas 1.8, 4.4, 7.2, 9, 11.1, 13.1, 15.7, 18.3, 20, 22.2 y 24.3. O sea, un lío. Así que nunca sabía si tenía cerca el agua o no (también Lucozade y, en un par de puntos, geles).

De animación, más o menos como en Madrid. Tramos donde hay mucha gente animando: salida, meta, Penny Lane y el paso por el centro de la ciudad; y tramos por parques y en zonas alejadas en los que no había nadie más que los corredores y cuatro que pasaban por allí. Mucha parte del recorrido se hace cruzando parques urbanos, pero a mí no me molestó, al contrario, algunos de los parques por los que corrimos eran extraordinariamente bellos. Prefiero eso a compartir media carretera con los coches. Recuerdo, por ejemplo, el principio del Otterspool Park como de cuento de hadas con una luz filtrada a través de unos árboles inmensos que parecía sacada de un libro de fantasía. De haber llevado cámara me habría parado a hacer fotos, seguro. Además, al no ser excesivo el número de participantes en cuanto se estira la carrera te encuentras corriendo en fila de a uno y puedes compartir perfectamente el espacio con los usuarios de los parques. Algún tramo hubo también de acera, eso no me gustó tanto.

La animación musical, como es habitual en las carreras de Rock’n’Roll, muy abundante a lo largo del recorrido, aunque en varios puntos se limitaba a un equipo de música, no a música en vivo. O eso o como iba tan lento llegué tarde y la banda ya se había ido, que podria ser 😉

Birra post-maratón

En la zona de meta, muy animada, a la salida del Echo Arena se había montado un escenario y había un concierto de música para participantes y acompañantes. La organización invitaba, además, a una pinta de Heineken a todos los corredores.

En definitiva, un maratón modesto, bien organizado en líneas generales y con un recorrido que te permitirá conocer lo más destacado de la ciudad. Recomendado para cualquiera que quiera un cambio de aires y ver cosas nuevas sin dejarse una pasta en un Major, y particularmente a futboleros y seguidores de la Premier League, no en vano Liverpool, con apenas 500.000 habitantes tiene dos equipos de la máxima categoría que suman entre ambos 27 títulos (aunque desde 1990 no rascan bola) y en el caso del Liverpool, además, 5 Copas de Europa. Y, por supuesto, a fans de los Beatles.

R’n’R Liverpool Marathon 2017: la crónica

I’m going down to Liverpool to do nothing

(Katrina & The Waves – «Going down to Liverpool«)

Son las 10 de la mañana del domingo 28 de mayo de 2017 y estoy en la línea de salida del Maratón de Liverpool. Los 4.000 maratonianos que nos agolpamos en el Albert Dock guardamos un respetuoso minuto de silencio por las víctimas del atentado del Manchester Arena. Empiezo a pensar en que estoy perdiendo la cuenta ya de cuántos minutos de silencio habré guardado en líneas de salida a consecuencia de la infinita necedad humana. Está nublado y habrá como 15 grados, temperaratura ideal para correr. No estoy agotado de entrenar, ni mucho menos, ni lesionado y el perfil del maratón es espectacular con las mayores dificultades del trazado en sus primeros 17 kilómetros. A partir de ahí, llano como la palma de la mano. Por si fuera poco, me han asignado al corral 2, por lo que tras el pistoletazo de salida no tardo ni 30 segundos en pasar bajo el arco de salida.

La estrategia está clara: mantener un ritmo de 5 minutos por kilómetro. No cebarme, pero tampoco ir más despacio. Es mi objetivo y es lo que se supone que el plan de entrenamiento me ha tenido que dar.

Los primeros kilómetros son de callejeo por la zona norte de la ciudad, siempre picando hacia arriba, buscando los estadios de fútbol: primero el del Everton y luego el del Liverpool; separados tan sólo por el Stanley Park, que también atravesamos. Mantengo el ritmo-objetivo, pero los continuos ascensos hacen que las pulsaciones suban y suban y, sin quererlo, me encuentro corriendo más tiempo en zona 5 (la de más esfuerzo) del que debería, por lo que ya no auguro un buen resultado final. Mis sensaciones son de pesadez, me noto sin agilidad, como si estuviera corriendo lastrado con plomos. A la altura del kilómetro 10 vamos corriendo por la acera, bordeando el exterior de un parque, y un corredor justo detrás de mí tropieza y cae a causa de una baldosa suelta. Pienso que podía haber sido yo. En seguida le asisten los voluntarios. 

Sigo manteniendo el ritmo, pero las sensaciones son cada vez peores. Por otra parte no deja de pasarme gente, así que como dice el meme de Twitter «ya no sé si soy lento o es que todos los demás son keniatas». Finalmente decido que pueden ser molestias intestinales, así que aprovecho unos baños portátiles en Rupert Lane Recreation Ground, a la altura del kilómetro 13, con las mejores vistas sobre Liverpool y la desembocadura del Mersey que uno se pueda imaginar, y hago una parada técnica (la primera de mi vida maratoniana). Pierdo dos minutillos y me olvido para siempre del globo de las 3:30 h que había llevado desde la salida al alcance de la vista. Sobre el kilómetro 15 vuelvo a estar en parciales de 5 minutos por kilómetro, pero sin mérito alguno puesto que los dos últimos kilómetros han sido en bajada hacia el centro de la ciudad y no me noto recuperado, al contrario. Continuamente me sigue pasando gente.

Liverpool Marathon (fuente: Facebook)

Atravesamos el centro de la ciudad, pasamos por delante de The Cavern, hay bastante gente animando y algo ayuda. Mentalmente. En el kilómetro 17 un inglés me pregunta por la camiseta del maratón de Madrid que llevo puesta, dice que él la corrió hace unos años, se ve que quiere pegar la hebra, pero yo ya no estoy para conversaciones así que le deseo suerte y me quedo descolgado. 

No he llegado ni a la media maratón y ya voy a ritmos de 6’/km, completamente desfondado. Aun así, salvo los muebles y completo la mitad de la carrera en 1:53:45. En estos momentos sólo pienso en abandonar, en no seguir prolongando la agonía. No entiendo las señales que me manda el cuerpo: en los avituallamientos siento que estoy bebiendo demasiado, pero antes de que llegue el siguiente punto de hidratación tengo sed; otras veces siento retortijones pero tampoco noto que quiero ir al baño; y sobre todo la terrible sensación de pesadez de estómago no me abandona, es como si hubiera salido a correr justo después de comer.

Decido mantener mis pulsaciones en zona 4 y trotar hasta donde llegue. Bueno, hasta donde llegue no: quiero llegar hasta Penny Lane y oír la famosa canción. Y decido que voy a hacerlo. Lo que no sabía es que todavía me faltaban 8 kilómetros penando parque arriba, parque abajo por Sefton Park. Me pasa el pacer de las 3:45. Me pasan españoles que me saludan por la camiseta del maratón de Madrid. Me pasa cualquiera que esté mínimamente entrenado. Voy a 6:30-6:40 por kilómetro dando pasitos de chinita cuando por fin salimos del parque buscando Penny Lane y me vengo arriba con el ambiente, con la música y, más que nada, al ser consciente de que por fin he podido llegar hasta allí. 

Es la última vez que sonreí. 

Volvemos a Sefton Park cruzándonos con los que todavía no han pasado por Penny Lane y veo que el pacer de las 4 horas me va a cazar más temprano que tarde. Pero ya no me queda otra que llegar hasta meta, estoy tan lejos del centro de la ciudad que mi única opción es seguir. Sigo arrastrando mis piernas y mis huesos por todo el trazado y antes del kilómetro 33, tras haber sido rebasado por el globo de las 4 horas, dejo de correr y empiezo a andar. No me duele nada, no estoy lesionado, no tengo las pulsaciones desbocadas. Simplemente estoy cansado y no quiero correr. Hacía años y años que no me sentía así. No sé cómo afrontar lo que me queda: 10 kilómetros que me parecen un mundo. De pronto me acuerdo del método Galloway, vamos, lo que siempre hemos llamado CaCo: caminar y correr. Decido que debo, que tengo que, andar 500 metros y correr otros 500 coincidiendo con los parciales del Polar (no hay carteles de kilómetros en el maratón de Liverpool, sólo de millas). En el 33 empiezo a correr pero no aguanto ni 450 metros. En el 34, lo consigo. En el 35 entramos en el precioso Otterspool Park y también lo consigo. Empiezo a encontrarme bien cada vez que dejo de andar y me pongo a correr. Tampoco es que corra como el viento, que cada kilómetro no baja de 8 minutos.

Desde el 36 a la meta seguiremos la orilla del Mersey. Hay salvavidas cada 100 metros, así que voy contándolos y cada vez que corro intento llegar más allá del quinto salvavidas. Ya me han adelantado también los del globo de 4:15. Y señoras entradas en carnes. Y abueletes. Ahora coincido más o menos con un mismo grupo de gente que está en el mismo estado que yo: cuando corro los dejo atrás, cuando camino me adelantan. Hay una señora que acompaña a otra y va cantando, feliz, con sus cascos puestos; un oriental pertrechado de ropa de marca (cara) de arriba a abajo, otro con pinta de nórdico con una camiseta que pone «where the f*chs is the finish line?» (yo también lo pienso), todos con la mente puesta en una meta que parece no llegar nunca. Sólo el río, el maldito río. Pero cada vez me siento con más fuerzas, ya corro 600-700 metros por kilómetro. Pasamos el kilómetro 38, el 39, el 40. Un fotógrafo oficial me hace fotos justo cuando me pongo a andar, maldita sea, también es mala suerte con lo fresco que debía parecer hace un momento. Kilómetro 41: empiezo a correr y ya no paro a mitad del kilómetro. Llego al kilómetro 42 por mi reloj, al 42,1… al 42,2… al 42,3… y por fin en el 42,4 llego a meta 4 horas, 22 minutos y 33 segundos después de haber pasado por la alfombrilla de salida.

Mi peor marca personal hasta la fecha.

¿Y sabéis qué?

Estoy muy orgulloso de ella.

A pesar de haber llegado en el vagón de cola. 

O quizás precisamente por eso.

Y van catorce.

Reflexiones premaratonianas

La semana que viene, Dios (o la Providencia) mediante, estaré corriendo el maratón de Liverpool. Mi preparación no ha sido nada del otro mundo: me he dejado guiar por el plan de la página de Polar y siento que voy escaso de kilómetros. Además durante un par de semanas dejé sin completar una de las sesiones semanales porque no me di cuenta de que, a pesar de estar planificadas en la web de Polar Flow y cargadas en el pulsómetro, no estaban en la App de Polar del teléfono, que es donde yo solía comprobar los entrenamientos que tocaban cada semana. Un bug incomprensible porque normalmente todo se sincroniza como la seda en cualquier dispositivo asociado a Polar Flow. Un negativo para Polar.

Por otro lado, todos los rodajes planificados han sido muy lentos, a muy bajas pulsaciones. Prácticamente frenándome a cada poco. No entiendo que el plan se cebe en entrenarme a unos ritmos inferiores entre uno y dos minutos a los que él estima que puedo ser capaz de mantener en carrera. ¡Pero si no he entrenado ese ritmo de crucero! Así que tengo la sensación de no haberme castigado. Y es que no he llegado a estar cansado ninguna semana. Apenas he hecho 40 kilómetros las semanas de más carga. Y 21 kilómetros la tirada más larga.

Además no he visto que haya sufrido la transformación física maratoniana: esa en la que el cuerpo se afina, se desinfla, ganas agilidad y te sientes verdaderamente en forma.

En cualquier caso ya he llegado más veces falto de kilómetros a la línea de salida de un maratón (Barcelona 2013, Nueva York 2014), así que sé lo que me espera, que es estar rondando las 3:55 horas y no las 3:31 que ahora mismo Polar estima que voy a tardar.

Veremos. En cualquier caso, a partir del domingo que viene, contaré por aquí mi experiencia corriendo en la ciudad de los Beatles.

P.S. La parte positiva de un maratón en mayo es que los entrenamientos, al no ser en pleno invierno, han sido mucho más llevaderos, los he disfrutado mucho más. Sobre todo contando conque este año desde marzo ya hemos tenido muy buen tiempo.

El plan que me pide el cuerpo

Como maratoniano, cada año y con cierta antelación marco en rojo en mi calendario una fecha fatídica: la del siguiente maratón. Al principio se ve lejana, lo que me permite holgazanear, salir a correr sin pretensiones, porque sí, por placer, porque me apetece. Sin embargo, según se va aproximando esa condenada fecha, mi cuerpo intuye el castigo físico que se avecina y se pone a buscar como loco un nuevo plan de entrenamiento que permita compaginar mis propias expectativas (correr mucho mucho mucho) con sus absurdos propósitos (salvar los muebles sin sufrir demasiados daños). En cristiano: me pide que me ponga a entrenar de una puñetera vez y me deje de zarandajas.

Este año, entre mudanza, estudios, trabajo, casa y niño no he «querido» buscar mucho, así que el plan elegido ha sido el que me propone el pulsómetro. Sí, sí, así de absurdo. El propio cacharrillo tiene una función (o su App, o su web, ¡qué más da!) que te pide la fecha de la carrera y él planifica las sesiones y las carga en el reloj: fases, duración, zonas de frecuencia cardiaca. Y ya está. Yo sólo tengo que ponérmelo y salir a correr que ya me dice él lo que tengo que hacer. ¡Joder, si me viera mi ‘yo’ de 1999, tan analógico él, le daba un pasmo!

Hasta ahora he acabado primera etapa, de tres semanas, que el plan denomina de «trabajo previo» y la verdad es que me quedo asombrado de la inocencia del «bicho»: me ha planificado 16 semanas con sólo tres salidas en cada una de ellas y a unas pulsaciones bajísimas para lo que yo acostumbro (lo que hace que corra a ritmo de tortuga); y aun así, el cachondo, me dice que podré acabar la carrera en 3h13m, que sería mi MMP con diferencia. Es decir, que cuando otros años me he esforzado tanto y he estado trabajado duramente por mejorar ritmos y he acumulado cientos de kilómetros en las piernas lo he estado haciendo mal y por eso no he tenido más que marcas normalitas 😂😂😂.

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No me lo invento: ¡3 horas y 13 minutos!

La verdad es que nunca antes había entrenado por pulsaciones y me está costando bastante sujetarme y mantenerme en zona. Me explico, digamos que el cacharro crea cinco zonas en función de porcentajes basados en mi frecuencia cardíaca máxima, siendo la zona 1 la de más bajas pulsaciones y la 5 la más cercana al FCMáx. Pues normalmente, en un entrenamiento normal nunca me pedirá que pase de la zona 3 y exigirá que me mantenga durante el tiempo que toque entre 125 y 142 pulsaciones, por ejemplo: ni por encima ni por debajo. Incluso me obligará a ir en zonas 1-2 durante el calentamiento y el enfriamiento. Tan sólo los días de intervalos me pide trabajar las zonas 4-5. Pero esas sesiones, que son de las más cortas, ni siquiera las programa todas las semanas.

Así que ahí estoy, saliendo a entrenar y frenándome cada dos por tres para que el cacharro no empiece a pitar como un loco en cuanto acelero un poco y me paso de pulsaciones.

En cualquier caso, y por concluir, un plan de sólo 3 días por semana y sin grandes kilometradas es un bombón por la de cantidad de tiempo que me deja libre para hacer otras cosas que como he comentado, son muchas.

Ahora, que lo de poder hacer 3:13 no entra en mi cabeza, por mucho que el programilla se esfuerce en repetírmelo una y mil veces.

4/4: Maratón

El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional

Con los 10 kilómetros del viernes, al amanecer, doy por finalizado el entrenamiento para el maratón de Madrid del domingo. Y lo he acabado como lo empecé, con lluvia. La misma lluvia que me saludó al inicio de estas dieciséis semanas en aquel «Trofeo Paris» de principios de enero, me despidió ayer. Atrás han quedado 985 kilómetros de esfuerzo, de tiempo robado a la familia, a los estudios, al sueño (al trabajo no porque de eso ya se ocupa la Patronal). A pesar de haber acabado ya una buena ristra de maratones, a lo largo de estas semanas me han asaltado muchas dudas sobre mi capacidad para enfrentarme a una carrera así o si la edad me ha hecho menos resistente al sufrimiento necesario para resistirlo. Pero eso no me ha hecho finalmente abandonar. Hay cosas peores que tener que madrugar, o entrenar sin ganas, o pasar frío, o que te llueva, o que te duelan las piernas de tanto correr, o salir a correr aunque estés de vacaciones con la familia. Sí, yo creo que a todos se nos ocurren cosas no ya peores, sino muchísimo peores.

Se ha hecho largo, sí; se ha hecho cuesta arriba, también. Pero aquí estamos, en vísperas de la carrera y con el dorsal preparado en el cuarto de al lado. Agradecido porque una vez más las lesiones me hayan respetado y pensando en que hay mucha gente con menos suerte que no ha podido llegar a estar en la línea de salida. No vamos a mentir ni a mentirnos: todos llevamos en la cabeza nuestra carrera perfecta, el ritmo que deseamos, la marca que anhelamos conseguir. Pero lo de mañana no es una carrera normal, es un Maratón, con mayúsculas, cualquier cosa puede ocurrir y esa cosa puede parecerse o no (… o sólo un poquito) a lo que los corredores tenemos en mente ahora mismo.

Así que para mañana, a San Filípides, patrón de maratonianos, sólo le pido una cosa: que nos dé salud y fuerza para que todos, sin faltar uno, lleguemos a meta de una pieza para poder abrazarnos a los que nos quieren, o simplemente para dar gracias a la vida, a una larga vida que nos permita acabar muchos maratones más.

Buena suerte a todos.

La Cuarta Parte

La cuarta parte
La Cuarta Parte

Si eres tan viejo como yo, te recordarás muchas mañanas de sábado tirado en el sofá viendo “La Bola de Cristal”, aquel programa de Lolo Rico que consiguió reunir a pequeños y grandes junto a la tele para ver brujas, hadas, electroduendes, personajes de “la movida”, viejas series en blanco y negro y a Javier Gurruchaga, el cuarto hombre, conduciendo precisamente, “La Cuarta Parte”. Pero no voy a hablar de televisión, ni de nostalgias, y el título de este post no quiere decir nada más que lo que expresa: que el domingo pasado acabé las primeras cuatro semanas de las dieciséis del plan para la maratón de Madrid, es decir, la cuarta parte.

No sé vosotros, pero yo debo ser un apasionado de las fracciones (o los quebrados, como queráis) y cada vez que me toca salir a recorrer una kilometrada siempre voy haciendo cálculos del tipo, ya llevo corrido un cuarto, o un tercio, o dos tercios, o tres quintos o cuatro novenos. Supongo que en tiradas de más de 20 kilómetros hay mucho tiempo que rellenar y el cerebro tendrá que entretenerse en algo, el pobre. Tampoco llevo toda la vida así, no soy tan freak. Fraccionando mi vida, digo. Eso se lo dejo al protagonista de “About a Boy”, la novela de Nick Hornby, que dividía sus actividades diarias en unidades de tiempo de media hora cada una. Y menos aún fraccionando planes de entrenamiento. No porque no quisiera hacerlo antes, sino porque yo nunca he llevado un plan de entrenamiento hasta hace relativamente poco tiempo. Supongo que llega una edad en la que notas que la forma física ya no se adquiere corriendo por correr como cuando tenía 30 años. Entonces me la refanfinflaban los planes. Simplemente me apuntaba al maratón y salía a correr más a menudo. Si al cabo del tiempo podía correr en 41-42 minutos los 10 kilómetros y sobre 1:30-1:35 la media, sabía que ya estaba listo. Ahora me dicen que haga 1:30 en media maratón y me da la risa floja. Como si me piden que haga un kilómetro a 4 minutos, cosa que antes podía hacer en cualquier entrenamiento en el que me picase conmigo mismo. Con la edad me he vuelto lento. Los ritmos más rápidos que he visto en estas cuatro semanas de plan no han llegado ni a los 4:15 por kilómetro. Y tampoco creo que vayan a mejorar y tampoco me importa porque me veo bien a los ritmos que entreno (progresando adecuadamente). Simplemente lo acepto y sé que hoy día necesito correr y prepararme de otra manera más “ordenada” para conseguir las mismas marcas que hace 12 años salían “solas”.

El metabolismo también me ha cambiado y me cuesta mucho más bajar de peso (si es que bajo) cuando antiguamente me «desinflaba» con cuatro o cinco semanas continuadas corriendo con regularidad. Desventajas de hacerse viejo. Pero al menos soy de los que no se dan por vencidos sin luchar y he conseguido robarle 3 kilos a la báscula en estas cuatro semanas (no está mal, pero todavía me sobran más de diez kilos).

Por otra parte, el adaptar el plan que llevaba para Chicago este verano me ha dado la posibilidad de compararme en ambos y he llegado a la conclusión de que el frío me hace correr más. No sé si para llegar antes a casa y darme una ducha caliente, pero es un hecho que corro entre 5 y 10 segundos más rápido por kilómetro. El calor aplatana, sí. Pero lo que verdaderamente odio, odio, odio y odio es salir a correr a las 6 de la mañana. Maldita sea, si ya sé hasta dónde voy a encontrarme el coche de los municipales con los guardias dentro durmiendo. Cada vez que me los cruzo, aparte de la envidia que me dan, pienso que si abren el ojillo y me ven pensarán: «¿dónde irá este gilipollas corriendo, a estas horas?»

En conclusión, primeras cuatro semanas completadas a plena satisfacción, sin incidencias y ciñéndome al plan. Cuatro semanas con una carga de kilómetros de 47+47+55+61 kilómetros, lo que hace un total de 210 kms.

Ahora vamos a por otras cuatro, ¡vamos a por la mitad!

Run, fatboy, run (2007)

Run, fatboy, run
Run, fatboy, run

No, no voy a hablar de mí aunque por el título (corre, corre, gordito) pudiera parecer lo contrario. Voy a hablar de cine, porque el título de la entrada es el de una coproducción británica y estadounidense que en España se tradujo como «Corredor de Fondo«. Y como corredor de fondo opino que la película, desde nuestro punto de vista, es una auténtica basura. No hay nada, absolutamente nada que un corredor de fondo pueda sacar de provecho con el visionado de la cinta. Los cuatro tópicos que se comentan casi casi como gracieta (vaselina, tiritas en los pezones, etc.) parecen estar sacados de un artículo del «Cosmo«, como dice en un momento dado uno de los personajes de la película. Las escenas de la carrera son increíbles, sí, increíbles: que no se pueden creer. Los corredores de élite (¡a los que los protagonistas, dos populares del montón, son capaces de dar alcance!) parece que van acompañando a una abuelita… y para qué seguir. Todo parece únicamente puesto allí para mayor gloria de Nike que supongo pagó un pastizal por ello. Pero si cambiásemos el running por una competición de pasteles o por el cultivo del mayor repollo del condado el resultado sería el mismo.

Cinematográficamente hablando, la peli tampoco da mucho más de sí. Está bien… para un domingo después de comer. Entre cabezada y cabezada puedes seguir una historia que se deja ver y con algún que otro chiste medio gracioso. Y si te quedas profundamente dormido (lo que tampoco sería de extrañar) pues tampoco pasa nada. Una comedia romántica tontorrona en el que el maratón es la excusa del antihéroe para conquistar a la chica. Que el prota sea Simon Pegg es lo de menos: podría haber sido Hugh Grant, o Dani Rovira, o Tony Leblanc tratando de reconquistar a Conchita Velasco.

El director es David Schwimmer, el actor que interpretaba al tontorrón de Ross en «Friends«, así que no sé cómo lo he visto venir. Bueno, sí. Demasiadas expectativas. Pensaba que Schwimmer y Pegg se habrían conocido en la inolvidable «Band of Brothers«, que Schwimmer se habría traído con él a Hank Azaria, con el que había coincidido en «Friends»; y a su vez Pegg habría pedido la presencia de Dylan Moran (lo mejor de la película), su compañero de reparto en «Shaun of the Dead«. A ellos les añadiríamos el exotismo de Thandie Newton, que venía de trabajar con Will Smith en «En Busca de la Felicidad«, y el contrapunto cómico del actor Harish Patel, bien conocido en India (aunque nacido en Belfast), que por aquellas fechas triunfaba en el West End londinense

Y que todos juntos habrían hecho una gran película.

Inocente…

 

Dionisio Carreras «El Campana»

No sé tú, pero yo me he preguntado muchas veces cómo sería eso del running mucho antes del boom de las carreras, incluso mucho antes de que se empezaran a organizar los grandes maratones que atraen cada año decenas de miles de participantes. ¿Quién correría? ¿Por qué? ¿Cómo serían los entrenamientos de aquellos pioneros? Fue así como me crucé con la historia de Félix «Andarín» Carvajal, el corredor cubano que participó en los Juegos Olímpicos de San Luis en 1904 y cuya historia no os pienso contar porque ya la contó de una manera magistral Pedro Torrijos en un artículo de Jot Down titulado «Ya no se hacen runners como los de antes«.

Está claro que el «Andarín» Carvajal era, como dicen los ingleses, un natural, una persona con un talento innato para la carrera a pie. Su historia no hizo más que espolear mi curiosidad aún más, y aprovechando las posibilidades que nos ofrece internet hoy día, decidí investigar para saber quién fue el primer maratoniano olímpico español. Y allí estaba: Dionisio Carreras, español de Codo (Zaragoza), que a los 33 años y después de perderse al menos una vez durante el recorrido, finalizó noveno en el maratón de los Juegos Olímpicos de París de 1924 con una marca de 2 horas 57 minutos y 18 segundos.

Dionisio Carreras (fuente: garcia-adell.blogspot.com.es)
Dionisio Carreras (fuente: garcia-adell.blogspot.com.es)

Dionisio Carreras, no creo que pueda haber otro atleta con apellido más apropiado, como el «Andarín» Carvajal, era otro talento natural para las carreras. Yo creo que todos hemos conocido a gente parecida. En mi barrio, de pequeño, era el «Josito». Cuando jugábamos a las carreras no había quién lo pillara. Pura dote genética. Seguramente el «Josito» no haya explotado ese potencial y hoy sea un cuarentón más con familia, trabajo y coche cuyo deporte favorito sea ver al Madrid en el bar y que no me resista a mí ni cinco kilómetros corriendo. A mí, que llegaba el penúltimo en las carreras porque último siempre quedaba el «Luisito» que tenía un problema de sobrepeso más que evidente.

Dionisio Carreras era el «Josito» de su pueblo. Un chico dedicado a las labores del campo que cuando llegaban las fiestas del municipio, o de las aldeas de alrededor, participaba en las «pollaradas» y llegó a convertirse en un ídolo local. Las «pollaradas» eran las carreras que se organizaban en las fiestas de los pueblos y en las que el premio para el vencedor consistía en un pollo. Fueron el antecedente de las carreras de peatones (posteriormente carreras pedestres) y germen de lo que hoy entendemos como carreras populares.

Del talento de Dionisio, o el «Campana», como le apodaron, cuentan las crónicas diversas anécdotas. La más famosa es la que habla de un día en el que después de haber estado recogiendo esparto con su padre en el campo desde las seis de la mañana, Dionisio Carreras se fue a una carrera de pollos en la Puebla de Albortón, a 18 kilómetros de Codo. Ganó y se quedó a comer allí. Estando tomando café se enteró de que había otra carrera en Azuara, a 20 kilómetros de la Puebla. Salió corriendo para llegar justo antes de que dieran la salida en la carrera de Azuara, que también ganó. Lo que le obligó a recorrer 30 kms más para regresar a su casa de Codo, donde dicen que se cenó uno de los pollos que había ganado aquel día.

También dicen que solía alardear de recorrer los 50 kms. que separan Codo de Zaragoza para ir a dar un beso a su novia, lo que le obligaría a recorrer 100 kms en muy poco tiempo, pero no sé si darle credibilidad a eso.

El caso es que Dionisio emigró a la ciudad y ya en Zaragoza estuvo trabajando en el cubrimiento del río Huerva mientras seguía compitiendo por los pueblos y ganando. Fue entonces cuando el Zaragoza Foot-ball Club se ofreció a patrocinarle a cambio de que trabajara como conserje del campo de fútbol y ofrecerle casa, luz y leña.

Dionisio Carreras en 1928
Dionisio Carreras en 1928 (fuente: celedoniogarcia.blogspot.com.es)

Fue su época dorada, la que le llevóa ganar la Behobia-San Sebastián y a competir en los Juegos de París y obtener el mejor resultado en el maratón olímpico español hasta que Diego García volviera a calificar 9º en Barcelona ’92 y Martín Fiz superara a ambos tanto con su 4º puesto en Atlanta ’96 como con su 6º en Sydney 2000. Y también la etapa que le llevara a convertirse en campeón de España de maratón, aunque el pobre «Campana» tuviera tan mala suerte que resultara estar la prueba mal medida y fuera desposeído del título tras la repetición de la competición unos meses más tarde a la que llegó fuera de forma y se retiró lesionado.

De todas formas estamos hablando de un corredor atípico muy lejos del ideal de atleta actual. Dionisio Carreras no tenía entrenador (por lo menos hasta llegar a la cumbre), ni seguía planes de entrenamiento. Llevaba la vida típica de un trabajador, lo que le acerca más a figuras como Kawauchi que tanta admiración despierta entre los populares. Pero su punto débil, por lo que cuentan, es que le gustaban demasiado las faldas, el vino y el tabaco. Sus hijos recordaban en el artículo que escribió Celedonio García sobre Carreras en su blog que más de una vez tuvieron que ir a recoger lo que quedaba de él al bar y que fumaba una cajetilla de pitillos al día más otros dos caliqueños «que eran más fuertes que yo qué sé».

El ocaso de el «Campana» no fue un final de película. No tuvo un retiro amable. Estando clasificado para los Juegos Olímpicos de Amberes no pudo acudir por lesión y le sustituyó Emilio Ferrer Calvo, el atleta del F.C. Barcelona que le había arrebatado el título nacional de maratón tan sólo mes y medio antes. A partir de ahí todo fue a peor. No iba bien de piernas, lo que le alejó de la élite del atletismo y por si fuera poco, el Zaragoza en plena crisis dejó de pagarle y tuvo que volverse a Codo tragándose su orgullo. Supongo que en el pueblo le alcanzaría el episodio más vergonzoso de nuestra historia, la Guerra Civil Española, y Codo fue frente de la contienda luego imagino que tuvieron que ser años más que duros. Después la postguerra, y en 1948 una intervención quirúrgica que no impidió que muriera al año siguiente de cáncer de duodeno en total anonimato. O quizá no tanto, pues a las buenas gentes del lugar, tan buenas pero a veces tan hijas de puta, tras el fallecimiento de Dionisio les dió por acuñar un dicho y soltarlo en cuanto veían a alguno correr: “¡no corras tanto, que se te reventará la hiel como al ‘Campana’!

Y como los reconocimientos en este país siempre vienen tarde cuando no vienen mal (y a menudo vienen mal y tarde), no fue hasta 2006 que su localidad natal le dedicó una calle y dos años más tarde puso su nombre al polideportivo municipal. Incluso se llegaron a organizar en Codo hasta tres ediciones de una carrera popular denominada «Memorial Dionisio Carreras». Sin embargo, ni el Real Zaragoza, el club de su vida; ni la Federación Española de Atletismo, ni siquiera el Maratón de Zaragoza han homenajeado a nuestro primer maratoniano olímpico y uno de los mejores corredores de fondo que hayan visto estas desagradecidas tierras: Dionisio Carreras Salvador.

Respeto.

Juramos que tomaremos parte en los Juegos Olímpicos con un espíritu de caballerosidad, por el honor de nuestro país y por la gloria del deporte.

Primer Juramento Olímpico