2022

Por fin ha llegado un año en el que puedo hacer un balance positivo sobre mi vida corretona, sobre todo teniendo en cuenta mis expectativas a principios de año, que no eran muchas tras el maldito 2020, el año de la pandemia, y el 2021, que normal, normal, tampoco es que fuera.

En cuanto a números, por fin volví a superar los 1.000 kilómetros, para registrar un total anual de 1.073. Más que en 2021 y 2020. Contando con que no hubo preparación para maratón ni carrera de larga distancia alguna, son unas buenas cifras. En cuanto a pruebas: una media maratón, dos 10K, dos trail cortos y uno largo. Seis dorsales por dos de 2021 y cero de 2020.

El medio maratón vino pronto, en marzo, no estaba previsto y salió bien, lo que me dio la confianza extra para debutar en trail en abril. Fue una experiencia que me gustó tanto que repetí en mayo, con la primavera en plena ebullición. El verano fue tranquilo en materia de carreras y entrenos. Me fastidió que la Media de Zamora la pusieran deprisa y corriendo a comienzos de septiembre, casi sin avisar, por lo que me negué a correrla, y esperé hasta el otoño para participar en una nueva carrera de trail, este vez mucho más larga y exigente. Otra magnífica experiencia que me hace buscar nuevos objetivos traileros para 2023 y, por qué no, soñar con ultras más adelante.

Pero el asfalto siempre está ahí, me gusta por lo que tiene de desafío y en noviembre volví a correr Canillejas, la carrera de mi barrio de toda la vida y a la que siempre acabo volviendo. Bajé de 50 minutos sin mucha complicación y para final de año me dejé la San Silvestre de la ciudad en la que vivo, que nunca había corrido y que ha supuesto cerrar el año con muy buen sabor de boca… y diez días de streaking.

Muy contento por tanto de todo lo que me ha dado este año: cuatro carreras nuevas y dos reencuentros con otras pruebas que ya había corrido, pero con las que sigo disfrutando. Podrían haber sido más, sí, pero no me quejo.

A 2023, como dice José Mota, no le voy a pedire que me lo supere, con que me lo iguale me conformo.

Volveré a apuntarme a carreras según vayan surgiendo, aunque ya tengo un objetivofirme: el maratón de Oporto el 5 de noviembre. A ver si me quito la espinita de 2021. Y, antes, para principios de verano una carrera de trail a la que ya he echado el ojo, en la que quiero participar pero en distancias más largas, cercanas a los 40 kilometros.

Como es habitual, me lo iré contando por aquí.

Feliz 2023.

San Silvestre Alcalaína 2022

Llevo viviendo en Alcalá de Henares hará como diez años y, por una cosa o por otra, nunca había corrido su San Silvestre. Tampoco es que yo sea fan de las San Silvestres porque tan solo he corrido cuatro en Madrid y una en Zamora, cuando se corría dando vueltas al Eroski (en la que tengo el dudoso honor de haber quedado el último). Pero este año también me apetecía una carrera navideña. Podía haberme ido a la Jarama María de Villota en Nochebuena como el año pasado, pero me decidí por Alcalá más que nada porque tanto la carrera en sí, como la recogida del dorsal, me quedan al lado de casa y eso facilita mucho las cosas, sinceramente. Que sí, que en el caso de la Jarama-María de Villota el correr por el circuito del Jarama mola, pero recoger el dorsal en Mirasierra-Paco de Lucía no mola tanto, ni siquiera si vives en Madrid. Y es que en Alcalá, a pesar de ser una ciudad grande, las distancias son otras.

Volviendo a la San Silvestre Alcalaína hay que decir que no es una carrera barata precisamente: 16 euros en el primer tramo, al que no llegué a tiempo, por lo que tuve que pagar 19 euros a cambio de una camiseta, un cepillo de dientes y una carrera que dicen que es de 10 kilómetros pero que a todos nos midió unos 200 metros más. La vallecana, con todo su marketing cuesta 25 euros, por comparar.

El último día de 2022 amaneció soleado y perfecto para correr. Perfecto también que no hubiera que madrugar porque la salida era a las 11:30 (punto para la SanSil Alcalaína). Y lo mejor de correr en casa, la guinda del pastel, es coincidir con caras conocidas: Dieguito, del trabajo; Pedro, Rubén y Majano, del Olimpia; y algún otro más que estaba, pero que no vi.

Mucha aglomeración de gente en la salida. Según el listado que ha facilitado la organización éramos más de 1550 corredores (1700 inscritos, no se alcanzó el límite de 2000). Vale, que 1500 no son muchos… si sales de la Castellana en Madrid. Pero en una salida en Alcalá, embocada hacia la calle Mayor que no es precisamente la Gran Víal, créanme, 1500 personas provocan un embotellamiento importante. Yo tardé en atravesar el arco de salida más de minuto y medio desde el disparo. Y durante el primer kilómetro mantener el ritmo que quería me fue imposible. Pero es Alcalá, y es la San Silvestre y qué necesidad hay de ver lo negativo en todo.

El circuito es llano como la palma de la mano y se presta a correr rápido, tan sólo teniendo cuidado con los tramos de empedrado del centro histórico. Hubo un avituallamiento de agua en el kilómetro 5 y recuerdo también ver muchos coches parados porque por calles anchas solíamos correr por uno de los sentidos de circulación y teníamos a los coches atascados en el otro sentido. Pero los conductores respetuosos en general, alguno con cara de circunstancia y alguno/a un poco más alterado, pero bien. Con respecto a los puntos kilométricos estaban bien señalizados (aunque alguno no lo llegué a ver) y lo único el kilómetro final que estaba muy, muy alargado.

En meta agua, isotónico, un bollito y pa’casa. Agua en meta es bien (apúntate eso, Canillejas).

Mi carrera fue prácticamente idéntica a la del Trofeo José Cano, 47:46 de tiempo neto, unos 30 segundos peor (porque era más larga), pero algo mejor de ritmo real según mi reloj (4:39 frente a 4:42). Y la sensación final de no acabar tan machacado debido a la ausencia de cuestas. Tan bien acabé que al día siguiente me fui a hacer 17 kilómetros al Monte de los Cerros.

Para empezar bien el año.

XLII Trofeo José Cano – Canillejas (2022)

Después de cinco años (pandemia de por medio) he vuelto a correr en casa, en la carrera de mi barrio, la que más veces me ha visto en su línea de salida (11 participaciones desde 2001, si no llevo mal la cuenta). Tiempo suficiente para comprobar si algo ha cambiado o todo continúa tal y como lo dejé en 2017.

A grandes rasgos, todo sigue igual. El circuito es el mismo, el precio es el mismo (13 euros, aunque los gastos de gestión han bajado a 0,60 euros), los kilómetros siguen igual de bien marcados, la bolsa del corredor es prácticamente idéntica y la falta de agua en meta también. La camiseta me ha gustado más, eso sí. De hecho, mucha gente compite con ella puesta.

La participación compruebo que sigue bajando. En mi última participación entramos en meta 2384 corredores y en esta edición el número de finishers según sportmaniacs.com es de tan solo 1452 atletas. Eso son 900 personas menos en cinco años. Imagino que algo tendrá que ver el pinchazo de la burbuja del running que tanto se comenta. El caso es que en la salida se notaba la menor participación: había hueco suficiente para todos y se podía llevar un buen ritmo desde el inicio, sin las apreturas de hace años. Me alegro por mí, que no me gusta sentirme atrapado en una marea humana, pero no tanto por los organizadores.

Quizá este descenso continuo de participación sea la causa de que este año también se haya celebrado un 5K, aunque apenas ha atraído a 250 corredores. De todas maneras, queda claro que no es por un afán de conseguir una foto de la salida con más gente a toda costa que el organizador vaya buscando, porque si no no se entendaría que esos 250 participantes salieran 40 minutos antes del 10K y desde el kilómetro 5, no desde la salida.

Por mi parte espero y deseo que la carrera popular de Canillejas nos dure muchos años a los sanblaseños (aunque diga La Razón que somos sanblasinos) y canillejeros porque es una carrera de larga tradición, muy bonita, con la dificultad que entraña su paso por el parque de Arcentales, que hay que saber gestionar y que es parte de su encanto, y con tres kilómetros finales que son una auténtica locura (fantasía, dicen ahora… en plan), picando siempre para abajo, en los que se puede meter una, dos y hasta tres marchas más.

El día nos acompañó con un sol radiante y mi carrera fue prácticamente idéntica a la de 2017 (47:25 de tiempo oficial frente a 47:30 de hace cinco años). Podía haberme esforzado más, pero los gemelos me avisaron en los últimos kilómetros para que no hiciera tonterías y hay que oír al cuerpo. Aun así, estar corriendo durante 10.000 metros por debajo de 4:45, con más de 73 kilos y midiendo lo mismo que Leo Messi (pero con 18 años más que él), me ha sabido a gloria.

Muy dabuti, recomendable. Repetiré.

Zangarun Cross Trail de Ricobayo (2022)

Cartel Zangarun 2022

Segunda prueba de trail del año. Parece que le he tomado cariño al trail cuando no me había preocupado lo más mínimo por esta modalidad desde el año en que empecé a correr, allá por 1999. En esta ocasión elegí el Zangarun de Ricobayo, también aprovechando un nuevo desplazamiento a Zamora. La prueba constaba de dos etapas: una de 14K el sábado por la tarde en Villaflor y la segunda de 13K el domingo por la mañana en Ricobayo. Como no iba a poder hacer las dos, elegí la del domingo, que era a las 11 y no hacía falta ni madrugar.

El sábado salí a trotar un poco y me dio un pinchazo en el gemelo de la pierna izquierda. Así que hice escasamente 5K y para casa. Estaba fastidiado, pero me hice un auto masaje con bálsamo del tigre y me bajé al Decathlon a comprarme una pantorrillera de compresión. La molestia seguía, pero al menos no había dolor, así que el sábado estaba en la línea de salida.

El ambiente del Zangarun, en comparación con el de Pereruela, era más… pro, como dicen ahora. Gente con más “pintas” de corredores, aunque muchos seguro que coincidimos en las dos. Como no se pudo recoger el dorsal en Zamora los días anteriores llegúe con tiempo porque ya sabía yo que me tocaría ir de un lado para otro a buscarlo. Efectivamente, la salida se daba en la zona de la playa del embalse, donde también estaba el aparcamiento, y la nave donde daban el dorsal, estaba subiendo hacia el pueblo, así que me sirvió de calentamiento. Sí, vale que serían 400 metros o así, pero en cuesta.

Control de material obligatorio en salida (pedían un recipiente para el agua, y aun así alguno que otro no traía nada) y a esperar el pistoletazo. Como la vez anterior, me había bajado el track al reloj porque me da pavor, en el peor de los casos, perderme por el campo. Aunque la carrera estaba, todo hay que decirlo, perfectamente señalizada por MounTime, marca del Club Deportivo Ultra Sanabria).

Sabía que el recorrido era muy rompepiernas, con un desnivel positivo de 393 m para los 13K (según mi reloj), por los 320 de Pereruela en 11 kilómetros. Pero en el caso de Ricobayo el perfil era más tipo «dientes de sierra» con subidas cortas, pero con bastante inclinación, en las que los no somos Killian Jornet teníamos que subirlas andando. Por el contrario, en Pereruela, los tramos de subida (salvo uno) eran bastante más largos y más corribles. Por todo ello, la sensación de cansancio fue mayor.

Como me dolía el gemelo salí al trantrán con mi pantorrillera puesta, a cola de pelotón, para no molestar. Ir súper lento no impidió que nos reagrupáramos todos en el tapón de la primera subida gorda, cuando no llevábamos ni un kilómetro. Pero a partir del kilómetro 1,5 se podía correr bastante bien, y aunque no dejaba de sentir dolorido el gemelo iba poco a poco adelantando unidades. Normalmente me pegaba a un grupo un rato y si veía que el ritmo era un poco lento para mis fuerzas, les rebasaba y salía en busca de algún otro grupo más adelante. Poco antes de llegar al primer avituallamiento, que pasé de largo como casi todos (esta vez no había ni jamón, ni hornazo, ni chorizo, ni nada de eso: líquidos y fruta), pasé a un corredor que iba con un niño de poco más de 11 o 12 años pero que corría mejor que muchos adultos. Me pareció bonito, a pesar del riesgo de caídas que hay en este tipo de pruebas.

En otro orden de cosas, la lluvia de la tarde anterior había bajado mucho la temperatura y eso nos benefició porque de haber hecho calor aquello podía haber sido una tortura. Sin embargo, el campo estaba hermoso, las jaras en flor nos acompañaron todo el recorrido y hubo momentos en el que el paisaje era apabullante: encinas, alcornoques, todo el repertorio del sotobosque mediterráneo. ¡Qué diferencia con lo que acostumbramos a ver los asfalteros!

Pasamos un roquedal en el kilómetro 7, el punto más alto de la carrera, con unas vistas espectaculares y ahí me uní a una grupeta muy maja que iba tirando fuerte, llegando a ver en el reloj ritmos de 4:20-4:30. Estaba cansado, tanto que notaba más el cansancio que el dolor en el gemelo, pero les seguí el ritmo hasta el km 9 en el que paré en el avituallamiento a beber agua y comer medio plátano. De ahí al final todavía quedaban un par de buenas cuestarracas y me lo tomé con filosofía. Al fin y al cabo, había tropezado ya cuatro veces (la última con crujidito del tobillo incluido), estábamos de vuelta al punto de partida y tenía la certeza de que iba a poder finalizar la carrera sin terminar cojo.

Eso sí, la organización nos reservó la sorpresa final de los últimos 300 metros en los que nos hizo correr por la ladera seca del pantano, sobre arena y piedras sueltas con una inclinación lateral de 30 o 40 grados y unos últimos 50 metros subiendo las escaleras que dan acceso a un pantalán. Unos cachondos, los organizadores.

Pero bueno, allí estaba la meta, se acababa todo sufrimiento, la familia me estaba esperando (y eso no ocurre siempre), el cortador de jamón también, y encima nos surtieron bien de agua, bebida isotónica, cerveza, frutos secos, fruta y hasta gominolas (que compartí con mi hijo haciendo algún que otro viaje clandestino a por algún puñadito más). La verdad es que había de sobra porque tampoco éramos miles de corredores.

En total corrimos unas 150 personas, y en mi categoría (individual etapa Ricobayo) acabé el 51 de 76 con un tiempo oficial 1:29:26, que para 13 kilómetros me da una media de 6:55 minutos el kilómetro. No está mal para un veterano B cojo.

Y como colofón a una preciosa carrera nos fuimos a reponer fuerzas en Miranda do Douro a degustar un delicioso bacalao al estilo portugués.

Como dice mi padre, un día bien “echao”.

I Trail Desafío del Barro (2022)

Cartel de la prueba

En mis dos últimas entradas he estado haciendo hincapié en la ilusión que me hacía correr un trail, así que visto el título de esta crónica a nadie sorprenderá que, por fin, lo haya corrido… e incluso alguno se alegrará porque así dejaré un poco de dar la vara.

Antes de ir al lío, lo que sí quiero comentar es que es una pena que hayamos dejado de escribir de carreras en nuestros blogs (cuando no directamente de escribir). Son (o eran) una fuente de información muy valiosa para la gente interesada en tal o cual prueba. A través de las vivencias de otros, podías hacerte una idea de cómo era esa competición y si te interesaba ir a correrla o no. Buscando crónicas recientes sobre trails pequeños para empezar, me ha costado mucho encontrar algo, aparte de blogs traileros enfocados a pruebas mucho más importantes que el pequeño trail que he corrido en Pereruela de Sayago y en el que he tenido la suerte de debutar.

A falta de información de otras pruebas, me decidí por el «Desafío del Barro» por varias razones: la primera, que iba a estar en Zamora durante la Semana Santa y Pereruela está muy cerquita; la segunda, que tenía una distancia corta ideal para un novato como yo; y la tercera, que me pareció tremendamente barato pagar 10 euros por un trail con comida, sorteos y camiseta incluidos, eso no se ve por las pruebas que anduve mirando en Madrid.

Una vez tomada la decisión, el proceso de inscripción fue fácil a través de la página web y la recogida de dorsales anticipada en el Decathlon de Zamora también me pareció tremendamente útil para no madrugar demasiado el día de la prueba. Un diez para la organización. La única pega que puedo ponerles es que no pusieran el recorrido en la web y tuviera que adivinar el último día, a través de comentarios, que estaba disponible en Wikiloc. Esto, señores, hay que ponerlo más fácil, para que los que quieran puedan descargarse esos datos a los relojes y seguir la ruta desde el gps.

Al hilo de esto, me encantó el comportamiento de la app WorkOutDoors para el Apple Watch: no tuve problema para subir el recorrido al Watch y el comportamiento en carrera, espectacular. No da preaviso de giro (o yo no lo sé poner), pero funcionó como la seda la navegación por mapa. Ciertamente no echo de menos el Polar, para nada. El Watch es súper preciso para mi gusto y el sensor de pulso óptico es de lo mejorcito que he probado. Vale, sí, hay que cargarlo todos los días, igual que el móvil. Te acostumbras.

Pasando a la prueba en sí, me presenté en Pereruela, el pueblo de los hornos, unos 15 minutos antes de la hora de salida, las 10. Un chico del pueblo, participante también, me vio un poco perdido entre las callejuelas y me acompañó hasta la plaza de donde salía la prueba (un 10 para la gente de Pereruela). Como me daba tiempo, me puse a curiosear un poco por los alrededores. Seríamos ciento y poco entre la gente del trail largo y del corto. Muchas Nike trail, muchas Asics trail, alguna Joma trail y también gente con zapatillas de asfalto (y hasta de no asfalto porque juraría que uno llevaba unas Nike Air Max). Pero vamos, si llegas a la salida de un trail y ves zapas de asfalto intuyes que la dificultad va a ser asumible (el reglamento indicaba unos 300 m de desnivel acumulado en 11 km).

La salida la dio el alcalde, como debe ser en cualquier pueblo que se precie, y enseguida enfilamos una senda a la salida del pueblo por la parte norte, hacia el río. Debo decir que correr en pelotón, en un terreno que no es asfalto, es complicado porque tienes poco tiempo para que tu cerebro reconozca la parte del terreno en la que vas a querer aterrizar tu pisada porque tu perspectiva no va más allá del talón de los que van delante. No vi a nadie caerse, pero toda precaución me pareció poca. Era una pena tener que mantener esa concentración porque el entorno era muy bonito y a pesar del fresco de la mañana, o precisamente por eso, el olor era intensísimo a hierbas aromáticas, como en un plato de pasta italiano: el orégano, el tomillo, aromas todos que transportaban a sitios buenos.

Dejé de olerlo pronto, no sé si por saturación de la pituitaria o porque empezamos a sufrir subiendo la primera tachuela del terreno en torno al km 2,5: la ascensión a un depósito de agua en la cumbre de una pequeña colina.

Me sorprendió la cantidad de gente que se puso a andar. Lo tomé como un aviso de lo que quedaba por venir, así que imité a mis compañeros y yo también hice lo mismo por lo que pudiera pasar. Sabía por el track que íbamos hacia el Duero, que por allí bajaríamos, y que esa bajada habría que volverla a subir. El arribe por Pereruela no es demasiado profundo, pero aun así, siendo yo nuevo en esto no quería correr riesgos.

Una vez dejamos atrás el depósito, el recorrido se puso muy corrible y aproveché para adelantar unas posiciones y hacerme un hueco, para correr holgado.

Y juro que lo habría conseguido de no haber existido el avituallamiento del kilómetro 5. Aquello fue una cosa de locos. Lo que menos me esperaba era encontrarme a las 10:30 de la mañana, en medio del campo, una mesa atendida por dos voluntarias con sandía, naranja, plátanos, agua, fanta, cocacola, hornazo, tortilla de patatas, jamón, queso, chorizo, salchichón…

Os juro que casi me da un síncope. Lo malo es que no tenía hambre, así que tomé un poco de agua, medio plátano y un trocito de hornazo para llevar mordisqueándolo en la bajada hacia el Duero y marché. Allí se quedó apalancado algún que otro compañero que animaba encima a los demás a abandonar la prueba y quedarse allí degustando el sabroso producto local. Me hubiera gustado quedarme, la verdad, pero habíamos venido a correr y con el trozo de hornazo medio atragantado continué con la carrera. Eso sí, como me habían pasado ya unos cuantos en la pausa, holgado, corría.

El terreno se puso feo de veras en la cuesta abajo, la senda apenas se veía, entre la maleza y el suelo removido por los que me habían precedido. Menos mal que no había llovido en varios días porque aquello podría haber sido un lodazal. Tuve un par de sustos por no saber dónde ibas a acabar pisando, pero las zapas (unas Nike Wildhorse 3) se portaron como jabatas a pesar de ser que tienen ya un tiempo (creo que las WH van ya por la versión 7, pero las mías tienen 500 km y cuerda para rato).

Y después de la bajada, la puñetera subida. Por suerte llevaba la gorra y los goterones de sudor caían por los lados. Allí se pusieron los fotógrafos de la prueba para, en vez de sacarnos guapos, sacarnos sufriendo como perretes… hasta con un dron nos grabaron.

Como podéis imaginar estaba disfrutando como un gorrino.

Llegados al kilometro 6 el trazado se normalizó. Un cartel indicaba el trail corto a la izquierda y el largo a la derecha, así que pensé que lo gordo había pasado y lo que me quedaba era la vuelta, que poco más o menos sería de dura como lo había sido la ida. A pesar de que el recorrido estaba muy bien señalizado, un grupo con el que coincidí se había despistado. Eran tres y aparecieron por una senda a mi derecha, me preguntaron cuanta distancia llevaba yo en el reloj y resultó que ellos llevaban un kilómetro de más. Una pena. Se veía que eran de un club porque todos vestían igual, iban muy finos, sobre todo la chica, que enseguida tiró para adelante sin esperar a sus compañeros y al final me enteré de que quedó tercera, a dos minutos de la ganadora. Vamos, que de no haberse perdido habría ganado de largo.

Los últimos kilómetros no tuvieron mucho misterio, se corrían por pistas forestales grandes, rectas, con poco desnivel y muy disfrutonas.

Al final me salieron por el reloj 10,70 kms, 300 m de desnivel y un tiempo de 1:09:58, cuatro segundos más que el tiempo oficial, y puesto 32 de 74 (28 de 45 en categoría masculina).

En meta nos dieron una botella de agua y una magdalena o un sobao, a elegir (aquí te ceban), y por obligaciones familiares me marché sin quedarme a la entrega de trofeos ni al almuerzo de dos y pingada (plato típico de la Semana Santa Zamorana) al que invitaban a todos los participantes. Una carrera de 10, una organización volcada con el corredor y que particularmente a mí me ha hecho sentir cuidado. Ha sido un placer correr en Sayago y debutar en trail. Solo me queda desearles que sean muchas ediciones más y decir que espero poder volver a correr en Pereruela… pero la próxima vez en el trail largo, que el corto me ha sabido a poco.

Media Maratón Cervantina (2022)

Cartel Media Maratón Cervantina 2022

Han pasado siete años desde que corrí esta prueba por última vez. He releído un poco la crónica que escribí en aquella ocasión y, a pesar de haberla acabado tres minutos más lento, lo que dejé escrito en aquel entonces lo puedo suscribir hoy: muy satisfecho a nivel personal y muy contento con la organización de la carrera.

Esta edición ha supuesto el retorno de la Media Maratón Cervantina tras la pandemia. Si no estoy equivocado ha sido la edición número diez, tras la anulación de la carrera en 2020 (por motivos obvios) y 2021 (por la situación sanitaria y ausencia de vacunas). El caso es que se ha notado mucho, tengo la sensación, en cuanto a participación puesto que de entrada yo, que me suelo colocar al final del grupo en la salida, no tardé en llegar al arco de salida tanto como en ediciones anteriores y tampoco noté el típico tapón de otros años cuando el circuito se estrecha en el kilómetro 1. Repasando las clasificaciones en casa compruebo que el número total de finishers ha sido de 651 por lo que no creo que ni siquiera se hayan cubierto las mil plazas que suelen ofertarse todos los años.

En lo personal, carrera disputada de menos a más, de esas que hacen que vuelvas a casa con una sonrisa; y un día magnífico para correr después de una noche en la que había estado diluviando y que parecía anticipar una media maratón pasada por agua.

Pinceladas:

  • Que la carrera popular de 5K se celebre después de la media me sigue pareciendo un acierto.
  • La medalla finisher de madera quizá no es necesaria, pero es un recuerdo.
  • La bolsa del corredor más que correcta.
  • El precio sigue contenido (18 euros) para lo que se ve por ahí.

Colofón:

  • 29ª participación en una media maratón… 25º mejor tiempo (1:48:50 – 1:48:03 neto).

Y estoy contento…

Último pensamiento:

  • Sigo buscando un trail para debutar.

Te contaré la historia de mi vida…

Te contaré la historia de mi vida…

And if you have five seconds to spare
Then I’ll tell you the story of my life.

The Smiths – «Half a person»

He querido reunir aquí la serie de cinco fotos contando un poco mi historia en el mundo del maratón que he publicado en mi perfil de Instagram, cada una con su texto correspondiente, pero modificando algunas cosas aprovechando que aquí no existe la limitación de 2200 caracteres de IG. Os dejo con ello. Si la habéis seguido por Insta, os podéis ahorrar la lectura porque vais a necesitar algo más de cinco segundos. 😉


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Mapoma 1999

Leyendo las aventuras de @corvilloantonio, me han entrado ganas de dar la chapa con una foto de mi primera carrera: la maratón de Madrid de 1999. Sí, sí, primera carrera, no primera maratón. Yo debuté por la puerta grande: 42 km con camiseta y pantalón de algodón y zapatillas de tenis. Es decir que, como se deduce fácilmente, no tenía la más mínima idea de dónde me metía. En 1998, leyendo el periódico en la oficina donde trabajaba en turno de noche (gajes del noble y mal considerado oficio de teleoperador), di con la crónica del 21º Maratón Popular de Madrid que acababa de celebrarse y le dije a, mi compañero: “el año que viene lo corro yo”. Él me miró y dijo: “vale, y yo”. Y ahí quedó la bravata. Yo, a pesar de que siempre fui deportista (karateca federado desde los 9 a los 14 años), hacía ya tiempo que llevaba una vida sedentaria, con unos turnos de mierda en el trabajo y era consciente de que necesitaba hacer algo de deporte. Mi compi se olvidó pronto del tema, pero yo, con la llegada del buen tiempo, empecé a salir a dar vueltas al Parque “El Paraíso” de mi barrio, San Blas. Primero una, luego dos, tres, nueve… Y eso fue mi “entrenamiento”: vuetas y vueltas a un parque de tres kilómetros de cuerda. No recuerdo bien los meses que estuve corriendo así porque hace ya mucho de aquello y la memoria es selectiva. Lo que sí recuerdo es que aunque no considerara importante lo de las zapas o camisetas (total, ya si tenía unos pantalones cortos y nikis), sí que me compré un cronómetro Casio por lo menos para saber el tiempo que pasaba corriendo. Y, sinceramente, yo pensaba que había hecho una muy buena preparación… hasta que cuando fui a recoger el dorsal en el Hotel Convención (antes éramos tan pocos que la feria del corredor se podía hacer allí) me dieron una revista de la organización en la hablaban del “muro”, de la preparación psicológica, etc. Vamos que entendí de golpe en donde me estaba metiendo y que aquello era un “fregao” importante. Y así fue. En la carrera me pegué tal leche contra el muro que todavía ando recogiendo los dientes. Recuerdo pasarlo mal ya desde la Ciudad Universitaria cuando no había ni llegado al kilómetro 25. Y comerme limones (¡limones!) a bocados atravesando la Colonia del Manzanares escuchando de fondo la animosa cacerolada de los vecinos, y llegar al kilómetro 40 en Méndez Álvaro andando como un zombie, lanzándome a por la botella de agua del último avituallamiento bajo un sol abrasador que me aplastaba contra el asfalto para por fin acabar la p*t* carrera en el Paseo del Prado con la cara desencajada. Nunca en la vida lo había pasado tan mal y supongo que lo más alejado de mi pensamiento en aquellos momentos era la posibilidad de volver a correr otro. Y mira por donde, van ya 15 maratones: 10 de Madrid, el Millennium Marathon, Barcelona, Nueva York, Liverpool y Valencia. Y otro, portugués, en camino si el coronavirus lo permite.


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Mapoma 2002

Si ayer hablé de mi primera maratón «formal», hoy con esta foto contaré la historia de la que considero mi primera maratón «real»: abril de 2002, mi cuarta maratón, pero la primera que por fin hice de principio a fin corriendo. Si la maratón de 1999 fue un desatino y una penitencia que acabé en 4:15, la segunda, en 2000, lo fue aún más y en vez de mejorar mi marca, la empeoré hasta las 4 horas y 18 minutos. No me pregunten por qué, ni yo mismo me acuerdo. Salió así y nada se pudo hacer. Así que tuve que irme a casa renegando y con la firme determinación de que el año siguiente, en el Maratón de Madrid de 2001, me cobraría la venganza definitiva contra los malditos 42 kilómetros y 195 metros. Pero el hombre propone y Dios dispone, y con las ansias de prepararme bien me lesioné en un gemelo y no pude participar a pesar de estar inscrito en una edición épica que se desarrolló bajo la lluvia (lo recuerdo porque fui a meta como espectador a ver el final). Ese mismo año 2001, por suerte, se organizó un maratón de otoño en Madrid: el Millennium Marathon; con un recorrido completamente distinto al de Mapoma y en el que en su meta de la Casa de Campo, a pesar de no haberla podido preparar bien por la lesión, marqué un registro ya de 3:59. Pero, aun así, volvía a casa siempre cabreado: siempre había un pero, un fallo; esta vez por tener que dejar de correr y tener que caminar en los últimos kilómetros porque acababa perdiendo mucho tiempo y sabía que yo tenía otra marca mejor en mis piernas. Quería, ¡necesitaba!, correr un maratón de principio a fin y conocer cuáles eran mis límites. Así que el siguiente Maratón de Madrid, el de 2002, lo preparé como marcan los cánones: diversidad de entrenos, cuidado de la alimentación, equipación adecuada (mis Adidas Supernova Cushion, pantalón y camiseta técnica -tuve que comprarla porque las conmemorativas de Mapoma siempre eran de algodón-)… y funcionó y ahí están esos 3:28 (que eran 3:26 en tiempo real). Esta maratón ha sido la única en la que no sentí el muro, al contrario, pequé de prudente y quizá podía haber hecho un tiempazo. Pero bueno, en aquella época no tenía pulsómetro, no existían los GPS, ni Stryd y todas las decisiones se tomaban por sensaciones. Por eso pienso que si mi cuerpo me pidió prudencia por algo sería: a lo mejor compensar la imprudencia de los comienzos. 😉


metamapoma2008
Mapoma 2008

La foto de hoy no es para nada espectacular y ni siquiera salgo yo. Pero es importante para mí. La hice en la recta de meta de la maratón de Madrid de 2008 y en ella, si uno se fija, puede ver a lo lejos al corredor que iba a ganarla: @chemitamartinez. Y es importante, digo, porque tras la maratón de 2002 me estabilicé en las marcas. Volví a correr Madrid en 3:26 en 2003 y en 3:30 en 2004. No iba ni para adelante ni para atrás, y además ya tenía el suficiente oficio como para poder correr un maratón de principio a fin, sin que eso supusiera un desafío. Y esa falta de progreso, junto a nuevas y necesarias circunstancias laborales y personales hicieron que no encontrara la motivación suficiente como para preparar un maratón. Seguía corriendo por libre, sí; seguía participando en carreras de 10 kiómetros y en algunas medias, pero el maratón quedó aparcado, descartado, un año tras otro. Pero aquel abril de 2008 me apeteció ir a ver el maratón como espectador y estuve siguiendo la carrera en varios puntos, aplaudiendo y sintiendo envidia (mucha) de todos aquellos corredores a los que trataba de animar. Así que para cuando Chema Martínez pasó por delante mía en el Retiro, camino de su victoria, el gusanillo del maratón ya se había instalado en mí de nuevo. Las circunstancias se volvieron además muy favorables pues a finales de ese mismo año aprobé la oposición y ya vivíamos en Barajas, donde era fácil poder salir a entrenar, no como cuando vivíamos en Malasaña. Y el 26 de abril de 2009, después de un paréntesis de cinco años, con los nervios de un debutante, me volví a poner en la línea de salida de mi séptimo maratón. Aquel Mapoma, el primero que corrí con meta en El Retiro, se me atragantó un poquito, pero a base de oficio pude acabarlo dignamente con una marca de 3:40, lo que no estaba nada mal para un funcionario corredor en prácticas.


Finisher
Nueva York 2014

Tras 2009 volví a correr Madrid en 2010 (3:57) y en 2012 (3:29). Escapé de maratón en 2011 por el embarazo de mi mujer y el nacimiento de mi hijo. El caso es que empecé a sentir que Madrid no me llenaba como antes y en 2013 corrí la primera maratón fuera de mi ciudad, en Barcelona (3:56). A pesar de correr puesto de ibuprofeno hasta las trancas, me encantó la experiencia del turismo runner y supe que tenía que repetirla. Lo que no me plantee fue repetir Barcelona por fechas ya que al celebrarse en marzo la preparación se tiene que hacer en los peores meses del invierno. Así que en 2014 volví a Madrid (3:32) pero probando suerte también en la lottery para el @nycmarathon por si sonaba la flauta. ¡Y sonó! Así que ese año habría que correr dos maratones, algo que nunca había hecho pero me ilusionaba. ¡Al fin y al cabo era Nueva York! Sin embargo, en verano, al comienzo de la preparación, mi madre falleció. Todo se me vino abajo. Mi madre era mi fan número 1. En mis primeras maratones siempre venía junto a mi padre a meta a verme llegar. Tuve muchas ganas de abandonar, de quedarme en Madrid con mi pena. Pero @cmansog me convenció y la preparé como pude, pensando nada más que en acabarla. No es fácil correr cuando tienes ganas de llorar. Porque inevitablemente en algún momento te invade la pena y lloras ya estés conduciendo, trabajando o corriendo; y muchas veces sentí correr las lágrimas por mis mejillas durante un rodaje. Pero el tiempo avanza inexorable, sin pausas, y llegó el día de salir hacia nuestras minivacaciones en los Estados Unidos, y una vez allí Nueva York te avasalla los sentidos se nublan con todo lo que ves y vives en una ciudad que se prepara para una fiesta deportiva y empiezas a pensar que necesitas hacerlo bien porque aquello es Nueva York, aquello es un major, y sabes que puede que nunca más lo vuelvas a correr. Pero aun así, por mucha voluntad que le pongas, el entrenamiento que llevas es el que te condiciona en carrera. Yo, afortunadamente, había hecho 3:32 en Madrid y había ido perdiendo la forma suavemente. Pero a pesar de toda mi prudencia, en el muro del Bronx me tocó mirar al cielo, pedirle a mi madre ayuda, y apretar los dientes hasta esa meta de Central Park a la que tanto cuesta llegar. Al final terminé en 3:52 que para tal y como estaba me pareció un triunfo. Un triunfo amargo en el que el caballero de la triste sonrisa de la foto, yo mismo, no acierta a enmascarar su pena.


 

El último tramo de mi aventura maratonianas vuelve a Madrid en 2016 tras un paréntesis en 2015 en el que tuve que renunciar a correr el que hubiera sido mi segundo major: Chicago. Simplemente porque ese año tuvimos que elegir entre vacaciones de verano o correr el maratón porque no había dinero para todo. Y lo mejor para la familia eran unas merecidas vacaciones a pesar de tener que perder la inscripción a Chicago, que ya estaba pagada. A mí me hubiera encantado poder tenerlo todo, pero si no es posible, no es posible; y hay que darse cuenta también de eso. Si alguna vez pensé correr los seis majors, el sueño se acabó en aquel momento. Pero bueno, rehice mis planes, volví a Madrid en 2016  (3:33) como forma de asegurar un maratón y con la determinación de alejarme de él en años posteriores. Y así ha sido desde 2017, y no es que no quiera volver a correr en Madrid, simplemente no me apetece por el momento. En mayo de 2017 viajamos a Liverpool para correr un maratón que me encantó pero para el que no iba preparado y en el que lógicamente hice la peor de mis marcas: 4:22. Yo creo que moralmente aquello me tocó y por eso me tomé el 2018 como año sabático de maratones. Finalmente, el año pasado célebre en Valencia mis dos décadas como maratoniano (1999-2019) con mi maratón número 15, la niña bonita, que acabé en 3:36, mi mejor marca en un maratón lejos de casa.

valencia2019
Valencia 2019

Y hasta aquí ha llegado, de momento, mi historia de corredor de larga distancia. En principio debería correr este otoño en Oporto (otro destino asequible), pero la crisis del CoViD19 no sé cómo nos afectará, ni tampoco qué pasará con las carreras multitudinarias a partir de ahora. Pero lo iremos viendo poco a poco.

Agradeceros la paciencia que habéis tenido los que habéis leído estas entradas. También pediros perdón por el tostón, pero agradeced que tuviera esto en mente y no os contara los quince maratones… uno a uno. La última foto es del maratón de Valencia, que corrí con la camiseta de mi gimnasio @karateolimpia, algo que pienso repetir siempre que pueda. En los próximos años prometo aclararme y decidir si soy un karateca que corre o un corredor que hace kárate. O quizá es que sea las dos cosas al 50%.

Maratón de Valencia 2019: la crítica

Probablemente, Valencia sea el maratón con mejor trayectoria de todos los que se organizan en España. Sin duda esa fue la razón de escogerlo: experimentar en primera persona si realmente, hoy día, es el mejor maratón que uno puede correr en este país y entender qué le ha pasado a esta carrera que no llegaba a los 7000 corredores en 2011 y que con toda seguridad llegará a 30 000 en 2020 (a día de hoy, tres semanas después de la carrera, quedan menos de 5000 dorsales).

Eso no es normal. Una carrera no tiene esa evolución por nada. Y vale, sí, admito que puede estar de moda correr Valencia, pero Valencia no es sólo una moda. Así que escribir simplemente sobre si me ha gustado o me ha dejado de gustar la carrera sería simplificar algo muy complejo. Pues claro que me ha gustado. Hay que estar muy ciego para no darse cuenda de que es un maratón de primera. Tiene circuito, organización, ciudad, clima y la meta más icónica que yo haya pisado jamás. Pero tiene más cosas: Valencia sabe como nadie exportar su producto, venderlo, y por eso en 2020 prescinde del 10K, porque ningún gran maratón necesita un sidekick, sino que brilla con luz propia. ¿Se le pueden poner algunos peros? Seguramente, sí, pequeños flecos siempre los hay y los va a seguir habiendo, pero también hay mucho trabajo detrás para que la experiencia global del corredor sea positiva y que esos pequeños fallos queden en un segundo plano, porque muchas veces no son culpa del propio maratón. He leído crónicas de otros corredores que este año han participado y alguno ha dicho que era difícil aparcar, pues sí; otro que no había muchos baños, yo vi un montón (otra cosa es en qué estado quedaron); otro que había falta de animación en ciertos tramos… tampoco es tan grave, si uno quiere aliviarse es más fácil cuando transitas por algún sitio con poca gente (es broma).

Pero más allá de esto, la organización es activa, da la sensación de que la gente que hay detrás no se duerme en los laureles y que quiere seguir mejorando año tras año. A mí me ha encantado. Y sinceramente opino que la Gold Label otorgada por la IAAF se le queda corta. Puedo equivocarme o no, pero creo que Valencia aspira aún a más y, puestos a soñar, si alguna vez Europa obtuviera un tercer Major después de Londres y Berlín, estoy totalmente convencido de que uno de los nombres que sonarían con más fuerza sería el del Maratón de Valencia. Ellos lo saben, nosotros también.

II Villa de Torrejón 10K Running Music (2019)

Cartel de la carrera
Cartel de la Carrera

Primera participación en esta carrera que celebró el pasado 24 de febrero su segunda edición y a la que acudimos más de 1600 corredores, según la organización. No tenía claro si apuntarme, por causa de esta galbana que me invade desde hace ya tiempo… bueno no, al contrario, lo que tenía claro es que no correría, porque la pereza me arrastra a no querer correr ni esta ni ninguna otra carrera; pero dos compañeros de curro se habían inscrito, me lo comentaron y, bueno, eso, unido a que Torrejon de Ardoz está muy cerca para los que nos movemos por el corredor del Henares entre Alcalá y el Este de Madrid ,tiró de mí lo suficiente como para animarme a participar, aunque sin ninguna expectativa.

El viernes por la tarde me acerqué a Torrejón a recoger el dorsal y la bolsa del corredor que, para los tiempos que corren, estaba bien surtida. También me dieron la camiseta oficial, de la marca Joma, demasiado finita para mi gusto y con la que correría el día de la prueba pero con una térmica de compresión debajo. Me gusta correr con ropa de compresión, me encuentro muy a gusto (sin que boten los michelines) y encima me mantiene seco.

El día de la carrera quedé con mi compañero Diego para ir juntos, pues nuestro tiempo sería similar. Mucho ambiente en la salida y muchos clubs. Nos colocamos en la parte de atrás del pelotón y salimos con mucha tranquilidad. Adelantando gente, pero tranquilos. A la altura del kilómetro 1 subimos un puente con una pendiente bastante pronunciada y ahí decidimos, sin hablar, tirar para adelante y unas veces yo y otras él nos alternamos para imprimir ritmo y alcanzar al globo de los 55 minutos. A la altura del kilómetro 5 nos perdemos el avituallamiento porque sólo hay una mesa a un lado de la calle y lo único que pudimos hacer fue esquivar a los corredores que se paraban para coger una botella de agua. Al ser una carrera de 10K tampoco me importa demasiado, pero es un fallo que la organización debería mejorar en próximas ediciones.

Sobre el kilómetro 6,5 se gira a la derecha y unos espectadores nos informan de que hace poco que ha pasado el globo de los 50 minutos. Lo veo al fondo de la calle, bastante lejos, pero pienso que podría alcanzarlo antes del final, así que meto una marcha más y Diego, mi compañero, queda definitivamente atrás. Aun así, reacciona bien y me sigue a unas decenas de metros por detrás sin perderme de vista. La verdad es que da gusto verle correr. Hace unos años pesaba 20-25 kilos más (¡como que ahora pesa lo mismo que yo y me saca la cabeza!), ha sufrido con paciencia las lesiones y ahora que está en forma puede disfrutar de correr. Y todavía lo va a hacer mejor si las malditas contracturas le dejan. Un ejemplo.

El recorrido continúa hacia meta tan llano como lo ha sido desde la salida, así que no me resulta complicado gestionar el cambio de ritmo sin desfondarme. El globo cada vez está más cerca pero no lo alcanzo hasta pasado el kilómetro 9. Al llegar a su altura el corredor que lo porta me anima a adelantarle y me asegura que él va en tiempo de sub 50′. Le dejo atrás y tiro todo lo rápido que puedo los 200 o 300 metros que me quedan para llegar a meta. Finalmente paro bajo el arco de meta en 50:23 (48:58 en tiempo neto).

Para mi estado de forma actual opino que es una gran marca. Además, con un segundo parcial minuto y medio más rápido que el primero, por lo que fácilmente podríamos haber hecho 47 minutos si no nos hubiésemos entretenido tanto al principio.

De la carrera en sí no tengo nada malo que decir. Muy bien organizada, con un trazado super rápido, puntos kilométricos bien visibles y en su sitio, bolsa del corredor en condiciones y avituallamiento final adecuado. No me quedé a los conciertos del final, por lo que la parte de «Music» no voy a entrar a valorarla. Los únicos «peros» que le pongo son: la imposibilidad de recoger el dorsal el mismo día de la carrera (lo entiendo para los de Torrejón, pero para los de fuera es un incordio) y ese avituallamiento del kilómetro 5 tan corto del que ya he hablado.

Carrera Cultura Mediterránea Madrid (2018)

Cartel Carreras Cultura Mediterránea

Cartel de las carreras

La característica más importante de esta Carrera Mediterránea, que se celebraba simultáneamente el pasado 21 de octubre en Madrid, Guadalajara y Soria (no me pregunten por qué), era sin duda su carácter gratuito. Hoy no es normal que las carreras sean gratis, pero siempre ha habido. Yo recuerdo la Melonera, cuando salía de Hipercor, y medía lo que le daba la gana (se decía que eran casi diez kilómetros); o la media de Moratalaz, que no era gratis pero su coste era irrisorio (y compartía con la Melonera el sanbenito de estar mal medida). Y básicamente ese fue el motivo por el que me inscribí, junto a que se celebraba en el Juan Carlos I que no queda lejos de mi cuartel de intendencia madrileño (la casa de mi padre, en concreto).

¿Se puede hoy día hacer una carrera gratuita? Parece que sí. Primero tenemos un patrocinador institucional que elimina de un plumazo muchos de los problemas de las pequeñas carreras, en este caso el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Segundo, nada de camisetas (gorrilla y tirando millas). Tercero, circuito a dos vueltas dentro de un parque donde no hay que cortar calles, luego no hay que pagar más al Ayuntamiento por eso. Cuarto, no indiques los puntos kilométricos, que los participantes, como es a dos vueltas, cuando pasen por meta sabrán que están en el kilómetro 5. Y quinto, prescinde del cronometraje, se da el pistoletazo de salida y cada uno que cronometre su carrera con sus propios medios. Para el resto, la organización se comportó como en una carrera «normal»: voluntarios en los cruces, arco de salida/meta, speaker, avituallamiento a mitad de carrera y otro al finalizar (agua, leche y plátano). ¿Veis? Es fácil. Si te sientes a gusto con las peculiaridades de la carrera, pienso que no hay mejor plan para un domingo por la mañana.

Como crítica a la organización, en Madrid la carrera estuvo bien medida, pero en Guadalajara me consta que no fue así (nada que no solucione un gps el año que viene, si la carrera tuviera continuidad).

La carrera de Madrid estuvo muy bien, el día parecía que iba a ser, meteorológicamente hablando, peor de lo que luego fue. Participaríamos 200 o 300 corredores entre 5 y 10K por lo que se podía correr muy bien. El circuito bonito, dentro del parque, aunque con algunas cuestas (que tampoco eran el Mortirolo, claro), y superficie mixta: asfalto y camino de tierra.

No llegaba yo en condiciones (buenas) a la carrera después de una semana de gripe/constipado fuerte/catarro/llámalo x y cuando empecé a correr noté claramente que no me entraba el oxígeno suficiente a los pulmones. Aun así intenté correr rápido pero a pesar de todos mis esfuerzos no conseguía bajar a esos 5 min/km que me hubiera gustado, con el agotamiento extra que ese esfuerzo supuso y unas pulsaciones desbocadas. En la cuesta arriba del kilómetro 6 pensaba, incluso, que no podría terminar la carrera. Pero bueno, uno tiene oficio ya después de 20 años, y se sobrepone a la situación aunque sea con el piloto automático puesto.

Al final paré el crono (nunca mejor dicho) en unos muy discretos 52:27 (51:42 netos, si descontamos los 45 segundos que tardé hasta cruzar el arco de salida).

Así es la vida de los corredores.

El lado positivo es que sigo corriendo, las lesiones me respetan, y contándolo por aquí.