La puerta del infierno

Hubo una vez un tal Dante que en su «Divina Comedia» escribió que sobre la puerta del Infierno colgaba un cartel que decía: «vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza«. Nosotros los corredores tenemos un infierno particular que se llama lesión, que nos impide lograr nuestras metas, y cuando entramos bajo su influencia, tenemos que alzar la vista, leer el cartel y saber esperar tiempos mejores.

Yo llevo un mes en el infierno. Cuando empezaba a coquetear con los rodajes largos, tras la media maratón, el gemelo derecho dijo basta y a día de hoy, aunque salgo a rodar lento de vez en cuando, apenas me alejo de casa y dejo de correr en cuanto noto la más mínima molestia.

No es así como quiero correr 42 kilómetros.

Así que como dijo «el Guerra«: lo que no puede ser, no puede ser… y además es imposible. Así que Oporto queda descartado y será el segundo maratón de mi vida, tras Chicago, al que estoy apuntado y no puedo ir.

Desde aquí a final de año se acaban los objetivos deportivos. Mi única meta es recuperarme y volver a poder correr largo y sin molestias. No creo que me apunte a ninguna carrera. ¿Para qué? Si no puedo competir prefiero mis parques y mis senderos. Mis horarios, mis biorritmos, mi soledad y mis pensamientos.

Quién me iba a decir que el infierno sería tan frío.

Pensándolo mejor, tampoco es tan extraño, el invierno y el infierno tan sólo están a una letra de distancia.

Nos vemos en el Invierno.

Quien no corre, vuela…

Aquellos tiempos en los que correr no tocaba

A veces me parece la prehistoria, pero hubo un tiempo en el que yo no corría.

Podría decir ahora que aquella fue una época negra, una etapa infinitamente peor en la que no me sentía bien conmigo mismo ni con mi vida y que fue el running el que finalmente me salvó… pero mentiría. Simplemente eran otros tiempos. Tiempos en los que no tocaba correr. Durante aquella época tocó estudiar, formarse, divertirse, viajar, salir y hasta hacer los primeros pinitos en el mercado laboral. No recuerdo ni estar más gordo ni menos gordo que ahora, ni más sano ni más pocho, ni más feliz ni más triste que cuando unos años después empecé a correr. Sólo recuerdo que no hacía ejercicio de forma continuada: algún sábado podía bajar a las pistas del parque para jugar un partidillo de fútbol con los amigos del barrio, o quedar y jugar un poco al baloncesto con los de la universidad. Pero esporádicamente. No era lo «normal».

Sí que conocí durante aquel período a gente activa, gente que practicaba deporte asiduamente: que nadaba, que jugaba al tenis, que hacía artes marciales. Pero sin prestarles demasiada atención y, por descontado, sin sentir envidia ni pretender emularles desde el siguiente día. Ya lo he dicho, no tocaba. Y, sin embargo, sí que recuerdo, perfectamente, que cuando llegaba el buen tiempo y se alargaban los días me encantaba salir a caminar. Caminar por Madrid. Podía salir de casa de mis padres cualquier tarde y acabar en Ríos Rosas, o bajar hasta Manuel Becerra o el Palacio de los Deportes y volver subiendo toda la calle Alcalá. Yo solo. Pero a buen ritmo, sin que aquello pudiera considerarse un paseo: sin descansar, sin pararme a tomar algo en ningún bar. Y sobre todo me gustaba caminar por el mero placer de hacerlo y no por tener necesidad de comprar algo o hacer algún recado, tan sólo por  mirar hacia arriba, por explorar la ciudad, por conocerla pateándome sus calles.

Puerta de Alcalá
Puerta de Alcalá. 1995 (Fuente: Panoramio)

De todos aquellos recorridos el que más me gustaba era el que solía hacer en mi época de reponedor en El Corte Inglés de Sol cuando decidía volver a casa caminando: tomaba la calle Alcalá, pasaba por Cibeles, Puerta de Alcalá, atravesaba el Retiro, continuaba por O’Donnell, me desviaba a la altura del Pirulí hacia La Elipa, subía hasta el Cementerio de la Almudena y desde allí enfilaba Largo Caballero hasta llegar a San Blas. Tardaba una hora y me parecía que había andado muchísimo. Hoy sé que son apenas 7 kilómetros, pero yo no lo sabía entonces y me sentía extraordinariamente fuerte pensando poco menos que había recorrido 10 o 15. Quizá aquella confianza ciega en mis fuerzas basada exclusivamente en la distancia recorrida durante mis caminatas fuera lo que me llevara a pensar, cuando el Mapoma se cruzó en mi camino, que yo podía terminar aquella maratón con mi proverbial perseverancia… y tan sólo un poco de esfuerzo. Porque la juventud es vanidad, dice el Eclesiastés.

Ahora me parece la prehistoria, pero hubo un tiempo en el que, aunque yo no corría, ya era maratoniano.

Los runners de Año Nuevo

Los días de Año Nuevo me encanta salir a correr por la mañana, nada más que por encontrarme las calles vacías, silenciosas, y no cruzarme apenas con coches o personas. Me encanta tener la ciudad para mí. Llamadme raro, pero es verdad. Todos durmiendo plácidamente en sus camas después de una noche de fiesta y, en muchos casos, alguna que otra copa de más; y yo, mientras tanto, triscando por ahí como una cabritilla de asfalto, sudando y con una sonrisa de oreja a oreja. En esos momentos corriendo por una ciudad vacía, me siento un privilegiado, algo así como si me hubieran dejado conducir un Ferrari ultimo modelo… pero sin tener que llevar al dueño en el asiento del copiloto.

Pero el colmo de la felicidad runner, para mí, ocurre cuando nieva. No sé si alguno de vosotros ha corrido después de una nevada. Yo sí, aunque menos de lo que me hubiera gustado porque aquí en Madrid, en invierno, frío hace mucho frío, pero nevar nieva poco. Correr con nieve es maravilloso porque, sea el día que sea, se produce el «efecto Año Nuevo», es decir: correr con el silencio. Y esa sensación de silencio, de ser el único hombre en la Tierra, es indescriptible.

Madrid nevado
Nieva en la ciudad. Foto de Alfonso Silóniz

Durante mucho tiempo pensé, porque yo soy muy de pensar cuando corro, que ese fenómeno se producía porque con la nevada mucha gente no salía de casa y, consecuentemente, si no salían las personas tampoco lo harían los coches, así que por lógica, el nivel de ruido tenía que ser mucho menor. Más tarde, sin embargo, me enteré de que no, que el silencio tras una nevada es consecuencia simplemente de las leyes de la física, y es que parece ser que la nieve recién caída actúa como las cajas de huevos de los estudios de grabación, absorbiendo el sonido y esa y no otra es la verdadera explicación de que se produzca el silencio (otra de mis hipótesis tirada a la basura).

Entiendo que para muchos pueda parecer aburrida toda esta carajada mía, que ni se planteen lo de correr y aún menos lo de salir a hacer deporte en Año Nuevo con lo a gusto que se está en la piltra. Es más que hasta les parezca friki y que opinen que lo que de verdad es guay, si hay que correr, es participar en la San Silvestre, disfrazado, para luego disfrutar de la Nochevieja porque sí y porque es lo que toca. No digo que no. Al contrario, animo a la gente a que corra sansilvestres  disfrazados, que disfruten de esa noche, del vino y del champán, y salgan después de fiesta a darlo todo, a comerse la ciudad y a disfrutar la noche a tope, hasta que el cuerpo aguante o hasta que reviente.

Mejor para los runners de Año Nuevo.

Que los Reyes Magos sean buenos con vosotros.

El Credo de este corredor

Camiseta credo del corredor
www.zazzle.es

Creo en correr porque me gusta correr. Creo en no querer ganar a nadie, ni siquiera a mí mismo. Creo en correr para pasármelo bien. Creo en correr pensando en seguir corriendo muchos años más. Creo en correr despacio los días de correr despacio y en correr deprisa los días en los que apetece correr deprisa. Creo en que las series, las cuestas, los multisaltos o los cambios de ritmo no me harán llegar a la meta en un maratón. Creo en mi y en seguir corriendo. Creo en que correr te hace querer correr más y que querer correr más te hace invencible. Creo en que a correr se aprende corriendo y en que a correr maratones se aprende corriéndolos. Creo en que si quieres terminar un 10.000, tienes que correr; creo en que si quieres acabar una media maratón, tienes que correr más; creo en que si quieres ser maratoniano no tienes que parar nunca de correr. Creo en correr por la mañana. Creo en correr por la tarde. Creo en correr por la noche. Creo en correr todos los días de la semana. Creo en correr todas las semanas del mes. Creo en correr todos los meses del año. Creo en no correr todos los días de todas las semanas de todos los meses del año. Creo en salir a correr cuando llueve, porque llueve. Creo en salir a correr cuando nieva, porque nieva. Creo en salir a correr cuando luce el sol, porque luce el sol. Creo en quedarme en casa cuando haga viento. Creo en ir al cine, y no correr, si me apetece cine. Creo en comer una hamburguesa, y no correr, si me apetece hamburguesa. Creo en salir a tomar una copa por la noche, y no correr, si me apetece una copa. Creo en que si sólo me apeteciera ir al cine, comer, tomar copas y salir por las noches, correr no sería para mí. Creo en no correr sin ganas. Creo en que se puede incumplir el plan de entrenamiento sin remordimientos de conciencia. Creo en no creerme una máquina, ni un máquina. Creo en que no voy a batir el récord mundial en ninguna carrera y si lo hiciera seguro que daría positivo en el control anti-doping (o en el alcoholímetro). Creo en que si voy a correr diez kilómetros, estaré preparado cuando pueda hacer 20 kilómetros a la semana. Creo en que si voy a correr medio maratón, estaré preparado cuando pueda hacer 40 kilómetros a la semana. Creo en que si voy a correr un maratón, estaré preparado cuando pueda correr 80 kilómetros en una semana. Creo en estrenar zapatillas en cuanto me las compre. Creo en aprovechar las lesiones para practicar otros deportes y para decidir qué otras carreras me gustaría correr. Creo en correr por el campo. Creo en correr por la playa. No creo en correr por las aceras, ni por el asfalto. Creo en correr por distintos sitios cada día. Creo en evitar los recorridos de ida y vuelta. Creo en que correr es una oportunidad para explorar el mundo, para explora tu ciudad, para explorar tu barrio.

Creo en Correr.