2020

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¿Qué se puede escribir sobre un año que apenas fue? El 2020 pasará a la Historia… y a las historias que un día contaremos a nuestros nietos. El año de la pandemia. El año que nos encerraron. El año de tantas cosas que tenían que haber ocurrido y nunca ocurrieron.

Deportivamente los corredores no fuimos ninguna excepción y tuvimos que confinarnos, como todos. Las redes sociales se llenaron de historias de runners que corrían medias maratones en las terrazas o en circuitos interiores que iban de la habitación de la abuela hasta el recibidor. Las ventas de cintas para correr se dispararon. Todos hicimos deporte como pudimos entre aplausos a los sanitarios, tiktoks de bailes con papel higiénico y caras de preocupación en cada rueda de prensa donde se facilitaba la cifra de fallecidos del día anterior.

Y cuando aquel dos de mayo nos dejaron salir a trotar (en las famosas franjas horarias, ¿recordáis?) el mundo se llenó de corretones, de andarines, de bicicleteros. Todos haciendo “deporte” bien juntitos, cuando la mascarilla aún no era obligatoria, y los viejos corredores quedamos perplejos al comprobar que cualquiera de nuestros circuitos habituales se había transformado en la Gran Vía en época de rebajas.

Y es todavía hoy que salir a correr se me hace raro. Trato de buscar rutas en las que sé que me cruzaré con poca gente y cuando lo hago trato de dejar toda la distancia posible y mirar para otro lado, sobre todo si no llevo mascarilla, o el buff, al menos.

Todos tenemos ganas de la vieja normalidad. De tomar un café en un bar sin sorberlo a hurtadillas, de madrugar, caminar por la calle y disfrutar del olor de la mañana. Se nos están olvidando cosas tan sencillas como los olores porque ya sólo olemos nuestra propia respiración. Y todo eso es triste. Y es espantoso. Sobre todo por los niños, ellos no se cuestionan las cosas: las aceptan y se adaptan. Como se adaptaron al confinamiento. Porque como dijo una niña en televisión, en la frase más terrible que he podido escuchar en todo 2020: “no pasa nada, es mejor eso que morirte“.

Las carreras populares prácticamente han dejado de existir. Ya sólo hay carreras virtuales (también de pago) y las grandes citas se han ido aplazando y suspendiendo. Trasladando inscripciones a una siguiente edición también desplazada en el calendario: el maratón de Barcelona será en noviembre de 2021, el de Madrid en septiembre, etc. Y nada es seguro, el calendario de vacunación tendrá la última palabra.

2020 era para mí, el año del maratón de Oporto. Como esas otras carreras que acabo de comentar, aguantó lo que pudo, pero al final tuvo que suspenderse y mi inscripción ha pasado a la edición de 2021. Como siempre se celebra en otoño, en principio mantiene la fecha habitual y espero estar en la línea de salida el 8 de noviembre. Cruzaré los dedos.

Mi otra cita segura de 2020 (ya inscrito) era la Media maratón de Zamora. No la corrí por poco. El estado de alarma se declaró justo el fin de semana que debía haberse disputado. Se trasladó al otoño pero finalmente se suspendió y nuestras inscripciones han sido trasladadas a la edición de 2021, aunque todo apunta a que volverá a aplazarse porque, llamadme pesimista, pero no me veo yo corriendo con varios cientos de personas el 21 de febrero, tal y como están las cosas a día de hoy.

Con todo y con eso, cierro el año con 0 carreras disputadas, pero con 1033 kilómetros recorridos: ¡10 más que en 2018 y eso que no había pandemia!

¡Feliz 2021 a todos!

Qué raro todo esto

Llevo nueve días sin correr, sin hacer siquiera ejercicio, y no sé cuándo volveré a hacerlo. Los días se suceden, uno tras otro, la situación no mejora y sólo ir a trabajar, cuando toca, me hace cambiar de escenario. Y yo soy afortunado, vivo en una casa grande, con patio pequeño, pero al menos me da el aire, si quiero. Me he visto todas las películas nominadas a la última edición de los Oscars. Me he leído entera la Ley de Sociedades de Capital. Cocino. Aspiro. Friego. A Cristina le han aplicado un ERTE. Mateo está encantado en casa. A sus casi nueve años no sé cómo recordará esto de mayor. Me duelen las rodillas cuando subo escaleras, aunque me mantengo en el peso. He empezado a usar las videollamadas en el teléfono para ver a mi padre. Y eso que los nuestros están limpios de virus, tocamos madera. No tengo perro que poder pasear. Tampoco tengo mascarillas, tan sólo dos pares de guantes de vinilo que saqué del trabajo el último día que fui. Una compañera del trabajo está en el hospital, pero no sabemos más. Mi amigo Davide vive en el Veneto y ayer le mandé un mensaje: está bien; encerrado, pero bien. Como nosotros. Con un mundo vacío ahí fuera y secuestrados en casa por miedo a un pequeño bicho, tan pequeño que no se le puede ver. Como en una distopía absurda: un mundo de hombres sanos encerrados en casa por miedo a contagiarse de una enfermedad para la que no hay cura. De momento. Pero, ¿y después? ¿Qué pasará con la vacuna después? ¿Será efectiva? ¿Pasará como con la vacuna de la gripe que cada año vale para unas cepas pero no para otras? ¿Desarrollará distintas cepas? ¿Mutará? ¿Tendremos que pasarnos el resto de nuestra vida con mascarilla y guantes? El curso de Mateo casi lo doy por finalizado. El verano está a la vuelta de la esquina. No quiero que el bicho también nos robe el verano. En Wuhan llevan dos meses aislados y eso que ya no tienen contagios locales. Italia ha cumplido el primer mes sin colegio. ¿Y la gente de qué va a vivir? Madrid es el centro económico de España y es donde peor estamos. Donde el confinamiento se alargaría en el peor de los casos. ¿Y si no hay ingresos quién paga impuestos? Porque si no hay trabajo y nadie paga impuestos no hay, no puede haber, prestaciones que ayuden a toda la gente que se quede sin trabajo. No quiero seguir pensando, no quiero seguir escribiendo.

Malos tiempos para la lírica… a pesar de que ayer fuera el día mundial de la poesía.

Quedaos en casa.