Zangarun Cross Trail de Ricobayo (2022)

Cartel Zangarun 2022

Segunda prueba de trail del año. Parece que le he tomado cariño al trail cuando no me había preocupado lo más mínimo por esta modalidad desde el año en que empecé a correr, allá por 1999. En esta ocasión elegí el Zangarun de Ricobayo, también aprovechando un nuevo desplazamiento a Zamora. La prueba constaba de dos etapas: una de 14K el sábado por la tarde en Villaflor y la segunda de 13K el domingo por la mañana en Ricobayo. Como no iba a poder hacer las dos, elegí la del domingo, que era a las 11 y no hacía falta ni madrugar.

El sábado salí a trotar un poco y me dio un pinchazo en el gemelo de la pierna izquierda. Así que hice escasamente 5K y para casa. Estaba fastidiado, pero me hice un auto masaje con bálsamo del tigre y me bajé al Decathlon a comprarme una pantorrillera de compresión. La molestia seguía, pero al menos no había dolor, así que el sábado estaba en la línea de salida.

El ambiente del Zangarun, en comparación con el de Pereruela, era más… pro, como dicen ahora. Gente con más “pintas” de corredores, aunque muchos seguro que coincidimos en las dos. Como no se pudo recoger el dorsal en Zamora los días anteriores llegúe con tiempo porque ya sabía yo que me tocaría ir de un lado para otro a buscarlo. Efectivamente, la salida se daba en la zona de la playa del embalse, donde también estaba el aparcamiento, y la nave donde daban el dorsal, estaba subiendo hacia el pueblo, así que me sirvió de calentamiento. Sí, vale que serían 400 metros o así, pero en cuesta.

Control de material obligatorio en salida (pedían un recipiente para el agua, y aun así alguno que otro no traía nada) y a esperar el pistoletazo. Como la vez anterior, me había bajado el track al reloj porque me da pavor, en el peor de los casos, perderme por el campo. Aunque la carrera estaba, todo hay que decirlo, perfectamente señalizada por MounTime, marca del Club Deportivo Ultra Sanabria).

Sabía que el recorrido era muy rompepiernas, con un desnivel positivo de 393 m para los 13K (según mi reloj), por los 320 de Pereruela en 11 kilómetros. Pero en el caso de Ricobayo el perfil era más tipo «dientes de sierra» con subidas cortas, pero con bastante inclinación, en las que los no somos Killian Jornet teníamos que subirlas andando. Por el contrario, en Pereruela, los tramos de subida (salvo uno) eran bastante más largos y más corribles. Por todo ello, la sensación de cansancio fue mayor.

Como me dolía el gemelo salí al trantrán con mi pantorrillera puesta, a cola de pelotón, para no molestar. Ir súper lento no impidió que nos reagrupáramos todos en el tapón de la primera subida gorda, cuando no llevábamos ni un kilómetro. Pero a partir del kilómetro 1,5 se podía correr bastante bien, y aunque no dejaba de sentir dolorido el gemelo iba poco a poco adelantando unidades. Normalmente me pegaba a un grupo un rato y si veía que el ritmo era un poco lento para mis fuerzas, les rebasaba y salía en busca de algún otro grupo más adelante. Poco antes de llegar al primer avituallamiento, que pasé de largo como casi todos (esta vez no había ni jamón, ni hornazo, ni chorizo, ni nada de eso: líquidos y fruta), pasé a un corredor que iba con un niño de poco más de 11 o 12 años pero que corría mejor que muchos adultos. Me pareció bonito, a pesar del riesgo de caídas que hay en este tipo de pruebas.

En otro orden de cosas, la lluvia de la tarde anterior había bajado mucho la temperatura y eso nos benefició porque de haber hecho calor aquello podía haber sido una tortura. Sin embargo, el campo estaba hermoso, las jaras en flor nos acompañaron todo el recorrido y hubo momentos en el que el paisaje era apabullante: encinas, alcornoques, todo el repertorio del sotobosque mediterráneo. ¡Qué diferencia con lo que acostumbramos a ver los asfalteros!

Pasamos un roquedal en el kilómetro 7, el punto más alto de la carrera, con unas vistas espectaculares y ahí me uní a una grupeta muy maja que iba tirando fuerte, llegando a ver en el reloj ritmos de 4:20-4:30. Estaba cansado, tanto que notaba más el cansancio que el dolor en el gemelo, pero les seguí el ritmo hasta el km 9 en el que paré en el avituallamiento a beber agua y comer medio plátano. De ahí al final todavía quedaban un par de buenas cuestarracas y me lo tomé con filosofía. Al fin y al cabo, había tropezado ya cuatro veces (la última con crujidito del tobillo incluido), estábamos de vuelta al punto de partida y tenía la certeza de que iba a poder finalizar la carrera sin terminar cojo.

Eso sí, la organización nos reservó la sorpresa final de los últimos 300 metros en los que nos hizo correr por la ladera seca del pantano, sobre arena y piedras sueltas con una inclinación lateral de 30 o 40 grados y unos últimos 50 metros subiendo las escaleras que dan acceso a un pantalán. Unos cachondos, los organizadores.

Pero bueno, allí estaba la meta, se acababa todo sufrimiento, la familia me estaba esperando (y eso no ocurre siempre), el cortador de jamón también, y encima nos surtieron bien de agua, bebida isotónica, cerveza, frutos secos, fruta y hasta gominolas (que compartí con mi hijo haciendo algún que otro viaje clandestino a por algún puñadito más). La verdad es que había de sobra porque tampoco éramos miles de corredores.

En total corrimos unas 150 personas, y en mi categoría (individual etapa Ricobayo) acabé el 51 de 76 con un tiempo oficial 1:29:26, que para 13 kilómetros me da una media de 6:55 minutos el kilómetro. No está mal para un veterano B cojo.

Y como colofón a una preciosa carrera nos fuimos a reponer fuerzas en Miranda do Douro a degustar un delicioso bacalao al estilo portugués.

Como dice mi padre, un día bien “echao”.

Carrera Cultura Mediterránea Madrid (2018)

Cartel Carreras Cultura Mediterránea

Cartel de las carreras

La característica más importante de esta Carrera Mediterránea, que se celebraba simultáneamente el pasado 21 de octubre en Madrid, Guadalajara y Soria (no me pregunten por qué), era sin duda su carácter gratuito. Hoy no es normal que las carreras sean gratis, pero siempre ha habido. Yo recuerdo la Melonera, cuando salía de Hipercor, y medía lo que le daba la gana (se decía que eran casi diez kilómetros); o la media de Moratalaz, que no era gratis pero su coste era irrisorio (y compartía con la Melonera el sanbenito de estar mal medida). Y básicamente ese fue el motivo por el que me inscribí, junto a que se celebraba en el Juan Carlos I que no queda lejos de mi cuartel de intendencia madrileño (la casa de mi padre, en concreto).

¿Se puede hoy día hacer una carrera gratuita? Parece que sí. Primero tenemos un patrocinador institucional que elimina de un plumazo muchos de los problemas de las pequeñas carreras, en este caso el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Segundo, nada de camisetas (gorrilla y tirando millas). Tercero, circuito a dos vueltas dentro de un parque donde no hay que cortar calles, luego no hay que pagar más al Ayuntamiento por eso. Cuarto, no indiques los puntos kilométricos, que los participantes, como es a dos vueltas, cuando pasen por meta sabrán que están en el kilómetro 5. Y quinto, prescinde del cronometraje, se da el pistoletazo de salida y cada uno que cronometre su carrera con sus propios medios. Para el resto, la organización se comportó como en una carrera «normal»: voluntarios en los cruces, arco de salida/meta, speaker, avituallamiento a mitad de carrera y otro al finalizar (agua, leche y plátano). ¿Veis? Es fácil. Si te sientes a gusto con las peculiaridades de la carrera, pienso que no hay mejor plan para un domingo por la mañana.

Como crítica a la organización, en Madrid la carrera estuvo bien medida, pero en Guadalajara me consta que no fue así (nada que no solucione un gps el año que viene, si la carrera tuviera continuidad).

La carrera de Madrid estuvo muy bien, el día parecía que iba a ser, meteorológicamente hablando, peor de lo que luego fue. Participaríamos 200 o 300 corredores entre 5 y 10K por lo que se podía correr muy bien. El circuito bonito, dentro del parque, aunque con algunas cuestas (que tampoco eran el Mortirolo, claro), y superficie mixta: asfalto y camino de tierra.

No llegaba yo en condiciones (buenas) a la carrera después de una semana de gripe/constipado fuerte/catarro/llámalo x y cuando empecé a correr noté claramente que no me entraba el oxígeno suficiente a los pulmones. Aun así intenté correr rápido pero a pesar de todos mis esfuerzos no conseguía bajar a esos 5 min/km que me hubiera gustado, con el agotamiento extra que ese esfuerzo supuso y unas pulsaciones desbocadas. En la cuesta arriba del kilómetro 6 pensaba, incluso, que no podría terminar la carrera. Pero bueno, uno tiene oficio ya después de 20 años, y se sobrepone a la situación aunque sea con el piloto automático puesto.

Al final paré el crono (nunca mejor dicho) en unos muy discretos 52:27 (51:42 netos, si descontamos los 45 segundos que tardé hasta cruzar el arco de salida).

Así es la vida de los corredores.

El lado positivo es que sigo corriendo, las lesiones me respetan, y contándolo por aquí.

 

 

IX Madrid Corre por Madrid (2017)

Madrid corre por Madrid
Cartel «Madrid corre por Madrid»

El domingo 17 de septiembre debuté en la «Madrid corre por Madrid«. Madrid tiene muchas carreras y todas ofrecen prácticamente lo mismo y al mismo precio (o muy parecido): una camiseta y un dorsal. Es preciso ser selectivo. Y yo ya no estoy dispuesto a correr dando vueltas a la Castellana, porque no, porque me aburre y porque me parece que es tirar el dinero en algo, correr, que puedo hacer en el parque al lado de mi casa a la hora que quiera, el día que quiera y, seguramente, por mejor circuito. Evidentemente, ahora compito mucho menos.

Así que el único motivo por el que elegimos esta carrera fue el recorrido: pasa prácticamente por todos los puntos de interés de la ciudad. Así que si no sale una buena marca al menos te has pegado una buena carrerita por Madrid viendo la Cibeles, la Puerta de Alcalá, Sol, la Gran Vía o el Palacio Real. Del resto, lo esperado: retirada del dorsal en una feria del corredor, camiseta bastante fea este año (apreciación puramente subjetiva), dorsal-chip y una bolsa de tela. Al menos el avituallamiento del final consistió en algo más que una simple botella de agua (punto positivo para la organización). El recorrido monumental, como se preveía, una temperatura perfecta y, eso sí, bastante participación por lo que conviene ponerse en el cajón de delante si pretendes hacer marca.

Mis expectativas no pasaban por MMP, así que me puse en el último cajón para salir con mi mujer y después del primer kilómetro, que me tomaría como calentamiento, trataría de ver si podía mantener un ritmo por debajo de 5’/km (mis últimos entrenamientos tampoco  eran, ni son, como para echar cohetes).

Y básicamente, eso hice. El recorrido tiene mucho tobogán y los fui aguantando más o menos bien hasta el kilómetro 7 (subida de la calle Mayor hasta llegar a la altura de la Pza. Mayor que se me atragantó un poquito) y de ahí hasta el final dosificando para no fundirme en los últimos 800 metros que son de subida por el Pº del Prado. Tiempo neto al final 0:50:20 al que creo que podía haber arañado unos segundillos de no haberme tomado el primer kilómetro con tanta tranquilidad.

De todas formas estoy contento con mi marca. Para lo que entreno, mi peso y mi edad, sigo ahí en los 50 minutos, resistiendo como un campeón. 🙂

 

Lo que vi en el Trofeo Paris

Fuente: elatleta.com
Fuente: elatleta.com

Cuando escribes una crónica, no siempre puedes meter en ella todo lo que viste, experimentaste o sentiste. Y muchas veces, todo eso que se pospone para mejor ocasión, acaba en el cajón del olvido, perdido para siempre. Por eso escribo hoy, porque no quiero olvidar.

Sería sobre el kilómetro 2 de la carrera, cuando todavía estaba buscando mi posición en el pelotón. Iba adelantando gente, atletas que bien habían salido demasiado adelante o bien yo me había colocado demasiado atrás. En cualquier caso, un corredor llama mi atención. No tiene un correr «redondo», sino más bien «raro»: con cada zancada se mueve lateralmente, por lo que hay que tener cuidado al adelantarle para no chocar y empujarle (o ser empujado). En estos casos siempre es una de dos: o es un corredor con molestias físicas o tiene algún tipo de deficiencia motriz. Evidentemente, en el kilómetro 2 de una carrera de 10, no puede ser más que la segunda opción.

El chico va bien, así que con cuidado le adelanto y me olvido de él. Cuando paso el kilómetro 7 siento a un corredor llegar pisando fuerte justo detrás de mí. Debe llevar un ritmo que me va a «quitar las pegatinas» en cuanto me adelante. Lo hace enseguida y me fijo en que es el corredor de antes. El caso es que tras adelantarme no se separa demasiado y se acomoda al ritmo que llevábamos, por lo que estoy tentado de alcanzarle y preguntarle si estaba aprovechando la carrera para hacer cambios de ritmo. No lo hago, pero memorizo su dorsal. Luego, poco a poco, vuelve a coger ritmo pero yo ya no estoy para seguir ninguna rueda y prefiero ir a mi aire hasta la meta. Tras cruzarla y recoger mi ropa me voy hacia el metro. Y justo en la boca del metro estaba él, con un señor, tratando de sacudirse un poco el barro que nos llevamos puesto en las zapatillas, en los calcetines y hasta en el alma. Estuve tentado de haberle felicitado por el carrerón, pero pasé de largo. Al día siguiente salieron los resultados y busqué su dorsal. Después el señor Google me dijo que era un corredor habitual en las carreras de Madrid y alrededores, aficionado al ajedrez y hasta que había sido  campeón de España de su categoría en 800 metros lisos.

Por eso no quiero olvidar. Porque en las carreras, los populares podemos ser más altos, más guapos, más gordos o más calvos, pero tenemos dos piernas y dos brazos sanos. Y un cerebro sin taras (que lo usemos o no ya no depende más que de uno). Pero hay gente que no. Que lucha como nosotros con la distancia, con el cansancio, con la climatología… pero además luchan contra ellos mismos. Contra lo que la naturaleza no les ha dado o una enfermedad o un accidente les ha quitado. Y, para mí, eso sí que tiene mérito. Yo no sé si tendría el valor de estas personas si estuviera en su lugar. Y está muy bien eso de fijarse en las élites, o la admiración que puedas sentir por un tío que corre el kilómetro en 2:15. Pero a mí quienes me dejan con la boca abierta son personas como ese chico al que adelanté en el Trofeo Paris pero que después me quitó las pegatinas y al que vi feliz junto a su padre, sacudiendo sus zapatillas llenas de barro. No subió al podium, ni falta que le hacía, pero para mí fue el más grande de los ganadores. Respeto y admiración.

El señor Google también me dijo que hace un tiempo buscaba trabajo. Ojalá que 2016, los Reyes Magos o el destino le hayan traído uno, porque una persona que se esfuerza tanto, seguro que se lo merece.

2014

Como el año pasado, dedicaré el último post de 2014 a repasar un poco lo que han dado de sí estos 365 días de blog, mi primer año completo escribiendo.

2014-2015
Preparados para el 2015

Ha sido el año en el que he corrido por primera vez dos maratones. Un aviso: tampoco tengo intención de volverlo a repetir. Con el ritmo de vida que llevo, un maratón al año es más que suficiente. Así pasó: pude preparar más o menos bien el maratón de primavera (el denominado «garriplán» por el añorado Epícteto), pero el maratón de otoño fue un completo desastre en cuanto a planificación (lo que se notó en el resultado: 20 minutos más lento NY que Madrid). De hecho estoy tan cansado que no correré un maratón esta primavera. Mi cuerpo me pide parar, correr por correr, sin esfuerzos, sin planes, sin presiones. Probablemente corra un maratón en otoño, pero el destino está por decidir, aunque salvo sorpresa será nacional: Donosti, Valencia, Lanzarote

También ha sido el año de mi primer major y de, a la vez, mi primer maratón en el extranjero. Nueva York ha sido una experiencia maravillosa y, por desgracia, casi irrepetible. El coste económico lo hace inviable en los próximos años: mover una familia durante una semana a un hotel de Manhattan, vuelos, comidas, compras (¿vas a NY y no vas a comprar?), más el propio coste de la inscripción (que anduvo por los 350 dólares) dan como resultado un boquete en las finanzas familiares del que nosotros todavía nos estamos recuperando (los Reyes Magos cayeron en noviembre…).

Curiosamente, además, ha sido el año de mi primer reloj GPS: el Nike+ Sportwatch. Me ha costado años decidirme pero al final caí. Aunque después, en la maratón de Nueva York, que era para lo que lo quería, con mi viejo cronómetro Casio me hubiera apañado perfectamente. Después de varios meses de uso tampoco se ha convertido en imprescindible (yo soy mucho de cacharritos, pero este es tan simple que hay poco que trastear) y encima echo de menos mi música, por lo que para entrenar el teléfono móvil sigue teniendo todo lo que necesito. Imagino que para competir será otra historia (lo que ocurre es que desde Nueva York tampoco me he vuelto a poner un dorsal).

Ha sido un año que empecé con «dorsalitis» (y estoy acabándolo con todo lo contrario, en eso me reconozco más) y esa fiebre por ponerme un número en el pecho me ha descubierto carreras nuevas: Alovera, Getafe, Fuencarral-El Pardo, la Carrera del Taller, la Proniño…; y también me ha redescubierto otras que se parecían poco a aquellas que corrí en sus primeras ediciones hace muchos años: el Trofeo Paris, la Media de Alcalá.

Para finalizar, no dejo de recordar que ha sido también el año en el que aproveché mis vacaciones para desvirtualizar a otro bloguero y gran persona, Antonio, en esa maravillosa isla suya que es Lanzarote. Ojalá volvamos a encontrarnos por ahí y ojalá pueda seguir poniendo cara y voz a más blogueros de los que andan repartidos por todo el país, entrenando, sufriendo y corriendo.

Mis deseos para 2015 son muy poco ambiciosos: poder seguir corriendo y poder seguir contándolo, que no es poco.

Por último (y esta vez de verdad), las tres entradas del blog que según WordPress han sido las más leídas de este 2014 son:

– La entrada que dediqué a las Joma que me compré para preparar NY: Joma Titanium XV. De lo expuesto en él me ratifico en todo. Es más, desde que volví de NY no las he vuelto a calzar, he utilizado para todos mis rodajes las Adidas Supernova Glide Boost 6 y las molestias en el Aquiles han desaparecido totalmente.

– Rock’n’Roll Madrid Maratón 2014: la crónica.

Media Maratón de Fuencarral-El Pardo 2014.

Para mí, sin embargo, son dos entradas las que me funden la piel y con las que me quedo por encima de todas las demás:

– La que dediqué a Don Pablo cuando perdió a su madre: Para Don Pablo: cosas que ya sabes.

– La que poco después escribí cuando murió mi madre: Perder a una lectora.

Feliz año 2015 a todos.

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un tren subterráneo de la ciudad de Nueva York transporta 1.200 personas. Este blog fue visto alrededor de 5.000 veces en 2014. Si fuera un tren de NY, le tomaría cerca de 4 viajes transportar tantas personas.

Haz click para ver el reporte completo.

El miedo al ridículo

Mucha de la gente que se acerca a esto del running más pronto que tarde se siente con ganas de participar en la multitud de carreras que se organizan fin de semana sí y fin de semana también, pero hay algo que les echa para atrás y suelen confesártelo en cuanto surge la ocasión: «¿Y si llego el último?»

El miedo al ridículo. El mero hecho de pensar que puedes ser el hazmerreír de todos nos aterroriza a la mayoría de los españoles. Desde pequeños, ya en el cole, cuando la profesora pedía voluntarios para salir a la pizarra ¿cuántos levantaban la mano? En mi clase, ninguno. No sólo eso, sino que la mayoría bajábamos la cabeza y hacíamos como si estuviéramos repasando los apuntes o recogiendo un boli del suelo. No sé si a vosotros os pasaba. Imagino que sí, porque fue pasar del cole al insti y la cosa no cambió a pesar de que los compañeros eran otros. Y otro tanto sucedió a la hora de ir a la universidad. Otra cosa es que tuvieras un compañero de pupitre un poco cabroncete que tratara de hacer que levantases el brazo con cualquier artimaña, lo que provocaba acabárais peleando y montando bulla y que la profesora al darse cuenta gritara: «¡Merchán y Garrido, que parece que tenéis muchas ganas de hablar, a la pizarra!». Quizá aquí el ejemplo sobre el miedo al ridículo deja de tener sentido porque ya todos sabíamos que la profesora iba a hacer leña del árbol caído: «¡Venga, que vais a explicarnos lo que vimos el último día en clase!» Es decir, que interiorizábamos que íbamos a hacer el ridículo y los camaradas en sus pupitres sabían que iban a disfrutar del espectáculo. Finalmente el tema se solucionaba con el reconocimiento por nuestra parte de que no habíamos estudiado, de que no teníamos ni idea y de que no tenía sentido continuar con la farsa. La profesora nos despedía con cajas destempladas  y acababa advirtiéndonos que el próximo día volveríamos a salir. Por supuesto aquello no pasaba nunca porque los dos payasos de la clase no volvíamos en una semana (o dos) hasta que a la profa se le olvidaba.

Volviendo al running, a los nuevos siempre se les tranquiliza diciendo que a las carreras se apunta mucha gente, de todos los niveles, y que es muy, muy difícil llegar el último. Casi tanto como ganar. Que lo importante es participar, divertirse y tratar de competir con uno mismo. Y en líneas generales es verdad. De hecho yo estaba convencido de ello. Probablemente, con mis marcas que se han movido siempre en unos registros medios, nunca me iba a ver en el caso de llegar el último, salvo lesión o desastre. Pues bien. Me equivoqué.

San Silvestre de Zamora 2005. Por ahí detras ando.
San Silvestre de Zamora 2005. Por ahí detras ando.

En mala hora, el 31 de diciembre de 2005 decidí correr la San Silvestre en Zamora que, por aquella época, consistía en dar tres o cuatro vueltas al Centro Comercial que patrocinaba la carrera. Yo ya había corrido un par de San Silvestres vallecanas y, bueno, esperaba lo mismo que se organizaba en Madrid pero con unas dimensiones más reducidas, como es lógico en una ciudad de 65.000 habitantes. Recuerdo que aquella tarde bajé con tiempo al Centro Comercial Valderaduey y, bueno, ya se veía que ambiente popular había poco, pero es que cuando hubo que vestirse de corto yo creo que en la salida no éramos ni treinta participantes. Vi, además, que tenían pinta de «galgos» y no me equivoqué porque en cuanto dieron el pistoletazo salieron como almas que lleva el diablo. Digo salieron porque yo me puse a cola de grupo sabedor de que aquella guerra no iba conmigo. En el primer giro ya les perdi de vista a todos menos a uno que debía andar tan equivocado de sitio como yo. Estuve dos vueltas a su rueda ,viendo como a los primeros les dio tiempo hasta a doblarnos, y en la última el muy ingrato me esprintó y tampoco lo volví a ver más. Así que entré en meta el último, destacado, para regocijo de mi mujer, sus tíos y hasta mi suegro que se había acercado a ver la carrera. ¿Pero sabéis qué pasó? Pues lo mismo que cuando salíamos a la pizarra, lo mismo que cuando hablas en inglés sin saber si lo estás haciendo bien, lo mismo que cuando te atreves a bailar un vals siendo un patoso. Nada. No pasó nada. Una carrera más, la sensación de haber hecho los deberes y sobre todo nada que una ducha caliente, una buena cena y doce campanadas para acabar el año como se merece no te ayuden a olvidar.

– «¿Y si llego el último?»

– «¿Si llegas el último…? Probablemente, te reirás».