Garrirunner

Hace muchos años que para mí correr dejó de ser un esfuerzo o un castigo para ser un hábito, una actividad naturalmente anclada a mi vida. Igual que el que se levanta y desayuna yo me levanto, me pongo las zapatillas y salgo a corretear por las calles. No me cuesta ni le doy mayor importancia, salvo cuando preparo un maratón que, entonces sí, toca entrenar. El resto del año no me preocupo excesivamente de si hace varios días que no salgo o, al contrario, de si llevo corriendo diez días seguidos. Sé que correr va a estar ahí, al alcance de mis piernas, mientras me respete la salud. Pero una vez me quito las zapas y me ducho yo soy otra persona que no puedo definir como corredor. O dicho de otra forma, no puedo ser corredor siempre. En mi trabajo soy un compañero, en mi casa soy padre y marido, en los exámenes soy un estudiante y en el supermercado soy un cliente. ¿Es más importante para mí correr un maratón que aprobar un examen o que llevar a mi hijo al parque? No lo creo. Todo tiene su momento y su lugar. Cuando se acerca un examen hay que estudiar, cuando se acaba la comida (mejor antes) hay que ir a comprar y cuando se acerca un maratón hay que entrenar. Y todo eso, junto y convenientemente mezclado, soy yo y es mi vida. Quizá no la mejor, pero sí la que he elegido y con la que disfruto.

Y digo esto porque me he dado cuenta de que mucha gente en redes en redes sociales destaca de su perfil una sola dimensión, quizá con la que más se identifican: runners, triatletas, ciclistas… o cinéfilos, fotógrafos, amantes del café, de los gatos, de los viajes o qué sé yo cuántas más puedes encontrar. Quizá eso sea bueno tanto para encontrar referentes (los famosos influencers) como para conocer a gente con la misma afición o el mismo interés, seguirse mutuamente y compartir conocimientos y experiencia.

Lo entiendo. Pero no lo quiero para mí. Supondría reducirme tanto que me vería obligado a dar de alta un perfil por cada una de mis aficiones y tendría que desdoblar mi personalidad en tantas partes como perfiles hubiera creado. Y sería completamente absurdo porque al final dejaría de ser yo. Así que hace ya mucho tiempo que decidí que no. Que yo sería yo para lo bueno y para lo malo y que aun entendiendo que al que le guste el running no tienen por qué gustarle las series de televisión o los trenes, eso no iba a hacer que me “especializara” y que seguiría colgando en Instagram, por ejemplo, lo que me “saliera del alma” así fuera un atardecer, el último libro que hubiera leído o mis zapatillas de running.

Pero lo que nunca, nunca voy a hacer es dejar de ser garricar para convertirme en garrirunner.

Felices kilómetros.

Luis Buñuel, el runner

Hace tiempo escribí sobre el primer maratoniano español en acudir a unos Juegos: el aragonés Dionisio Carreras. Y hablaba de los pioneros del atletismo y llegué a la conclusión de que eran unos naturales, atletas genéticamente dotados para el deporte, como el “Campana”, y que en buena medida podríamos identificar con la élite del atletismo actual aunque en buena medida procedían del pueblo llano, de las corridas de pollos o de las carreras pedestres.

Pero todo eso me hizo preguntarme por los corredores populares de principios del siglo XX. ¿Quiénes eran? ¿Por dónde corrían? O, simplemente, ¿existían?

Yo soy muy aficionado a la historia de Madrid. Me encanta el blog de Historias Matritenses y las fotos que cuelgan en su grupo de Facebook y siempre me ha llamado la atención que en esas viejas fotos de las calles de Madrid nunca ha salido retratada gente corriendo. Supongo que en aquella época, por el contexto histórico que vivíamos, la gente estaba más preocupada por sobrevivir que por hacer deporte.

Buñuel en la Residencia de Estudiantes.
Buñuel en la Residencia de Estudiantes.

Pero tenía que haber gente que hacía deporte, seguro, y fue un capítulo de la serie de televisión “El Ministerio del Tiempo” el que me dio la pista definitiva al dedicar un capítulo a la Residencia de Estudiantes y representar al Luis Buñuel de la época como un  entregado deportista.

La Residencia de Estudiantes era un lugar de acomodo de hijos de familias bien que venían a cursar estudios universitarios en Madrid, no lo olvidemos; y estaba muy influenciada por la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos. Así que no ha de sorprender que se fomentara el deporte en sus instalaciones puesto que Giner de los Ríos mantuvo una relación epistolar intensa con Pierre de Coubertin, fundador de los Juegos Olímpicos de la era moderna y, como pedagogo, fanático defensor de la importancia del deporte en la escuela y su inclusión obligatoria en los planes de estudio.

Pero a lo que íbamos. ¿Fue Buñuel un runner? Pues parece ser que sí. En su autobiografía “Mi Último Suspiro” recuerda: “Muchos días, yo salía por la mañana a hacer footing con Johnson y Lorenzana (unos boxeadores). Íbamos desde el «Palace» hasta el hipódromo, situado a tres o cuatro kilómetros”. Para los que no seais de Madrid, Buñuel habla del antiguo hipódromo, el que existía donde hoy se erige el complejo de Nuevos Ministerios, muy cerca de la plaza de San Juan de la Cruz y de la Residencia de Estudiantes donde él vivía. Supongo que si en los años 70 a los primeros corredores populares les llamaban de todo, no quiero ni imaginar qué no les dirían a estos tres corriendo Castellana arriba en los años 20. Tampoco creo que le importase mucho a un tipo que se disfrazaba de cura, de obrero, de alférez de Sanidad o de bedel de Farmacia tan sólo por provocar.

josemiguelasensiocorridapollos
Corrida de Pollos en Calanda. Foto tomada del blog Aragonia Pedestrismo

No sé de donde le vendría la afición por el deporte a Buñuel, ni tampoco si conocía a Dionisio Carreras, que era aragonés como él, aunque diez años mayor. Pero seguro que en su pueblo, Calanda, durante las fiestas de San Roque, habría presenciado alguna que otra corrida de pollos puesto que eran tradicionales. El caso es que se convirtió en un atleta muy constante aunque como él decía, poco talentoso (quizá lo hubiera sido un poquito si no le hubiese gustado tanto el tabaco, el alcohol y las mujeres): “Cada mañana, con calzón corto y descalzo, incluso con el suelo cubierto de escarcha, corría por un campo de entrenamiento de la Caballería de la Guardia Civil. Fundé el equipo de atletismo del colegio, que tomó parte en varios torneos universitarios”. Tampoco he encontrado ningún dato de esos torneos universitarios de atletismo, pero la afición de Buñuel a madrugar para salir a correr ¡y descalzo! (¿a quién le parece ahora eso del barefoot una moda moderna?) es legendaria. José Moreno Villa le recordaba con estas palabras: “No paraba nunca. Desde muy temprano le veíamos semidesnudo salir con la pértiga a saltar en las mañanas más crudas de Madrid”. Y Paquito García Lorca, el hermano de Federico, con quien compartía afición al deporte, decía que sus primeros recuerdos de la Residencia eran “levantarse muy temprano y salir a correr y a saltar”. Y añade una anécdota de cuando las inspecciones en la época de la dictadura de Primo de Rivera eran frecuentes y relata que, al parecer, que un preboste del directorio militar se presentó en la Residencia a eso de las siete de la mañana para supervisar todo aquello y acompañado del director del centro, se cruzaron con un joven haciendo ejercicios calisténicos, busto desnudo, en pleno enero. El inspector se le quedó mirando, empavado, y le salió del alma: “¡Muy bien, muy bien! ¡Así se forja una juventud fuerte!” Por supuesto, el joven deportista que salvó aquella fría mañana de enero la Residencia de Estudiantes fue un runner, el primer runner español de la era moderna: Luis Buñuel.

Con Mahou en el Bernabéu

¿Por qué, por qué, los domingos por el fútbol me abandonas?

Pues sí. Tal como dice la canción de Rita Pavone, este último domingo he abandonado al running, a una carrera, la Norte-Sur, por un partidito de fútbol. Y me he quedado tan oreado a pesar de que la corrían amigos y compañeros. Tampoco es que ahora vaya a ponerme a practicar júrgol y dejar de correr no. No tengo interés y, para mi desgracia económica, tampoco tengo las cualidades. A mí el fúmbol, cómo decía la canción de Peretni fu, ni fa”.  De hecho casi me tienen que explicar el aspecto de la pelota para poder reconocerla el día del partido no sea que acabara dándole un chut (¿se dice así?) al árbitro por equivocación.

El caso es que lo del partido, además, cuadraba. Era en mi semana de descanso antes de ponerme a partir del lunes de después con un nuevo plan de entrenamientos que me tiene que llevar en la mejor forma física posible a la Maratón de Chicago. Así que pensé, ¿por qué someter al cuerpo al estrés de la competición cuando puedo jugar una pachanga con mis sobrinos y mi cuñado en el mismísimo estadio Santiago Bernabéu?

 

panorámica
Panorámica. Los del centro somos nosotros. Fuente: Mahou.

Porque sí, el partido se celebraba en el Bernabéu, el “Coliseo Blanco”. Evidentemente, si no me gusta el deporte de la pelotita y los 22 tíos corriendo detrás, tampoco es que sienta especial simpatía por ningún equipo, ni siquiera los de Madrid. Pero reconozco que el estadio en sí es un edificio emblemático de la ciudad y que es muy poca la gente que puede tener la oportunidad de pisar su césped y, aún menos, jugar allí. Además es el estadio al que fui a ver el único partido de fútbol que he visto en mi vida: el Real Madrid 6-Anderlecht 1 de diciembre de 1984. Así que ya era hora de volver después de más de 30 años sin pisar sus instalaciones.

¿Que cómo llegamos hasta allí? Resulta que, por lo que se ve, todos los años Mahou pone en marcha una promoción en su página web de “Somos Auténticas Estrellas” que consiste en ir formando, a través de un capitán (mi sobrinazo que es el que se ocupa de todo eso), un equipo de diez jugadores y una vez que todos se hayan dado de alta cada uno de los integrantes puede ingresar en la cuenta del equipo un máximo de veinte códigos al día de los que vienen en las etiquetas de los botellines (y en las anillas de los botes) de cerveza Mahou Cinco Estrellas. Al final de la promoción se realiza un sorteo entre los equipos participantes (los que, supongo, hayan llegado a un mínimo de códigos introducidos) y 100 equipos son agraciados con jugar entre ellos en un evento que se celebra sobre el césped del estadio Bernabéu. ¡Y nos tocó!

 

Aston Birra
Foto oficial del Aston Birra

Ese evento fue el del pasado domingo 21 de junio. Allí nos plantamos los 100 equipos… y supongo que algunos más invitados (enchufados) por la propia Mahou, porque empezó la cosa a las nueve de la mañana y se preveía acabar a las ocho de la tarde, así que si cada 30 minutos se disputaban tres partidillos de fútbol 7 simultáneamente a lo ancho del campo, en 11 horas tuvieron que jugar 132 equipos, ya que los partidos no tenían carácter competitivo y ningún equipo jugó más de uno, eso contando con que las matemáticas sigan siendo una ciencia exacta.

Aunque eso de que los partidos eran amistosos también fue un poco relativo, porque veías a cada equipo que parecía que iban a jugar la final de la Champions (alguno sólo por poder decir eso de “yo he marcado un gol en el Bernabéu” casi mata): espinilleras, los porteros con guantes, vamos, de “tó” (barriguitas cerveceras la mía y pocas más, curiosamente). La uniformidad la guardábamos todos muy bien porque Mahou nos regaló camiseta y pantalón (siempre se enfrentaba un equipo blanco con un equipo rojo) con el logo de la cervecera bien visible para las fotos (los derechos sobre la propia imagen se ceden, que lo sepas). Así que las botas fue lo único que tuvimos que llevar los jugadores (las mías de prestado, porque de eso no gasto).

Así que el sábado salí a correr un poco tan sólo por desentumecer un poco las piernas tras el pequeño parón de casi una semana (y por fijar un circuito de cuatro millas para unos entrenamientos que tengo en mente) y el domingo me planté en el estadio a las 8:15. Debo reconocer que me dieron mucha envidia los runners que llevaban puesta la camiseta de la Norte-Sur de este año con los que coincidí en el metro, aparte de los que luego vi subir calentando Castellana arriba y que pasaban por delante del Bernabéu mientras estábamos esperando para entrar ya que nuestro partidillo era a las 9:30. Es que la cabra tira al monte.

Momentos para el recuerdo
Momentos para el recuerdo

A las 9 nos metieron al estadio por la puerta 0, nos dieron las equipaciones y nos llevaron a un palco a cambiarnos (habían habilitado un montón de palcos del fondo norte como vestuarios y lugar seguro donde poder dejar las cosas hasta que finalizáramos). Cuando el monitor que nos acompañaba en todo momento nos indicó salimos al césped por uno de los corners con nuestros teléfonos móviles y cámaras para hacernos fotos, sirfis y movidas de esas como auténticos guiris con una sonrisa de oreja a oreja y cara de tontos. Y en esas estábamos cuando el speaker se pone a dar las alineaciones. Cuando dijeron mi nombre por la megafonía del estadio casi me parto de risa. Una sensación muy cómica oír tu nombre en el Bernabéu. En este punto, agradecer a mi hermana mayor y al madridista de mi cuñado José (el que debutó en la Media Maratón del Rock’n’Roll Madrid de este año) el apoyo que como afición nos dieron desde la grada: notable alto. Afortunadamente, además, el equipo rival que nos tocó en suerte también venía a vivir la experiencia y no a dejarse la piel en el campo (y de paso nuestro pellejo) por lo que los dos equipos pudimos jugar muy a gusto. El resultado fue lo de menos (ganamos 3 a 1, para el que tenga curiosidad), lo mejor fue que lo pasamos muy bien, que nos reimos muchísimo (cuando me pegué una cabalgada por la banda y al tratar de centrar le di al aire, casi me descuajaringo de risa) y que además trabajé velocidad (desconocida para mí, no estoy habituado a esos sprints explosivos que me agotaban como creía que una carrera no podría nunca agotarme) y músculos que con el running tenía olvidados (las agujetas del día siguiente lo atestiguan). Pero, sobre todo, que al final del partido, en la banda, habían montado unas carpas con un chiringuito con toda la cerveza (Mahou, of course) que quisieras y con algo de picar (sándwiches, croissants, taquitos de queso) eso sí todo limitado a los 30 minutos que duraba el partido de después.

Y siempre quedará espacio para una birra
Y siempre quedará espacio para una birra

Después, acompañados por nuestro monitor, de vuelta al “palco-vestuario” y tras acompañarnos a la salida nos dieron como obsequio una cajita con dos botellines de Mahou con motivos del Real Madrid y una copa de cerveza serigrafiada. Un detalle, vaya. La verdad es que todo eso se pueda vivir, y que salga por cero euros, es de agradecer y desde aquí felicitar a Mahou por la iniciativa.

Me quedo con una gran experiencia, muy divertida y muy recomendable. La organización es muy buena (casi alemana), los medios son abundantes y el escenario es de ensueño (sobre todo si eres futbolero y del Madrid) así que si alguno está interesado en vivir esta misma experiencia en sus propias carnes el año que viene, espero que esta entrada le haya servido de ayuda.

Cooling down en el post-partido
Cooling down en el post-partido

Ahora vuelta al lío y al running con mi particular #roadtoChicago.

Salvador Sostres

El martes, una entrada en el blog Siempre Corriendo me puso en la pista: el columnista del diario El Mundo, Salvador Sostres, nos había dedicado un artículo titulado “Las Endorfinas” que puede resumirse en que la gente que corre para sentirse bien es “imbécil”. Literal. Del latín imbecillis: alelado (lelo, tonto), falto de razón.

Hubo un tiempo que Sostres me enervaba. Sin ir más lejos aquel otro artículo que se menciona en la carta abierta de Siempre Corriendo, el que escribió hace dos años con motivo del fallecimiento de la atleta Teresa Farriol en una prueba de ultrafondo, me pareció más inhumano, más ruín, mucho más bajo y mucho más humillante para todos los corredores, porque no respetaba ni siquiera el dolor de una familia a pesar de ese “lamentar la trágica noticia, y acompañar en el sentimiento a los familiares”. Que es como cuando alguien empieza una conversación con el típico “no te molestes con lo que te voy a decir”: sabes perfectamente que esa persona, a pesar del aviso, va a molestarte, y mucho.

Sin embargo, hoy, cualquier cosa que Sostres escriba me produce indiferencia, una indiferencia profunda, casi vital. Sostres está ahí, en El Mundo (como podía estar en El País, La Vanguardia o el ABC), y escribe lo que escribe precisamente por la polémica que crea, de la que él es plenamente consciente y sabedor de que el día en que deje de ser “Salvador Sostres” tendrá que ganarse la vida con el sudor de su frente (esto de las referencias a la Biblia parece gustarle mucho). Claro que, si yo fuera él, tal perspectiva tampoco me parecería demasiado halagüeña.

Por ello, hace tiempo Sostres dejó de ser persona para ser personaje. No importa tanto lo que él piense como lo que los demás piensen de él o de sus esputos literario-periodísticos, sobre todo si eso comporta que la gente compre periódicos o inunde de visitas su página web. Lo que Sostres representa, lamentablemente, para el periodismo del siglo XXI es lo mismo que Belén Esteban a la televisión de calidad: un ser esperpéntico, envuelto en la polémica para subir audiencias, para vender, y que provoca filias y fobias por igual. Aunque él, a propósito, fomente más las fobias que las filias y ella, la mi pobre, sólo busque el amor (=€€€) del pueblo cuando se le llena la boca de esa “España” (=la audiencia) que la mima y la golpea hasta el ridículo una y otra vez.

Sostres tiene más doblez, es más taimado, más ladino. Es un cizañero porque la controversia, en su faceta más hostil, está en su naturaleza; y es de tal calibre que conseguiría lo que parece imposible: hasta que Blancanieves y el Príncipe Encantador se divorciaran.

Probablemente Sostres no escriba lo que realmente piense, ni seguramente piense mucho lo que va a escribir. Sólo necesita provocar, encontrar el resorte que haga saltar al otro. Y en eso es un maestro. Si la vida sana está de moda, pontificará las virtudes del colesterol. Si la mala gestión de un Gobierno es un clamor, él definirá a sus miembros como insignes próceres de la patria. Si un banquero podrido de dinero muere, lo glorificará. Si un terremoto provoca una mortandad, dirá que la Naturaleza es sabia. Si el pueblo pide República, él nos aleccionará sobre la descendencia divina e incuestionable del Monarca. Y si las tornas cambian, mañana será capaz de defender lo contrario sin enrojecer.

Salvador Sostres
Salvador Sostres

Nunca jamás un personaje se acercó más a aquella estupenda frase atribuída a Groucho: “estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.

Solo que el más fascinante de los hermanos Marx, querido amigo Sostres, hacía reír.

Atentamente,

Uno de esos imbéciles que corre para sentirse bien.

 

 

Pastora Soler

Este lunes pregunté a mi compañero de trabajo, Diego, también corredor, qué tal se le había dado la Media Maratón de Guadalajara que se había disputado un día antes. Me contestó que, bueno, que la había terminado, pero que después de un avituallamiento lo había pasado muy mal y añadió, muy serio, que le había dado un “Pastora Soler”.  Yo creo que mis risas se debieron escuchar hasta en el despacho del Director.

La cuestión vista por Idígoras y Pachi
La cuestión vista por Idígoras y Pachi

A estas alturas, pocos desconoceréis quién es Pastora Soler porque la noticia de su retirada por problemas de pánico a los escenarios fue ampliamente comentada por los medios de comunicación, y porque todavía fue más ampliamente difundido el uso que le dio a su nombre Joaquín Sabina en su primer concierto en Madrid cuando, al finalizar, se dirigió al público para decirles que no habría bises porque se sentía mal y añadió que le había dado un “Pastora Soler“. Es impresionante la caja de resonancia que suponen los medios y el eco que suponen las redes sociales: seguro que si no viste los telediarios, te acabarías enterando por Twitter o Facebook y comentándolo después en tu trabajo, en el bar o en el gimnasio. La importancia de los medios de comunicación no es de ahora, hace muchos años recuerdo que trabajaba como teleoperador en aquella compañía de teléfonos que se llamaba Airtel, la actual Vodafone. Pues bien, para la campaña de Navidad hicieron un anuncio publicitario que se hizo tan famoso que cada dos por tres nos llamaban por teléfono para decir aquello de: “Hola, soy Edu, Feliz Navidad”, Supongo que desde su punto de vista debía ser una broma genial, superdivertida y superoriginal. Lo que ellos no sabían es que cuando te hacen la misma broma 30 o 40 personas al día, cansa. Pero bueno, nosotros solíamos contestar: “sabe que el teléfono al que está llamando no es gratuito, ¿verdad?” Y ni Edu, ni feliz Navidad ni leches, el cliente colgaba inmediatamente sin despedirse siquiera. Y a otra cosa.

Pero volviendo al tema, cuando no existía todo este tinglado mediático también necesitábamos una expresión que reflerara esa misma sensación física de parálisis, de no poder completar lo previsto por un ataque de pánico irracional y repentino. Recuerdo que cuando era pequeño, y aún prestaba algo de atención al fútbol, se popularizó la expresión “miedo escénico” aplicada al deporte (fue la época de las remontadas europeas del Real Madrid, el famoso “miedo escénico” del Bernabéu). Más tarde, en la época del Bachillerato (el de BUP, no el de la LOGSE, o LODE, o LOE o lo que narices sea ahora), aprendimos algo mucho más cultureta, aquello del “síndrome de Stendhal” y así si nos acobardábamos en la discoteca y finalmente no entrábamos a las tías que nos gustaban en la discoteca de turno (normalmente las que llevaban la falda más corta y más capas de pintura encima que una puerta) era porque nos había dado el “síndrome de Stendhal” y habíamos sucumbido ante tanta “belleza”.

El auge del Tour de Francia en España se produjo a finales de los 80 y principios de los 90 y el ciclismo también nos trajo un nuevo vocablo: la famosa “pájara“, que es lo que solía darle a Perico Delgado en alguna etapa importante que le hacía perder toda opción a alzarse con el triunfo .

Y, finalmente para mí, llegó la época maratoniana y el famoso “muro” con el que muchos corredores nos estrellamos (“hit the wall“, que le llaman los anglosajones -esto lo he aprendido en Nueva York, en el último maratón-) cuando llevamos más de tres horas seguidas corriendo y ya no tenemos fuerzas de donde tirar.

Pero gracias al impulso de la tele y al buen hacer de Sabina como acuñador de expresiones, hoy ya tenemos un nuevo término “para gobernarlos a todos”. Y así, a los artistas en general les dará un “Pastora Soler” en el escenario, los rivales del Madrid en el Bernabéu sucumbirán de “Pastora Soler”, los chavales tímidos en las discos sucumbirán de “Pastora Soler” al acercarse a la muchachita que les gusta, a los ciclistas les entrará un “Pastora Soler” subiendo el Tourmalet y los maratonianos, como mi compañero Diego, como yo, nos estrellaremos contra un “Pastora Soler” en las carreras y no nos quedará más remedio que parar a caminar.

Todo será un “Pastora Soler”, excepto a la pobre Pastora Soler que, tan antiguos como sus coplas, le seguirán dando “patatuses“.

😉

Feliz Navidad a todos.

El recluta 36

Yo, de joven recluta
Yo, de joven recluta

En el blog de cualquier abuelo Cebolleta que se precie, como éste, no puede faltar una de aquellas “historias de la puta mili”. Sí, señor: soy tan viejo que hasta hice la mili. Y no una mili cualquiera, sino mili de voluntario, dieciséis meses sirviendo a la patria, haciéndome un hombre, como se decía antes (lo que tampoco era difícil si contamos que cuando me incorporé tenía 17 años). ¿Que por qué voluntario? Supongo que por millones de cosas completamente lógicas y coherentes para un chaval de esa edad. Hoy día lo relaciono más con el escaso desarrollo del neocórtex cerebral a esa edad.

Reclutas en el CIR
No me busquéis que soy de los de atrezzo del fondo

Probablemente fui un recluta atípico. El mismo día de nuestra incorporación nos subieron en la vieja estación de Atocha, antes de que fuera convertida en jardín, a un tren nocturno que tenía como destino Lisboa, aunque nos dejaría de madrugada en Cáceres, donde estaba el cuartel donde “haríamos el campamento”. A bordo del tren viajaba una pareja de neozelandeses un poco perdidos que acabaron sentándose en mi compartimento, rodeados de chavales con espinillas, en el que yo era el único capaz de entenderles y hacer de “intérprete” para el cabo primero que nos acompañaba. Días después, ya en el Centro de Instrucción de Reclutas nº3 (el campamento Santa Ana, para los amigos), durante las “clases teóricas”, mientras el resto de mis compañeros dormitaba oyendo a un sargento chusquero desgañitarse para que se nos quedara en la mollera las diferencias entre el tiro tenso y el tiro parabólico, yo trataba de repasar Matemáticas y Física y Química que eran las dos asignaturas que me faltaban para acabar el B.U.P. y que había dejado para ingresar voluntario, para asombro de mi compañero de pupitre de turno que me veía enfrascado en resolver integrales y derivadas como un loco. Vamos, que lo que no hacía en el instituto me dio por hacerlo allí.

Lo bueno de la mili era su rutina: siempre sabías qué tocaba hacer. Y por las mañanas, después de formar ante la puerta de la compañía, aún de noche, en aquella explanada y con aquel olor agrio tan característico de la vegetación de ese lugar; tocaba “educación física”. Rompíamos filas, nos cambiábamos a todo trapo y salíamos a formar otra vez vestidos con una camiseta caqui de manga corta de algodón, un pantalón de lona del mismo color y unas zapatillas que parecían tanquetas y que, desde luego, cuando te las entregaban no te preguntaban si eras pronador, supinador o tontolhaba. Las cogías y si te estaban grandes o pequeñas tratabas de intercambiarlas con algún otro recluta. La educación física también era peculiar, pues consistía en un único ejercicio: correr. Puede que no parezca sorprendente a un observador imparcial, pero para mí sí porque la educación física que dábamos en el instituto consistía en dos ejercicios: correr y, después, jugar al fútbol. Y aquí lo del fútbol no se estilaba. Pero era lo que tocaba, así que rodeábamos la explanada corriendo en círculo una y otra vez, una y otra vez, como hamsters pero de color aceituna, y tanto tiempo como al cabo primero al mando le parecía oportuno. A mí no me importaba, pero tampoco recuerdo que me encantase correr especialmente. Y a algún “quillo” sevillano que recuerdo, algo pasado de peso, unos minutos más corriendo precisamente no le hacían ninguna gracia. Sin embargo, a mí, que soy mucho más pragmático, el CIR me parecía enorme y probablemente pensaba que habría sido mucho más ameno salir a correr recorriendo todas las instalaciones (creo que por entonces yo ya tenía ese instinto explorador runner que tanto me gusta). Esa labor, la de explorar, tuve que hacerla paseando por las tardes con mi colega el 22. Obviamente mi colega no se llamaba 22 pero es que allí los mandos no te llamaban por tu nombre, sino por tu número y esa costumbre la adquirimos los del lumpen, vamos, la tropa; y era verdad que resultaba mucho más fácil que aprenderse los nombres.

Frente a la puerta de la 14ª Compañía (cómo nos gustaba hacernos fotos en cuanto nos daban las "escopetas")
Frente a la puerta de la 14ª Compañía (cómo nos gustaba hacernos fotos en cuanto nos daban las “escopetas”). Tampoco estoy, no me busquéis.

Un buen día, imagino que por nuestra cercana jura de bandera (es decir, que estábamos a punto de irnos a nuestros destinos), allá por mayo, se celebraron unas competiciones deportivas en la pista de atletismo, entre las compañías que estábamos haciendo la instrucción allí. No recuerdo apenas nada de ellas (veintisiete años no pasan en balde). Ni quién las organizó, ni cómo se selecciónó a los participantes, ni en qué deportes se competía (salvo fútbol y atletismo). Es obvio que yo no tomé parte en ellas. Sólo recuerdo estar sentado en la grada con el 22, bebiendo una gaseosa (bebida maligna a la que me aficioné peligrosamente) que habíamos comprado en la cantina, o en “la pollería”, y ponernos a animar como unos descosidos al 28 que corría los 200 metros lisos (afortunadamente le dejaron utilizar sus propias zapatillas y no las “tanquetas”): “¡venga la 14ª!” ,“¡corre veintiocho!”. Y pensar “cómo corren estos tíos” y, sobre todo, “ya hay que tener ganas de vestirse de corto y ponerse a correr con lo bien que se está sentado al sol”. Quién me iba a decir a mí que doce años después me iba a aficionar a eso del correr… tanto, que ya no he podido parar.

– “Oye, 22. ¿Nos vamos a por otra gaseosa?”

– “Venga, 36

Dedicado a todos aquellos compañeros voluntarios del 1-04-87 del Regimiento de Movilización y Prácticas de Ferrocarriles, donde quiera que estén.