La Cuarta Parte

La cuarta parte
La Cuarta Parte

Si eres tan viejo como yo, te recordarás muchas mañanas de sábado tirado en el sofá viendo “La Bola de Cristal”, aquel programa de Lolo Rico que consiguió reunir a pequeños y grandes junto a la tele para ver brujas, hadas, electroduendes, personajes de “la movida”, viejas series en blanco y negro y a Javier Gurruchaga, el cuarto hombre, conduciendo precisamente, “La Cuarta Parte”. Pero no voy a hablar de televisión, ni de nostalgias, y el título de este post no quiere decir nada más que lo que expresa: que el domingo pasado acabé las primeras cuatro semanas de las dieciséis del plan para la maratón de Madrid, es decir, la cuarta parte.

No sé vosotros, pero yo debo ser un apasionado de las fracciones (o los quebrados, como queráis) y cada vez que me toca salir a recorrer una kilometrada siempre voy haciendo cálculos del tipo, ya llevo corrido un cuarto, o un tercio, o dos tercios, o tres quintos o cuatro novenos. Supongo que en tiradas de más de 20 kilómetros hay mucho tiempo que rellenar y el cerebro tendrá que entretenerse en algo, el pobre. Tampoco llevo toda la vida así, no soy tan freak. Fraccionando mi vida, digo. Eso se lo dejo al protagonista de “About a Boy”, la novela de Nick Hornby, que dividía sus actividades diarias en unidades de tiempo de media hora cada una. Y menos aún fraccionando planes de entrenamiento. No porque no quisiera hacerlo antes, sino porque yo nunca he llevado un plan de entrenamiento hasta hace relativamente poco tiempo. Supongo que llega una edad en la que notas que la forma física ya no se adquiere corriendo por correr como cuando tenía 30 años. Entonces me la refanfinflaban los planes. Simplemente me apuntaba al maratón y salía a correr más a menudo. Si al cabo del tiempo podía correr en 41-42 minutos los 10 kilómetros y sobre 1:30-1:35 la media, sabía que ya estaba listo. Ahora me dicen que haga 1:30 en media maratón y me da la risa floja. Como si me piden que haga un kilómetro a 4 minutos, cosa que antes podía hacer en cualquier entrenamiento en el que me picase conmigo mismo. Con la edad me he vuelto lento. Los ritmos más rápidos que he visto en estas cuatro semanas de plan no han llegado ni a los 4:15 por kilómetro. Y tampoco creo que vayan a mejorar y tampoco me importa porque me veo bien a los ritmos que entreno (progresando adecuadamente). Simplemente lo acepto y sé que hoy día necesito correr y prepararme de otra manera más “ordenada” para conseguir las mismas marcas que hace 12 años salían “solas”.

El metabolismo también me ha cambiado y me cuesta mucho más bajar de peso (si es que bajo) cuando antiguamente me «desinflaba» con cuatro o cinco semanas continuadas corriendo con regularidad. Desventajas de hacerse viejo. Pero al menos soy de los que no se dan por vencidos sin luchar y he conseguido robarle 3 kilos a la báscula en estas cuatro semanas (no está mal, pero todavía me sobran más de diez kilos).

Por otra parte, el adaptar el plan que llevaba para Chicago este verano me ha dado la posibilidad de compararme en ambos y he llegado a la conclusión de que el frío me hace correr más. No sé si para llegar antes a casa y darme una ducha caliente, pero es un hecho que corro entre 5 y 10 segundos más rápido por kilómetro. El calor aplatana, sí. Pero lo que verdaderamente odio, odio, odio y odio es salir a correr a las 6 de la mañana. Maldita sea, si ya sé hasta dónde voy a encontrarme el coche de los municipales con los guardias dentro durmiendo. Cada vez que me los cruzo, aparte de la envidia que me dan, pienso que si abren el ojillo y me ven pensarán: «¿dónde irá este gilipollas corriendo, a estas horas?»

En conclusión, primeras cuatro semanas completadas a plena satisfacción, sin incidencias y ciñéndome al plan. Cuatro semanas con una carga de kilómetros de 47+47+55+61 kilómetros, lo que hace un total de 210 kms.

Ahora vamos a por otras cuatro, ¡vamos a por la mitad!

Me encuentro chungalí

El lemitre pasado debí jamar algo que no me sentó lachó y eso me tuvo toda la dramia con el opomomo hecho unos zorros, con alangarís y yéndome de varetas. Un cuadro. Mi romí asustada, ya me quería enviar al fulcheró del canguelo que tenía de verme nasaló. Así que de plastanear ni modo. Hasta me perdí la Carrera de la Ciencia que tenía caremada con unos monrós del curripén y a la que iba por la pati. Disde esa doga.

Bichela que ya sinela feter, tamí no pachibelo que trute a plastanear disde el canché.

Bi maratón, bi objetivos, el drupo y el crané se resienten.

Y ya se chana…

A chuquel jucó, saro son pajumís.

Maspalomas

Maspalomas, sábado 8 de agosto de 2015. 7:45 AM, hora local.

No acabo de acostumbrarme a que a estas horas aún sea de noche, cosas de estas latitudes, supongo. Hoy toca la tirada larga de la semana y, fuera de mi hábitat alcalaíno, me cuesta decidir una dirección por la que empezar a correr. No tengo prisa, 25 kilómetros tienen que dar para tomar muchas direcciones. Esta noche ha hecho mucho viento, aún ahora lo sigue haciendo, y calor, mucho calor, del que se te mete en la cavidad nasal y te abrasa por dentro. Es raro. Este clima que hemos tenido casi desde que aterrizamos en la isla es muy raro, con esa calima africana que nubla los cielos y calienta las tierras. Tomo la carretera que hay frente a los apartamentos hacia la derecha. Se oyen truenos a lo lejos y empiezo a recordar que esta noche he oído mucho viento, o a lo mejor era lluvia, o tormenta… o tal vez lo haya soñado, simplemente.

Llevo poco más de un kilómetro corriendo y me encuentro la cuestarraca de la vida en la Avenida del Touroperador Tui hasta llegar a la Plaza del Hierro. Quizá escoger el camino de la derecha no haya sido la mejor de las ideas. Pero, al menos la subida me ha permitido ver el paisaje y situar los relámpagos y los truenos en la zona de Arguineguín. Extrañamente pienso que con este calor, un poco de lluvia quizá no vendría mal. El plan inmediato es bajar por la Av. de Gran Canaria hasta el hotel Riu Palace y salir allí al paseo marítimo, en la zona de las dunas. Es un tramo tranquilo que hago corriendo por la calzada. Aquí y allá la sombra triste de algun guiri que vuelve de fiesta, un gato que huye al encontrarse conmigo, un taxi con luz verde que pasa algo más rápido de lo permitido… lo normal. Tras cruzar por delante de la puerta del Riu voy buscando el lateral pues recuerdo que hay un pequeño paso peatonal que lleva al paseo y no quiero pasármelo.

Las dunas me reciben con un viento ardiente y la arena que se me mete en los ojos. Es muy desagradable. Miro hacia el otro lado para evitar los picotazos de la arena. Sigo pensando que no es normal que sean las 8 de la mañana y que este viento sea tan caliente, que no haya refrescado por la noche, ni que el termómetro marque 28 grados.

Voy dejando atrás las dunas y la arena, tan sólo me acompaña el viento de cara. Pasado el Centro Comercial Anexo II el aire se va calmando, se ven más caminantes, más corredores, gente que se va reuniendo en los poyetes del paseo para ver amanecer, algunos con cámaras de fotos. Hoy no parece que vayan a tener suerte porque el cielo está completamente nublado. A estas alturas ya he decidido subir hasta San Agustín y dar la vuelta allí. A la altura de la Punta de las Burras ya es completamente de día y comienza a chispear, pero no arrecia.

Llego al balcón de San Agustín y doy la vuelta por el carril bici, paso por delante del Meliá Tamarindos en el que hemos veraneado otras veces. Apenas llevo 9 kilómetros. El carril bici me vuelve a dejar en el paseo marítimo en tan sólo un par de kilómetros, aunque ahora en sentido contrario. De pronto empiezan a caer goterones gordos: chof, chof, chof. E inmediatamente me encuentro bajo el diluvio universal. No llueve, caen cubos de agua. Literalmente. Bajo el ritmo casi hasta los 8 minutos por kilómetro y sólo pienso en no resbalar y “estontonarme”. La tormenta está encima de mí. Ya no hay nadie en el paseo marítimo para ver amaneceres ni anocheceres ni la madre que los parió a todos. Sólo andarines que huyen hacia sus hoteles y una bici despistada que me adelanta partiendo las aguas a su paso. Está lloviendo tanto que el paseo marítimo con sus baldosas poco acostumbradas a la lluvia es una charca todo él, y la altura del agua es tal que llevo totalmente empapadas las zapatillas y los calcetines. Me encuentro de frente a otro corredor. No nos saludamos, sólo nos miramos y sonreímos.

Al pasar de nuevo por el Centro Comercial Anexo decido correr por la playa del Inglés hasta el faro de Maspalomas, al menos por la arena no me resbalaré. Aunque tampoco tengo claro que sea la opción más inteligente del mundo teniendo una tormenta con truenos y relámpagos justo a la izquierda, sobre las aguas del Atlántico. La mente me va a cien escudriñando en mi memoria si alguna vez me enseñaron cómo no atraer a los rayos cuando uno está al descubierto en una playa. Mucho me temo que correr no estaba dentro de las recomendaciones. Pero bueno, de vez en cuando me cruzo por la playa con otras personas que habían salido a andar o a perderse entre las tumbonas un viernes noche y que, dando todo por perdido y los pelos como una sopa, caminan como yo o corren como yo y, por tanto, tienen las mismas posibilidades que yo de que les caiga un rayo encima. No me consuela, pero me deja seguir corriendo.

El viento sopla fuerte y la lluvia torrencial que antes caía de arriba ahora me da de costado. Y según avanzo y se desplaza la curvatura de la costa me va dando por el resto de costados hasta que finalmente el viento se une la lluvia con la arena de la playa y entre las dos me van atizando bien por el otro lado.

Quizá no lo he dicho, pero a estas alturas el ritmo me importa tres cominos. Sólo pienso en la distancia, en esos siete kilómetros que me quedan cuando llego a la falda del faro de Maspalomas, donde ya no llueve y en cuestion de segundos sale el sol y se queda una mañana primaveral. El paseo de Maspalomas está lleno de runners, de paseantes, de jardineros cortando el cesped, de empleados poniendo a punto las terrazas de las cafeterías, del Pingüino Soul, donde venimos todas las tardes a comprar un helado a Mateo (de chocolate negro). La temperatura ha bajado hasta los 26 grados. La mañana perfecta. Decido ir hasta Playa Meloneras para alargar un poco el recorrido, dar toda la vuelta al Centro Comercial y luego regresar por la calle de los hoteles: Lopesán Villa del Conde, Riu Gran Canaria, Riu Palace Meloneras y Lopesán Costa Meloneras. Desde allí de nuevo al faro y volver al punto de partida por el Barranco de Fataga.

Pero al llegar a la altura de la Charca de Maspalomas, cuando tan sólo me quedan dos kilómetros para terminar, el cielo se encapota, caen cuatro gotas gordas: chof, chof, chof, chof.. y estoy otra vez bajo el diluvio universal. Y me río. A carcajada limpia. Y miro hacia el cielo y el agua me chorrea por la cara. Y completamente calado me quito la camiseta y extiendo los brazos para hacer el avión. Y soy feliz. Como un niño, soy inmensamente feliz. Y pienso que por esto, precisamente por esto, amo correr.

Y otro runner guiri que venía detrás de mí me adelanta, muy serio y a lo suyo, bajo el diluvio tropical canario. Seguramente pensando si a ese lento corredor español, con la sonrisa de oreja a oreja, no le faltará un tornillo.

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Renuncias

Muchas veces hay que aprender a renunciar. No nos sale de dentro. Ya desde niños si la pretensión de nuestros papás era que eligiéramos entre el coche azul y el rojo, el resultado era más que previsible: pataleta y llantina. ¿Cómo no podían entender que queríamos los dos coches, o las muñecas, que lo queríamos todo? Quizá esté dentro de la condición icón humana el quererlo todo y por eso es tan difícil renunciar a algo. Renunciar a un sueño. Renunciar a una ilusión.

Lo suyo sería no tener nunca que renunciar a nada, pero la vida es una perra que no nos pone las cosas fáciles y nos va llevando a encrucijadas en las que no sabemos qué hacer: si seguir adelante como los valientes que se juegan la vida en una batalla a campo abierto o recular y buscar el abrigo de un parapeto para evitar que el enemigo nos meta una bala en los sesos.

Esta semana me ha tocado renunciar al maratón de Chicago 2015.

Y no a causa de una lesión o de una enfermedad, o por falta de entrenamientos. No. A día de hoy me encuentro pletórico de fuerzas: esta mañana mismo me ha tocado una tirada larga de 28 kms. que me he zampado como si fuera un caramelo de limón. He seguido un plan de entrenamientos exigente, mucho: a poco más de treinta días de la carrera llevo acumulados 200 kilómetros más que cuando preparé Mapoma en 2014.

La razón por la que renuncio a Chicago es mucho más banal, más zafia, más vulgar: dinero. En estos momentos la economía familiar es la que es y no podemos permitirnos el lujo de gastarnos 2.000 euros en un viaje a Chicago. Ni 1.000. Ni 500. Y menos por correr un maratón.

Así que tras once semanas de preparación y 660 kilómetros acumulados, tengo que decir adiós al sueño. Y seguramente también a correr un maratón en 2015.

Pero como se suele decir, el dinero viene y va. Llegarán tiempos mejores y nos reiremos de esto, chicos. Mientras tanto, la pestaña del correo electrónico me indica que he recibido un nuevo mensaje:

«CARLOS:

Thank you for completing the 2015 Bank of America Chicago Marathon deferment process. Your 2015 Chicago Marathon entry has been deferred.»

Ya no hay vuelta atrás.

CHICAGO MARATHON:

See you in 2016… mark my words!

keep-calm-and-bye-bye-for-now

On an Island in the Sun

We’ll run away together
We’ll spend some time forever
We’ll never feel bad anymore

Pues sí, caballeros (y señoras), hoy se acaba el curro y comienzan las vacaciones. El domingo estaré “on an island in the sun” aunque no sé si tendré como banda sonora la canción de Weezer. Me temo que con Mateo al lado, estaré más cerca de la “Caca de Colores” de Siniestro Total que del power pop de los californianos. Es igual, lo que importa es la “island” y el “sun”. Cuando yo era peque, vacaciones de verano pillaba pocas con mi familia: sin abuelos en el pueblo y con el sueldo de un ferroviario a ver qué podían hacer mis padres con tres niños en verano…  si acaso llevarnos de cuando en cuando a la piscina municipal; pero ahora no pierdo oportunidad de disfrutarlas. Me encanta el mar, tumbarme en una hamaca a leer un libro (si lo encuentro en el aeropuerto tengo ganas de que este verano caiga “Lo que te hace Grande” de Valentí Sanjuan), pasar tiempo con mi mujer y mi hijo y no tener que trabajar. ¡El no tener que trabajar es delicioso!

Además en mi preparación para el maratón de otoño, mi Road To Chicago particular, estas dos semanas en Canarias van a suponer un desahogo porque con la ola de calor que hemos sufrido en Madrid en julio el único momento del día en el que a mi entender se podía entrenar medio regular era al despuntar el día. Así que he tenido que estar levantándome a las 5:30 para poder entrenar y después entrar a trabajar. Y eso no es sano. No ya por el poco descanso y el mucho sueño atrasado sino, sobre todo, porque a esas horas intempestivas es que es de noche ciego, vamos que no se ve nada si te apartas de las farolas,  y entre que no tengo frontal y que soy un poco miope algún día me voy a dejar los piños contra el suelo en un mal paso.

A tus amaneceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino
A tus amaneceres rojos se acostumbraron mis ojos como el recodo al camino

Estos quince días mi intención es la de seguir saliendo a correr a primera hora de la mañana y luego poder disfrutar todo el día con mi familia, pero por lo menos aguantar en cama hasta que claree y pueda ver por dónde voy (aparte de lo bonitos que son los amaneceres al lado del mar –ya caerá alguna foto para el Instagram-). Así que tampoco daré mucho la turra con mis entrenos por aquí. No ya por las vacaciones, sino porque me cuesta ponerme a contar si entreno, cuánto entreno o cómo entreno, no me apetece nada. De hecho estoy por la semana 6 del plan para Chicago y ni siquiera he comentado nada de qué tal me estoy portando o qué tal va saliendo. Voy a tratar de apañarlo con un pequeño resumen casi a modo de telegrama: estoy metiendo mucho más volumen de kilómetros que nunca, pero voy a ritmos más lentos; peso 2 kilos más que el año pasado cuando preparaba Mapoma (y que no hay forma de bajarlos, oiga) y, por último, hace dos semanas me pegó un pinchazo el gemelo derecho yo creo que por querer cambiar de pisada para aterrizar más con el antepié así que paré tres días y al reanudar los entrenos he vuelto a talonear, pero como hay Dios… y sin novedad hasta la fecha (después de 17 años corriendo de una determinada manera, quién me mandaba a mí ponerme a hacer experimentos).

Y eso es todo. Que lo paséis muy bien si también os tomáis unos días de asueto, mucha fuerza a los que se reincorporan al trabajo y, bueno, que si veis a un corredor bajito, poco pelo, con barriguilla cervecera y corriendo lento por la zona de Maspalomas, saludad que seguro que seré yo. 😉

Felices vacaciones.

 

Un paso adelante

Escribir en el blog he venido escribiendo, más o menos, regularmente, pero sí que me he dado cuenta de que hace mucho que no hablo de lo principal en una bitácora sobre correr: mi, vamos a llamarla así, “actividad atlética” (la realidad es que en lo que hago hay poco de actividad y casi nada de atlética). En resumidas cuentas, que después de Nueva York: la nada. Pretender, sí que pretendía cosas… que si correr esta carrera, la otra, la de más allá. Pero las fechas de esas carreras se fueron acercando, se celebraron y yo preferí quedarme en casa, en todas; entrenando, sí: corriendo siempre por el mismo sitio, corriendo siempre al mismo ritmo, corriendo siempre un par de días por semana.

¿Marathon blues? ¿Autumn blues? ¿Winter blues? Cualquier blues era bueno para agarrarme a él como a un clavo ardiendo, como justificación ante esa vocecilla interior que te avisa de que no lo estás haciendo bien, aunque estés haciendo algo.

– El objetivo está lejos- le contesto,- tengo tiempo de aquí a noviembre para preparar un maratón. Más que de sobra.

La vocecilla echa un vistazo a la báscula que se acerca peligrosamente al “octanaje”, se vuelve a buscar el patético ritmo de mis últimas salidas y con un ese tono de voz entre burlón y sarcástico que suele utilizar nuestra conciencia cuando quiere jodernos, pero bien, sentencia:

-¿A quién pretendes engañar, man?

Tocado y hundido.Por tanto, está decidido: año nuevo, vida nueva. Y el pasado 19 de enero, ese día que decían todos los medios de comunicación que era el más triste del año, el blue Monday en el que la gente abandona sus resoluciones de Año Nuevo, soy yo el que resuelvo las mías: este año voy a correr la media maratón de Zamora el 15 de marzo (porque sí, porque me apetece), después acompañaré a mi cuñado en su debut en la media maratón del R’n’R Madrid Maratón y el 30 de junio voy a pesar 10 kilos menos que en el blue Monday lo que me va a permitir afrontar la preparación del maratón de otoño con el cuerpo debidamente “acondicionado” y buscar el gran objetivo del año que va a ser y, atención que saco la artillería pesada:

Fuente: sheswickedhealthy.com
Fuente: sheswickedhealthy.com

CONSEGUIR REBAJAR MI MEJOR MARCA PERSONAL EN MARATÓN DE TODOS LOS TIEMPOS

Así que los 3:26:37 del Mapoma del año 2002 pronto serán historia.

Ahora que se atreva alguien a llamarme “tapado”.

Pasaba por aquí… y me he dicho

Cuánto tiempo sin pasarme por aquí, ni siquiera a saludar. Y quizá debería hacerlo más, aunque sólo fuese como un momento de calma o como terapia para curarme de un día a día que de un tiempo a esta parte cada vez se me desboca más sin poderlo remediar. Ojalá pudiera tomarme un año sabático, cerrar asuntos, abrir otros, poner en orden los cajones de mi existencia. Tantos frentes abiertos no son buenos. Lo cierto, es que el running sigue ahí, justo al otro lado de la puerta de la calle, y continúa siendo el rinconcito en el que refugiarme, el momento del día en el que mis únicas preocupaciones son la respiración y el ritmo. Mi chute de endorfinas en vena. Y si fuera por mí abusaría aún mucho más de esa droga. Pero no me queda tiempo. Así que, teniendo en cuenta mi estado de forma y mis objetivos correriles para este otoño hay ya dos cosas que tengo claras. La primera es que en dos semanas estaré corriendo en Nueva York. La segunda es que voy a sufrir para acabar.

Hace unos días estuve comparando la preparación para Mapoma con lo que he podido entrenar para NY y los resultados son para llorar. No es que haya entrenado sólo algunos kilómetros menos que en primavera, no… es que voy por debajo en más de 200 kilómetros. Y los ritmos tampoco salen. Si justo antes de Mapoma ’14 rodaba alegre a 4’45”, ahora el día que me siento a gusto corriendo a 5’15” es que no me lo creo, soy tan feliz que doy palmas hasta con las orejas.

 Sólo este dato bastaría para plantearme seriamente abandonar la idea de correr 42 kms. Pero el maratón y yo ya nos conocemos, somos viejos enemigos, y sé que no puedo, que no voy a poder, comparar Madrid con Nueva York y que las 3:30 horas están fuera de mi alcance. Esta escasa preparación no me lo permite. Y lo sé, me ha pasado antes y sé que la única forma de correr bien un maratón es corriendo mucho los cuatro meses de antes. Y no lo he hecho y a dos semanas de la carrera tampoco lo voy a hacer. Pero sé que si sólo me planteo acabarlo, podré hacerlo. Porque también tengo una referencia anterior, la de la maratón de Barcelona ’13. Aquella vez, ya lo conté, llegué lesionado, sin haber podido correr apenas el último mes antes de la prueba. El día de la carrera tuve que rociarme en Réflex y los días previos e incluso el mismo día de la carrera, tuve que “atiborrarme” de Ibuprofeno para poder correr sin dolor. De hecho, en los corrales de salida, creía firmemente en que por primera vez iba a tener que retirarme, y pensaba en cómo sería esa sensación. La carrera fue una agonía desde el kilómetro 25 y pero pude finalizarla, ¡corriendo!, y en un tiempo de 3:56’06”. Por eso NYC va a caer.

 Y ese va a ser mi objetivo: sub 4 horas. Ya está, ya lo he dicho.

 Tampoco voy a mentir y decir que no me importa. Ya tengo una edad en la que cada vez va a ser más difícil correr no ya más rápido, sino rápido a secas. Lo que quiero decir es que cada vez tengo menos balas en la recámara para poder hacer una buena marca y el hecho de desperdiciar una de ellas por… un entreno largo en Nueva York pues… puede escocer. Pero después lo meditas y dices que bueno, que no está tan mal, que va a ser una experiencia, que mucha gente nunca podrá vivirla, que soy un privilegiado y que, además, voy a poder fijarme en detalles que seguramente se me pasarían desapercibidos de estar pendiente del crono. Y además, como no tenía GPS, ¡ha caído un Nike+ Sportswatch a la saca!

 Esta semana, o la que viene incluso, trataré de hacer una tirada un poco más larga (no tiene sentido tratar de guardar fuerzas al final cuando mi nivel de esfuerzo es tan escaso que a duras penas he podido rodar 40 kms. en total alguna semana que otra). Pero por lo menos quería llegar a ese km. 25 en el que empecé a sufrir en Barcelona y que eso me dé un poco de confianza extra para el día de la carrera.

 Es Nueva York, tío, ¡relájate y disfruta!

Garricar

  • BIB Number: 17543
  • Start Info: Green Wave 1 Corral E
  • Start Time: 9:40 AM

El Runner Low Cost

Por los tiempos que vivimos, parece que asociemos low-cost a productos o servicios de baja calidad. Lo barato sale caro, decía siempre mi madre. Así que cierto desprestigio hay en eso del bajo coste. Yo, como runner, ya debo ser un producto low-cost: nunca he bajado de 40 minutos en 10 kilómetros, ni de 1 hora 30 en la media maratón y ni por equivocación me he aproximado a las 3 horas en la distancia mágica del maratón. Sin embargo siempre me han gustado las marcas de renombre y siempre me he declarado fan de Adidas, a pesar de mi penitente paso por la marca del swoosh por aquello del sensor de Nike que sólo se podía poner en sus zapatillas. Últimamente he redescubierto Karhu y mi nostalgia de los años 80 ha hecho el resto: chubasquero, Fulcrum Star… Pero  (siempre hay un pero). Stuart Mill, decía que el hombre es un homo economicus y yo digo que es verdad, que lo soy y me considero como tal. Ya desde mi etapa londinense, cuando era capaz de visitar hasta tres supermercados en la misma tarde para comprar los ingredientes de la cena buscando la óptima, a mi entender, relación calidad-precio. El folleto del Lidl es mi biblia y además fue ahí donde empecé a comprar mis primeros artículos runner low-cost: camisetas de compresión, mallas… después continué mi expansión al Primark donde encontré las mejores camisetas térmicas base layer.

Adidas Supernova Glide Boost 6
Adidas Supernova Glide Boost 6

Y, finalmente, ha llegado el momento de planificar, homoeconómicamente, el maratón de otoño. Mis Glide 5 se han metido más de 1.100 kms en un año entre suela y upper, incluida una preparación para el maratón, y a pesar de no haber debutado en la distancia de los 42 kms me veo obligado a rebajarlas del servicio activo y pasarlas a la reserva en Zamora. Las Glide 6 Boost se quedaban como mis únicas zapas operativas, así que lo primero que pensé fue en utilizarlas como zapas de entreno y comprar unas Karhu Flow3 trainer por internet. Pero el hecho de no poder probarlas (no he conseguido averiguar si existen tiendas donde las tengan físicamente sin tener que viajar a Helsinki) y, sobre todo, que fueran unas zapas mixtas y muy ligeras las aproximaban demasiado al concepto que tengo de las Glide 6 Boost que debo decir me han encantado como zapatillas para maratones: ligeras, estilizadas, estables, para nada duras y… ¡muy bonitas! Estoy enamorado de ellas. ¡Y no quería dos pares de zapas ligeras! Quería unas zapas para hacerles kilometradas, unas zapas de batalla, zapas de infantería, zapas pisahormigas. Y me acordé de una marca española y nada cara: Joma. Joma ha existido siempre. En mi época de adolescente estaban las J’hayber, las Yumas, las Kelme y las Joma. Y nunca había tenido unas.

Joma Titanium XV
Joma Titanium XV (fuente: Sprinter.es)

Después de investigar un rato largo porque la página oficial es un caos y distribuidores tampoco es que haya muchos, descubrí tres modelos que se podían ajustar a lo que andaba buscando: las Carrera, las Hispalis y las Titanium. Todas son zapatones ideales para darles tralla, quizá las Carrera hubieran sido las más cercanas a mi constitución, pisada y ritmos, pero no pienso ir a buscar un par al quinto pimiento, así que me decidí por las Titanium XV que estaban a la venta en el Sprinter al lado de casa. Quizá sean para corredores con más peso que yo, pero tampoco he notado que sean una barbaridad de pesadas.

Y mi homo economicus está encantado porque me han costado 40 euros.

PD: Ojo, la empresa es española pero en las zapas pone Made In China y no Made In Toledo.

Preparando un maratón: vol. 16

La última semana de preparación para el maratón he tenido la suerte de que coincidiera con Semana Santa, en Zamora y con una temperatura extraordinaria, por lo que he podido sacar cuatro días de entrenamiento, aunque la kilometrada no ha sido espectacular, vamos, que alargando un poco las tiradas lo podía haber hecho en tres días como ha sido la tónica a lo largo de estas dieciséis semanas.

Empecé el miércoles con una tiradita de 50 minutos a ritmo muy tranquilo para estirar las piernas, a lo largo de la orilla del Duero, 9,7 kilómetros en total. El jueves ya sí me di un poco más de caña con un entreno de 10 kilómetros a un ritmo tempo inferior a 4’40″/km para, finalmente el viernes volver otra vez a hacer otra salida de 10 kilómetros pero a ritmo de maratón, en torno a los 5 minutos por kilómetro.

El sábado descansé y me fui con la familia a pasar el día a Salamanca porque me apetecía muchísimo estar con ellos y disfrutar haciendo cosas juntos. Además es una ciudad que siempre merece la pena una visita.

El domingo, ya de vuelta en Alcalá, última tirada larga, un medio maratón a ritmo de maratón y en condiciones extremas otra vez: sin haber comido y sin beber durante todo el entreno. Al final salió un ritmo de 4’55″/km. Mejor de lo esperado aunque sufrí muchísimo al final viniendo desde Camarma. Además corría viento, que es uno de los elementos atmosféricos que más detesto.

Esta semana, la del maratón, ya no cuenta. Imagino que a mitad de semana saldré a hacer media horita a un ritmo vivo para que las piernas no pierdan ritmo y quizá el sábado salga a hacer un breve trote cochinero o simplemente me vaya a pasear. Hay que ahorrar energías. El trabajo está hecho y el domingo será la carrera la que nos ponga en nuestro sitio.

Dorsal 4774
Dorsal

Go, go, go!

Los números:

  • Kilómetros totales de la semana: 51,4
  • Kilómetros totales del plan: 704

Próxima estación:

  • Maratón de Madrid 2014

Estaciones anteriores:

  • Marató Barcelona 2013: 3:56:06
  • Maratón de Madrid 2012: 3:29:48
  • Maratón de Madrid 2010: 3:57:41
  • Maratón de Madrid 2009: 3:40:05
  • Maratón de Madrid 2004: 3:30:53
  • Maratón de Madrid 2003: 3:26:56
  • Maratón de Madrid 2002: 3:28:42
  • Millennium Marathon Madrid 2001: 3:59:31
  • Maratón de Madrid 2000: 4:17:36
  • Maratón de Madrid 1999: 4:14:58

¡Que Dios reparta suerte, compadres!

Preparando un maratón: vol. 15

Semana 15 de 16. Esto se acaba y debería tocar levantar el pie del acelerador. De hecho, muchas personas opinan que lo que no hayas hecho ya no lo vas a conseguir de aquí al día de la carrera. Pero, para mí, esta semana venía marcada por la falta de entrenos de la anterior y no quise dejarla escapar.

El jueves, como tenía turno de mañana y tarde en el curro, aproveché la hora de comida para salir a correr por los alrededores del centro. Sin objetivos, sólo trotar por trotar para ver qué fuerzas habían quedado tras la gastroenteritis y cómo reaccionaba el cuerpo al entrenamiento de nuevo. Fueron 11 kilómetros a una media de 5’32”/km y, salvo la pereza de poner en marcha la maquinaria de nuevo tras casi una semana de parón, no noté ninguna parte de mi cuerpo “tocada”.

Eso hizo que el viernes por la mañana saliera a rodar por el barrio con mucha más confianza. Y también sin objetivos completé otros 11 kilómetros pero ya corriendo del 6 al 10 a “ritmo de maratón” (a unos 5 min/km).

El sábado, ya en Zamora a donde hemos subido a pasar la Semana Santa, salí a mediodía, pero sin duda fue un error porque el calor se hizo notar. No fueron más que 15 kilómetros a 4’57” de media, pero al final ya iba con la lengua fuera, con mucha sed, imagino que algo deshidratado.

El domingo por la mañana tocaba tirada larga y aunque notaba los cuádriceps algo cargados salí sin pensármelo mucho y me alegro porque fue muy bien. Al final 25 kilómetros a 4’57” de media también, sin molestias, bebiendo cada seis/siete kilómetros aprovechando las fuentes a lo largo del recorrido y con muy buenas sensaciones.

Total, una semana completa, con cuatro entrenamientos, que estoy que no me lo creo. Dejaremos los números aquí:

  • Kilómetros totales de la semana: 62,1
  • Kilómetros acumulados del plan: 652,6