And if you have five seconds to spare
Then I’ll tell you the story of my life.

The Smiths – “Half a person”

He querido reunir aquí la serie de cinco fotos contando un poco mi historia en el mundo del maratón que he publicado en mi perfil de Instagram, cada una con su texto correspondiente, pero modificando algunas cosas aprovechando que aquí no existe la limitación de 2200 caracteres de IG. Os dejo con ello. Si la habéis seguido por Insta, os podéis ahorrar la lectura porque vais a necesitar algo más de cinco segundos. 😉


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Mapoma 1999

Leyendo las aventuras de @corvilloantonio, me han entrado ganas de dar la chapa con una foto de mi primera carrera: la maratón de Madrid de 1999. Sí, sí, primera carrera, no primera maratón. Yo debuté por la puerta grande: 42 km con camiseta y pantalón de algodón y zapatillas de tenis. Es decir que, como se deduce fácilmente, no tenía la más mínima idea de dónde me metía. En 1998, leyendo el periódico en la oficina donde trabajaba en turno de noche (gajes del noble y mal considerado oficio de teleoperador), di con la crónica del 21º Maratón Popular de Madrid que acababa de celebrarse y le dije a, mi compañero: “el año que viene lo corro yo”. Él me miró y dijo: “vale, y yo”. Y ahí quedó la bravata. Yo, a pesar de que siempre fui deportista (karateca federado desde los 9 a los 14 años), hacía ya tiempo que llevaba una vida sedentaria, con unos turnos de mierda en el trabajo y era consciente de que necesitaba hacer algo de deporte. Mi compi se olvidó pronto del tema, pero yo, con la llegada del buen tiempo, empecé a salir a dar vueltas al Parque “El Paraíso” de mi barrio, San Blas. Primero una, luego dos, tres, nueve… Y eso fue mi “entrenamiento”: vuetas y vueltas a un parque de tres kilómetros de cuerda. No recuerdo bien los meses que estuve corriendo así porque hace ya mucho de aquello y la memoria es selectiva. Lo que sí recuerdo es que aunque no considerara importante lo de las zapas o camisetas (total, ya si tenía unos pantalones cortos y nikis), sí que me compré un cronómetro Casio por lo menos para saber el tiempo que pasaba corriendo. Y, sinceramente, yo pensaba que había hecho una muy buena preparación… hasta que cuando fui a recoger el dorsal en el Hotel Convención (antes éramos tan pocos que la feria del corredor se podía hacer allí) me dieron una revista de la organización en la hablaban del “muro”, de la preparación psicológica, etc. Vamos que entendí de golpe en donde me estaba metiendo y que aquello era un “fregao” importante. Y así fue. En la carrera me pegué tal leche contra el muro que todavía ando recogiendo los dientes. Recuerdo pasarlo mal ya desde la Ciudad Universitaria cuando no había ni llegado al kilómetro 25. Y comerme limones (¡limones!) a bocados atravesando la Colonia del Manzanares escuchando de fondo la animosa cacerolada de los vecinos, y llegar al kilómetro 40 en Méndez Álvaro andando como un zombie, lanzándome a por la botella de agua del último avituallamiento bajo un sol abrasador que me aplastaba contra el asfalto para por fin acabar la p*t* carrera en el Paseo del Prado con la cara desencajada. Nunca en la vida lo había pasado tan mal y supongo que lo más alejado de mi pensamiento en aquellos momentos era la posibilidad de volver a correr otro. Y mira por donde, van ya 15 maratones: 10 de Madrid, el Millennium Marathon, Barcelona, Nueva York, Liverpool y Valencia. Y otro, portugués, en camino si el coronavirus lo permite.


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Mapoma 2002

Si ayer hablé de mi primera maratón “formal”, hoy con esta foto contaré la historia de la que considero mi primera maratón “real”: abril de 2002, mi cuarta maratón, pero la primera que por fin hice de principio a fin corriendo. Si la maratón de 1999 fue un desatino y una penitencia que acabé en 4:15, la segunda, en 2000, lo fue aún más y en vez de mejorar mi marca, la empeoré hasta las 4 horas y 18 minutos. No me pregunten por qué, ni yo mismo me acuerdo. Salió así y nada se pudo hacer. Así que tuve que irme a casa renegando y con la firme determinación de que el año siguiente, en el Maratón de Madrid de 2001, me cobraría la venganza definitiva contra los malditos 42 kilómetros y 195 metros. Pero el hombre propone y Dios dispone, y con las ansias de prepararme bien me lesioné en un gemelo y no pude participar a pesar de estar inscrito en una edición épica que se desarrolló bajo la lluvia (lo recuerdo porque fui a meta como espectador a ver el final). Ese mismo año 2001, por suerte, se organizó un maratón de otoño en Madrid: el Millennium Marathon; con un recorrido completamente distinto al de Mapoma y en el que en su meta de la Casa de Campo, a pesar de no haberla podido preparar bien por la lesión, marqué un registro ya de 3:59. Pero, aun así, volvía a casa siempre cabreado: siempre había un pero, un fallo; esta vez por tener que dejar de correr y tener que caminar en los últimos kilómetros porque acababa perdiendo mucho tiempo y sabía que yo tenía otra marca mejor en mis piernas. Quería, ¡necesitaba!, correr un maratón de principio a fin y conocer cuáles eran mis límites. Así que el siguiente Maratón de Madrid, el de 2002, lo preparé como marcan los cánones: diversidad de entrenos, cuidado de la alimentación, equipación adecuada (mis Adidas Supernova Cushion, pantalón y camiseta técnica -tuve que comprarla porque las conmemorativas de Mapoma siempre eran de algodón-)… y funcionó y ahí están esos 3:28 (que eran 3:26 en tiempo real). Esta maratón ha sido la única en la que no sentí el muro, al contrario, pequé de prudente y quizá podía haber hecho un tiempazo. Pero bueno, en aquella época no tenía pulsómetro, no existían los GPS, ni Stryd y todas las decisiones se tomaban por sensaciones. Por eso pienso que si mi cuerpo me pidió prudencia por algo sería: a lo mejor compensar la imprudencia de los comienzos. 😉


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Mapoma 2008

La foto de hoy no es para nada espectacular y ni siquiera salgo yo. Pero es importante para mí. La hice en la recta de meta de la maratón de Madrid de 2008 y en ella, si uno se fija, puede ver a lo lejos al corredor que iba a ganarla: @chemitamartinez. Y es importante, digo, porque tras la maratón de 2002 me estabilicé en las marcas. Volví a correr Madrid en 3:26 en 2003 y en 3:30 en 2004. No iba ni para adelante ni para atrás, y además ya tenía el suficiente oficio como para poder correr un maratón de principio a fin, sin que eso supusiera un desafío. Y esa falta de progreso, junto a nuevas y necesarias circunstancias laborales y personales hicieron que no encontrara la motivación suficiente como para preparar un maratón. Seguía corriendo por libre, sí; seguía participando en carreras de 10 kiómetros y en algunas medias, pero el maratón quedó aparcado, descartado, un año tras otro. Pero aquel abril de 2008 me apeteció ir a ver el maratón como espectador y estuve siguiendo la carrera en varios puntos, aplaudiendo y sintiendo envidia (mucha) de todos aquellos corredores a los que trataba de animar. Así que para cuando Chema Martínez pasó por delante mía en el Retiro, camino de su victoria, el gusanillo del maratón ya se había instalado en mí de nuevo. Las circunstancias se volvieron además muy favorables pues a finales de ese mismo año aprobé la oposición y ya vivíamos en Barajas, donde era fácil poder salir a entrenar, no como cuando vivíamos en Malasaña. Y el 26 de abril de 2009, después de un paréntesis de cinco años, con los nervios de un debutante, me volví a poner en la línea de salida de mi séptimo maratón. Aquel Mapoma, el primero que corrí con meta en El Retiro, se me atragantó un poquito, pero a base de oficio pude acabarlo dignamente con una marca de 3:40, lo que no estaba nada mal para un funcionario corredor en prácticas.


Finisher
Nueva York 2014

Tras 2009 volví a correr Madrid en 2010 (3:57) y en 2012 (3:29). Escapé de maratón en 2011 por el embarazo de mi mujer y el nacimiento de mi hijo. El caso es que empecé a sentir que Madrid no me llenaba como antes y en 2013 corrí la primera maratón fuera de mi ciudad, en Barcelona (3:56). A pesar de correr puesto de ibuprofeno hasta las trancas, me encantó la experiencia del turismo runner y supe que tenía que repetirla. Lo que no me plantee fue repetir Barcelona por fechas ya que al celebrarse en marzo la preparación se tiene que hacer en los peores meses del invierno. Así que en 2014 volví a Madrid (3:32) pero probando suerte también en la lottery para el @nycmarathon por si sonaba la flauta. ¡Y sonó! Así que ese año habría que correr dos maratones, algo que nunca había hecho pero me ilusionaba. ¡Al fin y al cabo era Nueva York! Sin embargo, en verano, al comienzo de la preparación, mi madre falleció. Todo se me vino abajo. Mi madre era mi fan número 1. En mis primeras maratones siempre venía junto a mi padre a meta a verme llegar. Tuve muchas ganas de abandonar, de quedarme en Madrid con mi pena. Pero @cmansog me convenció y la preparé como pude, pensando nada más que en acabarla. No es fácil correr cuando tienes ganas de llorar. Porque inevitablemente en algún momento te invade la pena y lloras ya estés conduciendo, trabajando o corriendo; y muchas veces sentí correr las lágrimas por mis mejillas durante un rodaje. Pero el tiempo avanza inexorable, sin pausas, y llegó el día de salir hacia nuestras minivacaciones en los Estados Unidos, y una vez allí Nueva York te avasalla los sentidos se nublan con todo lo que ves y vives en una ciudad que se prepara para una fiesta deportiva y empiezas a pensar que necesitas hacerlo bien porque aquello es Nueva York, aquello es un major, y sabes que puede que nunca más lo vuelvas a correr. Pero aun así, por mucha voluntad que le pongas, el entrenamiento que llevas es el que te condiciona en carrera. Yo, afortunadamente, había hecho 3:32 en Madrid y había ido perdiendo la forma suavemente. Pero a pesar de toda mi prudencia, en el muro del Bronx me tocó mirar al cielo, pedirle a mi madre ayuda, y apretar los dientes hasta esa meta de Central Park a la que tanto cuesta llegar. Al final terminé en 3:52 que para tal y como estaba me pareció un triunfo. Un triunfo amargo en el que el caballero de la triste sonrisa de la foto, yo mismo, no acierta a enmascarar su pena.


 

El último tramo de mi aventura maratonianas vuelve a Madrid en 2016 tras un paréntesis en 2015 en el que tuve que renunciar a correr el que hubiera sido mi segundo major: Chicago. Simplemente porque ese año tuvimos que elegir entre vacaciones de verano o correr el maratón porque no había dinero para todo. Y lo mejor para la familia eran unas merecidas vacaciones a pesar de tener que perder la inscripción a Chicago, que ya estaba pagada. A mí me hubiera encantado poder tenerlo todo, pero si no es posible, no es posible; y hay que darse cuenta también de eso. Si alguna vez pensé correr los seis majors, el sueño se acabó en aquel momento. Pero bueno, rehice mis planes, volví a Madrid en 2016  (3:33) como forma de asegurar un maratón y con la determinación de alejarme de él en años posteriores. Y así ha sido desde 2017, y no es que no quiera volver a correr en Madrid, simplemente no me apetece por el momento. En mayo de 2017 viajamos a Liverpool para correr un maratón que me encantó pero para el que no iba preparado y en el que lógicamente hice la peor de mis marcas: 4:22. Yo creo que moralmente aquello me tocó y por eso me tomé el 2018 como año sabático de maratones. Finalmente, el año pasado célebre en Valencia mis dos décadas como maratoniano (1999-2019) con mi maratón número 15, la niña bonita, que acabé en 3:36, mi mejor marca en un maratón lejos de casa.

valencia2019
Valencia 2019

Y hasta aquí ha llegado, de momento, mi historia de corredor de larga distancia. En principio debería correr este otoño en Oporto (otro destino asequible), pero la crisis del CoViD19 no sé cómo nos afectará, ni tampoco qué pasará con las carreras multitudinarias a partir de ahora. Pero lo iremos viendo poco a poco.

Agradeceros la paciencia que habéis tenido los que habéis leído estas entradas. También pediros perdón por el tostón, pero agradeced que tuviera esto en mente y no os contara los quince maratones… uno a uno. La última foto es del maratón de Valencia, que corrí con la camiseta de mi gimnasio @karateolimpia, algo que pienso repetir siempre que pueda. En los próximos años prometo aclararme y decidir si soy un karateca que corre o un corredor que hace kárate. O quizá es que sea las dos cosas al 50%.

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