Decía Sir Francis Bacon que «si la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña«. Pues bien, queridos niños, esto es una verdad como un templo que se aplica literal a cualquiera de las montañas que conozco. Ya puede esperar sentado el trail runner a que la montaña se acerque a él, que la montaña se quedará más ancha que larga allá arriba, quietecita. Eso lo saben hasta en la China Popular, donde tienen montañas a punta pala. ¿Y en Fuerteventura? ¿Tienen montañas? Pues sabiendo como sabemos que es una isla de sol y playazas, paraíso del windsurfing y algún que otro deporte acuático, tenderemos a pensar que no. Y eso es lo que me ha pasado a mí, que me fui a Fuerteventura buscando playa, pero me encontré con una montaña (vale sí, antes me encontré también la playa, pero esa es otra historia)… más concretamente me encontré con el pico más alto de Fuerteventura (poco más de 800 metros) al que se ascendía por una senda cuyo inicio caía, mira que es casualidad, justo detrás de mi hotel. Yo veía día tras día desde la playa esa cumbre envuelta en nubes desde la playa y una vocecilla interior me decía: “tienes que subir”. Así que un buen día, después de atiborrarme un poco menos de lo habitual en el buffet del hotel y aprovechando la hora de la siesta del heredero, me puse las zapas, la gorra y el Polar, salí de la habitación y eché a correr en dirección a la cima.

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Las montañas detrás del hotel, llamándome

De lo primero que me di cuenta es de que a las cimas se les llama cimas por algo. Es decir, cuando decimos que algo está encima, es que está en la cima, o sea, arriba del todo. Y, consecuentemente, para llegar hasta ella (la cima) hay que subir. Y subir, sea fácil o no sea fácil (que no lo es), es cansado. Y si encima acabas de comer, aunque sólo sea un poco de gazpacho, pues la comida te rebota en el estómago, y si encima te vas a lo alto en una isla como Fuerteventura aparece también un señor llamado Viento (así, con mayúsculas) que precisamente no tiene entre sus planes el facilitarte a ti eso de subir y bajar al Pico de la Zarza en una correndilla.

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Empezando la subidilla

La capacidad humana de adaptación al medio se impone en momentos como esos y te permite corregir sobre la marcha parte del error y ser todo lo inteligente que no has sido al planificar la salida (pero sólo hasta donde da el colodrillo de cada uno, ojito, que tampoco hace milagros) y decides que los tramos de subida (los más) los vas a hacer andando y que sólo correrás en los tramos que encuentres en bajada (uno) y/o en llano (dos, a lo sumo tres). En total una hora y doce minutos para hacer 7 kilómetros, ascender unos 750 metros y casi haber podido morir del susto al cruzarme con una cabra en el sendero. He de decir que, según vio que me acercaba, el animal o animala huyó ladera abajo por lo que deduje que no debía ser hostil y que, probablemente, tenía más miedo que yo.

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Peligro, cabras salvajes
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Llegando a la zona de la muerte

Pero todo esfuerzo tiene su recompensa, me dirá el lector listillo: las vistas desde lo alto deben ser bellísimas. Pues así lo creo yo también… si la niebla me hubiera dejado ver algo. Por lo que cuentan otros senderistas más afortunados que yo, cuyo testimonio puede encontrarse fácilmente en la red, parece ser que el paisaje desde arriba cualquier día despejado es de los que cortan el aliento y permite admirar en toda su extensión la playa de Cofete.

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Maravilosas vistas desde la cumbre

Así que, en mi caso, la recompensa a mi esfuerzo fue… el descenso. Porque yo soy muy torpe y, además, un poco miope. Y a correr salgo sin gafas. Y ya se sabe que el torpe caminador anda mal y acaba peor. El caso es que al empezar a correr de nuevo de vuelta al hotel mi única certeza era que me iba a pegar una leche tremenda, la incógnita era “dónde”. A mayor abundamiento, resulta que eso de bajar corriendo por el monte empezó a gustarme. Empecé a gustarme. Un 10% de pendiente “pa’bajo” no se pilla todos los días y cada saltito eran no sé cuántos metros menos y a una velocidad que se iba incrementando. Y sentir las ráfagas de viento y aplicar la corrección correspondiente en cada «vuelo» para aterrizar sin daños, todo eso, mola. Las Vomero, por otra parte se estaban portando realmente bien en un terreno que no era, ni es, el suyo (pero es que no era plan de haberme llevado también las zapas de trail, al fin y al cabo en vacaciones el único calzado imprescindible son las chanclas). Pero me entró la cordura y empecé a bajar con la palanca del freno de mano echada, sujetando la zancada y procurando no embalarme… y aun así varios kilómetros salieron a 4:30. Alguna piedra me recordó además que mis tobillos son de cristal y porl lo que tuve que emplearme un poco más a fondo en eso de sujetarme y lo conseguí: ¡llegué al final de la ruta en 38 minutos y sin caerme!

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Bajada a saco, pero en esto que ves un barquito y paras a echarle una fotico

Eso sí, los cuádriceps me quedaron pa’ chopped y los dos días siguientes bajaba por las escaleras del hotel como los maratonianos las escaleras del metro al acabar la carrera.

La montaña no es para mí, pero estoy deseando de volver; y si puede ser a Fuerteventura, con buffet libre, mejor.

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Fin de fiesta y copa de vino español

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