Carta de fin de año para un joven Sensei [off topic]

Hace algo más de cinco años, cuando ni d

Fausto joven
Fausto, como yo lo conocí, el segundo por la derecha (foto del grupo de Facebook de antiguos alumnos del Colegio XXV Años de Paz)

e lejos pensaba volver a entrenar, me enteré de la muerte de mi maestro de kárate, con el que empecé en San Blas cuando apenas era un mocoso de nueve años. Entonces escribí un texto en el que traté como pude de recordarle y de explicar, y explicarme, lo que había supuesto en mi vida y lo que de sus enseñanzas todavía quedaba en mí. Recuerdo que lo escribí con mucha emoción porque a su recuerdo se sumaba su ausencia y cuando los sentimientos se entremezclan con la intención de razonar siempre hay algo que se te agarra a la tripa y que no te suelta ni te soltará jamás.

Y eso me ha pasado hoy cuando he vuelto a repasar ese texto para ver cuántas de las cosas que dije entonces necesitaban ser actualizadas. Y he vuelto a sentir ese dolor que nos nace a todos en la boca del estómago y esa pena infinita cuando recuerdas que alguien se fue injustamente y que no lo volverás a ver.

Y así, aunque me lo hayas pedido, Martín, mi nuevo y joven maestro, no voy a hablarte de las razones que encontré para retomar el kárate o qué me hizo volver después de más de treinta años sin vestir un karategi. Voy a hablarte de lo que duele no poder decir a ciertas personas a su debido tiempo lo importantes que son para nosotros. Y como la vida siempre se repite, has de ser consciente de que aquel “yo” del pasado al que me refiero podría ser hoy cualquiera de tus niños y niñas del Olimpia.

Yo no puedo darte lecciones de nada porque soy tu alumno y al alumno sólo le corresponde aprender. Pero sí puedo hacerte recordar cosas que de sobra sabes. Por eso te recuerdo que tienes una gran responsabilidad con ellos, con tus niños, quizá más de la que creas (o no), y que es la misma que tuvo mi Sensei Fausto sobre mis compañeros y sobre mí. Te lo habrán dicho mil veces, pero es verdad: ellos aprenderán viéndote, escuchándote, imitándote, sintiendo con alegría tu afecto y con temor tus reprimendas. Serás su padre (con permiso de Valeria o sin él), su hermano mayor, su profe, el colega guay que todos quieren tener y hasta el líder de una secta si tú quisieras, porque muchos te seguirían al fin del mundo. ¡Serás Bruce Lee! Tal poder tienes sobre ellos. Tu figura será una referencia que les acompañará desde la infancia hasta buena parte de su vida adulta porque tú, a diferencia de muchos de sus profes, no cambiarás con el nuevo curso. Siempre estarás ahí y les verás crecer, hacerse hombres y mujeres. Y sí, les enseñarás katas y kumité, harás hincapié en la técnica y les ayudarás en la competición… todas esas cosas por las que se supone que te pagan, te pagamos, sus familias. Pero cuando ellos acaben su recorrido deportivo a tu lado y se aparten para seguir su camino en la vida, porque muchos se apartarán antes o después (ya lo sabes por experiencia), con el tiempo no te recordarán por aquellas enseñanzas, te recordarán por todo lo demás, por todos esos valores inmateriales que hay escritos en las paredes de tu gimnasio y que se habrán incorporado a su propio ADN a través del trabajo diario, a través de tu ejemplo: humildad, respeto, compañerismo, paciencia, sacrificio, esfuerzo, tesón, disciplina, superación. Todo eso que va más allá de aprenderse paiku, kosokun sho o pinan godan y que, como sabes, es bastante más importante.

Y quizá un día, si los posos que vas dejando son los adecuados, uno de aquellos chicos que se apartaron del kárate y que afirmaron rotundamente que jamás volverían a pisar un tatami se presente a la puerta de tu dojo, dentro de muchos años, siendo él ya todo un hombre y tú un venerable sensei, con su hijo, para apuntarle, preguntarte si te acuerdas de él y si le dejas volver.

Entonces, y sólo entonces, mi joven maestro, tus preguntas hallarán respuesta.

Por muchos más años en el Do: ¡Feliz Año, Sensei! ¡Feliz Año, Olimpia!

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