Downton Abbey, footmen y running

Aparte de correr, por fortuna, me gustan más cosas, entre ellas las series de televisión. Y no necesariamente las mejores. Puedo ver series de todo tipo: buenas, malas, regulares y hasta inclasificables. La mayoría sin ninguna relación con el deporte y, menos aún, con el running. Insisto, por fortuna. “Downton Abbey” ha sido una de ellas y no ha sido una excepción. Y hablo en pasado porque la serie ya ha finalizado… por fortuna. Para el que no la haya visto, un resumen rápido: la serie narra las aventuras y desventuras (más de estas últimas que de las primeras) de una familia bien (muy bien, vamos, tirando a fenomenal con su título de nobleza, su mansión y todo lo demás) y de los sirvientes a su cargo, ambientada en la campiña inglesa a principios del siglo XX (esto es, en plena extinción de la sociedad victoriana). Un culebrón de manual en el que los únicos deportes que yo vi fueron el cricket, la caza a caballo del zorro -y la de escopetas también- y el automovilismo (al que se dedicaba el último marido de la hija del Conde, heredera de todo aquello… culebrón, ¿eh?).

La serie era de aquellas que dan ganas de empezar a verla por aprender un poco de inglés culto, aunque al final lo único que aprendiera es que a pesar de que nuestro profe de inglés nos enseñase que “papá” se decía “daddy” en la lengua de Shakespeare, en realidad los niños bien guiris también llaman a sus padres “papá” como en España, eso sí arrastrando la última sílaba muy lánguidamente, ‘papáaaa‘… Vamos que no hacía falta salir de Murcia para eso.

Lo que sí refleja muy bien la serie es lo que podríamos llamar el “escalafón” de los sirvientes. El mayordomo, jefe del servicio doméstico que supervisa todo y a todos para que no haya absolutamente nada fuera de lugar. El ama de llaves, que trabaja en coordinación con el mayordomo y se ocupa de que las doncellas mantengan la casa en condiciones. El ayuda de cámara del Duque y la doncella personal de la Duquesa que se encargan del cuidado de la ropa de los duques, de ayudarles a vestirse o desvestirse y también de su equipaje. Luego estaría un submayordomo, un primer lacayo, un segundo lacayo, etc., etc., etc. hasta llegar al mozo, que sería el encargado de hacer las labores más desagradables (vaciar orinales, etc.).

El origen de los ‘lacayos’, que en la serie, en inglés, se denominan footmen (hombres de a pie), se remonta al siglo XVII, cuando los caminos no eran como las carreteras de hoy día y sus funciones eran otras, principalmente su labor consistía en ir corriendo,  adelantándose al carruaje de su señor, limpiando el camino de obstáculos, previniendo vuelcos, pagando los peajes del coche por adelantado o incluso, anunciando la inminente llegada del señor. También ejercían como correos cuando las comunicaciones postales apenas estaban dando sus primeros pasos. Por estas específicas funciones, tan necesitadas de una buena forma física, se buscaban para el puesto siempre hombres jóvenes, atléticos, altos (no pregunten por qué, pero cuanto más altos más orgullo sentían sus amos por ellos y más presumían ante otros señores) y por supuesto solteros, sin vínculos que pudieran interponerse con su trabajo. Pero lo más importante es que pudieran correr, que pudieran correr mucho y muy largas distancias. De hecho, algunos nobles ponían a prueba sus cualidades antes de contratarles y cuentan la historia de uno de aquellos señores que vivía en Londres y que un día recibió a un candidato a footman. Le hizo vestir con la librea de paño que habría de ser su uniforme de trabajo y le pidió que corriera hasta el punto más lejano que podía observarse desde la ventana del piso de arriba de su casa y que volviese. Mientras, él le cronometraría y, si el resultado le satisfacía, le contrataría. Aquel candidato se aplicó a la carrera como si le fuera la vida misma en ello y corrió tanto y tan deprisa que el buen señor, cuando le vio llegar, desde la misma ventana le gritó: “de verdad que me van a hacer buen servicio sus piernas”; y el candidato le contestó: “pues de verdad que a mí me va a hacer buen servicio su librea” y tras hacer algunos aspavientos con las manos continuó corriendo como alma que lleva el diablo sin que jamás le volvieran a ver… ni a él ni a la librea.

Y en unos tiempos en los que, bueno, digamos que todavía el fútbol no existía; los footmen se fueron haciendo cada vez más y más populares hasta el punto de que los señores empezaron a hacer competiciones de footmen para elegir al mejor. Competiciones que empezaron a hacerse más y más importantes y en las que se llegaron a ofrecer grandes sumas de dinero a los ganadores.

Cuando la red viaria mejoró, los footmen dejaron de ser útiles y los que quedaron lo hicieron más que nada como ostentación del dinero y de la grandeza de sus señores ya que sus funciones pasaron a ser simplemente las que se ven en “Downton Abbey”: hacer recados, servir las comidas o ayudar a las doncellas durante la limpieza corriendo muebles o alcanzando objetos elevados (eran altos, recordemos). Evidentemente funciones menores para las que no eran necesarios, por lo que eran considerados un lujo.

Footmen
Footmen

De aquellos footmen ya sólo queda el recuerdo, algunos libros y un famoso pub en Londres llamado “The Only Running Footman“. Pero, os doy una pista, cuando veais en la tele a la Reina de Inglaterra viajar en coche de caballos, fijaos en los dos tipos vestidos con una levita roja que viajan en la parte posterior del carruaje. Sí, esos son los últimos footmen.

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4 comentarios en “Downton Abbey, footmen y running

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