Lo que vi en el Trofeo Paris

Fuente: elatleta.com
Fuente: elatleta.com

Cuando escribes una crónica, no siempre puedes meter en ella todo lo que viste, experimentaste o sentiste. Y muchas veces, todo eso que se pospone para mejor ocasión, acaba en el cajón del olvido, perdido para siempre. Por eso escribo hoy, porque no quiero olvidar.

Sería sobre el kilómetro 2 de la carrera, cuando todavía estaba buscando mi posición en el pelotón. Iba adelantando gente, atletas que bien habían salido demasiado adelante o bien yo me había colocado demasiado atrás. En cualquier caso, un corredor llama mi atención. No tiene un correr “redondo”, sino más bien “raro”: con cada zancada se mueve lateralmente, por lo que hay que tener cuidado al adelantarle para no chocar y empujarle (o ser empujado). En estos casos siempre es una de dos: o es un corredor con molestias físicas o tiene algún tipo de deficiencia motriz. Evidentemente, en el kilómetro 2 de una carrera de 10, no puede ser más que la segunda opción.

El chico va bien, así que con cuidado le adelanto y me olvido de él. Cuando paso el kilómetro 7 siento a un corredor llegar pisando fuerte justo detrás de mí. Debe llevar un ritmo que me va a “quitar las pegatinas” en cuanto me adelante. Lo hace enseguida y me fijo en que es el corredor de antes. El caso es que tras adelantarme no se separa demasiado y se acomoda al ritmo que llevábamos, por lo que estoy tentado de alcanzarle y preguntarle si estaba aprovechando la carrera para hacer cambios de ritmo. No lo hago, pero memorizo su dorsal. Luego, poco a poco, vuelve a coger ritmo pero yo ya no estoy para seguir ninguna rueda y prefiero ir a mi aire hasta la meta. Tras cruzarla y recoger mi ropa me voy hacia el metro. Y justo en la boca del metro estaba él, con un señor, tratando de sacudirse un poco el barro que nos llevamos puesto en las zapatillas, en los calcetines y hasta en el alma. Estuve tentado de haberle felicitado por el carrerón, pero pasé de largo. Al día siguiente salieron los resultados y busqué su dorsal. Después el señor Google me dijo que era un corredor habitual en las carreras de Madrid y alrededores, aficionado al ajedrez y hasta que había sido  campeón de España de su categoría en 800 metros lisos.

Por eso no quiero olvidar. Porque en las carreras, los populares podemos ser más altos, más guapos, más gordos o más calvos, pero tenemos dos piernas y dos brazos sanos. Y un cerebro sin taras (que lo usemos o no ya no depende más que de uno). Pero hay gente que no. Que lucha como nosotros con la distancia, con el cansancio, con la climatología… pero además luchan contra ellos mismos. Contra lo que la naturaleza no les ha dado o una enfermedad o un accidente les ha quitado. Y, para mí, eso sí que tiene mérito. Yo no sé si tendría el valor de estas personas si estuviera en su lugar. Y está muy bien eso de fijarse en las élites, o la admiración que puedas sentir por un tío que corre el kilómetro en 2:15. Pero a mí quienes me dejan con la boca abierta son personas como ese chico al que adelanté en el Trofeo Paris pero que después me quitó las pegatinas y al que vi feliz junto a su padre, sacudiendo sus zapatillas llenas de barro. No subió al podium, ni falta que le hacía, pero para mí fue el más grande de los ganadores. Respeto y admiración.

El señor Google también me dijo que hace un tiempo buscaba trabajo. Ojalá que 2016, los Reyes Magos o el destino le hayan traído uno, porque una persona que se esfuerza tanto, seguro que se lo merece.

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