Aquellos tiempos en los que correr no tocaba

A veces me parece la prehistoria, pero hubo un tiempo en el que yo no corría.

Podría decir ahora que aquella fue una época negra, una etapa infinitamente peor en la que no me sentía bien conmigo mismo ni con mi vida y que fue el running el que finalmente me salvó… pero mentiría. Simplemente eran otros tiempos. Tiempos en los que no tocaba correr. Durante aquella época tocó estudiar, formarse, divertirse, viajar, salir y hasta hacer los primeros pinitos en el mercado laboral. No recuerdo ni estar más gordo ni menos gordo que ahora, ni más sano ni más pocho, ni más feliz ni más triste que cuando unos años después empecé a correr. Sólo recuerdo que no hacía ejercicio de forma continuada: algún sábado podía bajar a las pistas del parque para jugar un partidillo de fútbol con los amigos del barrio, o quedar y jugar un poco al baloncesto con los de la universidad. Pero esporádicamente. No era lo “normal”.

Sí que conocí durante aquel período a gente activa, gente que practicaba deporte asiduamente: que nadaba, que jugaba al tenis, que hacía artes marciales. Pero sin prestarles demasiada atención y, por descontado, sin sentir envidia ni pretender emularles desde el siguiente día. Ya lo he dicho, no tocaba. Y, sin embargo, sí que recuerdo, perfectamente, que cuando llegaba el buen tiempo y se alargaban los días me encantaba salir a caminar. Caminar por Madrid. Podía salir de casa de mis padres cualquier tarde y acabar en Ríos Rosas, o bajar hasta Manuel Becerra o el Palacio de los Deportes y volver subiendo toda la calle Alcalá. Yo solo. Pero a buen ritmo, sin que aquello pudiera considerarse un paseo: sin descansar, sin pararme a tomar algo en ningún bar. Y sobre todo me gustaba caminar por el mero placer de hacerlo y no por tener necesidad de comprar algo o hacer algún recado, tan sólo por  mirar hacia arriba, por explorar la ciudad, por conocerla pateándome sus calles.

Puerta de Alcalá
Puerta de Alcalá. 1995 (Fuente: Panoramio)

De todos aquellos recorridos el que más me gustaba era el que solía hacer en mi época de reponedor en El Corte Inglés de Sol cuando decidía volver a casa caminando: tomaba la calle Alcalá, pasaba por Cibeles, Puerta de Alcalá, atravesaba el Retiro, continuaba por O’Donnell, me desviaba a la altura del Pirulí hacia La Elipa, subía hasta el Cementerio de la Almudena y desde allí enfilaba Largo Caballero hasta llegar a San Blas. Tardaba una hora y me parecía que había andado muchísimo. Hoy sé que son apenas 7 kilómetros, pero yo no lo sabía entonces y me sentía extraordinariamente fuerte pensando poco menos que había recorrido 10 o 15. Quizá aquella confianza ciega en mis fuerzas basada exclusivamente en la distancia recorrida durante mis caminatas fuera lo que me llevara a pensar, cuando el Mapoma se cruzó en mi camino, que yo podía terminar aquella maratón con mi proverbial perseverancia… y tan sólo un poco de esfuerzo. Porque la juventud es vanidad, dice el Eclesiastés.

Ahora me parece la prehistoria, pero hubo un tiempo en el que, aunque yo no corría, ya era maratoniano.

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