Maspalomas

Maspalomas, sábado 8 de agosto de 2015. 7:45 AM, hora local.

No acabo de acostumbrarme a que a estas horas aún sea de noche, cosas de estas latitudes, supongo. Hoy toca la tirada larga de la semana y, fuera de mi hábitat alcalaíno, me cuesta decidir una dirección por la que empezar a correr. No tengo prisa, 25 kilómetros tienen que dar para tomar muchas direcciones. Esta noche ha hecho mucho viento, aún ahora lo sigue haciendo, y calor, mucho calor, del que se te mete en la cavidad nasal y te abrasa por dentro. Es raro. Este clima que hemos tenido casi desde que aterrizamos en la isla es muy raro, con esa calima africana que nubla los cielos y calienta las tierras. Tomo la carretera que hay frente a los apartamentos hacia la derecha. Se oyen truenos a lo lejos y empiezo a recordar que esta noche he oído mucho viento, o a lo mejor era lluvia, o tormenta… o tal vez lo haya soñado, simplemente.

Llevo poco más de un kilómetro corriendo y me encuentro la cuestarraca de la vida en la Avenida del Touroperador Tui hasta llegar a la Plaza del Hierro. Quizá escoger el camino de la derecha no haya sido la mejor de las ideas. Pero, al menos la subida me ha permitido ver el paisaje y situar los relámpagos y los truenos en la zona de Arguineguín. Extrañamente pienso que con este calor, un poco de lluvia quizá no vendría mal. El plan inmediato es bajar por la Av. de Gran Canaria hasta el hotel Riu Palace y salir allí al paseo marítimo, en la zona de las dunas. Es un tramo tranquilo que hago corriendo por la calzada. Aquí y allá la sombra triste de algun guiri que vuelve de fiesta, un gato que huye al encontrarse conmigo, un taxi con luz verde que pasa algo más rápido de lo permitido… lo normal. Tras cruzar por delante de la puerta del Riu voy buscando el lateral pues recuerdo que hay un pequeño paso peatonal que lleva al paseo y no quiero pasármelo.

Las dunas me reciben con un viento ardiente y la arena que se me mete en los ojos. Es muy desagradable. Miro hacia el otro lado para evitar los picotazos de la arena. Sigo pensando que no es normal que sean las 8 de la mañana y que este viento sea tan caliente, que no haya refrescado por la noche, ni que el termómetro marque 28 grados.

Voy dejando atrás las dunas y la arena, tan sólo me acompaña el viento de cara. Pasado el Centro Comercial Anexo II el aire se va calmando, se ven más caminantes, más corredores, gente que se va reuniendo en los poyetes del paseo para ver amanecer, algunos con cámaras de fotos. Hoy no parece que vayan a tener suerte porque el cielo está completamente nublado. A estas alturas ya he decidido subir hasta San Agustín y dar la vuelta allí. A la altura de la Punta de las Burras ya es completamente de día y comienza a chispear, pero no arrecia.

Llego al balcón de San Agustín y doy la vuelta por el carril bici, paso por delante del Meliá Tamarindos en el que hemos veraneado otras veces. Apenas llevo 9 kilómetros. El carril bici me vuelve a dejar en el paseo marítimo en tan sólo un par de kilómetros, aunque ahora en sentido contrario. De pronto empiezan a caer goterones gordos: chof, chof, chof. E inmediatamente me encuentro bajo el diluvio universal. No llueve, caen cubos de agua. Literalmente. Bajo el ritmo casi hasta los 8 minutos por kilómetro y sólo pienso en no resbalar y “estontonarme”. La tormenta está encima de mí. Ya no hay nadie en el paseo marítimo para ver amaneceres ni anocheceres ni la madre que los parió a todos. Sólo andarines que huyen hacia sus hoteles y una bici despistada que me adelanta partiendo las aguas a su paso. Está lloviendo tanto que el paseo marítimo con sus baldosas poco acostumbradas a la lluvia es una charca todo él, y la altura del agua es tal que llevo totalmente empapadas las zapatillas y los calcetines. Me encuentro de frente a otro corredor. No nos saludamos, sólo nos miramos y sonreímos.

Al pasar de nuevo por el Centro Comercial Anexo decido correr por la playa del Inglés hasta el faro de Maspalomas, al menos por la arena no me resbalaré. Aunque tampoco tengo claro que sea la opción más inteligente del mundo teniendo una tormenta con truenos y relámpagos justo a la izquierda, sobre las aguas del Atlántico. La mente me va a cien escudriñando en mi memoria si alguna vez me enseñaron cómo no atraer a los rayos cuando uno está al descubierto en una playa. Mucho me temo que correr no estaba dentro de las recomendaciones. Pero bueno, de vez en cuando me cruzo por la playa con otras personas que habían salido a andar o a perderse entre las tumbonas un viernes noche y que, dando todo por perdido y los pelos como una sopa, caminan como yo o corren como yo y, por tanto, tienen las mismas posibilidades que yo de que les caiga un rayo encima. No me consuela, pero me deja seguir corriendo.

El viento sopla fuerte y la lluvia torrencial que antes caía de arriba ahora me da de costado. Y según avanzo y se desplaza la curvatura de la costa me va dando por el resto de costados hasta que finalmente el viento se une la lluvia con la arena de la playa y entre las dos me van atizando bien por el otro lado.

Quizá no lo he dicho, pero a estas alturas el ritmo me importa tres cominos. Sólo pienso en la distancia, en esos siete kilómetros que me quedan cuando llego a la falda del faro de Maspalomas, donde ya no llueve y en cuestion de segundos sale el sol y se queda una mañana primaveral. El paseo de Maspalomas está lleno de runners, de paseantes, de jardineros cortando el cesped, de empleados poniendo a punto las terrazas de las cafeterías, del Pingüino Soul, donde venimos todas las tardes a comprar un helado a Mateo (de chocolate negro). La temperatura ha bajado hasta los 26 grados. La mañana perfecta. Decido ir hasta Playa Meloneras para alargar un poco el recorrido, dar toda la vuelta al Centro Comercial y luego regresar por la calle de los hoteles: Lopesán Villa del Conde, Riu Gran Canaria, Riu Palace Meloneras y Lopesán Costa Meloneras. Desde allí de nuevo al faro y volver al punto de partida por el Barranco de Fataga.

Pero al llegar a la altura de la Charca de Maspalomas, cuando tan sólo me quedan dos kilómetros para terminar, el cielo se encapota, caen cuatro gotas gordas: chof, chof, chof, chof.. y estoy otra vez bajo el diluvio universal. Y me río. A carcajada limpia. Y miro hacia el cielo y el agua me chorrea por la cara. Y completamente calado me quito la camiseta y extiendo los brazos para hacer el avión. Y soy feliz. Como un niño, soy inmensamente feliz. Y pienso que por esto, precisamente por esto, amo correr.

Y otro runner guiri que venía detrás de mí me adelanta, muy serio y a lo suyo, bajo el diluvio tropical canario. Seguramente pensando si a ese lento corredor español, con la sonrisa de oreja a oreja, no le faltará un tornillo.

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2 comentarios en “Maspalomas

  1. Tengo grandes recuerdos de toda esa zona. Yo también me la corrí un lejano mes de noviembre de 2007. La mejor parte de todo fue acabar en el jacuzzi del hotel que hay junto al faro. Ahí, con casi 30 grados, mientras en Madrid no dejaba de nevar.
    Fue bonito mientras duró.
    Ah, y me encanta que diluvie mientras corro. ¡Para mí es taaan diferente a lo habitual!

    1. Joaquín, qué suerte lo del jacuzzi. Yo terminaba de entrenar y lo que me pegaba era un bañito mientras los guiris iban a desayunar. Y de la zona, qué decir si ya la conoces. Lo que sí me quedé con ganas fue de explorar los barrancos, pero iba solo, a deshoras y no me atreví a ir muy lejos no tuviera algún encuentro desagradable con perros sueltos o demás. 😉

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