El ex-Fumi de Morata

Como todos los años cuando llega la época de exámenes, se me hace muy cuesta arriba encajar en las veinticuatro horas del día todas mis obligaciones. No me quejaré, pues salvo la maldición bíblica del trabajo, el resto de quehaceres los he elegido yo solito, voluntariamente.

El Fumi de Morata
El “Fumi de Morata”

Sin embargo, el otro día, me reí mucho con un personaje de José Mota en la tele, porque dejando aparte la exageración, había mucho de realidad en lo que retrataba la pequeña pantalla. Sin ir más lejos, yo mismo, cuando empecé a correr, era muy similar a ese “Fumi de Morata“. No en lo bocazas o en lo fantasma (creo), sino en la forma de vida. En aquellos primeros momentos de mi vida como runner vivía con mis padres, ya había acabado la carrera (con el firme propósito de no volver a coger un libro en mi vida), no tenía novia y trabajaba por las tardes. Así que como dice el personaje: si había que ir a comprar, iba mi padre; que cocinar, cocinaba mi madre. Me levantaba todos los días a las doce de la mañana, salía a entrenar, me duchaba y me sentaba a comer… ¡a mesa puesta! Después recogía la mesa mi madre y fregaba mi padre, y yo me echaba una siesta, ¡gorda!, antes de ir a trabajar (lástima que no fuera el tábano a trabajar por mí). Vivía a cuerpo de rey, esa es la verdad. Así que lo raro no era que me enganchase al running, lo raro sería que lo hubiese dejado.

Pero poco a poco la vida se va complicando y el “Fumi” que había dentro de mí dejó de ser el “Fumi”. Conoció a la mujer de su vida y quiso dedicar parte de su tiempo a estar con ella. Hasta que tomaron la decisión de mudarse y formar un hogar independiente que aparte de amueblar y decorar hubo que barrer, fregar, hacer la compra, lavar, planchar… periódicamente. Luego tuvieron un hijo con el que había que jugar, llevarle al cole, acompañarle a las actividades extraescolares, y prestarle toda la atención posible. Y con el hijo llegaron también las obligaciones familiares porque los abuelos querían ver crecer al nieto y unas veces había que ir a ver a unos y otras veces a otros (para que fuera el niño el que viviera a cuerpo de rey, esa es la verdad). Tampoco el trabajo se lo puso fácil y tuvieron que trabajar los dos a tiempo completo porque la cosa estaba muy “achuchá”. Y por si fuera poco, les dió la venada, a los dos, de estudiar otra carrera universitaria. Y la guinda del pastel seguía siendo, siempre lo fue, el que uno preparara maratones y la otra fuera una apasionada del gimnasio y de la vida activa.

Lo fácil en esta situación hubiera sido renunciar a algo, lo menos importante: dejar de estudiar, o dejar de correr. Es entendible… porque es lógico. Sin embargo la mente del runner está preparada precisamente para lo contrario: para no ser lógico, para considerar que, por muchas o muy grandes que sean las adversidades, hay que continuar presentando batalla, día a día, paso a paso. Para no rendirse. Para ser feliz.

Y cada febrero, cada junio, cada septiembre, cuando por exámenes la cosa se pone especialmente complicada, el ex y la ex-Fumi de Morata lo único que pueden hacer es apretar los dientes, dormir menos y sacrificarse más. Porque cuanto mayor es el sacrificio, mayor es la satisfacción… aunque la malvada parte lógica de su cerebro, de vez en cuando, rebobine quince, veinte años hacia atrás en el tiempo y no deje de recordarles que como en la casa de los padres de uno, en ningún sitio.

No hagas números.

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