Hyvon y Gabriela

Estos días nos hemos sobrecogido con las imágenes de la keniata Hyvon Ngetich arrastrándose en la recta de llegada de la maratón de Austin, Texas, en la que finalizó en tercera posición. En declaraciones posteriores a la prensa parece ser que declaró no recordar nada de los dos últimos kilómetros, ni lo que ocurrió en la recta de meta. Pero añadió: “in running, you have to keep going“. Muchos han visto en esto una locura que pudo poner en peligro su vida y otros tantos una heroicidad. Lo que sí es cierto es que el organizador de la prueba tras lo ocurrido ha equiparado monetariamente su tercer puesto al de la segunda clasificada, como recompensa a esa perseverancia… y supongo que a toda la publicidad gratis, a nivel mundial, que ha obtenido el Maratón de Austin.

Hyvon Ngetich
Hyvon Ngetich

Pero, realmente, ¿Hyvon corría pensando en la carrera, en el orgullo de terminar… o simplemente en el premio? Antes de perder el “conocimiento” sabía que estaba en posición de podium, imagino. Ojo, que tampoco estoy diciendo que correr pensando en lo que se puede ganar sea malo. No. Hay gente, poca, que se dedica profesionalmente a eso porque pueden: por sus aptitudes y porque valen… y otros muchos que corremos pensando en otros temas (cada cual tiene sus motivaciones) y eso de los podios y los premios nos queda muy lejos. Y tampoco hay que quitarle mérito, porque incluso la gente que corre profesionalmente tiene dos opciones ante lo que le ocurrió a esta muchacha: dejarlo y ponerse a pensar en la próxima, o acabarlo aunque sea a rastras. Hyvon escogió la segunda opción y me parece bien que se lo hayan recompensado.

Sin embargo, yo sigo teniendo sentimientos encontrados ante las imágenes de Hyvon Ngetich, no acabo de encontrarle el punto de heroicidad sabiendo que es una profesional. Por eso yo me sigo quedando con el día que yo descubrí lo que era y lo que podía ser el maratón. Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo tenía 14 años y acababa de terminar con más pena que gloria (tres cates para septiembre) 1º de BUP. Era verano y quizá los primeros Juegos Olímpicos que vivía en plenitud: de los de Montreal ’76 ni me acuerdo y los de Moscú ’80 quedaron sepultados en mi memoria por el boicot aquel de cuando el mundo se dividía entre la OTAN y el Pacto de Varsovia por un quítame allá esas pajas o una invasión de Afganistán. Sin embargo, Los Ángeles ’84, a pesar del boicot soviético, fue una fastuosa superproducción americana. Allí estaban Carl Lewis, Edwin Moses, Sebastian Coe, Daley Thompson, Florence Griffith, Merlene Ottey, entre tantos (y sólo en atletismo).

Aquel 5 de agosto en casa teníamos la tele puesta, como era normal durante los juegos. Probablemente no le estuviera prestando atención, simplemente estaba allí para proveernos de su banda sonora esperando que cayera algún record mundial, como cuando mamá ponía también la tele el 22 de diciembre y dejábamos allí a los niños de San Ildefonso cantando hasta que caía algún premio y entonces íbamos todos corriendo. Entre las pruebas que se corrían aquella tarde, la maratón femenina, la primera maratón femenina en la historia de los Juegos Olímpicos (que no las Olimpiadas: la olimpiada es el tiempo que pasa entre unos Juegos y los siguientes). Las primeras clasificadas de la carrera ya habían terminado haría como una media hora y supongo que la voz monocorde de los locutores y el murmullo del público del estadio olímpico invitaba a echar una siesta o a jugar imaginando que tu salón era un gran estadio olímpico y tú eras un gran atleta, el mejor, el que corría más rápido, el que saltaba más alto y que ganaba siempre y con facilidad a todos tus rivales. De pronto notas que algo pasa en la tele. El murmullo y la voz monocorde han cambiado de registro y miras la pantalla. Y entonces la ves. Gabriela Andersen ha entrado en el estadio olímpico visiblemente descoordinada y con muchos problemas para seguir corriendo. Empieza a caminar, a dar esa última vuelta sobre el tartán del estadio en busca de la meta. Se tambalea, se cruza de calles y varios miembros de las asistencias empiezan a seguirla desde detrás de la cuerda, sin atreverse a sacarla de la pista. El público se pone en pie y aplaude. Nadie ríe, nadie grita. Simplemente están de pie, aplaudiendo el esfuerzo de aquella chica. Gabrielle continúa dando traspiés. La gorra blanca ladeada. Se lleva las manos a la cabeza mientras camina con las piernas acalambradas y el paso de un pato mareado. Encara la recta  final y sigue, sigue, sigue. Y un chaval de 14 años en Madrid, a miles de kilómetros de distancia, la anima con la boca abierta y la acompaña en esas pocas decenas de metros. “Vamos, tienes que lograrlo; vamos, tienes que llegar. ¡Vamos!” 30 metros… 20… 10… Y, por fin, cuando cruza la meta (2:48:42) y se derrumba en los brazos de tres voluntarios que han salido a su encuentro aquel chico de 14 años deja de contener el aliento y cae a su vez en el destartalado sofá de terciopelo rojo de su salón. Jamás olvidará esas imágenes.

Gabriela Andersen-Schiess
Gabriela Andersen-Schiess

Aquel día, aquel niño descubrió que el maratón era una prueba de 42 kilómetros y 195 metros, que era conocida como la prueba reina del atletismo y que para terminarlo había que tener las ganas, la valentía y el tesón de aquella suiza que se empeñó en cruzar una línea de meta no porque le fueran a dar un premio, sino porque tenía 39 años y porque nunca podría volver a clasificarse para correr un maratón en otros Juegos.

Nueve meses después de aquel acontecimiento, en Kenia, nacía una niña llamada Hyvon Ngetich que en febrero de 2015 acabó a rastras los 50 últimos metros del Maratón de Austin, Texas, finalizando en 3:04:02 como tercera clasificada.

 

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6 comentarios en “Hyvon y Gabriela

  1. Un video muy emocionante el de Los Angeles 84.

    La voluntad y el tesón hicieron que acabara la prueba.

    Buen post Carlos

  2. Las historias se repiten, no somos nadie para juzgar a los demas, cada uno tiene sus motivaciones pero yo espero no tener nunca que llegar a meta asi y si algun dia eso sucede pues lo disfrazaremos de epica pero espero no estar nunca en una de esas. Que bonitos juegos los del 84, alli descubri a mi idolo Carl Lewis y a raiz de esos juegos yo soy quien soy en mi relacion con este deporte, quiza no correria ahora si no hubiera existido un tipo llamado Carl Lewis, asi te lo pongo y probablemente no exagero nada, fue una gran fuente de inspiracion ese tio para mi.
    Un abrazo y gran entrada¡¡¡.

    1. Gracias, compi. Yo tampoco quiero verme nunca en una de esas. Yo, además, soy de poco sufrir 😉

      Y como bien dices, los Juegos de Los Ángeles fueron algo especial: no sólo Lewis, España en la final de basket, el bronce de Abascal, la final de gimnasia deportiva con la Szabo y Mary Lou Retton… 🙂

  3. Para mi no es heroicidad, ella es profesional y debe ser consciente de los daños que puede causar eso en su cuerpo. Ella vive de su cuerpo. Tanto para profesionales o simples come kilómetros como somos algunos debemos tener claro nuestro limites, porque superarlos pueden traer grabes consecuencias. Por lo tanto para mi lo que hizo Hyvon Ngetich fue una estupidez, perjudicial para su cuerpo y perjudicial para su carrera como atleta.

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