Vaselina, mallas y otras sorpresas

Quizá haya sido por la manera tan ignorante que tuve de incorporarme al running, que a mí nunca ha dejado de sorprenderme lo que he aprendido en este mundo. Todavía recuerdo aquella primera feria del corredor de Mapoma a la que fui, la de 1999. Por aquel entonces el dorsal se recogía en el Hotel Convención, en la calle O’Donnell de Madrid, y con el dorsal y el chip venían unas revistillas con artículos relacionados con el maratón y, leyéndolas un par de días antes de la carrera, fue como me enteré de que la vaselina aparte de… de… bueno, de eso… de… en el… en la parte de… vamos que ya sabéis: vaselina, hombre… para un más fácil… lo que es fácil en el… y así no… Total: ¡que había un uso runner recto (si se me permite el juego de palabras) y absolutamente deportivo para la vaselina! ¡Amos, no jodas!

Pasado ese primer maratón y la experiencia cuasi religiosa con la vaselina (el uso recto funciona), vinieron muchas más sorpresas. En el foro de elatleta.com que era donde yo me enteraba de todas estas movidas, descubrí también que existía un tipo de ropa para correr que llamaban “técnica”. ¡Técnica! Eso me sonaba a mecánica de aviones o al señor que arregla lavadoras, pero para nada algo que tuviese que ver con el running. ¡Técnica! Al final averigüé que hablaban simplemente de camisetas de poliéster (¿tan difícil era hablar en cristiano?) que, aparte de tener para mí únicamente la connotación de tejido barato (ahora, si te lo venden como dri-fit o climacool la cosa ya no suena a tan barato), parece ser que tenía, y tiene, la propiedad de no acumular la humedad. Yo no tenía en aquella época nada en contra del algodón.

Rocky
Rocky Balboa y su chándal de algodón

Es más, hasta me molaba el hecho de que Rocky subiera los escalones del Museo de Arte de Filadelfia con un chandalazo de algodón y hasta con una toalla anudada al cuello que, lo siento mucho muchachos, pero no tenía el aspecto de estar hecha de poliéster. Y Rocky no es que fuera un atleta, es que era el puto amo. Pero el mercado es el mercado, claudiqué y cambié mi camiseta de algodón de correr maratones por una camiseta de poliéster de correr maratones más acorde con los tiempos.

Aunque la sorpresa más clásica del  runner ignorante es cuando te enfrentas a la compra de tus primeras zapatillas de correr, de las de verdad, no de esas que venden en el Carrefour. Buscas una tienda buena, llegas allí, esperas tu turno y finalmente le dices al que te atiende que quieres unas zapas de running buenas, y el dependiente te mira poniendo ojitos de chino, escrutadores, y, antes de que puedas sobreponerte a su intimidación visual, te suelta: “pero, ¿tú eres pronador, supinador o neutro?” Las ganas de decirle: “y tú, ¿eres gilipollas o te lo haces? Vas a insultar a quien yo te diga”. Pero te reprimes y con la mejor cara de circunstacias posible tienes que admitir que estás empezando y que no le has entendido una mierda de eso que te ha dicho. Tampoco hay que rasgarse las vestiduras, a todos nos ha pasado: yo quince años después de empezar a correr todavía no sé si soy un poco pronador o un poco supinador, así que me compro las zapas neutras y acierto. Déjate aconsejar y saldrás de la tienda con una buena compra.

Pero por si fuera poco ridículo ya eso de salir a la calle a correr en calzón corto, vestido de fosforito y con unas zapatillas ultramodernas que tampoco es que hayan sido nunca el colmo del recato y la sobriedad; resulta que también un mal día se pusieron de moda las mallas. Todos los corredores comentaban lo útil que era salir a rodar con ellas, lo estupendo de su diseño y qué se yo. ¡Válgame Dios! ¡Pero cómo podía eso ser bueno si mallas y calentadores era lo que había utilizado Eva Nasarre toda la vida para sus clases de aerobic! ¿Cómo íbamos a llevar mallas los tíos, con pelos en las piernas? ¿Cómo que lo de los pelos en las piernas también era discutible? ¿Estamos tontos, o qué? Pero la presión grupal en estos casos es tan intensa que otro aciago día vuelves a la tienda de deporte a cambiar de herraduras (ahora que ya sabes que eres pronador), las ves allí colgadas (las mallas) y te das cuenta de que el mismo dependiente de la otra vez te está mirando con esos ojillos chinos suyos que parecen hacerte una radiografía, te las ofrece, te las pruebas y al final acabas comprándote unas. Y lo peor es que compruebas en tus carnes que todo lo que decían de ellas era verdad: que tu clásica rozadura en la entrepierna desaparece y que los inviernos con mallas largas son menos inviernos. Eso sí, al principio no te atreves a ponértelas y salir de es guisa a la calle, así que buscas un pantalón corto, te lo pones por encima, por aquello de disimular las partes pudendas y el culete… y aparte de que tampoco sabes si eso se usa con unos gayumbos, con tanga (no lo quiera Dios) o así a pelo. Y eso que hacéis ahora, lo de ir al supermercado con ellas, vamos, ni en la peor de las pesadillas.

Pero no quiero acabar sin deciros que en el tema mallas yo he tenido la suerte de que la evolución industrial me ha favorecido y han acabado inventado las mallas por debajo de la rodilla, que se llaman corsarios, que me encantan y que, oye, no es igual de varonil ir a la tienda a comprarle a ese maldito dependiente y pedirle unos ‘corsarios’ que decirle “mira, yo venía a comprarme unas mallas”.

Esos ojillos chinos…

 

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4 comentarios en “Vaselina, mallas y otras sorpresas

  1. Todas esas preguntitas que van surgiendo cuando vas descubriendo las cosas específicas de correr jajajaja me he visto muy identificada, primero con la sensación de absurdez y luego al descubrir que realmente va mejor la pijada de turno… lo de la vaselina lo acabo de descubrir leyéndote ahora, creo que prefiero seguir sin saberlo… jajaja

    ¡¡Buen post!!

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