TCS New York City Marathon (y IV): de la media al final

Este tramo, pasado el Pulaski, es el que menos recuerdo de la carrera. Sé que estamos en Queens porque en algunos carteles aparece el nombre del borough. Y el trazado, a pesar de ser llano como casi toda la carrera, me deja desorientado con varios giros de noventa grados. En algún momento, pienso, alguno de estos giros nos dejará enfilados hacia la que llaman la gran bestia del maratón: el Queensboro Bridge. Así que, por el momento, trato de hacer un rápido “balance de daños”: de respiración voy muy bien y no noto nada de cansancio. Las piernas están respondiendo mejor de lo que yo pensaba a la falta de tiradas largas. Sin embargo los pies… La sensación que tuve en el maratón de Madrid sobre las Adidas Supernova Glide Boost 6 se confirma: la parte anterior amortigua poco y me duele la base de los dedos del pie, sobre todo el derecho. El pie izquierdo es el que más ha sufrido del Aquiles y noto también un dolor agudo en la parte externa, a la altura del cuboides. Imagino que los tendones del peroneo estarán acusando el trabajo extra con el que el Aquiles les está cargando.

Un local con un letrero rojo chillón, me llama la atención, en el está escrita con tipografía inconfundible una palabra: “Santander”. Parece que hasta el imperio yanqui también llega el imperio de los Botín. Las calles se suceden unas a otras pero el Queensborno no se atisba. Y cuando menos te lo esperas, a traición, un giro a la izquierda desde una calle lateral nos deja en las tripas de la bestia. There are no spectators permitted on the Queensboro Bridge. Atrás queda la animación de la gente que se agolpaba en los pilares de acceso al puente. Delante, dos kilómetros de oscuridad, de hierro sucio de polución, del sonido de nuestra respiración, del golpear rítmico de nuestros pasos por el asfalto y una rampa cuya cima parece alejarse en vez de acercarse y que mina las fuerzas de unos corredores con más de 24 kilómetros en las piernas.

Girando al Queensboro
El giro hacia el Queensboro

El cartel de la milla 15 aparece cuando todavía no hemos abandonado la orilla de Queens. Vamos por el lado izquierdo de la calzada. Al otro lado de la mediana no hay tráfico. Quizá esto sea también lo que hace grande a un Major. En España a estas alturas de la carrera nos habrían hecho compartir el puente con los coches y no puedo evitar recordar la maratón de Barcelona, donde al paso por Meridiana sólo cortan el sentido salida de la ciudad; o Madrid donde, siempre, por las Rondas y Atocha, hemos tenido que compartir espacio con los vehículos.

Vuelvo al Queensboro. Mucha gente camina la cuesta arriba. Veo voluntarios de Achilles que empujan a otro participante en silla de ruedas por la acera de la derecha. Algunos corredores saltan a la acera de la izquierda y se paran a hacer (o hacerse) fotos con el skyline de Manhattan detrás. Yo no. Yo sé que no puedo, que pararme sería lo peor que podría hacer, a pesar de que me encantaría sacar una foto o simplemente admirar las vistas. Pero después poner la máquina en funcionamiento otra vez costaría horrores, me costaría la carrera. La pendiente va haciendo de las suyas y deseo con todas mis fuerzas que acabe ya, que llegue el momento de que la carretera pique para abajo. Los casi novecientos metros que van desde la milla 15 al punto kilométrico 25 se me hacen eternos. El ritmo baja. Los últimos cinco kilómetros se me han ido a 27:36, un minuto más lento que el parcial anterior y, estoy convencido, todos esos segundos perdidos lo han sido en este maldito Queensboro. Cuando llegamos al punto más alto y empezamos a descender me doy cuenta de que voy tocado, de que las piernas duelen y de que el tiempo perdido en el puente será irrecuperable a pesar de todos mis esfuerzos por contemporizar y guardar para después. Poco a poco vamos descendiendo hacia Manhattan. En la milla 16 nos sacan del puente por una calzada lateral. Se oye de nuevo muchísima gente animando y el trazado pega un giro de 180 grados para encontrarnos a la bestia de frente y regalarnos otra de esas imágenes grandiosas de este maratón y que se va a quedar en mi retina para siempre, como una postal: la bajada de la calle 59 llena de gente animando a gritos, agolpada entre vallas y policías y a la izquierda, majestuosa, imponente y bella, la silueta del Queensboro, como despidiéndose de nosotros, como retándonos a volver a enfrentarnos a él. Supongo que le miro y le insulto, e imagino que él ríe para sus adentros mientras a través de sus celosías metálicas se aprecian puntos de colores, los de las ropas de los corredores que todavía transitan por él y que tendrán, como yo, que mirarle a los ojos y decirle: ojalá algún día volvamos a vernos.

Carteles del maratón
Carteles del maratón

Giramos a la izquierda por la 1ª Avenida, buscando cruzar el puente por debajo. La avenida, diseñada con tiralíneas, tiene un ancho enorme, cuento hasta cinco carriles, y la gente llena los laterales por ambos lados. La animación ha vuelto: bandas de música, carteles, gritos. Pero ya no los disfruto tanto. En los avituallamientos sigo buscando el agua y descarto el Gatorade. Bebo poco, pero salvo excepciones bebo en todas las millas. He aprendido a agarrar el vaso, aplastar un extremo, girar la cabeza y echar un trago sin dejar de correr y sin derramarlo. Es mecánico. Hasta me he acostumbrado a ir pasando las millas y ya cuento hacia atrás las que me faltan hasta la 26. Paso la milla 17 y me dan una esponja para limpiarme el sudor seco, pegado a la cara que agradezco de veras. Una ambulancia con la sirena y las luces puestas aparece en un cruce por la izquierda, corta el recorrido del maratón y pretende salir por la derecha pero una valla se lo impide y un corredor se la aparta para que pueda pasar, y se va con su sirena y con sus luces. Debo ir muy despacito porque me ha dado tiempo a seguir toda la escena y a maravillarme no tanto del gesto como de las fuerzas del maratoniano a estas alturas de carrera. Sin embarbo, la alfombrilla del kilómetro 30 me indica que he hecho estos cinco kilómetros un segundo más rápido que en el parcial del km. 25. Está muy bien, aunque sé que ya no carburo, que aunque mis pulmones y mi corazón no dan señales de fatiga, las piernas. simplemente, no van como debieran.

Pasada la milla 19 está el puesto de geles. Bueno, llamarlo así es desmerecerlo, su nombre oficial es el de PowerGel Energy Zone y consiste en voluntarios a ambos lados de la avenida vestidos no sólo con los logotipos de la marca PowerGel, sino con los colores del sabor del gel que entregan: mandarina, vainilla, doble latte, manzana verde, granada/mora, etc. Yo estoy flipando con el despliegue, pero como me da igual el sabor, agarro el que reparte el voluntario que tengo más cerca que resulta ser de chocolate y que me sabe riquísimo. Tampoco noto demasiado el punch del gel (por eso tampoco suelo llevarlos en carrera) y paso muy despacio por el Willis Av. Bridge que nos saca de Manhattan para dejarnos en el Bronx, porque aquí cualquier cuesta se convierte ya en puerto de montaña, y con la cabeza pensando en el agua que me voy a tomar en la milla 20 para bajar el gel. En el punto de hidratación me tomo además medio plátano, pero enseguida noto que no es buena opción y decido que tampoco voy a comer más en carrera.

El paso por el Bronx es breve, apenas una milla. Me acuerdo de mamá y de que es extraña la sensación de estar bien pero que las piernas no respondan. Una nueva sensación. Casi a la salida del barrio, a punto de cruzar el Madison Av. Bridge una mujer nos despide con un cartel que me deja una sensación amarga: “Gracias por visitar el Bronx. Hasta el año que viene”.

A estas alturas el maratón está roto y el goteo de corredores es continuo. Algunos van rápido ganando posiciones, otros caminan y son adelantados sin misericordia y otros, como yo, bajamos por la Quinta Avenida a trote cochinero, pero sin dejar de correr. Me da igual, nos da igual, que sea cuesta arriba o cuesta abajo. Este parcial del kilómetro 35 se va a 29:17 y todavía quedan 7 hasta la meta.

Paseos a caballito a Central Park: 5 centavos.
Paseos a caballito a Central Park: 5 centavos.

Alcanzamos la milla 22 en el Marcus Garvey Memorial Park, una placita cuadrada en Harlem con mucha animación y con un parque en el medio que hay que bordear para tomar de nuevo la Quinta. Allí un grupo de espectadores exhiben un cartel: “paseos a caballito hasta central Park: 5 centavos”. Lo leo y lo releo. Lástima que sólo sea una broma.

Desde ese parque hasta la entrada en Central Park a la altura de la milla 24 creo morir. El terreno se eleva. Es decir, tiene una ligera inclinación hacia arriba. Nada importante… si no se llevasen más de 35 kilómetros en las piernas, claro. La cabeza no piensa y correr se convierte en un acto mecánico. Recuerdo las palabras de mi compañero de curro, Diego, cuando le planteaba mis dudas acerca de lo mal preparado que iba: “si a ti ya no te hace falta entrenar, llevas once maratones, eso el cuerpo lo recuerda”. Veo las primeras copas de los árboles de Central Park, pero seguimos corriendo por la 5ª sin entrar al parque. Y por fin, a la altura de la calle 90, giramos a la derecha y entramos a Central Park, ahora el terreno es más favorable, pero no es el final, hay que ir por dentro del parque hasta la 59, es decir, bajar treinta calles por una carretera interior. El parque es una fiesta. Está lleno de gente animando. Espectacular. El sol luce en lo alto. El color de los árboles en otoño, todo está precioso. Incluso yo he recuperado el aliento tras el tremendo palo de la 5ª Avenida. Sin embargo el ritmo no acompaña. Tengo la tonta sensación de que mis piernas son frágiles, como dos ramitas de árbol. Como si se me fueran a romper en cualquier traspiés. Me da miedo correr. De pulmones sigo estupendamente, pero me siento temeroso y corro con una cautela innecesaria e irracional. Esto también es maratón.

El kilómetro 40 arroja un parcial de 31:14 en los últimos 5 kilómetros. El peor parcial, con diferencia, de toda la carrera. Llevo 3 horas y 40 minutos corriendo sin parar. Sin embargo al mazazo del km 40 le sigue en pocos metros el paso por la milla 25 y es un momento psicológicamente mágico: ¡la última milla! Es el efecto último kilómetro traspasado al sistema métrico imperial. Dejo de compadecerme y me vengo arriba: queda el final… y los finales hay que disfrutarlos.

Salimos del parque en la esquina de la Apple Store y giramos a la derecha por Central Park South. La sonrisa se dibuja en mi cara. Siento que voy más rápido. Veo la estatua de Colón en Columbus Circle, al otro extremo de la calle y sigo mirándola para ver cómo se acerca más y más. El griterío es ensordecedor. Hay muchísima gente. Llegamos a Columbus y giramos a la derecha hacia dentro del parque otra vez, entre dos tribunas repletas de gente. Se siente la meta, la megafonía, la música. Pasamos el cartel de milla 26: ¡quedan 200 yardas!

Seguimos ascendiendo por los caminos del parque, corremos en curva y no se ve la meta. Aprieto el paso todo lo que puedo que no debe ser mucho. Al fin aparece, al fondo, en lo alto, como un castillo porque además es como un andamio gigante y hay gente por arriba: cámaras de televisión, fotógrafos, speakers. La alegría es infinita, inmensa. Estiro los brazos, miro al cielo, al suelo. Piso la alfombrilla y pienso en mi madre. Paro el cronómetro y el GPS: 3:52:20. Y dejo de correr. Dejar de correr cuando acabas un maratón es como comerte una tableta de chocolate cuando sientes ansiedad. Es el mayor placer que siente un corredor. Las piernas pican. Nos piden que sigamos andando. Una voluntaria me pone una medalla y me dice que si necesito un hombro para apoyarme que me presta uno. Le digo “thank you” y sonrío.

Finisher
Finisher

Estoy muy contento, tanto que pido a uno de los fotógrafos oficiales una foto en el photocall de meta. Seguimos andando y nos dan una bolsa con algo para comer y beber. Me tomo la isotónica. Creo que en los últimos avituallamientos no he tomado nada y tengo sed. Nos dan una manta térmica y nos piden que sigamos andando pero me duelen tanto las piernas que estoy a punto de pararme a estirarlas. Alargo la zancada. Me empiezo a preocupar porque todo lo que subamos luego hay que bajarlo hacia Columbus Circle, donde he quedado con mi mujer. Al final nos separan de los que tienen que recoger la mochila en los camiones de UPS pero, seguimos andando hasta que por fin nos sacan a Central Park West a la altura de los Strawberry Fields. Tenemos media calle vallada para nosotros. Nos dan el poncho contra el frío. Seems like a lot of work for a free poncho, decía uno de los carteles. Me cuesta ponérmelo con el plástico, la bolsa con la bebida, las manos heladas y las piernas de corchopán.

Una voluntaria, una señora mayor, me ve torpe, se me acerca y me coloca el poncho como si fuera mi abuela, palmadita en el pecho incluida. Le doy las gracias.

El maratón de Nueva York 2014 se ha acabado para mí. Soy uno más de la procesión de los “walking ponchos” que van camino de Columbus Circle. Cada uno nos llevamos una vivencia de aquí. Hemos corrido en Nueva York. Miro al cielo de Manhattan, hacia el sur de la isla. Más allá de los rascacielos estará la bahía, y el Atlántico. Y aún más allá quedará Madrid.

The Walking Ponchos
The Walking Ponchos

Duodécimo maratón completado.

Vuelvo a casa.

 

I’ll go back to Manhattan

As if nothing ever happened

When I cross that bridge

It’ll be as if this don’t exist

Norah Jones “Back To Manhattan”

 

Y después del maratón… ¡unas risas!

 

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4 comentarios en “TCS New York City Marathon (y IV): de la media al final

  1. Completar un maraton es todo merito pero mas aun y ya es decir, si en los ultimos kms te quedas sin fuerzas y tienes que luchar con todo para llegar al final y encima llegas al final. Felicidades Carlos gran maraton y seguro que inolvidable, correrla ya es un premio y es de elegidos, que envidia…gran cronica¡¡¡.
    UN abrazo¡¡¡.

  2. Fantásticas las tres crónicas, he ido a mirar en Google Street View el Puente Queensboro y tela la cuestaca …
    Si algún día corro esa carrera, que lo haré, espero olvidarme de la marca y centrarme en disfrutar cada milla, esa experiencia tiene que ser enorme.
    Enhorabuena por acabar tu 12ª Maratón, que se dice pronto
    Un abrazo

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