TCS New York City Marathon 2014 (III): la primera media

Tardo entre dos y tres minutos en pasar por la alfombrilla de salida. No sé por qué, un montón de voluntarios de Achilles International, vestidos de amarillo chillón, están parados justo a la derecha, antes de la línea de salida, entorpeciendo el paso al resto de corredores. Entramos en el puente por abajo. Desde el principio se corre muy bien, sin agobios. Incluso la calzada de la derecha está vacía porque no se necesita (y tampoco va a salir en la foto). Deduzco que dividir a los 51.000 participantes en tres salidas y a su vez repartirlos en cuatro oleadas funciona. “Divide y vencerás” decía Julio César, ¿no? Así que si las matemáticas no mienten en la salida verde, a las 9:40, somos tan sólo 4.250 atletas. Y eso, para una calzada de tres o cuatro carriles sólo puede significar una cosa: muuucho espacio. Nadie me molesta y a nadie molesto. Ni en Madrid ni en Barcelona he tenido nunca tanto sitio.

Empiezo a correr como puedo, notando muchas molestias en los pies y en los tendones de Aquiles. La música atronadora de la salida se aleja y en cambio empieza a escuchar un “flapflapflap” cada vez más fuerte que no reconozco hasta que dejo atrás los pilares del puente y un viento huracanado se cuela por entre las celosías del puente: “FLAPFLAPFLAPFLAP”. El ruido de los dorsales de los corredores al ser sacudidos por el viento. FLAPFLAPFLAP. Veo gorros volando. Algunos corredores tratan de atraparlos antes de que aterricen en la calzada de al lado o, peor, en el agua de la bahía de Nueva York. Yo me ajusto el mío todo lo que puedo con una sola mano porque con la otra voy sujetando el dorsal, no quiero pensar en que pudiera salir volando. Luego leí que tuvimos rachas de viento de 72 kilómetros por hora en ese puente. La incomodidad para correr es máxima, no dejo de pensar en que si eso continúa así esta carrera va a ser un infierno. Si el crono me preocupaba poco, con esto me preocupa aún menos. Shami, el corredor indio que conocí en el metro, me dijo que el Verrazano eran dos millas: one mile up and one mile down. Estamos en el up, por eso espero que en el down el viento no sea tan fuerte. Nunca he sentido tanto la fuerza del viento. Nunca. Había veces que mi pie izquierdo se trababa con el derecho. Me recompongo como puedo, el instinto me dice que agache la cabeza y que me fije en el suelo justo delante de mí, pero pienso que es más que probable que no vuelva a correr nunca por aquí, así que quiero verlo: echo una ojeada a la izquierda con una mano en el dorsal y otra en el gorro y distingo a lo lejos la costa de New Jersey. Giro la cabeza y a la derecha veo uno de esos barcos del departamento de bomberos de Nueva York que echa agua por todos los lados como saludando a los corredores.

Hemos alcanzado la altura máxima del puente y comenzamos a descender. El viento molesta menos y la gente empieza a prescindir del gorro. A la salida del puente, en Brooklyn, luce el sol y noto que la cabeza me suda. Tiro el gorro y busco en la mediana de la autopista en la que hemos desembocado un lugar para aliviar la vejiga. Tercera vez. Ya no volveré a pararme. Reanudo la marcha con mis renqueantes aquiles dando guerra y tiro también la braga que llevaba al cuello. Estamos como dentro de una autovía que está protegida del viento por taludes a los lados por lo que el sol se hace notar. Miro el gps, del que casi me había olvidado, y veo que está parpadeando: paused. ¡Como paused! La maldita autopausa se activó cuando me paré en la mediana y se me olvidó darle al botón. Así que se me acabaron las referencias de tiempo con el gps. Así aprendo para otra vez. Al menos el Casio sigue funcionando y me va dando el tiempo real porque lo activé con el cañonazo de salida (pero desconozco mi tiempo neto, que era el que llevaba en el gps y que empezó a contar justo al pisar la alfombra de salida). Bueno, tampoco lo pienso mucho. De todas maneras el tiempo no es importante hoy.

Salida del Verrazano (fuente: NYCMarathon)
Salida del Verrazano (fuente: NYCMarathon)

Salimos por un lateral de la autovía y corremos paralelo a ella. Empiezan a verse espectadores. En el primer cruce me llama la atención un camión de bomberos atravesado en la calle lateral y con los bomberos encima animando. Giramos a la izquierda por un barrio residencial de casas bajas, en busca de encontrarnos con los compañeros de las salidas verde y azul en la cuarta avenida, pero antes pasamos por la alfombra de la milla tres y casi seguida la del kilómetro cinco. A partir de ahí habrá alfombrillas en cada milla y cada cinco kilómetros, sin faltar una. Perfectamente señalizadas, casi como si fueran una pequeña meta. Imposible saltarse ninguna. Además tras cada milla habrá siempre un puesto de avituallamiento: primero Gatorade y después agua. Las alfombras mantendrán informados a nuestros amigos y familiares de por dónde vamos en tiempo casi real. Los avituallamientos nos aseguran que no nos va a faltar hidratación. También se ven puestos médicos donde a veces los voluntarios ofrecen vaselina a gritos: “vaseline, vaseline!” En el primer avituallamiento tomo un poco de Gatorade. Lo dan en vaso unos voluntarios embutidos en un chubasquero verde que les llega casi a los tobillos. Los derrames de líquido son lo normal y no es cuestión que los voluntarios acaben calados hasta los huesos.

Paso el km. 5 en un más que discreto 26:13. Al poco desembocamos en la cuarta avenida desde la 76 y nos juntamos con el resto de los participantes. Ocupamos todo el espacio libre de la calzada por lo que seguimos corriendo de forma holgada. La cuarta avenida cruza Brooklyn de norte a sur (o de sur a norte, en nuestro caso) con dos carriles por sentido separados por una mediana de ancho considerable a veces y está llena de gente gritando como posesos. Es increíble. Seguimos nuestro camino hacia el norte y no se ve el fin de esta calle prácticamente recta, diseñada con tiralíneas. A cada poco hay bandas tocando en las aceras, en las dos. Cada poco quiero decir, no sé, ¿200, 300 metros? Todavía oyes la anterior cuando ves la siguiente. Y el apoyo de la gente en Brooklyn es espectacular. Banderas de todos los países del mundo. Cencerros. Gritos. Carteles. Me paso el recorrido leyendo carteles y me sorprende el talento de la gente: “Worst parade, ever”, “No time for Walken”, “You’re the wind beneath my wings”, “They said rum, not run”. Y mi retina se fija en las aceras llenas de gente animando a auténticos desconocidos que, como yo, no sólo no van a batir el record del mundo sino que persiguen como único objetivo llegar. Quizá sea esto, la gente, lo que hace grande a Nueva York.

Tiro los guantes a la mediana, muy cerca de un policía de color con unas rastas que le llegan a la cintura. Es cierto lo que la gente dice. Dejarse llevar por los ánimos de la gente en estos primeros kilómetros en los que nos sobran las fuerzas, es fácil y se puede pagar después. Incluso yo, que llevo grabado a fuego lo de que hay que ser precavido, no puedo evitar pegar un berrido de “¡venga!” a los primeros espectadores agarrados a una bandera española que veo. Necesitaba ese grito. Necesitaba rebajar la adrenalina y volver a meterme con calma en la carrera.

Voluntarios dando agua (fuente: NYCMarathon)
Voluntarios dando agua (fuente: NYCMarathon)

Las millas se suceden y con ellas los avituallamientos. Decido beber cuando lo necesite y no por sistema. Eso sí, cuando en la milla 6 me atraganto con el Gatorade me digo que ya sólo beberé agua. Además ya distingo los vasos de Gatorade de los de Poland Spring a pesar de que tienen el mismo color.

Paso el kilómetro 10 en 51:36, un minuto más rápido que el anterior parcial de cinco kilómetros. Se nota la alegría de la gente. A la altura de la milla 8, Atlantic Terminal, acabamos por fin de transitar por la interminable 4ª avenida y encaramos Lafayette. A lo largo de todo el recorrido, no puedo dejar de notar que de las farolas cuelgan carteles, como esos que utilizamos en España para las campañas electorales. Allí són del maratón y pone “Marathon Course“. La cantidad de dinero que no se habrán gastado en todo esto. Los cruces, todos, están cortados por vehículos de policía cruzados en la calzada y con las luces puestas. Se siente la seguridad por todos los lados, por la tarde dirán en la tele que participaron más de 4.000 policías. Yo los vi de todo tipo y condición: patrulleros, a caballo, en moto, contraterroristas, detectives con placa en la chaqueta, SWAT’s (nuestros GEO’s)… Incluso puedes fijarte en un código de banderas de colores instalado en los puestos médicos que indica el nivel de seguridad de la carrera.

Entramos en la Avenida Lafayette, mucho más estrecha que la 4ª, pero estamos ya tan estirados que, insisto, se corre estupendamente. Sigue haciendo sol. De vez en cuando alguna ráfaga de viento hace que me alegre de haberme puesto la térmica debajo, pero no impide para nada correr. Después de haber pasado lo que pasamos en el Verrazano todo me parece brisa.

Kilómetro 15, mi parcial en estos cinco kilómetros es de 25:58. Más lento que el anterior, que es lo que quería: “hay que guardar, hay que guardar”. Mi preparación para este maratón no ha sido buena. Sólo rodajes. La mayoría de las semanas no he podido hacer ni 30 kilómetros en total.  Hace dos traté de ponerme las pilas y pude hacer 50, el récord de esta “preparación”, por lo menos para aumentar un poco la base aeróbica que notaba bajo mínimos.Señor ortodoxo cruzando (fuente NYCMarathon)

Entramos en el barrio judío. Hay mucha menos animación, se siente. Incluso parece que las bandas que animan con su música a lo largo del recorrido estén más espaciadas. Pero la comunidad judía ortodoxa es tan peculiar que no me resulta aburrido pasar por aquí, aunque no sé si son ellos los que con el rabillo del ojo nos miran a nosotros, aunque aparenten ignorarnos, o somos nosotros los que les observamos. Todos visten igual con un sombrero negro, chaqueta larga, pantalón y zapatos también negros; tirabuzones y barbas. Las mujeres también visten de forma peculiar, con vestidos y una especie de cofia. Los pocos niños que les acompañan son pequeñas fotocopias de los mayores. Pero ver a tantas personas iguales por todos lados, cruzándose, hablando, saliendo o entrando de locales, me recuerda a un viejo videoclip en el que decenas de clones de George Michael y Mary J. Blige versionan una canción de Stevie Wonder de 1976: “As“.

Poco a poco van cayendo las millas y siento que a pesar del tiempo que ha pasado no he podido correr redondo y que los pies siempre me han molestado. Llega el kilómetro 20. He hecho los últimos cinco kilómetros en 26:28. Más o menos mantengo el ritmo. Encaramos McGuinnes Boulevard hacia el puente Pulaski, que nos llevará a Queens, y donde está situada la media maratón. A la derecha me llama la atención un aparcamiento lleno de yellow cabs, con una cabina de control elevada y protegido por una verja metálica, como en las películas. El acceso al puente está casi desierto y nos quedamos solos con el sonido de nuestros pasos, acompañados tan solo por nuestra respiración. Poco a poco damos alcance a unos voluntarios de Achilles International que van empujando una silla de ruedas en la que va Jim. Sé que se llama Jim porque está escrito en la silla. El silencio es brutal. Los pobres voluntarios hacen lo que pueden por subir las primeras rampas de acceso al puente con la silla, pero van casi parados. Jim, por lo que puedo ver al adelantarles sufre parálisis cerebral. Mientras me acerco a la alfombrilla de la media me sobrecoge Jim y el afecto que le demuestra el resto de los corredores. La mayoría, sin taladrarle con la mirada, sin darle importancia, tratándole como a un igual, le dejan una expresión de ánimo: “go, Jim“, “hey, Jim“, “hi, Jimmy”. Como si fuera ese conocido con el que sueles cruzarte en el parque durante cualquier rodaje. Con respeto y normalidad.

Todavía al recordarlo siento que es fue el momento mágico de este maratón: el puente Pulaski sobre el Newton Creek y la figura de Jim en su silla, el esfuerzo de los dos voluntarios, el silencio y el cielo blanco de noviembre en Nueva York.

Las estadísticas dicen que crucé la media en 1:49:56, y que eso es un minuto y medio mejor que el tiempo que hice en Barcelona y que si Barcelona era la referencia de este maratón, el objetivo se estaba cumpliendo. Pero, sinceramente, después de adelantar a Jim, ¿qué más daba? Lo verdaderamente importante de una maratón no es llegar a la meta cuanto antes, lo absolutamente mágico de la carrera, como de la vida, es lo que experimentas por el camino.

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3 comentarios en “TCS New York City Marathon 2014 (III): la primera media

  1. A veces creemos que un logro, un objetivo, una meta se consigue por la fortaleza de uno mismo, sin advertir que la necesidad hace al ser humano y cdo éste está ya sin esperanza, sin aliento, casi hundido, una luz interior puede más que nosotros mismos y nos hace vencer, devolviéndonos la vida,….!

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