TCS New York City Marathon 2014 (II)

Fort Wadsworth es una antigua instalación militar y aunque la Armada abandonó estos edificios hace tiempo y figuren adscritos al National Park Service, todavía hay muchos ocupados por otros cuerpos, como los guardacostas e incluso por las tropas de reserva del ejército de los Estados Unidos. Todo esto lo sé por la Wikipedia porque mientras subo por la New York Av. hacia la Green Start Village (mi villa de salida, la verde), lo único que sé es que de cuando en cuando, a ambos lados de la calle distingo uniformes de camuflaje entre corredores y letrinas portátiles. Es impresionante la cantidad de ellas que hay por todos los lados. Hace mucho frío, así que me cierro bien el abrigo y me pongo los guantes.

Start Village Map
Start Village Map

Reconozco que estoy un poco desorientado, de toda la información que recibí de la organización (muchísima, pero toda en inglés, por supuesto) el mapa de la zona de salida es el que más me ha costado interpretar. De todas maneras a cada paso hay un voluntario con un cartel que pone “ask me”, y en las intersecciones también hay señales que indican la dirección para llegar a las zonas verde, azul y naranja.

Quedan, no sé, ¿dos horas y media para la salida?, pero aun así voy únicamente preocupado en encontrar mi sitio cuanto antes y presto poca atención a los detalles. Aun así, me parece ver furgonetas de UPS en cualquier dirección en la que miro. La megafonía no para de repetir los mismos mensajes en inglés, español, italiano, francés, alemán: instrucciones de última hora, consejos para no llegar tarde a los corrales, pasos a seguir si eso ocurre, procedimiento y hora límete de entrega de bolsas en los camiones de UPS.  Una y otra vez.

Dunkin' Donut Hats (fuente desconocida)
Dunkin’ Donut Hats

Llego a mi start village, por fin. Es la última, queda incluso al otro lado del Puente Verrazano, junto a los barracones del “U.S. Army Reserve”. Al principio están las omnipresentes furgonetas de UPS. Las dejo atrás, no llevo equipaje y entro en lo que debe ser diariamente un aparcamiento al aire libre. Unos voluntarios reparten gorritos naranjas y rosas del Dunkin’ Donuts, pero no llego a tiempo a que me den uno y me fastidia, pues es la única prenda de abrigo que no tengo y hace bastante frío. Echo un vistazo alrededor por ver si hay alguien más repartiendo, pero no, así que merodeo un poco por el aparcamiento y veo puestos que reparten agua mineral, geles, agua caliente para té o chocolate caliente instantáneo, bagels, café y leche. Me tomo un café y un bagel y de la nada sale otro voluntario que me pregunta si quiero uno de los gorros rosas y naranjas. Me lo encasqueto hasta las orejas y quedo calentito. Todo menos los pies. El frío se mete a través de la suela de la zapatilla. Los pies son lo que más desprotegido he dejado y sólo llevo los calcetines y las zapas con las que voy a correr. Para el resto del cuerpo me he dispuesto la ropa en capas como una cebolla: correré con mallas cortas, camiseta térmica de manga larga de cuello alto y una camiseta del maratón de Madrid. Descartaré el resto: unos pantalones de chándal, una camiseta vieja, un abrigo que me traje de Zamora y que dejé de utilizar hace tiempo, una braga para el cuello y unos guantes.

Me agencio una botellita de agua de Poland Springs para ir dándole sorbitos cada poco y busco un baño. No es difícil. Hay letrinas por todas partes, apenas hay que esperar unos segundos para tener una libre.

Sigo dando paseos. La gente está tirada en el suelo, buscando refugiarse del viento y si puede ser al sol que de vez en cuando asoma, mejor. Junto a los edificios hay una pradera donde han acampado muchos corredores. Sentados sobre cartones, envueltos en mantas. Dejando pasar el tiempo. Hay muchos contenedores para residuos y para donar prendas de abrigo que ya no se necesiten. También una pantalla indica el tiempo que queda para que se abran los corrales, aunque es casi casi innecesaria pues la megafonía no deja de avisar que se abrirán a las 8:20.

No he visto la entrada a los corrales por ningún sitio, así que cuando anuncian su apertura lo que hago es seguir a la gente y veo que salen hacia la calle por donde entramos. Volvemos a pasar bajo el Verrazano y justo donde está la entrada a la villa naranja giramos hacia el lado opuesto, buscando el lateral del puente. No hay prisas. Nadie corre, nadie calienta, nadie se desarropa. Los voluntarios que vigilan la entrada a los cajones gritan que no entremos con bolsas, ni siquiera las oficiales. Me quito la camiseta vieja, la meto en la bolsa y la deposito en uno de los contenedores de recogida de ropa para caridad. Me vuelvo a poner el abrigo y entro tras enseñar el dorsal. Los corrales de salida, lo que aquí llamamos cajones, aprovechan un trozo de calle. En la calzada nos vamos colocando los corredores, en la acera de allá están los baños portátiles y en la de acá, por donde se entra, los contenedores de recogida de ropa. Vuelvo a hacer una visita al baño, la segunda. El cajón está separado del de delante y del de detrás por una cuerdecita, pero nadie la traspasa. Es el ambiente menos competitivo que he visto nunca en una carrera. Pasa el tiempo, el corral se va llenando y llega un momento en el que lo cierran, si alguno se quedó fuera tendrá que esperar a entrar con la siguiente oleada. Retiran las cuerdas de división entre cajones, pero la mayoría de la gente no se mueve y se queda en el sitio. Nadie calienta, incluso hay gente sentada en el suelo. Nadie se quita la ropa de abrigo. Me duelen los pies de frío. Ahora sí se me está haciendo largo. En un edificio lejano se ve una pantalla gigante que proyecta la retransmisión en directo de la carrera. Empiezan a sobrevolar helicópteros. El tiempo pasa pero no hay nadie impaciente, yo debo ser el más nervioso. Incluso hay muchos que no parecen ni deportistas porque la ropa de abrigo que llevan es la de la calle: vaqueros, abrigos, camisetas y hoodies. El ejército de Pancho Villa, pienso. Lo único que les delata son las zapatillas: unas Brooks, unas Saucony, unas Asics…

La siguiente oleada de maratonianos ya está en la campa de acceso a los corrales, haciendo cola en las entradas, pero como nosotros no nos movemos no se abren las puertas. Tengo la sensación de que vamos con algo de retraso, de que ya deberían habernos desalojado de aquí y darles paso a ellos. Se escucha lejana la megafonía, pero debe estar en lo alto del puente y aquí apenas llega ningún sonido que no sea el de las aspas de los helicópteros. Me llama la atención que el porcentaje de mujeres corredoras es bastante más elevado que en Madrid. Vuelvo a pasar por el baño (y van tres) y cuando salgo estamos avanzando ya hacia la salida. Por fin. Me deshago de mis capas de abrigo y las dejo en el contenedor de beneficencia, todo menos el gorro, la braga y los guantes. Mucha gente se quita algo, pero no todo. En ese momento no sé si he hecho el primo y tocan más esperas, o no. Pongo al Nike+ Sportwatch a buscar satélites y el Casio listo para el disparo inicial. Vamos andando hasta el final de la calle, hasta lo que era el primer cajón y allí salimos por la izquierda, damos un giro de 180 grados y seguimos caminando pero ya por la calzada que da acceso al puente por el nivel inferior (la salida verde lo hace por debajo del puente).

Por megafonía una mujer canta una canción patriótica. No acierto a distinguir si es el himno nacional, el “God Bless America” o qué se yo. Sólo sé me castañetean los dientes y que sigo andando mirando al suelo, esquivando camisetas viejas y jerseys. Me da vergüenza trotar porque aquí no corre nadie. Así que camino deprisa. Y avanzo hasta que ya no se puede avanzar más sin molestar a otros corredores. Tras la canción los speakers toman el testigo y nos arengan: “runners!”. De debajo de los camiones que tenemos a la derecha y que nos protegen del viento llegan unos regueros de líquido que intuyo son los orines de los corredores de la salida que tenemos al lado y que saldrán por alguna de las calzadas superiores. Me duelen los pies de frío y noto que tengo los tendones de Aquiles entumecidos. Nadie, repito, nadie, calienta. Aprovecho la caja del camión y estiro un poco los aquiles. Este maratón no está infectado de la “marquitis” que vivimos en España y, sinceramente, tampoco me disgusta.

Y en la línea de salida pienso en lo afortunado que soy. Mi mujer y mi hijo, dos de las personas que más quiero en esta vida (y en cualquier otra) están conmigo en Nueva York. Tengo trabajo, tengo salud y corro maratones. Dicen las estadísticas que menos del 1% de la población logra terminar un maratón en su vida y de ese 1% , ¿cuántos logran correr el maratón de Nueva York? ¿Y de los que lo han corrido cuántos han podido hacerlo el mismo año que se presentaban por primera vez al sorteo de dorsales? Aunque jamás vuelva a estar aquí, en esta línea de salida, sí: soy un afortunado.

Poco después de las 9:40 el cañonazo inicial me devuelve a la realidad. El cielo está gris, no hay confetti y los altavoces empiezan a atronar con el “Safe in New York City” de los AC/DC en vez del esperado “New York, New York” de Sinatra. El Maratón de Nueva York de 2014, mi duodécimo maratón, acaba de empezar y a pesar de la falta de entrenamiento no tengo ninguna duda de que voy a acabarlo, porque esta vez, además, tengo a alguien en el cielo que seguro, seguro me va a echar una mano.

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