La importancia de la etiqueta en un runner

Hoy no voy a escribir una entrada. Hoy voy a dejar que un maestro la escriba por mí. Todo un académico de la RAE y uno de mis autores favoritos: Don Arturo Pérez-Reverte. Alguno pensará, con razón, qué narices tiene que ver el Reverte con el running. Yo te lo diré: nada. Ni figura entre sus aficiones ni recuerdo que jamás haya escrito sobre nuestro deporte. Y aun así, ayer, instintivamente, pensé en él mientras estaba comprando en el Mercadona y me crucé con un compañero runner que iba empujando una cestita y llamando a voces a un criejo, poco más mayor que mi Mateo, que se entretenía en desordenar las berenjenas. ¿Que cómo sé que era un runner? Espera, y lee.

«Oye, tonto del haba. Soy yo, en efecto, el mismo que te cruzaste en el supermercado. Mercadona, ya sabes. Pasillo de los lacteos. Te lo digo por si no te fijaste bien en mi careto cuando te tiré encima dos packs de yogur griego. ¿Tacuerdas, chaval? El mismo. Ese hijoputa que te metía el codo en los riñones cada vez que se movía con cualquier pretexto, curiosear los flanes, agacharse a mirar un precio, agarrar la margarina. Dejarla. Volverla a tomar. El que se te cruzaba con el carrito -yo, que nunca hago eso – sin venir a cuento. El que de vez en cuando te miraba medio raro. ¿Ya caes? Pues eso. Oui, c’est moi. Como Lulú. Pedazo de soplapollas. Te lo explico. En el pasillo de pastas y legumbres ya te eché el ojo. Yo aún estaba despistado, decidiendo entre si comprar lentejas pardinas o de las gordas, cuando vi pasar unas Mizuno amarillas fosforito y unas piernas masculinas y peludas que asomaban de unas mallas ajustadas, tipo equipación del equipo USA de 4×400. Por un momento tuve la sensación de que en lugar de un supermercado de barrio estaba en la cámara de llamadas de un estadio olímpico. Hay que joderse, me dije. A finales de septiembre. Dónde se creerá que está este cenutrio. Así que te hice un reconocimiento visual. Treinta y tantos. La camiseta, técnica, tenía buen aspecto; el peluco, un Garmin último modelo. La cara de animal -lamento comunicarte que la tienes, colega- no aportaba un dato básico, porque hay fulanos con jeta de mala bestia que luego resultan muy correctos y educados en distancias cortas. La bandana enrollada en la muñeca derecha ya me mosqueó un poco más. Un globero, me dije. No sólo viene vestido así porque vaya seguidamente a entrenar, el cabrón. Niet. Se indumenta de esta guisa para reflejar un estado de espíritu. Deportista, aventurero, directamente llegado del curro, sin tiempo para ponerse un pantalón correcto antes de venir a comprar y vestirse de romano luego en casa. Tal vez venga de salvar a España como potencia atlética, o de conseguir el patrocinio de una marca de campanillas, o de mayor quiera ser triatleta –y que el resto de la humanidad nos enteremos-, y en su tablet, que no andará muy lejos, lleve el borrador de una entrada genial en su blog donde también nos cuente lo competitivo y atlético que es y lo mucho que las chicas con las que entrena, entre polvo y polvo, le dicen guapo. Luego comprobé que erraba. Sacaste el teléfono móvil y comprendí que de genio del atletismo nada. Que eras un modesto empleado de banca de una sucursal en San Sebastián de los Reyes. Y mientras enfilabas el pasillo de los lacteos pegando berridos a tu churumbel, pensé: apuesto un billete de cien euromortadelos a que -LCSCNL: Ley de la Chusma Siempre Cerca y Nunca Lejos- con todo lo grande que es el pasillo se me planta de vecino al lado y hasta le oigo la respiración.

Runner elegante y discreto

Y ahí me caíste. Con tus patas desnuditas y peludas a un palmo de mi rodilla. Maldita sea mi estampa, no había otro sitio mejor. Resignación, me dije. Seamos estoicos. Pero luego, cuando la megafonía dijo lo de “Señorita Puri, acuda a caja 5”, y te pusiste a rascarte una corva -ris, ras, hacían tus pelillos entre las uñas-, el estoicismo se me fue al carajo. Además, lamento comunicarte que no eres Brad Pitt. Tienes unas piernas feas de cojones. Peludas, torcidas en las tibias. Pa qué te digo que no, si sí. Si yo tuviera esas piernas, te juro que no iría por el mundo exhibiéndolas como si tal cosa. Es más. Normales como las tengo, me las guardo para las carreras, y los entrenos, y la intimidad; y todo eso. Ya sabes. Total. Que empecé a cabrearme. Mira que si hubiese un terremoto o un tsunami de esos mortales, pensé. Tendría delito que la última imagen de mi vida fueran las patas peludas de este tío. Y luego, cuando a pesar de tener más hambre que el perro de un ciego vi los sándwiches de a un euro, la visión de tus extremidades me quitó el hambre. Miraba el de cangrejo, volvía los ojos a los pelos de tus piernas -tampoco tus rodillas son para una exposición veneciana, tío- y virtualmente el sándwich se me hacía una pelota en la glotis. De manera que dejé el pensamiento y me dije: pues vamos a jodernos todos. Fue entonces cuando empecé a moverme, y a clavarte un codo en los riñones y a pedirte perdón con mucha cortesía y cara muy afligida, y darte por saco cuanto pude. La venganza del Coyote, colega. De vez en cuando me mirabas, pero yo ponía cara de tolai. Perdone, decía -¿te acuerdas, gilipollas?-, pero con estas apreturas, etcétera. Los viernes por la tarde ya se sabe. Y está feo que me ponga flores; pero el golpe maestro fue cuando hice que se me escapara el yogur líquido con el tapón medio abierto y cayó, exactamente sobre tus zapatillas relucientes. Chof. Oh, perdón, dije. Ahí te mosqueaste un poquito, la verdad. Pero yo ponía tal cara de hipócrita y sonreía tanto reconoce que lo de secarte yo mismo con el pañuelo fue un toque selecto-que no hubo otra que decirme: no importa, gracias. No pasa nada. Y ya ves. Al cabo, lo que son las cosas: disfruté como un cochino en un maizal. Pero estos lances son como lo de aquel torero que se lo hizo con Ava Gardner. Si luego no lo cuentas, sólo disfrutas a medias. Por eso te lo cuento ahora. Imbécil.»

P.D. Espero que el maestro Reverte no se mosquee mucho por haberle “fusilado” su artículo de octubre de 2002 “Las Piernas de mi Vecino“, pero es que me venía de albillo 🙂

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