11M: Cuando los recuerdos no son buenos

Hoy debería estar publicando la crónica de la “Carrera del Taller” del pasado domingo. Del maravilloso día que disfrutamos, de lo bueno de encontrarse con gente como Roberto que hizo MMP, del estreno de mis zapas nuevas y de cómo derrapaban en las curvas arenosas de unos caminos escoltados de olivos, de un parque que ha sido referencia en mis tiradas largas desde que empecé a correr, del trompazo que me di por mirar al móvil cuando terminaba el calentamiento,  de si la carrera estaba bien medida o de si entre los kilómetros 4 y 5 hicimos un recorte espectacular por falta de señalización y/o voluntarios, de lo bien que vienen estas carreras con repechos cortos para ganar fuerza pensando en Mapoma, de esos otros 12 kms que me marqué aparte de los 10 de la carrera y de lo bien que me sentí, de lo bien que me estoy sintiendo, de saber que firmaría por una carrera así el próximo domingo y todos los domingos.

Pero hoy me he levantado y es 11 de marzo. Abro la prensa y es 11 de marzo. En la radio y en la tele es 11 de marzo. Y recuerdas que hace exactamente 10 años te levantaste de la cama a eso de las once de la mañana, recuerdas que en aquella época trabajabas hasta las doce de la noche y raro era el día que te acostabas antes de las 3 de la madrugada. Recuerdas que saliste de la habitación pensando en salir a trotar un poco, que Mapoma estaba cerca, y recuerdas que encontraste a tus padres pegados a la pantalla del televisor del salón, como en las grandes ocasiones, como los días de la lotería de Navidad. Pero aquella mañana no había niños cantando premios con un soniquete grabado a cuchillo en los oídos fruto de largos años de tradición. Aquel día los premiados eran los afortunados que estaban a este lado de la pantalla, viendo lo que había sucedido. “Ha habido un atentado en Atocha”.

Es triste admitirlo, pero a lo largo de los años los españoles fuimos haciendo callo frente al terror. Una banda de asesinos nos acostumbró a los muertos, a los amasijos de hierro retorcidos, calcinados, humeantes; a seres humanos despedazados. Nos despedazó a todos. Largos años que hicieron que aquellas noticias sólo fueran otro atentado más, triste como un accidente de avión o un huracán, pero de esas cosas que pasan. Jamás perdonaré a ETA que me haya hecho crecer pensando que aquello era lo normal, que aquellas imágenes, aquellos sonidos, aquellos conceptos: “amonal”, “amosal”, “operación jaula”, “goma 2”, “9 milímetros parabellum”; que todo aquello, decía, fuera el entorno habitual en el que crecían y se desarrollaban los niños y adolescentes del mundo. Jamás podré perdonarle que me deshumanizase de esa manera, aunque luego haya aprendido que otros niños, con menos suerte, crecieron con otros conceptos peores: “hambre”, “miseria”, “guerra”, “enfermedad”.

Recuerdas aquella mañana con la amargura de que el único pensamiento que se disparara en tu cerebro fuera un miserable otro atentado más. Recuerdas que hasta que tu padre no añadió “pues van cuarenta y tantos muertos” no fuera cuando los cables neuronales hicieran contacto y saltara la chispa que te hace convertirte en persona, en humano de nuevo. “¿Cómo cuarenta y tantos? ¡Esta vez se han pasado!” “Es que han explotado varios trenes”. Y  recuerdas que el mundo deja de tener sentido, y como pasó exactamente dos años y medio antes con el WTC de Nueva York, nos convertimos en seres enganchados a la pantalla de un televisor, colgados del resplandor procedente de un rectángulo luminoso viendo la tragedia retransmitida en directo. Y recuerdas que olvidadas en algún rincón oscuro del cerebro quedaron las ganas de salir a correr aquel día, de preparar el maratón, ese último maratón antes de pegar el giro que por aquel entonces necesitaba mi vida. Recuerdas que aquella mañana se pasó entre imágenes de heridos, familiares, fuerzas de seguridad, servicios de emergencia, declaraciones de gente sin nada que decir, rumores, infamias, navajeo político de la peor calaña con unas elecciones a las puertas, y los muertos, aquella cifra de muertos que no hacía más que crecer: 60, 80, se cree que puede haber más de 100.

150.

180.

191 y dos bebés nonatos, proyectos de vida que jamás vieron otra luz que la deflagración de un explosivo…

Y recuerdas Ifema habilitado como una enorme morgue llena de bultos bajo sábanas negras o grises. O a lo mejor no eran esos colores, pero en mi recuerdo no hay otros. Imágenes filtradas de las cámaras de seguridad, el horror en una escalera mecánica, los psicólogos, los médicos, Al Qaeda, ETA, PP, PSOE, y los muertos , qué razón tenía Bécquer: “Dios mío, ¡qué solos se quedan los muertos!” Y Dámaso cuando dijo aquello de ”Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres”… y los madrileños, recuerdas, aquella mañana fuimos los hijos de la ira, el fruto de la locura de los hombres. Y te recuerdas no queriendo imaginar que pudieras ser una de esas personas que desesperadas llamaban a unos teléfonos móviles que jamás contestaría nadie. Que pudieras ser uno de aquellos muertos que ya jamás podrían contestar una llamada con un “hola, mi amor”. Y recuerdas una tarde no querer saber más de Acebes, de Otegi, de Aznar, de ZP, de Llamazares, de Ibarretxe, de furgonetas blancas, de versos del Corán. Y sólo cuatro lugares que martillean tu cabeza y sabes que siempre te acompañarán: El Pozo, Santa Eugenia, Téllez, Atocha.

Y recuerdas que el viernes 12 de marzo trabajaste, pero que pudiste escapar para ir a la manifestación gracias a la solidaridad de otros compañeros, como se hizo en tantos sitios, que te uniste a la multitud, a una masa tan grande que todo lo invadía, que era incapaz de avanzar Castellana abajo. Recuerdas que llovía, como si el cielo quisiese unirse al dolor, y que lloraste tratando de que las lágrimas no se perdieran en la lluvia como el llanto de aquel Replicante.

Medalla Mapoma 2004
Fuente: http://sihayquemorirqueseaconlasasicspuestas.blogspot.com.es/

Y recuerdas que más tarde, aquel domingo 25 de abril de 2004, se celebra la 27ª edición del Maratón Popular de Madrid y que justo antes de la salida se hace un silencio sepulcral durante un minuto por respeto a las víctimas y una suelta de palomas. Recuerdas que te preguntas si alguno de los que debía estar en línea de salida no está y no podrá estar nunca más. Y al paso por Atocha, después de 40 kilómetros de esfuerzo te miras el dorsal y acaricias el lazo negro que la organización nos ha serigrafiado junto al número. Aprietas los puños y encaras el final de la carrera convencido de que vas a llegar porque tienes suerte, porque ellos, porque esas 191 personas y esas dos personitas que no llegaron a nacer, no podrán hacerlo, porque en aquella lotería del horror no saltó tu número.

Hoy es 11 de marzo de 2014, uno de esos días raros, de cuando los recuerdos no son buenos. Hoy los lazos negros vuelven a inundar las redes sociales. Comparto en mi muro de Facebook el que ha colgado Roberto, mi compañero en esa Carrera del Taller que hoy tendría que haberse merecido una crónica. No puedo. Hoy mi mente vuela a una caja en casa de mis padres donde hay guardado un dorsal con el número 8555. Al lado lleva serigrafiado un lazo negro. Lo acaricio cuatro veces: El Pozo, Santa Eugenia, Téllez, Atocha.

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2 comentarios en “11M: Cuando los recuerdos no son buenos

  1. ….hace 10 años, mientras mi hermana, mi cuñado, sus padres, mis padres y el hermano de mi cuñado buscaban a su mujer, yo tenia que estar en el taller y solo podía llamar por teléfono e intentar encontrarla. Al final la encontramos pero donde no quería ir nadie. No me acuerdo de imágenes, me acuerdo de llamadas…al 112, a hospitales.
    Del día 12 no me acuerdo de manifestaciones, me acuerdo del aeropuerto. De ir a buscar a los padres de ella, porque era francesa y alguien tenia que ir a recogerlos.
    Y me acuerdo de su bebe, que ahora es una preciosa niña de 11 añitos.
    Yo no puedo decir que estuve con la gente, chillando contra la barbarie……hubiese cambio el poder empaparme ese día 12 bajo la lluvia.

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