La camiseta del maratón: mi amigo Chema

Ahora que se va acercando la fecha del maratón uno empieza ya a pensar en los detalles: qué me pondré, con qué zapatillas correré, iPod o teléfono, etc. Todo ello siempre me hace recordar que en mi primer maratón digamos que no le presté demasiada atención al atuendo, eso que hoy llaman ‘outfit’: las zapatillas eran las que tenía, los pantalones cortos también eran de los que había por casa y de los calcetines para qué hablar, puede incluso que fueran de un pack de oferta del Continente (eso del Carrefour todavía no existía). Pero hubo una prenda que sí elegí. No por sus particulares cualidades técnicas o de composición (ninguna de las que llevé las tenía), sino por su ‘origen’. Aquella camiseta blanca de algodón me la había regalado un viejo amigo de la adolescencia, Chema, al que siempre me refiero, incluso aquí, como mi “iluminado favorito” (de hecho su web, Gornova V, figura desde siempre entre los enlaces que hay en el lateral del blog). Chema y yo nos conocemos desde la época del instituto y ya entonces apuntaba maneras, formas de pensar, cosas en la cabeza que los demás no teníamos. Estando en Segovia, visitando el Alcázar, desde las almenas más altas y mirando hacia el abismo nos preguntó: “¿qué se sentirá, cayendo al vacío?”. Evidentemente sólo pudimos pensar que estaba como una regadera. Pero Chema nunca ha actuado al dictado de lo que piensen los demás: sólo con el título de Bachiller ha estado trabajando de programador, de igual a igual, con licenciados en informática e ingenieros de telecomunicación. Sin ser fotógrafo sabe más de fotografía que los del National Geographic, todo porque le dio por empezar a viajar a África los veranos y sentía la necesidad de captar la esencia del continente. Sin ser sindicalista consiguió ser elegido presidente del comité de empresa de su curro y debió tocar tanto las narices a la dirección que le echaron con la máxima indemnización (desde entonces no ha vuelto a trabajar para nadie). Sin ser un hombre religioso acabó captado por la secta de los “Ángeles de Paiporta” de donde lo echaron con cajas destempladas tras haber acusado a los mandamases de ocultación de secretos y de no querer compartir las revelaciones supuestamente transmitidas por los ángeles con el resto. Tras aquella trifulca, que se saldó con algo que yo no he visto en la vida ni he oído que a nadie le haya pasado: que una secta te diga ahí está la puerta (mentiría si dijera que sus amigos no nos alegramos de eso); Chema trató de encontrar la razón de su existencia: viajó a Egipto y la India con tan sólo los billetes de avión, buscándose las mañas para infiltrarse entre la gente sin llamar la atención. Y finalmente desarrolló su propia filosofía de la vida y del universo, encontró su camino, y se convirtió, sin juntarse con nadie en especial (salvo con los libros de su admirado David Icke) en uno más de los partidarios de lo que se viene llamando la “teoría de la conspiración”. Un conspiranoico que acabó convencido de que el fin del mundo tal y como lo conocemos se produciría el 21 de diciembre de 2012 coincidiendo con el final de la cuenta larga de los Mayas (hasta en su página web todavía se puede leer su su nombre acompañado de su fecha de nacimiento y muerte: 1969-2012… a pesar de que siga vivito y coleando). Por eso se apuntó a cursos de supervivencia: según él, el espíritu de la Tierra se graduaría en 2012, la civilización y el estado del bienestar colapsarían y lo único que importaría sería sobrevivir, ese era su objetivo. Y en uno de aquellos cursos le dieron mi camiseta. La camiseta de mi primer maratón.

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Con mi camiseta especial

Un día, ya no recuerdo dónde, a lo mejor en una de esas cenas que hacíamos los viernes en el Foster’s Hollywood del Centro Comercial Las Rosas para hablar de lo humano y lo divino; trajo la camiseta y preguntó: “¿la quieres?”; y yo dije que sí y la guardé. Supongo que acabaría en un cajón y que la sacaría de vez en cuando para jugar al fútbol en el parque o para ponerla debajo del pijama en invierno. El caso es que en 1998, cuando tomé la determinación de correr el siguiente maratón de Madrid, aquella camiseta blanca de algodón en la que podía leerse “Escuela de Supervivencia de Madrid” ya estaba en casa. El maratón no iba a ser cualquier cosa: iba a empujar mi organismo hasta unos límites físicos insospechados, iba a correr 42 kilómetros seguidos, iba a sobrevivir. Por eso recuerdo sacar aquella camiseta del cajón, leer la palabra “supervivencia”, acordarme de Chema y, en definitiva, sentir que aquella era la prenda que daría a este escéptico “energía” para llegar a la meta sano y salvo.

Quizá Chema no tenga grandes dotes para acertar con lo que el futuro nos deparará pero nadie le podrá negar que su vida es un ejemplo de tenacidad, de obstinación, de constancia, de creer en un objetivo y de luchar por él. Quizá Chema, sin saberlo, hubiera sido un maratoniano modélico.

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7 comentarios en “La camiseta del maratón: mi amigo Chema

  1. Aunque me gustan tus entradas con tus entrenamientos para la Maratón, sin duda entradas como esta son únicas, me encantan.
    Conozco a un compañero que haría buenas migas con tu colega 🙂

    1. Gracias, Antonio. El rollo de contar los entrenos es por llevar un plan de sólo tres días a la semana. Si sale bien, igual a alguien le es de utilidad. Pero mi pasión son esas otras entradas 🙂

      Jajaja, creo que hay unos cuantos que harían buenas migas con mi colega! 😉

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