Una historia de amor

“Baby ain’t it funny how you never ever learn to fall
You’re really on your knees when you think you’re standing tall
But only fools are know-it-alls and I’ve played that fool for you

“This Ain’t a Love Song” (Bon Jovi)

Hoy tengo ganas de contar una historia de amor. Me gustaría empezar diciendo que gracias al running conocí a la mujer que amo. Pero no. Ella, la mujer que amo, y el running no son grandes amigos. Tan sólo conocidos. No recuerdo haber corrido con ella más que una vez en Santa Marta de Tera, un pueblo de Zamora, cuando queríamos ser profes y las hojas de los los árboles empezaban a adquirir un matiz dorado, un otoño de hace ya unos cuantos años. Sin embargo, sí recuerdo nuestra primera cita a solas, fuera del trabajo. Como si fuera ayer: el 1 de abril de 2001, y lo sé con total rotundidad porque fue el día que se corrió la media maratón de Madrid. Lo recuerdo, además, porque yo estaba lesionado y no la pude correr. Aquel día, Cristina y yo visitamos el Museo Reina Sofía,  después anduvimos por la Cuesta de Moyano y acabamos comiendo en un Burger King de la calle Atocha. Y también me acuerdo de que durante toda aquella mañana de sol espléndido y radiante, uno de esos días que Madrid si no es el Paraíso, se le parece mucho; estuvimos cruzándonos, para mi martirio, con corredores que habían acabado la Media y que volvían a sus casas con sus medallas de finishers y sus camisetas conmemorativas. La misma lesión del gemelo que me hacía cojear, me impidió participar en Mapoma unas semanas después. Y aunque sí participé en el Millennium Marathon que se disputó en octubre, Cristina no vino a verme porque nuestra historia de amor, aquella que había empezado por una cojera, también estaba “coja”, quiero decir que era más “mi” historia que “su” historia, y donde yo pensaba que nuestros caminos convergían en realidad estaban tomando trayectorias divergentes. No me di cuenta, claro: nunca fui muy listo para eso del amor; y tampoco supe parar a tiempo. Imaginé que las relaciones también eran… como un maratón y que, precisamente, la misma obstinación que hace a un maratoniano continuar y llegar a la meta, a nosotros dos nos haría llegar también a ese futuro común, si lo intentábamos.

Me equivocaba. Con el paso del tiempo lo único que hice fue darme de golpes contra un muro, un muro mucho peor que el de la maratón. Pensé que a base de cabezazos acabaría derrumbándolo. Pero en vez de resquebrajarse cada vez se hacía más alto, más sólido, más invulnerable. Hasta que una noche de verano aquel muro inmenso se me cayó encima, con todo su peso, con toda su realidad. Y sentí dolor de corazón, un dolor como no sabía que pudiera existir. Y aquel corazón mío se congeló en la calurosa noche madrileña, entre fuegos de artificio y verbenas. Y, sin corazón, un hombre sólo puede vivir enfadado. Y yo me enfadé. Me enfadé mucho. Me enfadé con ella. Me enfadé conmigo. Me enfadé con mi trabajo. Me enfadé con el mundo. Me enfadé con todo. Y como un animal herido que se defiende a dentelladas de sus propios miedos, supongo que en aquella época tenebrosa más de uno se llevó alguno de mis bocados. Hoy sólo puedo decir que lo siento, que entiendo que las palabras y los silencios pueden cortar como cuchillas y que hay miradas que se clavan como estacas en el barro. Y no hay palabras para expresar todo lo que me arrepiento… y todavía hoy no sé cómo pedir perdón.

Me metí en un agujero del que me costó mucho salir. Me rodee de oscuridad, de esa oscuridad de la que sólo se sale con el tiempo, y con voluntad. Afortunadamente, voluntad es algo que los corredores de fondo hemos aprendido a entrenar y no nos falta. Y yo nunca dejé de ser corredor, es más, aquel período negro fue el que me vio hacer mis mejores marcas en maratón, media maratón y 10k. Y así poco a poco, pero muy poco a poco, fui sacando primero la cabeza, luego los brazos, luego el tronco y las piernas, hasta que un día fui consciente de que ya estaba totalmente afuera. Totalmente libre. Y súbitamente comprendí muchas cosas. Comprendí que la vida no hay que forzarla, que sólo hay que vivirla, y que Cristina siempre ocuparía un rinconcito de mi corazón donde la recordaría con cariño, por todo lo bueno que pasamos juntos. Comprendí que tenía que cambiar mi vida de arriba abajo porque, simplemente, la que llevaba no me gustaba. Y comprendí que el tiempo pasa deprisa y que las cosas que tenía que hacer era mejor hacerlas pronto si no quería arriesgarme a lamentar toda la vida no haberlas hecho nunca. Fue en aquel momento cuando la idea de Londres empezó a tomar cuerpo y en unos meses fue un hecho: vendí mi coche, pedí una excedencia en la empresa y recogí mis cosas. El último día de trabajo coincidí con Cristina a la salida, en el metro. Nos abrazamos y aquel abrazo en silencio, en el vestíbulo de la estación de Nuevos Ministerios dijo muchas cosas. Dijo “adiós”, dijo “que te vaya bien”, dijo “te quiero”, dijo “cuídate”, dijo “perdóname”.

Love Story
My London’s Love Story

Dos días más tarde tomé un avión rumbo a Heathrow. Llevaba pocas cosas encima: algo de ropa, zapatillas para correr, un iPod con toda mi música y un cd con archivos que me tendrían que ser útiles: un curriculum, un procesador de textos y… una foto de Cristina. En Navidades volví a Madrid para pasar la Nochevieja y correr la San Silvestre de 2004. Cristina y yo quedamos para vernos. Dos amigos que se toman un café, pasean por un Madrid engalanado para la Navidad y conversan. Y decidimos que el próximo café sería en Londres. Y lo fue. Y Londres nos vio perder su maleta en el metro, y encontrarla, y nos vio reírnos, y nos vio bailar agarrados sin música en Leicester Square, y nos vio besarnos a la sombra del Big Ben, y nos vio decidir que ahora sí, que ese sí era nuestro momento, que nuestros caminos por fin habían decidido hacernos coincidir y que aquel futuro tan improbable hacía unos años era un presente real. Y desde aquel momento, amor, no han podido separarnos, como solíamos decir, “ni con disolvente”.

Ya hace nueve años de todo aquello. Ahora ya no somos dos, somos tres. Mi vida no se parece en nada a aquella a la que renuncié en 2004 y supongo que la de ella tampoco. Y estoy contento, estoy feliz. Soy feliz. Y sólo espero que pasen muchos años más así, a su lado, corriendo maratones, viendo crecer al heredero y, de cuando en cuando, subir a Londres a bailar agarrados en Leicester Square, sin música… o, al menos, bajar al metro de Nuevos Ministerios para darnos un abrazo en silencio que siga diciendo “te quiero”, pero que nunca, nunca, vuelva a decir “adiós”.

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8 comentarios en “Una historia de amor

  1. Me has puesto los pelos de punta con esta entrada sincera y preciosa. Lo que te ocurrió tiene muchas similitudes con el mundo del corredor, el no abandonar, la constancia, ser fiela a unos ideales. Correr es para gente feliz, si tienes problemas en tu vida no corres. Es precioso esto que te ha ocurrido, que no os separéis jamás. Un abrazo,

      1. Si, por eso te digo gracias. Morirse de amor es algo bellísimo, llorar en la oficina y largar los mocos es algo que no se olvida. Vivir a través de un relato como éste es maravilloso Carlos. Gracias!

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