El Síndrome del Explorador

Ruta a Camarma de Esteruelas
A Camarma y vuelta

De vez en cuando, como runner, se me despierta el instinto explorador. Salgo a correr como cualquier día, pero de pronto surge un pensamiento que me dice: “hoy vamos a liarla: tira por ahí, a ver dónde lleva ese camino”.

Ayer me pasó y, claro, como no podía ser de otra forma acabé en la estilosa población de Camarma de Esteruelas. No me había vuelto a ocurrir desde principios de año, cuando preparando el maratón de Barcelona, durante una tirada larga también me dio la vena y aparecí en Los Santos de la Humosa.

Así y todo, yo no me considero un explorador nato, de esos que nacen con el gen del descubridor en todos y cada uno de sus cromosomas y, por ejemplo, cuando viajo no siento la necesidad de llevar los trastos de correr a cuestas para escaparme a trotar a la más mínima oportunidad. Es más, si visito alguna ciudad por primera vez, lo que más me interesa es hacer turismo y aprovechar el tiempo para conocer el lugar, lo que implica llegar al hotel agotado de pasar el día caminando y tratar de descansar todo lo que se pueda hasta el día siguiente, en que se repetirá la misma historia (así que de madrugar para correr, ni hablamos). Supongo que lo más parecido a agarrar las zapatillas y salir a hacer deporte fue aquella vez que mi mujer y yo visitamos el Perú y no se nos ocurrió más que subir desde Aguas Calientes a Machu Picchu andando para llegar a ver el amanecer. ¡No había salido apenas el sol y yo estaba empapado como si me hubiera tirado al río Urubamba vestido! Una y no más, Santo Tomás.

Pero es verdad que durante todos estos años, mientras pateábamos países y ciudades, me he quedado con ganas de correr por muchos sitios. Momentos concretos en los que entre templo y templo, o estatua y estatua, el subconsciente te traiciona y te dice bajito al oído: “por aquí, correr, ya molaba, ¿no?”; y justo entonces echas de menos tus Adidas, tus shorts y 30 o 40 minutos libres. Así, a bote pronto:

  • Desde el Pier 39 hasta el Golden Gate, en San Francisco.
  • Desde Schaffhausen hasta las Cascadas del Rin, en Suiza.
  • Por el carril bici que discurre junto al Tíber, en Roma.
  • Desde La Haya hasta la playa de Scheveningen, en Holanda.
  • Por Brujas, entre canales y parques.
  • En Lisboa, junto al Tajo.
  • Por el Parque Nacional de las Cañadas del Teide, en Tenerife.
  • A lo largo de la ría, en Bilbao.
  • El Camí de Cavalls, en Menorca.
  • Y, por supuesto, Central Park, en Nueva York.

Aunque también hay veces que sucede todo lo contrario, cuando visitas lugares que por distintos motivos no te inspiran para nada ganas de salir a correr (y no vale eso de que “yo siempre tengo ganas de salir a correr“, no cuela):

  • En Las Vegas, Nevada. Con ese sol y en medio del desierto, a quién se le podría ocurrir ponerse a trotar.
  • En Orlando, Florida. En cuanto puse el pie en la calle y noté la humedad, me dije, “mejor ni pensarlo, runner”.
  • En París. Coches, coches y más coches.

Así que, por lo que pueda ocurrir, hoy voy a ver si encuentro cómo seguir por la tele el maratón de Nueva York, porque no quiero que me dé otra vez el ataque del explorador furioso y si salgo a correr aparecerme, qué se yo, en algún lugar tan glamuroso como Azuqueca de Henares

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2 comentarios en “El Síndrome del Explorador

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