London

Alguno de vosotros sabéis de mi periplo londinense y tarde o temprano os tenía que hablar de mis vivencias como corredor por aquellas tierras. Mi primer deber es avisaros de que yo fui a Londres de emigrante, con una mano delante y otra detrás, en un momento en el que me harté de España o España se hartó de mí. Cogí mis bártulos, los metí en un avión y marché. Recuerdo perfectamente la fecha: el 2 de noviembre de 2004, entre la fiesta de los Santos en España y la noche de Guy Fawkes en Gran Bretaña. Y en Londres aguanté los seis meses de aquel duro invierno, justo hasta después del London Flora Marathon en abril de 2005, que seguí como espectador por varios puntos de la ciudad, viendo ganar a Paula Radcliffe y admirando una ciudad volcada en su carrera, como jamás lo había visto en los seis maratones que ya había corrido en Madrid.

Aquel período fue muy importante en mi vida, supuso un punto de inflexión, un giro de casi 180 grados. Renuncié a un trabajo cómodo y bien pagado en España pero en el que tras más de siete años me sentía atrapado, aburrido y amargado. Renuncié a una vida regalada en casa de mis padres. Renuncié a mis amigos de toda la vida. Renuncié a mi barrio, a mi ciudad y, por supuesto, a su maratón. Renuncié, a fin de cuentas, a vivir una vida sin riesgos, perfectamente protegido por una red de seguridad.

Seis meses no parecerán gran cosa, pero a mí me dio tiempo más que suficiente para sentirme orgulloso de muchas de las cosas que hice allí: orgulloso de haber buscado y encontrado dos trabajos (un tercero se quedó a las puertas), orgulloso de haberme costeado una habitación en un piso compartido en Bayswater, orgulloso de haber encontrado un amigo de los de para toda la vida, orgulloso de mi Oyster Card,  del carnet de la biblioteca pública del barrio, de descubrir el chocolate blanco del Tesco  y de una camiseta Sisley que compré en el Benetton de Oxford Circus y que no me quitaba ni para dormir.

Y si bien había renunciado a ser maratoniano (pronto me di cuenta allí que inscribirse en Londres no era tan sencillo como hacerlo en el Mapoma) en ningún caso renuncié a mi condición de corredor y una de las primeras cosas que eché al petate fueron mis zapatillas de running. Además,  tuve la enorme fortuna de vivir al lado de Kensington Gardens y Hyde Park, por lo que mis rodajes no fueron nunca un problema.

De lunes a viernes por la mañana trabajaba, y por la tarde exploraba la ciudad: aprendía inglés yendo a las presentaciones de la tienda Apple de Regent Street, visitaba con frecuencia la National Gallery, me perdía por Selfridges y Hamleys, compraba slices of pizza en el Pizza Hut de Leicester Square a 99 peniques, paseaba por Chinatown, me acercaba a ver a los artistas callejeros en Covent Garden, curioseaba en las tiendas vintage del Soho o me acercaba a leer la carta de los restaurantes españoles y a morirme de risa con los precios. De vuelta a casa paraba a comprar la cena en el Budgens y después de cenar solía leer un libro escuchando música al lado del radiador, hasta la hora de irme a dormir.

Pero los fines de semana estaban hechos para correr. Normalmente me levantaba  muy temprano, me ponía unos pantalones cortos y una camiseta de manga corta (en pleno invierno londinense, que, para chulo, yo) y trotaba hasta la entrada de Kensington Gardens por Queensway. Olvidado el objetivo de la maratón, entrenaba según las ganas que tuviese. Si no estaba muy animado, daba la vuelta sólo a Kensington Gardens por detrás de la Orangerie, pasando al lado del monumento al príncipe Albert y volviendo al punto de origen por el camino que lleva a la estatua de Peter Pan. Si estaba más motivado pasaba por el túnel que llevaba al memorial de la Princesa Diana y continuaba bordeando The Serpentine hasta el Speakers’ Corner y vuelta a Kensington Gardens por el lado de Bayswater Road. Y si estaba con ganas de comerme el mundo corriendo pues daba dos, tres vueltas o las que fueran. Después de correr me apresuraba para volver a casa y darme una duchita antes de que se levantaran los compañeros de piso y en marcha. Los sábados me acercaba andando hasta Portobello Road Market y almorzaba una hamburguesa o una salchicha de los alemanes que ponían su puesto en una caravana cerca del Tesco. Los domingos ponía rumbo a Camden Town y pasaba la mañana por allí, de turisteo como los españoles que habían venido a pasar el fin de semana, y sólo descansaba para comer unos noodles  en alguno de los puestos que los chinos tienen en Camden Lock. Por la tarde podía quedar con Mariano, mi más mejor amigo, para seguir recorriendo la ciudad o tomarnos un café en el Costa Coffee o irnos al buffet chino Mr. Wu a ponernos gochos por cinco libras.

Buenos tiempos, los de Londres.

Aquel año no pude pasar la Nochebuena en casa, así que la pasé con Mariano en su casa del sur de Londres. Compramos la cena y hasta cava catalán en el super,  y después de cenar vimos un poco la tele (allí descubrí laTDT, años antes de que se implantara en España) y jugamos a la PlayStation antes de irnos a dormir. Como sabía que el día de Navidad cerraban el metro y tampoco pasaban autobuses había ido preparado con una mochilita y mis aperos de correr y ese  25 de diciembre, bien temprano en la mañana, en un día radiante, me puse las zapatillas, agradecí a Mariano su hospitalidad (nos conocíamos de un par de meses y me ofreció su casa para que no pasara la Nochebuena solo) y me lancé a conocer la ciudad de la única manera que debe hacerse, pateándola. Fue la única tirada larga que recuerdo: los algo más de diez kilómetros que separaban Clapham North de mi casa, cruzando el río por el Vauxhall Bridge, pasando por la estación Victoria y Belgravia en un Londres vacío y hasta silencioso, hasta llegar a Hyde Park y retomar mi circuito habitual.

Al día siguiente volví a España para pasar el resto de las vacaciones de Navidad y correr la San Silvestre de 2004. En aquel momento jamás pensé todo lo que iba a cambiar mi vida en unos meses, al volver a España en primavera para irme a vivir con la que hoy es mi mujer, y menos aún que no volvería a correr una maratón hasta el año 2009.

Pero esas son otras historias…

London Skyline
London
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7 comentarios en “London

  1. Perdona la cursileria……me ha parecido una historia entrañable y muy bonita.
    P.D.: no quiero estropearlo con mas palabras. Como siempre, gracias.

  2. Te diré: gracias por compartir esta “parte” de tu vida, de contarnos tu Londres, que aprovecho y lo hago mi Londres también. Nos dejas con las ganas de las “otras historias”.

  3. Con esta me has llegado, me encanta Londres, yo sólo he estado de vacaciones y volveré bastantes veces. Si el sistema de inscripción me lo permite alguna vez también espero correr su maratón.

    La primera vez que corrí por allí, me quedé en un hotel en Camden Town, alucinamos con esa zona y a mí me volvía loco correr por Regent’s Park (soy un orgulloso finisher de la Gay Pride Run en Victoria Park).

    Si tú encontraste el chocolate blanco del Tesco, yo me enamoré de los rellenos para sandwich del Sainsbury jajaja.

    Para mí es LA CIUDAD y acabo de venir de NY. Joder, por tu culpa me han entrado ganas de volver.

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