Los padres del maratoniano

Cuando empecé con esto del correr ni yo mismo sabía nada de lo que preparar una maratón iba a suponer. No sabía cómo prepararla, cómo correrla, ni siquiera si iba a ser capaz de terminarla. Es más, hubo personas que directamente pensaron que a última hora no la correría. Pero mis padres no. Tampoco es que se emocionaran hasta el punto de seguir mis entrenos cronómetro en mano. Como siempre con mis padres, todo fue mucho más sencillo: me dejaron hacer. Eso es algo que siempre voy a tener que agradecerles: que me hayan dejado tomar mis propias decisiones. Que me hayan dejado acertar y equivocarme a partes iguales. En cualquier momento he podido ir a hablar con ellos de las ideas más peregrinas que cruzaran por mi mente y su respuesta siempre ha sido la misma: vale, hazlo. Tenía su permiso, pero no su colaboración. Todo lo que pensara hacer debía hacerlo yo, ellos no se iban a interponer ni para bien ni para mal. Está de más decir que aproximadamente el noventa por ciento de mis tontadas nunca las llevé a cabo, pero la del maratón la seguí hasta sus últimas consecuencias.

Cuatro meses corriendo a la buena de Dios hicieron que el último domingo de abril de 1999 me plantara en la línea de salida del maratón de Madrid. Oliendo a miedo y a perseverancia. Mirando a los paracas sin verles, con la mente y la vista puestas en el arco de salida y los dedos repiqueteando impacientes sobre el cronómetro, esperando como un león enjaulado el gran momento, el disparo de salida. La salida se dio y los kilómetros comenzaron a desfilar. El maratón se hizo presente en todo su esplendor y su miseria, y en cuatro horas y cuarto obtuve de él todo lo que se espera de cualquier maratón: alegría, sudor, cansancio, sufrimiento, esperanza… felicidad. En la meta me esperaba una medalla, un trozo de plástico para no coger frío y un pedazo de sandía. Y cuando me giré buscando un lugar donde descansar una voz me llamó: “¡Carlos!” Miré hacia las verjas que nos separaban del público y allí estaban ellos, mis padres. Y la alegría que sentía por haber acabado se multiplicó por millones sólo por el hecho de que estuvieran allí, esperándome y haciéndome fotos. Me acerqué y les di un beso.

-¿Estás bien, hijo?

Y claro que estaba bien. Cansado pero contento. Muy contento. Feliz. Compartí con mi padre el trozo de sandía, me cambié y cogimos el autobús de vuelta a casa. Ya era maratoniano y mis padres lo habían visto.

Después llegaron más carreras: medias maratones, carreras de diez kilómetros, alguna otra inclasificable y, por supuesto, más maratones. En algunas me iban a ver, en otras no. Pero el maratón solía ser una de las fijas. El momento foto, el momento beso, el momento de compartir una naranja con papá.

Y así han ido pasando los años y yo ya no soy aquel joven que quería correr una maratón antes de cumplir los treinta, ni mis padres tampoco son aquellos que podían esperar a pie firme una o dos horas hasta que yo llegara. Ahora en la meta del maratón me esperan mi mujer y mi hijo, que ocupan un espacio muy importante en mi vida, el que más, pero en el que siempre hay un hueco pequeñito, que es imposible llenar, por el que se cuela la figura de mis padres: mi padre haciéndome una foto con su cámara de carrete y mamá mirándome a los ojos buscando confirmación a mi respuesta:

– Estoy bien, mamá.

foto
Fotos by Niki

Dentro de poco correré en Canillejas, la carrera del barrio. Sé que por muy malitos que hayáis estado siempre habéis bajado a verme al parque. Este año hay muchas posibilidades de que no sea así. Si mamá ha salido del hospital para entonces, no creo que tenga muchas fuerzas para bajar, ni aun en la silla de ruedas. En cualquier caso yo haré como si estuviérais y cuando suba por Arcentales, en la esquina con vuestra calle, estiraré mi maltrecha figura y sonreiré para salir guapo en la foto que papá me habría tirado, con su vieja cámara de carrete…

… aunque no sé para qué porque siempre le salen movidas.

Os quiero mucho. Un beso.

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6 comentarios en “Los padres del maratoniano

  1. Qué bonita entrada, me ha gustado. Los momentos importantes acompañados de la familia son para siempre. Yo me estrené en Madrid también, pero 10 años después. en 1999 era un afable jogger pacífico.

    1. Gracias, Sosaku. En muchas ocasiones mi objetivo es ese, evocar aquellos momentos y dejarlos plasmados en el blog para que, no importa lo que pase, no se me olviden nunca.:)

  2. Tío hoy no tengo palabras, hoy te daría un abrazo. Hoy has hecho que recuerde porque corrí mi primera carrera, sólo era la San Silvestre, pero para mi era la carrera de mi hermana…..gracias Carlos.
    P.D.: ufffff

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