El Pueblo de las Galletas

El otro día anduve por mi pueblo. Volvía con mi familia de las vacaciones, nos quedaba de paso y me apetecía mucho parar en Aguilar de Campoo. Muchos lo conocerán porque fue durante décadas y décadas sede y origen de las famosas galletas Fontaneda (¡qué buenas son, las galletas Fontaneda!)… hasta que la empresa se hundió, víctima de la mala gestión y la globalización a partes iguales, y los nuevos dueños, los que se hicieron con sus despojos, no quisieron saber nada de la fábrica de Aguilar sino únicamente apoderarse de la marca, aprovecharse de su renombre y producir, en otros lugares, otras “cosas” a las que… bueno, siguen llamando galletas… Fontaneda.

Por suerte para Aguilar y para nosotros que pasábamos por allí, sigue funcionando (de momento) la fábrica de Gullón (Galletas Fontibre tampoco sobrevivió) y una visita para comprar en la tienda que tienen en el pueblo siempre merece la pena. El casco urbano ya no huele a vainilla desde que las fábricas que había allí cerraron, pero Aguilar es mucho más que los hornos de galletas y me sigue encantando pasear por los soportales de su plaza de España y por el paseo de la Cascajera y la Barbacana hasta el monasterio de Santa María la Real, al que los aguilarenses se referían como el “convento caído” (no es difícil imaginar que Mendizábal algo tuvo que ver con eso). O acercarme al pantano y perderme en el pinar que acoge la ermita de la Virgen del Llano, o subir al Castillo y hacerle fotos en el camino a la preciosa ermita románica de Santa Cecilia (para la anécdota queda saber es la iglesia que aparece en los paquetes de galletas María de la marca Hacendado, del Mercadona)

Santa Cecilia
La imagen el el paquete de galletas y la ermita de Santa Cecilia de Aguilar

Pero voy a parar porque parezco el concejal de turismo de la Villa en vez de alguien que sólo tiene una curiosa relación con el pueblo pues cuando mis abuelos todavía vivían allí y subíamos a verlos yo era tan pequeño que no me quedan recuerdos. Al irse también ellos a vivir a Madrid, donde estaban mis padres, hizo que no regresara a sus calles hasta ser ya un adolescente, y precisamente allí, en ese primer viaje, cumplí catorce años. Desde entonces no he dejado de ir y, aunque a veces pasen años sin aparecer por sus calles, cuando llego algo tira de mí y me dice que estoy en la “tierruca”, y siempre me apetecería estar mucho más tiempo, descubrir nuevos sitios, subir al Bernorio, visitar las Tuerces, Mave, Cuena (el pueblo de mi abuelo), descubrir el Románico norte y ver tantos y tantos sitios.

Como corredor, a pesar de mis “continuas” visitas a lo largo de los años sólo he corrido una vez por allí. Un año que fui con mis padres a la romería del Llano, les dejé en la ermita, me calcé las zapatillas y me fui a explorar caminos junto al embalse. Disfruté como un condenado a pesar de que me perdí unas cuantas veces y tuve que descorrer lo corrido en varias ocasiones pues el agua me cortaba el paso. Imaginé que no me pasaría si viviera allí, que en ese caso conocería rutas para hacer largas tiradas por sitios preciosos y no me disgustaba la idea. No es que esté pensando en mudarme a Aguilar, no. Lo que no me disgusta es la idea de correr por Aguilar, más que por Madrid cuando el buen tiempo llega. La idea no es descabellada sabiendo que la villa de mis ancestros, además de fueros, tiene incluso un maratón: el Maratón de Aguilar de Campoo,  que se celebra todos los años por el mes de mayo. Así que si juntamos mi querencia hacia el pueblo y mi afición a ponerme unas zapatillas, lo lógico sería que me planteara correr el maratón de Aguilar. Pues no. No me ha llamado la atención. Y vistas sus cifras de asistencia (en torno a los 30-40 participantes) tampoco parece que haya calado hondo entre el colectivo runner. Y no tiene malas críticas, al  contrario, parece que Gabriel, el organizador, se deja la piel por que salga todo bien, el trato a los participantes es modélico y el precio es absolutamente inmejorable: ¡es gratis! No tiene nada de malo, pero para mí el maratón de Aguilar, no es bonito. Una carrera por la carretera (abierta al tráfico) hasta Villlallano y vuelta y así hasta cinco veces, sin animación, muchas veces con mal tiempo, no es lo que tengo en la cabeza cuando me planteo escoger un maratón. Pero admito que puedo estar equivocado. Sin embargo, una carrera con buen tiempo, por aquellos caminos y montes… a mí me parecería muy buena idea.

Pero yo no organizo carreras, ni soy vecino de Aguilar de Campoo y ni siquiera he participado en su maratón, así que no soy el más adecuado para opinar y menos aún para decidir. Esperemos que en unos años, tampoco haga falta echar de menos en Aguilar, como el olor a vainilla de las viejas fábricas de galletas que le dieron el sobrenombre de “el pueblo de las galletas”, al  maratón de Aguilar.

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6 comentarios en “El Pueblo de las Galletas

  1. La de cosas curiosas que va descubriendo uno, si cuento mis próximas vacaciones de agosto ya serán 7 vacaciones que paso dos veces por Aguilar de Campoo y este año diré, mirar chicos el pueblo de Carlos. Por cierto, yo me apuntaria a calzarme las zapatillas y patear sus caminos.

    Como siempre, me ha encantado.
    Firmado: Tu relaciones publicas.

  2. Hola Carlos,

    Cuando estudiaba en Madrid había una chica en la residencia de enfrente que era de Aguiar de Campoo, la llamábamos chica de las galletas aunque probablemente no tuviera nada que ver con galletas. Me has traido buenos recuerdos. Casualmente hoy trabajo en una empresa que fabrica galletas.

    1. Si la chica era de Aguilar, era galletera! 🙂 Sí que es casualidad que tu empresa haga galletas! Gracias por pasarte por aquí, aprovecho para decirte que tu bitácora es excelente. Un saludo!

  3. Que buenos recuerdos me han traído esos anuncios….
    Yo tengo un sueño, que no sé si cumpliré algún día , conocer España corriendo por sus pueblos…

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