Playas, panzones y complejos

Es un hecho comprobado que en todas las playas de España siempre te encontrarás con un señor mayor, panzón, con un bañador ajustadote (ahí, marcando bien paquete) y con las patitas de alambre jugando a las palas. Es probable que además sea alemán, pero esta característica no está garantizada al 100%. Ese hombre es, probablemente, otra de las razones por las que yo empecé a correr. Sí, ya sé que he dicho muchas veces que si el motivo de empezar a correr fue este, o ese o aquel, pero digamos que no hay un factor determinante, sino la suma de pequeños motivos que a la larga provocan que uno se calce unas zapatillas y salga a explorar esos mundos de Dios… corriendo.

El señor panzón apareció tarde en mi vida porque desde la adolescencia uno va arrastrando complejos que se magnifican y ante los que creamos mecanismos de defensa que se arraigan con el tiempo y luego son muy difíciles de desmontar. En mi caso, a los 14 años decidí que no me iba a volver a poner pantalones cortos, que eso era de niños. Y así fue. Si a eso se le añaden las inseguridades propias de la edad más el bombardeo mediático que hace que nuestros chavales crean que el físico de los modelos de los anuncios, los actores o los presentadores sea la norma (y no la excepción), el resultado es que uno se siente el patito feo del cuento: el tío con más granos del mundo, el más gordo, el que tiene el pelo más graso, el de los dientes más amarillos y feos. Así me sentía yo y por eso continué sin ponerme pantalones cortos a pesar de que ya sabía que no eran cosa únicamente de niños. La primera vez que hice una excepción fue en la mili… y allí me gané el apodo de “Copito” precisamente porque estar blanco como la leche (tampoco me fue tan mal, reconozco que a otros les cayeron motes peores). Pero, a fin de cuentas, no aprendí nada de aquella experiencia y después del servicio militar volví a mis costumbres: a ocultarme, a no mostrar al mundo mi fealdad y mis deformidades físicas.

Playa
La playa (by garricar)

Hasta que un verano me fui con mis padres y descubrí… ¡la playa! ¡Dios mío, que se incluya en el plan de estudios de nuestros adolescentes una visita a las playas españolas, por higiene mental! A mí la playa me daba pánico, yo imaginaba que aquello sería como California o como Río de Janeiro: un lugar lleno de mulatos mazas, de surferos cachalotes y en general estatuas griegas encarnadas en humanos que no eran yo. Pero no. Esto es España y el sentido del ridículo promedio era y es bien distinto al que yo tenía. Y al primero que vi en la playa fue al tipo panzón que jugaba a las palas con sus patitas de alambre, su Meyba ajustado y luciendo un color parecido al de un pato laqueado que contrastaba vivamente con mi palidez extrema. Pero allí estábamos los dos compartiendo un mismo espacio. Y de pronto mi cuerpo de escombro dejó de ser tan ruinoso. Porque, aparte del panzón, allí había osos peludos, jubiletas arrugados, bajitos esmirriados, gordetes simpáticos… y en mucha cantidad. ¿Y los cuerpos de escándalo? ¿Y los de anuncio que yo consideraba normal? Pues, a ser sinceros… ¡escaseaban! Tras el primer día de playa mi barriga no desapareció, ni mis dientes blanquearon, ni me hice más alto; pero decidí que tampoco estaba tan mal… en comparación. Vamos, nada que no hubiera dicho ya Calderón mucho mejor que yo:

Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.
«¿Habrá otro», entre sí decía,
«más pobre y triste que yo?»
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.

O lo que es lo mismo: el que no se consuela es porque no quiere.

Pero, a pesar de todo, me vi reflejado en aquel señor panzón con patitas de alambre y decidí que tenía que hacer todo lo posible por no acabar como él. En aquel momento no sabía cómo, pero tenía claro que de alguna manera lo conseguiría. Hoy sé que el running es lo que me mantiene en forma, lo que ha conseguido que mi cuerpo mantenga más o menos a raya a los kilos de más (sigo muy lejos del canon de belleza griega) e incluso que me ponga pantalones cortos hasta en invierno.

Y, por supuesto, juro por todo lo más sagrado que haré todo lo que esté en mi mano por retrasar el momento en que me apetezca comprar unas palas para jugar en la playa…

Feliz verano a todos.

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3 comentarios en “Playas, panzones y complejos

  1. Vivan los michelines, esas arrugitas, esas chicas con tripitas, esas caderas anchas, esos calvos con entradas, esas orejas de soplillo, esas gafotas……..vivan todas esas cosas que nos hacen diferentes y especiales.
    Sabes cual una de las cosas por las que me gusta correr, porque correr lo pueden hacer los delgados, los bajitos, lo chupaos, los gorditos, los feos, los guapos….solo hace falta unas zapatillas, un camino y muchas ganas.

    P.D.: Se te echaba de menos por aquí.

    1. Sí, señor! Gracias por echarme de menos o echarme la bronca por no escribir, como la amiga Esther (aunque esta semana me haya adelantado al fin de semana) 😉

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