Las enseñanzas del Sensei

Si yo hoy por hoy sigo haciendo deporte, si soy corredor, no se lo debo a que de pequeño practicara atletismo o me encantara correr, no. Si yo hoy sigo siendo deportista es porque desde muy pequeño hice kárate. A la tierna edad de 9 años a los de mi cole se les ocurrió ofrecer clases de kárate para completar supongo las actividades extraescolares y que no todo tuviera que ser fútbol-sala (curioso nombre para un deporte que practicábamos en el patio, al aire libre), y me apuntaron. Mi profe era un joven cinturón negro de poco más de 25 años que acababa de sacarse el título de entrenador nacional. Alto, corpulento, pero bueno en la más amplia acepción de la palabra. Todos los alumnos le queríamos: era el hermano mayor, el jefe de la manada. Fuerte, disciplinado, conectaba muy bien con nosotros, los niños. Aprendíamos con juegos, con mano izquierda y mucho humor; y poco a poco iba sacando de nuestro interior lo poco o mucho que tuviéramos, iba haciéndonos karatecas.

Vistiendo la camiseta del gimnasio
Yo también vestía con orgullo mi camiseta del gimnasio

Fausto nos enseñó muchas cosas. Cosas que a un runner le suenan: la disciplina, el esfuerzo, la constancia, la importancia de la motivación y el incentivo… pero él nos transmitía todo eso así como quien no hace nada. Y sin darnos cuenta, entre kata y kata, entre combate y combate, ya éramos lo que él quería que fuéramos: mejores personas, seres humanos más completos. Y siempre con la actividad física presente en sus clases, como una constante. Si cada clase duraba una hora, más de la mitad se dedicaba a lo que él llamaba “el calentamiento” en el que correr era el ejercicio básico. Nunca hubo excepciones: el calentamiento no era negociable. Y sólo después, kárate.

La vida tiene sus vueltas y a los 15 años, después de haber obtenido el cinturón negro infantil y siendo miembro del equipo de competición del gimnasio, dije adiós al kárate por esas cosas de la adolescencia: el insti, los amigos, el cóctel de hormonas, la sinapsis defectuosa de las neuronas, las discotecas, el neurocórtex cerebral sin madurar… No supe (ni quise) hacer compatibles mi vida personal y el deporte con un cierto nivel de exigencia. Fausto siguió con su gimnasio y yo con mi vida, sin deporte. Me costó un B.U.P., un C.O.U., una mili, una carrera universitaria y varios años de trabajo en un turno de noche de mierda (el trabajo y el turno) volver a hacer ejercicio, pero ya como corredor de maratones. No me he vuelto a atrever a ponerme un kimono ni a pisar un dojo. Pero he visto a muchos karatecas atreverse con el maratón. Allí están, visten con orgullo sus chandals del gimnasio, como yo en su día. Y no me ha extrañado verlos allí porque el maratón es una prueba ideal para entrenar la mente del practicante de kárate: la fuerza de voluntad, la resistencia, la capacidad para sobreponerse a los pensamientos negativos son virtudes básicas también para ellos. Quizá les entiendo tan bien porque, como un alcohólico que siempre lo será aunque no vuelva a beber en su vida, yo sigo considerándome en el fondo un karateca que ahora corre, más que un corredor que hizo kárate.

Hace unos años mi camino y el de Fausto volvieron a cruzarse. Mi mujer, (por entonces mi novia) y yo pasábamos unos dias en el Puerto de la Cruz y paseando hacia el mar, en una explanada, con el océano de fondo nos quedamos hipnotizados viendo a tres chicos ejecutar una kata en equipo. La plasticidad de los movimientos, la elegancia, la sincronía, la coordinación y, por si fuera poco, el entorno. Cristina, que también ha sido karateca, y yo somos de la opinión de que quizá no haya deporte más estético que el kárate en la modalidad katas. El caso es que averiguamos que se celebraba el campeonato de Europa de kárate en La Laguna y allá nos fuimos, compramos unas entradas y adentro. Fausto estaba allí. Ahora, con poco más de 50 años, era el presidente de la Federación Española de Kárate, le llamé, le dije quién era yo, si se acordaba de mí. Amablemente me dijo que sí y nos despedimos.

Fausto Soria moriría apuñalado en su casa un gélido día de enero de 2009. Una muerte que no merecía. Una muerte triste. Una muerte que dejó un hueco en el corazón de todos los que le conocimos y admiramos.

Por eso, leer en los periódicos las noticias sobre abusos a menores de profesores en el “caso Kárate”, o el “monje Shaolin” asesino que tenía un gimnasio en Bilbao hace que les odie, que sienta rabia e impotencia ante tanto mal que causan a las artes marciales. Personajes infames que dan mal nombre a una disciplina que personas como Fausto tanto se esforzaron por sacar adelante.

Probablemente jamás vuelva a pisar un tatami pero no puedo dejar de dar las gracias a mi maestro, donde quiera que esté, por haberme hecho el deportista que soy, por haber contribuido a hacerme la persona que soy.

Gracias, Sensei.

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12 comentarios en “Las enseñanzas del Sensei

  1. Carlos piel de gallina, me has hecho recordar a a todos los maestros que tuve, tanto en judo (empece con tres añitos) y luego en karate ( puedo decir que yo me he pegado con tu mujer y una vez salí con un dedo fastidiado ). Y digo maestros porque ellos no solo me enseñaron judo o Karate, también disciplina, sacrificio, humildad, respeto al oponente y disfrutar con ello. Permiteme que les de un homenaje desde tu casa.
    …..y como siempre, increíble.

    1. Gracias, Roberto. Me sabe mal que haya una sola familia que por miedo no haya apuntado a sus hijos al gimnasio cuando a gente como a ti, a Cristina, a mí y a tantos otros esa experiencia nos ha aportado tantas cosas ¡y tan buenas!

  2. Muy bonito todo lo que dices de Fausto, en verdad era una buena persona y no se merecia lo que le ocurrio y mucho menos a su familia

    1. Fue un maestro, mi maestro. Y lo recuerdo con mucho cariño porque él ha hecho que mi recuerdo sea ese. Ni él ni su familia merecían lo que pasó. Gracias por tu comentario, Mari Jose.

  3. No sólo me gusta sino que me emociona ya fui alumna del gran maestro Fausto durante 36 años.Muchas gracias por escribir lo que muchos de sus alumnos sentimos y hemos sentido

    1. Gracias, Ángeles, a vosotros por haberlo leído. Si he contribuido a que evoquemos, aunque sea hoy, aunque sea un poco, al maestro ya me doy por satisfecho. 36 años al lado de Fausto! 🙂

    1. Ojalá. Fausto fue un Maestro, con mayúsculas. Toda mi vida lo recordaré así y fue, es y será sin duda una de las personas más importantes de mi vida, poniendo al margen a la familia.

  4. Pingback: Garricar's Blog

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