Pero cómprate unas zapatillas, hijo

Y es que como a un hijo no se puede querer a nadie y este fue el consejo que me dio mi mamá cuando, después de haber acabado mi primera maratón, me descalcé y vio que me habían salido “ampollas concéntricas”, a saber: una ampolla dentro de otra ampolla más grande y probablemente anterior en el tiempo.

Es lo que tiene ponerse a correr a la buena de Dios.

Hay que aclarar que en 1998 la información sobre running no era tan fácil de obtener como hoy, todavía más cuando en mi entorno a nadie le había dado por esto del correr y todo me tocó aprenderlo por ensayo y error. Ahora las cosas son distintas, vivimos una época en la que la información fluye por internet y a veces hasta hay que hacer verdaderos esfuerzos por esquivarla y no tropezarte con ella porque está por todos lados; pero en aquel entonces, en mi caso, sólo disponía de Internet en el curro a través de un ordenador (uno… para toda la oficina) conectado a uno de aquellos módems de 28.8 kbps y que hacían aquel sonidito tan particular. Cargar una página era tan terrible como un dolor de muelas y las búsquedas se hacían en AltaVista porque Google acababa de presentarse en sociedad y sólo lo conocían en su casa a la hora de comer.

El caso es que así estaba el estado de la tecnología cuando un día leyendo el periódico en el trabajo (suena mal, pero es verdad) se me cruzó aquella noticia del maratón de Madrid del año 98 y le dije a mi compañero: “¡Bull, yo el año que viene corro el maratón!” Él dejó lo que estaba haciendo en su ordenador, me miró serio, se encendió un piti, volvió a meter la cabeza detrás de aquel monitor de tubo y, finalmente, supongo que para que me estuviera callado, dijo: “Y yo contigo”.

La verdad es que más tarde estuve a punto de arrepentirme, sobre todo cuando me enteré de que un maratón son algo más de 42 kilómetros y eso no es moco de pavo, pero como soy cabezón y a burro no me gana nadie («cuando el tonto coge la linde, la linde se acaba y el tonto sigue» es la frase que mejor me define) pensé que todo sería ponerse a correr y que si había miles de tíos que lo finalizaban, ¿por qué yo no?

Miré lo que tenía por casa y me dije, “¡buah!, estoy equipado”: unas zapatillas blancas de tenis Nike superpreciosísimas, camisetas de algodón y un pantalón corto también de algodón de los de bajar a las pistas a jugar al fútbol los domingos por la mañana con los amigos del barrio.

El comienzo y la evolución de mis primeros entrenamientos darían para otra entrada aparte, así que haremos fast forward para situarnos un año después en lo que importa, en la línea de salida de Maratón Popular de Madrid Mapoma 1999 donde me encontré (yo solo porque mi compañero Bull, como era previsible, ni empezó a entrenar) dispuesto a comerme el asfalto desde el kilómetro 1 con mis zapas de tenis, la camiseta y el pantalón de algodón y con pinta de cualquier cosa menos de maratoniano.

Así me fue.

Yo no me encontré el muro, no: yo me tropecé con la Gran Muralla China ya desde poco después de pasar la media maratón. Dejé de correr, anduve, me dolía todo, tenía tanta hambre que en un avituallamiento dieron limones y me comí hasta la cáscara, las plantas de los pies me hacían chof-chof y tenía rozaduras por todas las partes del cuerpo susceptibles de ser rozadas… pero continué, seguí la línea azul del maratón como un zombie, pensando en que aquello se acabaría algún día, ¡se tendría que acabar! Y aún no sé cómo pero llegué al paseo de Recoletos de una pieza, marcando una “estratosférica” marca de ¡4 horas, 14 minutos y 58 segundos!

Meta Mapoma 1999
Entrando en meta, elegante como un atleta de élite

El gusanillo del running se me había metido en el cuerpo y en lo único que pensé, apenas unos minutos después de haber cruzado la línea de meta, fue en que no, que aquello no podía quedar así, que 4:15 era una marca penosa y que las maratones hay que empezarlas y acabarlas corriendo porque de eso se trata de “correr un maratón” no de “finalizar un maratón como sea: corriendo, andando o arrastrándose”.

Lo tuve tan claro que el último fin de semana de abril del año siguiente me volví a plantar en la línea de salida del Mapoma, con la misma camiseta de algodón del año anterior, pero esta vez con unas flamantes zapatillas de running de las de verdad, y que me compré siguiendo el consejo de mi madre, el mejor consejo que me hayan dado nunca. Y esta vez paré el crono en… ¡4 horas 17 minutos y 36 segundos!… Tras haber tenido que acabar el maratón andando ¡otra vez!

A partir de ese momento la obsesión por el maldito maratón se convirtió en pasión… y mi madre contenta porque al menos ahora ya no me salían ampollas en los pies.

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